E
l Salvador, ese pequeño país centroamericano que casi ninguno sabemos dónde colocar, ha dado un vuelco radical a su historia reciente tratando con ello de cerrar heridas. Mauricio Funes, candidato de la antigua guerrilla Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), se ha alzado con la victoria en las elecciones para la presidencia de la República, hecho insólito cuando hace menos de dos décadas el país vivía una cruenta guerra civil que enfrentaba a este grupo con el Gobierno. Tras años de dominio político de la derecha, los salvadoreños han optado por abrir una nueva vía. La guerrilla dejó las armas y captó los votos y ahora uno de los suyos, liderará al país.
Otro estado que opta por un giro izquierdista en Iberoamérica. La teoría progresista manda en estos países, aunque luego la práctica sea otra cosa y las buenas intenciones se queden en eso, intenciones. Y es que la experiencia dicta que casi nunca el invento ha salido bien para nuestros hermanos del otro lado del charco. Pero que en El Salvador se haya dado este paso, puede dar lugar a la esperanza, no por el hecho de que la antigua guerrilla mande ahora, sino porque quien ostentará la presidencia no es uno de los que empuñó el AK-47 ni vestía guayabera en la selva. Funes se ha caracterizado por traer un soplo de brisa fresca importante a este país y por ser leal a sus ideas, las mismas que defendía cuando era uno de los periodistas más críticos de aquellos lares. Hugo Chávez ha sido uno de los primeros en felicitar al nuevo presidente y saludarlo como uno más en su particular
Liga de los Hombres Extraordinarios. Pero Funes sorprendiendo a todos, ha preferido dedicar sus primeras palabras como máximo representante de El Salvador a Estados Unidos, tendiendo puentes de diálogo hacia un país que acoge a más de dos millones de inmigrantes salvadoreños. Loable.
En Sudamérica la cosa también pinta bien para lo rojo. Rojo no de sangre, como ocurría antaño, sino de las ideologías, concepto que en algunas ocasiones es manoseado de forma nauseabunda para los propios intereses de mandatarios sin alma de servidores públicos o que es corrompido por neo socialismos trasnochados aliados con unas cuantas dosis de populismo. Parecía que Chávez creaba escuela. Rafael Correa en Ecuador y Evo Morales en Bolivia le siguen el juego. Curioso que en los tres países haya fuertes contestaciones políticas, casi siempre salidas de las regiones más ricas. Y es que a uno le toquen el establishment secular no gusta para nada.
Pero Chávez no es dios, aunque él lo crea, ni su influjo es tanto, como lo creen desde fuera de su país. Y si no, fijémonos en Lula, Cristina Fernández o Michelle Bachelet. Se hacen la foto con el Chiquito de la Calzada de Venezuela pero de ahí no pasan. Sí, sí. Está muy bien eso del bolivarianismo y de la unión de los pueblos, pero cada uno en su casa y dios en la de todos. El discurso anti imperialista de Chávez no cala en el Cono Sur y afortunadamente, Brasil, Argentina y Chile son tres de los países (mal llamados "en vías de desarrollo"), que menos sufren los embates de la crisis y más independencia ideológica poseen con respecto al "amigo americano". Bueno es el momento ahora para que con nuevo inquilino en la Casa Blanca y con aire fresco en algunas naciones como El Salvador, el equilibrio de las relaciones internacionales entre el "vecino rico" y el "vecino pobre", se normalice por el bien de la comunidad iberoamericana. Funes ya ha lanzado el guante y seguro que será recogido con agrado por Obama.
Mientras tanto, Hugo
porquenotecallas Chávez sigue con su camisa roja, su
Aló, presidente y sus bravatas anti colonialistas metiéndose en charcos, pero ya cada vez menos porque desde el exterior se le hace poquito caso. Con nacionalizaciones por aquí y por allá y visitas al viejecito cubano del chándal, el presidente venezolano busca su sitio en la historia a base de victorias electorales que consagran su poder casi ilimitado. Así empezó Hitler, salvando las distancias. Menos mal que se le pararon los pies. Chavez parece que baila tan rápido que nadie es capaz de seguirle los pasos.