Son amigos. Son buenos y siguen de gira. Si van cerca de tu casa, ve a disfrutarlos. La Porteña Tango Trío (en una entrevista de hace unos meses pero que sigue de actualidad).
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martes, 25 de julio de 2017
jueves, 16 de febrero de 2017
El tango que santifica el pecado
Lo reconozco. No tengo adjetivos calificativos. Debe ser cosa de mi exigua formación o que no me alcanza a utilizar el lenguaje de forma adecuada pero no sé qué puedo decir más para categorizar la actuación de La Porteña Tango Trío en su última visita al Teatro Moderno de Chiclana. Quizás solo puedo decir una cosa y con eso resumo todo lo que quería expresar: sigo aprendiendo de ellos. Para un neófito del tango como es uno, asistir ya a tres recitales de Alejandro Picciano, Federico Peuvrel y Matías Picciano han sido tres auténticas master class, tres zambullidas en el fastuoso y onírico mundo del tango argentino, de sus sones y sus danzas, de su lunfardo, de su carácter arrabalero en lo fundacional, de su aire portuario en lo gestante, de su ambiente prostibulario. Y que los dioses de la música me lo permitan, que nada de ofensivo hay en calificar el origen de esta manifestación artística como tal. Orgullosos tienen que estar -y lo están- en el Río de la Plata con tan humilde (y nada pecaminoso) origen.
Sigo aprendiendo de La Porteña Tango Trío. Ya me atrevo a identificar entre tango, milonga, valsecito, candombé... ¡Osado de mi! Sigo maravillado por las sinergias raciales, artísticas y culturales que confluyeron hace más de un siglo para mezclar lo negro con lo criollo, lo italiano con lo español, lo de allí con lo de acá para hacer del tango un son universal.
Y La Porteña Tango Trío busca alimentar las ascuas de esa herencia multicultural. Lo hacen condenadamente bien porque son arqueólogos de los sonidos a los que son tan afectos. La dirección musical de Alejandro Picciano sondea en esa dirección cerciorándose que el tango no se muera, que su intrahistoria siga sonando en teatros de medio mundo y que cuando se oiga la palabra tango en Vladivostok o en Chiclana sepamos amar por igual a Gardel que a Manzi, tanto a Piazzolla como al Chupita Stamponi. Unos más conocidos, otros menos, todos memorables.
Precisamente a Héctor Stamponi está dedicado el último trabajo discográfico de La Porteña. Qué me van a hablar de amor, producido por Litto Nebbia. Con la colaboración estelar de Ana Sofía Stamponi, nieta del homenajeado, no es solo la señal inequívoca del artista que lucha por defender el tango como música del mundo, si no también la prueba fehaciente de la inmensa labor investigadora que Alejandro, Fede y Matías realizan en pro de los vestigios culturales de su país. Con la ayuda de la inmensa Eugenia Giordano, nueva cantante que acompaña al trío y que encierra en su garganta una catedral vocal, un torrente de afectos y de matices que dan para que las distintas composiciones suenen poderosas, nada complacientes para el oyente y sí plenas de color, llenas de vida. Es un acierto haberse topado con Eugenia puesto que el repertorio de Stamponi alcanza nuevos bríos con esa voz que nos ha conquistado. El último café, Ventanal o ese Perdóname que nos dejó tiritando de emoción son muestras de su dominio sobre las tablas.
De lo musical poco podemos decir que no lo hayamos dicho ya. Asumía mi fracaso al principio. Ya se me acabaron los calificativos, los adjetivos, los epítetos, las glosas para La Porteña. Aquí ya pueden ustedes comprobar cómo se las gastan estos chicos. Pero tuvimos la suerte de vivir momentos únicos como esos acercamientos a Homero Manzi o a Astor Piazzolla (crudo y brutal su Libertango), que en lo musical te atenazan y se te quedan clavados en el fuero interno. Esa es la magia de La Porteña Tango Trío. Su proselitismo es tan fiero, tan audaz, tan eficaz que aunque no sepas nada de tango, te deja clavado en el asiento y si no, escuchen su Vuelvo al Sur. Espectacular.
La Porteña Tango Trío retornó al Sur. Esta vez para demostrarnos que se puede hacer aún mejor que en otras ocasiones. Espectáculo redondo que rescató al frío público y los llevó por los arrabales para darles calor, amor, humor, teatro, danza (fantásticos Amira Luna y Damián Roezgas) y tango. Felicidades por ello y hasta la próxima. Sepan que les estaremos esperando.
Sigo aprendiendo de La Porteña Tango Trío. Ya me atrevo a identificar entre tango, milonga, valsecito, candombé... ¡Osado de mi! Sigo maravillado por las sinergias raciales, artísticas y culturales que confluyeron hace más de un siglo para mezclar lo negro con lo criollo, lo italiano con lo español, lo de allí con lo de acá para hacer del tango un son universal.
Y La Porteña Tango Trío busca alimentar las ascuas de esa herencia multicultural. Lo hacen condenadamente bien porque son arqueólogos de los sonidos a los que son tan afectos. La dirección musical de Alejandro Picciano sondea en esa dirección cerciorándose que el tango no se muera, que su intrahistoria siga sonando en teatros de medio mundo y que cuando se oiga la palabra tango en Vladivostok o en Chiclana sepamos amar por igual a Gardel que a Manzi, tanto a Piazzolla como al Chupita Stamponi. Unos más conocidos, otros menos, todos memorables.
Precisamente a Héctor Stamponi está dedicado el último trabajo discográfico de La Porteña. Qué me van a hablar de amor, producido por Litto Nebbia. Con la colaboración estelar de Ana Sofía Stamponi, nieta del homenajeado, no es solo la señal inequívoca del artista que lucha por defender el tango como música del mundo, si no también la prueba fehaciente de la inmensa labor investigadora que Alejandro, Fede y Matías realizan en pro de los vestigios culturales de su país. Con la ayuda de la inmensa Eugenia Giordano, nueva cantante que acompaña al trío y que encierra en su garganta una catedral vocal, un torrente de afectos y de matices que dan para que las distintas composiciones suenen poderosas, nada complacientes para el oyente y sí plenas de color, llenas de vida. Es un acierto haberse topado con Eugenia puesto que el repertorio de Stamponi alcanza nuevos bríos con esa voz que nos ha conquistado. El último café, Ventanal o ese Perdóname que nos dejó tiritando de emoción son muestras de su dominio sobre las tablas.
De lo musical poco podemos decir que no lo hayamos dicho ya. Asumía mi fracaso al principio. Ya se me acabaron los calificativos, los adjetivos, los epítetos, las glosas para La Porteña. Aquí ya pueden ustedes comprobar cómo se las gastan estos chicos. Pero tuvimos la suerte de vivir momentos únicos como esos acercamientos a Homero Manzi o a Astor Piazzolla (crudo y brutal su Libertango), que en lo musical te atenazan y se te quedan clavados en el fuero interno. Esa es la magia de La Porteña Tango Trío. Su proselitismo es tan fiero, tan audaz, tan eficaz que aunque no sepas nada de tango, te deja clavado en el asiento y si no, escuchen su Vuelvo al Sur. Espectacular.
La Porteña Tango Trío retornó al Sur. Esta vez para demostrarnos que se puede hacer aún mejor que en otras ocasiones. Espectáculo redondo que rescató al frío público y los llevó por los arrabales para darles calor, amor, humor, teatro, danza (fantásticos Amira Luna y Damián Roezgas) y tango. Felicidades por ello y hasta la próxima. Sepan que les estaremos esperando.
viernes, 10 de febrero de 2017
En primera persona (I): El tango de La Porteña
Nueva serie comenzamos hoy. Bajo el epígrafe En primera persona (título de un programa de televisión de entrevistas que entre 206 y 2007 tuve en la extinta Chiclana TV), voy a subir los audios de algunas entrevistas que vaya haciendo con personajes de muy distinto pelaje. Empezamos con tango. Empezamos con Alejandro Picciano, director musical de La Porteña Tango Trío, unos argentinos madrileños con alma de arrabal y corazón latino. Vienen a Chiclana a tocar por segunda vez y son ya casi de la familia. Espero que les guste...
lunes, 27 de julio de 2015
El tango y las lunas del arrabal
"Vuelvo al Sur,
como se vuelve siempre al amor"...
Fernando Pino Solanas/ Astor Piazzolla
Durante muchos, muchos años, desde el Puerto de Cádiz, -el Muelle, para los que somos de aquí-, salieron demasiados barcos con rumbo al futuro. Dejando atrás la España en blanco y negro, la España de la autarquía, de la "una, grande y libre", pero esa España paupérrima que al fin y al cabo era lo que había. Los emigrantes cogieron el barquito para ultramar en busca de una vida mejor y llegaron a lejanas tierras donde se llevaron consigo un trocito de su país. Los españoles sabemos muy bien qué significa ser foráneos en otros mundos. Fuimos gentes del arrabal con un pie en tierra extraña y el corazón en la madre patria. Y a donde fuera qué íbamos, llevábamos en el hatillo nuestras costumbres, nuestra forma de ser, nuestras tradiciones. Ahí en el arrabal...
Ahí surgió el tango, en un arrabal. Fue una especie de maravillosa criatura de Frankenstein, construida a base de retales de distintas culturas de países que vieron como sus naturales iban a labrarse un futuro mejor a la Argentina, tierra de promisión para muchos de aquellos emigrantes. Y ahí, con ciertos sones, con algunos instrumentos llegados de lejos, con ciertos bailes y muchas maneras, se alumbró el tango, apareció la milonga... comenzó un nuevo mundo.
Bien presente tienen este origen, humilde pero glorioso, los chicos de La Porteña Tango Trío que tan felizmente acompañan a Mariel Martínez desde hace unos años, en un cóctel exquisito. Quizás son de los mejores embajadores del tango a nivel mundial (su gira por países europeos, así lo demuestra), pero como ya dijimos en su visita a Chiclana el pasado mes de enero, van más allá, puesto que no se quedan en el regocijo de cantar siempre lo mismo. Hay diez, no más, tangos famosos, pero lo de Mariel, Federico, Alejandro y Matías, es pura labor investigadora. Bucean en los archivos sonoros de Argentina en busca de las raíces del son que los hace grandes, tratando de sacar a la luz aquel tango escondido, aquella milonga que no se canta, el vals que ya nadie quería bailar. Y lo hacen con estilo propios. Su último disco, Buenos Aires cuando lejos me ví, es un retrato preciso y amoroso de aquellos que siendo emigrantes (ellos residen en Madrid), usan la nostalgia en un poderoso ejercicio de exposición de ese viejo tango que suena nuevo.
Los volvimos a ver bajo la luna de Cádiz, con la escenografía espectacular del Castillo de Santa Catalina y con un recital de campanillas donde hubo tiempo para todo, incluso para bailar, si es que alguien se hubiese atrevido. El tango se vio recompensando en las bellísimas recreaciones vocales de Mariel Martínez, especialmente intensa cuando Alejandro Picciano la acompañaba a solas, mientras que con Federico Peuvrel y Matías Picciano, la magia sonora se complementó con maestría absoluta. Me permitirán que le lance flores al más pequeño, pero es que el bandoneón del benjamín de la banda es puro gozo: en Vuelvo al Sur se pudo vivir y sentir. Esa composición de Solanas y Piazzolla fue un tremendo momento del concierto. Hubo otros: Yo no sé qué me han hecho tus ojos, del maestro Canaro, los tangos de Manzi como ese delicado Recién (y lo que no son tangos... cómo duele esa Milonga triste, pero qué bellísima que es). Y sinceramente, lo de Mariel y su versatilidad vocal, no es noticia. Su voz nos sabe llevar por los vericuetos emocionales que están plasmados en las partituras. Si fue una sorpresa encontrárnosla en Chiclana, en Cádiz nos llevó a los terrenos de la gran emoción. En resumidas cuentas, podríamos destacar todo el repertorio sin ápice de estar exagerando y es que todo este espléndido material que nos han legado los maestros porteños fue homenajeado con mimo por estos cuatro argentinos que tan nuestros son ya. Ansiosos estamos de repetir esta experiencia bajo esta u otras lunas del arrabal.
como se vuelve siempre al amor"...
Fernando Pino Solanas/ Astor Piazzolla
Durante muchos, muchos años, desde el Puerto de Cádiz, -el Muelle, para los que somos de aquí-, salieron demasiados barcos con rumbo al futuro. Dejando atrás la España en blanco y negro, la España de la autarquía, de la "una, grande y libre", pero esa España paupérrima que al fin y al cabo era lo que había. Los emigrantes cogieron el barquito para ultramar en busca de una vida mejor y llegaron a lejanas tierras donde se llevaron consigo un trocito de su país. Los españoles sabemos muy bien qué significa ser foráneos en otros mundos. Fuimos gentes del arrabal con un pie en tierra extraña y el corazón en la madre patria. Y a donde fuera qué íbamos, llevábamos en el hatillo nuestras costumbres, nuestra forma de ser, nuestras tradiciones. Ahí en el arrabal...
| (Foto: Zúh Malheur) |
Ahí surgió el tango, en un arrabal. Fue una especie de maravillosa criatura de Frankenstein, construida a base de retales de distintas culturas de países que vieron como sus naturales iban a labrarse un futuro mejor a la Argentina, tierra de promisión para muchos de aquellos emigrantes. Y ahí, con ciertos sones, con algunos instrumentos llegados de lejos, con ciertos bailes y muchas maneras, se alumbró el tango, apareció la milonga... comenzó un nuevo mundo.
Bien presente tienen este origen, humilde pero glorioso, los chicos de La Porteña Tango Trío que tan felizmente acompañan a Mariel Martínez desde hace unos años, en un cóctel exquisito. Quizás son de los mejores embajadores del tango a nivel mundial (su gira por países europeos, así lo demuestra), pero como ya dijimos en su visita a Chiclana el pasado mes de enero, van más allá, puesto que no se quedan en el regocijo de cantar siempre lo mismo. Hay diez, no más, tangos famosos, pero lo de Mariel, Federico, Alejandro y Matías, es pura labor investigadora. Bucean en los archivos sonoros de Argentina en busca de las raíces del son que los hace grandes, tratando de sacar a la luz aquel tango escondido, aquella milonga que no se canta, el vals que ya nadie quería bailar. Y lo hacen con estilo propios. Su último disco, Buenos Aires cuando lejos me ví, es un retrato preciso y amoroso de aquellos que siendo emigrantes (ellos residen en Madrid), usan la nostalgia en un poderoso ejercicio de exposición de ese viejo tango que suena nuevo.
| (Foto: Zúh Malheur) |
miércoles, 21 de enero de 2015
Ese pensamiento triste que canta alegre Mariel
Perdone usted don Enrique por robarle la frase, pero me parecía más acertado trastocarla un poco para titular esta humilde crónica. Está usted en lo cierto, señor Santos Discépolo: el tango es un pensamiento triste que se baila, pero el otro día oyendo cantar tangos a Mariel Martínez, sentí alegría. Es lo que tiene la música, que hasta las más tristes te iluminan el alma. Le sucede a uno con el blues y el flamenco, y el lunfardo del tango y la milonga me arroja a los mismos sentimientos.
Pero Mariel, voz aguerrida cuando la historia se torna dura y cadenciosa, mimosa y delicada cuando hay que arrejuntarse porque de amor hay que tratar, no estuvo sola. Junto a ella, sus compinches de La Porteña Tango Trío, acompañamiento musical que no son meros comparsas porque los chicos son muy maestros en lo suyo. Alejandro Picciano a la guitarra eléctrica, Federico Peuvrel al piano y Matías Picciano, que con solo 19 años, saca pura magia del bandoneón.
La alegría a la que nos indujeron los cantes de Mariel fueron puro gozo, por inesperados y por lo versátil. Versátil porque supo combinar el tango de raíces más puras (aunque decir esto es una boutade, teniendo en cuenta los orígenes tan diversos que este tiene), con candombes, milongas y "valsecitos". Primorosos en su ejecución vocal y acertadísimos en su acercamiento musical. Cierto es que termina uno moviendo los pies al son de los estilos más bailables. Tenemos que agradecer, pues, a los artistas, su apuesta por ofrecer al respetable un repertorio tan variado y que mezcló momentos de introspección con otros de pura fiesta sonora. Cuánta emoción y qué belleza destilaron interpretaciones como la de Yo no sé qué me han hecho tus ojos, del maestro Canaro. Vibrante.
Lo de inesperados lo decía porque escuchamos tangos poco conocidos para el público en general. Son clásicos por cuanto son años y años los que llevan cantándose y bailándose, pero no son los diez o quince famosos. No escucharán ustedes en la voz de Mariel Volver o A media luz, ni siquiera Por una cabeza (mi favorito) porque son composiciones universales y hay que dar sitio y cabida a los que menos fortuna han tenido o simplemente, a los nuevos tangos que están por llegar. No siempre podemos representar a Shakespeare o a Lope de Vega. Pues lo mismo. Agradecidos por el esfuerzo en la difusión de ese otro tango que también emociona. Y emocionados salimos del Teatro Moderno donde tuvimos el lujo de acompañar a Mariel y a La Porteña en su travesía por territorios rioplatenses. Vinieron a presentar su último trabajo Buenos Aires... Cuando lejos me vi, pero por un ratito nos sentimos atorrantes deambulando por el barrio de Caminito rumiando en lunfardo. Fíjense todo lo bueno que nos dieron Mariel Martínez y La Porteña Tango Trío. ¡Qué bueno que vinieron!
La alegría a la que nos indujeron los cantes de Mariel fueron puro gozo, por inesperados y por lo versátil. Versátil porque supo combinar el tango de raíces más puras (aunque decir esto es una boutade, teniendo en cuenta los orígenes tan diversos que este tiene), con candombes, milongas y "valsecitos". Primorosos en su ejecución vocal y acertadísimos en su acercamiento musical. Cierto es que termina uno moviendo los pies al son de los estilos más bailables. Tenemos que agradecer, pues, a los artistas, su apuesta por ofrecer al respetable un repertorio tan variado y que mezcló momentos de introspección con otros de pura fiesta sonora. Cuánta emoción y qué belleza destilaron interpretaciones como la de Yo no sé qué me han hecho tus ojos, del maestro Canaro. Vibrante.
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