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miércoles, 29 de abril de 2015

Ese hombre

Se llama August Landmesser. Fotografía: Anónimo (DP).
Más información, aquí.



viernes, 27 de marzo de 2015

Billy Wilder, un genio casi perfecto

Cuentan las crónicas que cuando Jack Warner (mandamás de la Warner Bros.), vió El crepúsculo de los dioses, exclamó: "¡Cómo se atreve ese Wilder a morder la mano que le da de comer!". Esto lo dijo sin darse cuenta de que delante suya andaba el mismísimo Wilder. Este se dio la vuelta y le dijo al que teóricamente era su jefe: "Soy el señor Wilder y váyase a la mierda". Nobody's perfect...



Su vida es digna de ser revivida. Periodista de los buenos en Viena y en Berlín (el mismísimo Freud le dio con la puerta en las narices por ser un plumilla "demasiado incómodo"), escapó de los nazis dejando a parte de su familia a merced de las hordas de Hitler. No hubiese pasado nada de no ser por un pequeño detalle: los Wilder eran judíos. Su madre murió en Auschwitz, cuando Billy ya pululaba por Estados Unidos. Como lo suyo era escribir se puso a redactar libretos. Trabajó con grandes de la talla de Ernst Lubitsch, Mitchell Leisen o Howard Hawks (en películas como Ninotchka, Medianoche o Bola de fuego, respectivamente), y harto de que algunos -en especial Leisen-, hicieran lo que les daba la gana con sus guiones, decidió dirigir sus propias creaciones.

Con Mauvaise graine comenzó una prometedora carrera como director en la que engarzaría títulos maravillosos a una velocidad inusitada para lo que es el oficio de realizador. Con una bulliciosa mente en la que salían a borbotones ideas para guiones a los que luego daba forma junto a sus inseparables Charles Brackett o I.A.L. Diamond, Wilder llegó a encadenar varias obras maestras en el espacio de unos pocos años.

Absoluto dominador del slapstick, de la comedia alocada y heredero del toque Lubitsch, junto a Stanley Kubrick, ha sido de los pocos directores de cine capaces de reinventarse a cada propuesta que encaraba. Dio nuevos brios al cine negro en la absolutamente cautivadora Perdición, cultivó con acierto el género de aventuras con Cinco tumbas a El Cairo, el cine judicial alcanzó cotas insuperables en Testigo de cargo, al bélico lo realzó con Traidor en el infierno, etcétera. Pero en la comedia fue donde llegó a ser un auténtico Dios, Fernando Trueba dixit. Sabrina, La tentación vive arriba, Con faldas y a lo loco, El apartamento, Uno, dos, tres, En bandeja de plata, Primera plana... Muestras más que de sobra para abrir un episodio completo en la historia del Séptimo Arte dedicado al señor Wilder.

Con una intuición impresionante para crear situaciones cómicas (mucho también le debemos a los señores Brackett y Diamond), unido a una mano izquierda impresionante para la dirección de actores (tuvo a Audrey Hepburn, a William Holden, a Humphrey Bogart, a James Stewart, a Jack Lemmon y a Walter Matthau, e incluso a Marilyn), más un conocimiento del medio cinematográfico sobresaliente, Wilder es el gran contador de historias. Da igual que sean las correrías de dos músicos travestidos en plena matanza del Día de San Valentín, o de una estrella del cine mudo en absoluto declive. Lo mismo da que sea la historia de un periodista sin escrúpulos que busca la exclusiva a cualquier precios como sea (en El gran carnaval), que la historia de la hija del criado que revoluciona el corazón de dos señoritos. Wilder siempre sabe encandilar al público. ¿Por qué? Porque lo hace fácil, porque bebe de sus fuentes, porque siempre lo deja todo atado y bien atado. Almost perfect...

Tenemos la sensación de que el señor Wilder dejó de hacer cine (perdón, perdón, cine no,... películas, él hacía películas), demasiado pronto. En 1981 legó su última obra. Aquí un amigo cerró una etapa gloriosa del CINE, con mayúsculas, en las que hubo obras maestras y "otras películas de las que no quiero hablar". Menudencias para el maestro, pero perlas absolutamente adorables para sus seguidores. ¿Cómo si no, podemos hablar de malas películas en casos como El mayor o la menor o Berlín Occidente? Imposible. So perfect.

Hagan lo que yo. Pónganse por ejemplo El crepúsculo de los dioses y déjense guiar por ese aura mítico que tenía el cine clásico y que ya desapareció como lágrimas en la lluvia. Prepárense para un primer plano y sonrían... Están ustedes ante una obra de arte, aunque como diría el maestro... nadie es perfecto.





viernes, 18 de diciembre de 2009

EL INVIERNO QUE PARÓ A HITLER

A
dolf Hitler odiaba el invierno. No le gustaba la nieve. Echaba pestes del frío. Probablemente todo esto no se lo encuentre en un libro de historia, sino que forme parte más de la lógica a la vista de los acontecimientos. La causa la encontramos en los campos de batalla rusos, donde el III Reich empezó a cavar su propia fosa unos años antes de que cayera Berlín.



Todo empezó un 18 de diciembre de 1940. Ese día, un envalentonado Hitler, en plena ola de éxitos militares, con media Europa sojuzgada bajo su manto y con Inglaterra al borde del colapso, tuvo la idea de lanzar su maquinaria militar contra el otro gran enemigo (Estados Unidos, aún no había entrado en guerra): la Unión Soviética esperaba reguardada por el Pacto de No Agresión firmado con los alemanes. A Hitler esa “minucia” no le importó y puso en marcha la Operación Barbarroja.

Este operativo abrió el frente oriental en Europa, convirtiéndose en el teatro de operaciones más grande de la guerra, escenario de las batallas más grandes y brutales del conflicto en suelo europeo. La Operación Barbarroja significó un duro golpe para las desprevenidas fuerzas soviéticas, que sufrieron fuertes bajas y perdieron grandes extensiones de territorio en poco tiempo. No obstante, la llegada del invierno ruso acabó con los planes alemanes de terminar la invasión en 1941. Durante los meses de temperaturas más bajas, el Ejército Rojo contraatacó y anuló las esperanzas de Hitler de ganar la batalla de Moscú.



Antes de estos hechos finales, en el ideario de Hitler estaba la expansión hacia el Este dentro de su política de “espacio vital”, aunque esta era una aspiración alemana previa a la Primera Guerra Mundial. Ya en 1918 en la Paz de Brest-Litovsk, los bolcheviques habían cedido Ucrania, Polonia, Bielorrusia y los países bálticos. Hitler ya lo avanzaba en Mi lucha: “La guerra contra los soviéticos es una cruzada de Europa contra Asia: se trata de enviar al fondo del continente asiático a quienes hacen correr al Nuevo Orden europeo y nacionalsocialista los mismos riesgos que hacían correr los hunos de Atila a la Europa romana”. El territorio conquistado se convertiría en el espacio vital que satisfaría las necesidades de tierra y materias primas para la población alemana durante siglos.

Operación en marcha
En diciembre de 1940, el Führer firma la Directiva nº 21, que contempla la invasión relámpago de la Unión Soviética, que debía ser aniquilada, teóricamente, en una sola campaña de apenas un par de meses. El plan de Hitler es hacer avanzar simultáneamente tres ejércitos, que deben girar a continuación sobre ellos mismos, para cercar a los ejércitos soviéticos en enormes maniobras de tenaza para posteriormente aniquilarlos.

En el momento del ataque estaba en vigor el pacto de no agresión germano-soviético de agosto de 1939, por el que ambas potencias se definían sus esferas de influencia en Europa oriental. El pacto sorprendió al mundo debido a la hostilidad mutua y a las ideologías diametralmente opuestas de los firmantes. Sin embargo, la beligerancia de la Alemania nazi, pudo más.

Al inicio de las hostilidades, la Wehrmacht presume de victorias en todos los frentes. Sin embargo, ya se le plantean al vencedor provisional graves problemas: no se ha sometido a Gran Bretaña. La Operación León Marino (el plan para invadir Gran Bretaña), se pospuso sine die y cuando se puso en marcha, el operativo salda con un fracaso para la Luftwaffe. Además, las operaciones de guerra submarina no doblegaron a los británicos. Por otro lado, los países ocupados empiezan a reaccionar. Se desarrollan movimientos de resistencia apoyados por Gran Bretaña mediante emisiones de propaganda de la BBC.



Por su parte, Estados Unidos ha abandonado su estado de neutralidad por uno de no beligerancia. Tras la caída de Francia, Washington inicia el primer reclutamiento realizado en tiempo de paz de su historia e incrementó considerablemente su presupuesto militar. Era cuestión de tiempo que EEUU se viera arrastrado a la guerra. Hitler era consciente del peligro que acarreaba este nuevo “invitado”.

Por otro lado, antes de tomar la decisión de invadir la Unión Soviética, la posición de Moscú era un interrogante. Además, la URSS tenía pretensiones territoriales que asustaban a Hitler: ya se había anexionado la parte oriental de Polonia, Estonia, Lituania, Letonia, obtuvo concesiones teritoriales de Finlandia como consecuencia de la Guerra de Invierno ruso-finesa de 1939-40 y miraba hacia los Balcanes.

Hitler quería en los campos de la URSS otra campaña relámpago en el verano de 1941 que acabase con el derrumbe del ejército soviético en un par de meses, por lo que las fuerzas armadas alemanas no se equiparon para combatir en invierno. Alemania no estaba preparada para un guerra de larga duración, por lo que se esperaba que una victoria rápida sobre la URSS obligaría a Gran Bretaña a aceptar una paz negociada y con ello el fin de la Segunda Guerra Mundial y la victoria del Reich.

El domingo 22 de junio de 1941, los alemanes pusieron en marcha a más de cuatro millones de hombres: 3,5 millones de alemanes y un millon de aliados aglutinados en 225 divisiones, junto a 4.400 tanques y 4.000 aviones, convirtiendo a Barbarroja en la operación terrestre más grande de la historia. En un principio el ejército soviético se derrumbó. Las fuerzas acorazadas alemanas se movieron rápido aislando y capturando grandes cantidades de soldados enemigos. La Luftwaffe se ocupó de destruir la mayoría de los anticuados aviones de las fuerzas aéreas soviéticas antes de que pudieran despegar del suelo. En un mes, Bielorrusia y el Báltico estaban en manos alemanas aunque en el sur hubo que esperar a agosto para alcanzar el río Dniéper, ordenando Hitler que parte del grupo central de operaciones se dirigiera al sur para cerrar una tenaza en torno a Kiev, lo que provocó la mayor captura de soldados enemigos de la historia (más de 800.000). Sin embargo, esto retrasó el asalto a Moscú. El führer desconocía las imprevistas consecuencias de esta acción.

Rumbo a Moscú
En octubre, los alemanes se dirigieron a Moscú con el invierno en curso. El atraso inicial de la operación (aproximadamente unas cuatro semanas) resultó ser crucial para la paralización del avance. Además, el fango provocado por las primeras lluvias otoñales hicieron que las operaciones casi se paralizasen, aunque los nazis lograron una última victoria en Viazma, comparable a la obtenida antes en Kiev.

Con los soldados alemanes logrando victoria tras victoria, los periódicos germanos aseguraban que era una guerra prácticamente ganada. Las pérdidas rusas habían sido inmensas pero Stalin apeló al patriotismo mediante el recuerdo de la invasión napoleónica y olvidando toda ideología, llamó a su pueblo a la defensa de la patria. El derroche de vidas que prodigaban los rusos causaba asombro a los alemanes. La resistencia soviética sorprendió al mando alemán.

El momento crucial de la operación Barbarroja, sin embargo, fue cuando las tropas alemanas del grupo de ejércitos centro (comandado por Heinz Guderian) avanzó hasta 25 kilómetros de Moscú en diciembre de 1941. Sin embargo, los alemanes empezaron a ver el infierno en el que se estaban metiendo. El intenso frío (-50°C) y la llegada de divisiones soviéticas de Siberia hizo retroceder a los alemanes 200 kilómetros hacia el oeste en la llamada batalla de Moscú. No hubo modo de volver a tomar dichas posiciones. Hitler destituyó a Guderian.

El principio del fin
Este impresionante retroceso de las filas germanas constituyó el fin de la Operación Barbarroja. Las dos plazas que había que tomar antes de otoño, Moscú y Leningrado, fueron imposibles de conquistar. En las nieves soviéticas, se escribieron por el camino épicos episodios bélicos como el sitio de Stalingrado o el propio cerco a la antigua capital de los zares.

Entre las causas del fracaso alemán en la campaña de la Unión Soviética se pueden citar la falta de información fiable del número de divisiones, armamentos y ubicación en el escenario del ejército soviético (una absoluta falta de previsión por parte del alto mando alemán), la falta de abastecimientos al creer Hitler que la campaña iba a convertirse en una nueva blitzkrieg (guerra relámpago), la vastedad del espacio soviético, que imposibilitó al inmenso ejército alemán abarcar todas las posiciones, la subestimación que Hitler hizo sobre la moral combativa y la industria militar soviética (Stalin tiró aquí de épica y de patriotismo para exacerbar a los suyos), la falta de la experiencia en terreno por parte de Hitler, quien tomaba decisiones militares de carácter técnico sin ser oficial profesional, o la destitución de oficiales competentes como von Bock, Guderian y Brauchistch, retirándolos del mando en medio de campañas importantes. Las informaciones del espía comunista alemán Richard Sorge, también fueron fundamentales para poner fin a los planes expansionistas alemanes.

Pero de todas las causas que explican el fracaso de Hitler en el este, el “general invierno” de 1941-1942, fue el gran culpable. A este soldado invisible, que ya tumbó un siglo antes a las huestes napoleónicas, la Historia le debe, con sus temperaturas históricamente extremas que limitaron la capacidad militar y moral del combatiente alemán, el haber parado al “monstruo” nazi.



jueves, 3 de diciembre de 2009

A LOS DESMEMORIADOS


I
van trabajaba en una fábrica de automoción en Ucrania. Era su tierra natal. Un día, comisarios del Ejército Rojo entraron en la factoría e hicieron una selección de la mano de obra masculina para reclutarlos. El frente esperaba. El invierno también. En plena refriega en los duros campos de combate soviéticos, Ivan cayó preso de las fuerzas nazis. Su futuro ennegrecía por momentos mientras buscaba respuestas y una salida a su situación. Pero la tentación alemana triunfó. Ivan fue enviado a Treblinka y luego a Sobibor... pero no como preso al que eliminar, sino como carcelero. Ivan había vendido su alma al diablo nazi y en los campos de la muerte polacos iba a comenzar una nueva vida.

Vitaly también nació en Ucrania. Al paso de la apisonadora alemana que buscaba el frente de Stalingrado, fue capturado junto a su familia... judía, como él. Fue trasladado en un vagón de mercancías a Sobibor donde iba a comprobar de primera mano cómo se las gastaban los nazis. Allí conoció a uno de los carceleros, a uno de los aplicadores de la "solución final" encomendada por Hitler. Era paisano, un hombre normal convertido en máquina de matar. Vitay e Ivan se conocieron mientras el primero iba camino de la cámara de gas. Un operario preparaba el Zyklon B. Abrió el conducto donde vertía cuidadosamente la mortífera sustancia. Vitaly exhaló su último aliento en media hora. Por el pequeño ventanuco de la sala, Ivan contemplaba la escena.

Cuando Hitler estaba entre la espada y la pared, los aliados asediaban Berlin y Alemania lo veía todo perdido, Ivan dejó a sus compañeros en la estacada y decidió pasarse a Estados Unidos. Allí comenzaría una nueva vida con cambio de nombre incluido. Ahora sería John. John Demjanjuk y nadie debería conocer su historia, pero...

Alguien lo buscaba. La justicia universal y la memoria hicieron el resto. John se tenía que enfrentar a los que hace años eran sus prisioneros. Con 89 años, esta semana debe escuchar acusaciones de genocidio y de crímenes de guerra. Sus víctimas claman justicia mientras él no recuerda a Vitaly ni a las otras 250.000 personas que fueron aniquiladas en Sobibor. El Alzheimer tiene la culpa. Sin embargo, en lo más recóndito de su mente aún aullan los gaseados en el campo de exterminio.

Alemania busca explicaciones de su pasado. Juzga a los responsables a pesar de la excusa de la edad y la enfermedad. Quiere quedar en paz e intenta remediar lo irremediable. Busca aplicar lo que en España algunos se empeñan en desprestigiar y tirar por el sumidero. La memoria histórica, señores. Esa que a los sectores ultraconservadores de este país de tibios de corazón, provoca escalofríos mientras algunos aún yacen en cunetas sepultados no sólo por metros de tierra, sino también por el olvido y la indiferencia de los demás. ¡Qué país! Unos tanto y otros tan poco.



viernes, 6 de noviembre de 2009

CHAPUZAS ESPAÑA, SA


Q
ue entre las cualidades del español no figura la eficiencia británica o la constancia germana es algo sabido. Que durante muchos años se nos veía más allá de los Pirineos como gente que tira de improvisación, también. Y que lo de jugar a espías nunca se nos dio bien, pues ya se lo pueden imaginar. Más incluso, después de echarle un vistazo a un libro que acaba de ser publicado sobre la historia del MI5, el servicio secreto británico.

Para que se hagan una idea (extremista, hiperbolizada, totalmente exagerada pero que bien podría ser real). En plena Segunda Guerra Mundial, mientras el Reino Unido tenía en nómina al mejor James Bond de todos, nosotros contábamos con Anacleto, agente secreto. Mientras el primero pedía martinis con vodka, el segundo se desvivía por un bocata de anchoas. ¿Exagera el articulista en su comparación de los servicios secretos de un país y de otro? Pues no. En el libro La defensa del reino, de Christopher Andrew, se cuentan las andanzas de espías españoles enviados por Serrano Suñer, ministro filonazi de Exteriores de Franco, a la embajada patria en Londres. Y lo que en esas páginas se narra es de chiste. La chapuza por la chapuza, algo que daba vergüenza ajena (sentimiento que por cierto, no se sabe qué es en el mundo anglosajón, quizás por eso se la denomina spanish shame), y que aunque no nos lo contara un profundo conocedor del funcionamiento del MI5, nos lo creeríamos a pie juntillas.

En La defensa del reino, Andrew dedica un intenso relato a narrar la inquieta época en la que el juego de espías se hacía necesario para intentar desestabilizar al enemigo. Como es lógico, el Foreign Office puso su mirada en la embajada española puesto que sabía que era nido de acogida de filonazis en la capital británica. Como contramedida, Serrano Suñer envió a un grupo de espías (por llamarlos de alguna forma), que encabezaba un ex torero que se dedicó durante años al noble oficio de limpiabotas en Madrid y que cuando lo invitaba al Savoy a comer se zampaba el pescado con los dedos, un aprendiz de periodista que acabó seduciendo a muchas damas inglesas o a un español empleado de la sede diplomática que por unas “perrillas” pasaba pilas y pilas de documentos cifrados al MI5, entre otros anecdóticos casos. En menos de un mes, los ingleses conocían los pasos del embajador y su séquito al dedillo. Además conocieron que eran una veintena de presuntos espías los que intentaban conseguir información para el III Reich. Sin embargo, Berlín echaría de menos cualquier tipo de información, mientras que el Foreign Office caló desde el primer momento al torero, al periodista y a otras figuras de la farándula que pululaban por la embajada.



Estos humorísticos episodios no han parado de producirse en la historia reciente de España. Hay que decirlo con todas las letras. Hemos sido especialistas en ser unos chapuceros, aunque a marchas forzadas hemos intentado quitarnos ese lastre en la etapa democrática. El franquismo fue una pesada losa para la imagen de España en el exterior y es que a la mantilla y peineta, hemos conocido ahora que no servíamos ni siquiera para poner la oreja... Claro, que no tenían como portera a un Jorge Javier Vázquez como nosotros.



viernes, 23 de octubre de 2009

LA CITA DEL DOLOR DE MUELAS Y EL PERTURBADO


E
l Führer lo tenía claro: no bastaba con que España pasara de la “neutralidad” a la “no beligerancia”. Había que convencer a Franco para firmar un protocolo que después sería refrendado junto a Mussolini para atacar conjuntamente a Inglaterra. Es la guerra, y en la guerra “es cosa de hombres”. Por eso había quedar el paso de timorato a valiente.

Para intentar convencer al Caudillo, Adolf Hitler accedió a entrevistarse con él en territorio neutral (más o menos). Hendaya, o mejor dicho, su estación de ferrocarril era el sitio escogido para un fugaz tète a tète en el que se quería atraer a Franco a otra guerra un año después de haber dado carpetazo a la Civil que dejó en ruinas a España. Sin embargo, lo que prometía ser un encuentro histórico que integraría a España en el Eje (junto a Alemania, Italia y Japón) se convirtió en una tensa negociación que separaría definitivamente los caminos de España y Alemania.

Cómo enfadar al Führer
La cita se fijó el 23 de octubre de 1940 (tal día como hoy) en la estación de tren de la localidad fronteriza de Hendaya. Su inicio estaba previsto para las 15.00 horas, pero Franco (para no contradecir la imagen típica y tópica española) llegó con ocho minutos de retraso, lo que irritó sobremanera al líder alemán.

Una vez en Hendaya, Hitler recibió al pie del tren a Franco y pasaron juntos revista a las tropas desplegadas allí. Cuando pasaron al vagón donde iba a celebararse la entrevista, alrededor de la mesa se sentaron, además de Hitler y Franco, los ministros de Asuntos Exteriores de ambos países, Von Ribbentrop y Ramón Serrano Suñer. Junto a ellos, los traductores Gross y el barón De las Torres.

Desde un principio, los alemanes mostraron su interés por sumar al esfuerzo bélico el apoyo español. Tras el verano, en el que consiguieron ocupar Francia (con la connivencia del mariscal Petain), las tropas alemanas se mantuvieron en la frontera pirenaica a la espera de entrar en acción. Hitler esperaba acordar con Franco la conquista de Gibraltar, cerrando así el paso al Mediterráneo a la flota inglesa. Durante el encuentro, el dictador español se mostró constantemente partidario del Eje, agradeciendo el apoyo prestado por Hitler en la Guerra Civil, pero señaló la necesidad de ayudas y compensaciones territoriales dada la crítica situación en que el conflicto interno había dejado a España. En el punto de mira, el dominio sobre el Marruecos francés y Orán, amén de algunas pretensiones sobre el Rosellón francés, región que antaño había pertenecido a España.

Las peticiones de Franco resultaron exageradas, pues Hitler pretendía aglutinar un frente común europeo contra Inglaterra que contase con la colaboración de la Francia de Vichy y los deseos españoles contradecían a los de la parte ocupada del país vecino. El interés de Hitler era el evitar que la población y los territorios africanos apoyaran a la Francia libre del general De Gaulle, refugiado en Londres.

Ante la imposibilidad de llegar a un acuerdo, a las 18.05 horas “de forma airada y de malísimo mal humor”, según Serrano Suñer, Hitler se levantó y dio por terminada la reunión. El Führer le señaló a Von Ribbetrop que “con estos tipos, no hay nada que hacer”. Dicen las crónicas que también señaló que prefería que le sacaran todas las muelas antes de volver a entrevistarse con Franco. Según el comunicado de prensa oficial, la conferencia se celebró “en el ambiente de camaradería y cordialidad existente entre ambas naciones”. Nada más lejos de la realidad.

Acercando posturas
Para intentar acercar posiciones, los ministros de Exteriores de ambos países se mantuvieron reunidos hasta la cena oficial. La solución pasaba por la firma de un protocolo abierto en cuanto a las compensaciones que recibiría España. Tras la cena, se retomaron las conversaciones, pero el acuerdo no prosperó.

A las 00.20 horas, Hitler acompañó a los españoles a su tren. Durante el regreso, el caudillo calificó a los alemanes como “unos perturbados y unos maleducados”. Era la primera y última vez que ambos sátrapas se encontrarían.

Un amor imposible
¿Quiso o no quiso Franco combatir al lado de Hitler? Según el historiador Xavier Moreno Juliá, el freno fue el hecho de que las importaciones, que eran vitales para España, procedieran del Reino Unido. “Si Hitler hubiera accedido a las posesiones francesas del norte de África, Franco hubiera dado el paso”, asegura en su libro Diplomacia en tiempos de guerra (1936-1945). En él, Moreno Juliá ha desarrollado una extensa investigación en la que la parte más clara del encuentro corresponde a la primera reunión, trascrita íntegramente en los Documents on Germain Foreign Policy.

Desde ese momento, el único material que aporta algo de claridad se basa en los diarios, memorias y anotaciones realizados por el Barón de Las Torres y por Paul Schmidt, intérprete de Hitler que entró al vagón después de la primera reunión y que relató el encuentro en el libro Europa entre bastidores. Por su parte, Moreno Juliá asegura que Serrano Suñer se llevó parte de la información sobre el encuentro a su ámbito privado.

En cualquier caso no hubo acuerdo, por lo que España no entró oficialmente en guerra. El movimiento más directo de apoyo al Eje se produjo en junio de 1941, cuando Serrano Suñer, enfrentado a presiones internas de sectores pro nazis, envió a la División Azul, voluntarios españoles en apoyo de Alemania en la invasión de la Unión Soviética. Lo curioso es que la voluntariedad de estos soldados ha sido puesta en duda. Probablemente la mayoría acudieron, inflamados por la ideología franquista y antisoviética, aunque algunos soldados profesionales acudieron con ellos. El armamento y uniformes fueron suministrados en su totalidad por Alemania. La División Azul operó principalmente en el frente central y en el de Leningrado. Asimismo, existió una amplia tolerancia, incluso colaboración, ante la actuación de los agentes del Eje en España.

Los intereses belicistas de Franco se detuvieron ahí. Tenía por delante la dura tarea de intentar levantar a un país derruido. Lo hizo... aplicando mano de hierro.