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sábado, 7 de mayo de 2016

Botas y velos

“...para conservar la salud y cobrarla si se pierde, conviene alargar en todo y en todas maneras el uso del beber vino, por ser, con moderación, el mejor vehículo del alimento y la más eficaz medicina...".
Francisco de Quevedo.


Solera de Bodegas Vélez, fundada en 1857.
Que en un determinado momento de la historia, Chiclana llegara a contar con más de cien bodegas, nos da a entender la importancia que el sector vitivinícola tuvo para nuestro pueblo. Que en pleno siglo XXI, no lleguemos a diez y el vino sea algo residual en el poso de nuestra historia y en nuestro devenir diario, debe ser motivo de preocupación. Más aún cuando en otras zonas de la geografía nacional, la cultura del vino se mima con delectación porque es fuente de ingresos y motor de la economía. Pero no estamos aquí para criticar el deterioro del mundo bodeguero en Chiclana sino para ayudar a que se conozca esta centenaria historia…

Podríamos hablar de los orígenes de un cultivo milenario. Podríamos hablar de la forma en la que el hombre empezó a vinificar, del significado mítico-religioso que el consumo de vino tuvo en civilizaciones como la fenicia, la griega o la romana, pero no. Lo que nos interesa es saber por qué en Chiclana comenzó la actividad de vinificar en un determinado momento de nuestra historia. 

Ya desde el siglo XV se tienen noticias de establecimientos dedicados a la producción de vino en nuestra localidad, si bien no fue hasta el siglo XIX cuando se estableció el sistema bodeguero tal y como lo conocemos en la actualidad. La relación de dependencia con las bodegas de Jerez es un punto a tener en cuenta. Hasta bien entrado el siglo XX, las bodegas de Chiclana vendían casi el cien por cien de su mosto a los productores jerezanos, si bien esto empezó a cambiar cuando los bodegueros chiclaneros se dieron cuenta del enorme potencial que sus caldos podrían tener. Y aunque seguían produciendo suficiente mosto para vender a Jerez, algunos vinos de Chiclana alcanzaron cierto renombre no solo en la provincia, sino fuera de ella.

Debemos el lustre de las bodegas chiclaneras a un colectivo ciertamente singular: los chicucos. Con este nombre denominamos a las poblaciones que vinieron en el siglo XVIII a Cádiz procedentes de la zona de Cantabria. Al calor de las oportunidades de negocio que surgieron cuando Cádiz fue sede de la Casa de la Contratación (a partir de 1717 hasta la pérdida de las primeras colonias a inicios del XIX), estas gentes, comerciantes por naturaleza, se instalaron en ciertos puntos de la provincia. Los que lo hicieron en Chiclana comenzaron a amasar pequeñas sumas de dinero con negocios comerciales que pronto invirtieron en un negocio en ciernes: la viticultura. Primero asociándose con los productores jerezanos pero más tarde, copiando el modelo de bodega de esa población, los chicucos fueron los verdaderos exponentes del bodeguero chiclanero. En el primer tercio del siglo XIX ya fundaron algunas bodegas, aunque fue a mitad de siglo cuando se experimentó el verdadero empujón en este sector. 

Innovando paso a paso, fueron ganando cuota de mercado y convirtiendo a la vitivinicultura en la principal industria chiclanera, hasta el punto de ver en Chiclana más de cien establecimientos de este tipo. Muchos chiclaneros trabajaban en las bodegas en una época de cierta prosperidad que se vio truncada en los años 80 con la entrada de España en la Comunidad Económica Europea. La imposición de las cuotas de producción hizo que se tuvieran que cortar miles de hectáreas de viñedo porque España superaba el límite en la producción establecido por Bruselas. Chiclana, al no estar protegida por una denominación de origen, sufrió las consecuencias. El negocio bodeguero se vino abajo… pero aún queda esperanza. Solo hay que apostar por el turismo ligado al conocimiento del vino. Lo que ocurre es que en Chiclana, aún no nos hemos dado cuenta de ese potencial. ¿Lo haremos algún día?




domingo, 1 de mayo de 2016

El plateado del mar

Ahora que vuelve a oler a atún...


La pesca se consolida como una actividad artesanal en la que las técnicas se trasmiten de generación en generación. Ya en la antigüedad, aparece como una de las actividades esenciales para el sostenimiento económico de las primitivas sociedades cazadoras-recolectoras. Durante siglos la pesca tradicional se desenvolvió como una de los pocos hechos capaces de asentar población en un medio como el litoral, percibido como poco favorable. Si en el Creciente Fértil mesopotámico fue el cultivo de cereales el que dio paso de esas sociedades cazadoras-recolectoras a otras cuyo modo de producción hizo asentar la población en un lugar concreto, en la costa, fue la pesca la que ejerció de acelerante para el paso del Paleolítico al Neolítico.

La zona del Estrecho fue la elegida por los colonos y comerciantes fenicios (también griegos, aunque su presencia fuera más testimonial en esta zona) para instalar sus factorías. Ellos fueron quienes, hace ahora casi tres milenios, industrializaron la pesca del atún, fundando en las costas atlánticas del Estrecho, núcleos de población como Gadir, Lixus, Puerto de Menesteo, etcétera, desde donde establecieron contactos con las poblaciones autóctonas, y posteriormente pasando a consolidarse como ciudades.

Con la llegada del Imperio Romano, los pescadores, desde bien temprano, iban a la mar y volvían con las bodegas cargadas de pescado. La pesca de las almadrabas y los viajes a los caladeros norteafricanos propician el primer momento de gloria del de las actividades pesqueras en el golfo de Cádiz. El mítico Templo de Hércules, hoy Castillo de Sancti Petri, fue testigo mudo de estos vaivenes comerciales.
En el siglo VIII se produjo la llegada de los musulmanes a la península Ibérica. Se desconoce, hasta qué punto esta civilización continuó o puso en práctica la vieja economía de producción inaugurada por los fenicios. De lo que no hay duda es que siguieron capturando el atún en estas aguas, tal como había venido haciéndose desde siglos, incluso variando los términos lingüísticos usados en el argot de esta pesca; la misma palabra almadraba (“lugar donde se lucha, donde se pelea”), es un legado más de entre los muchos tecnicismos que debemos a los seguidores de Alá que permanecieron ocho siglos en la península Ibérica.

Expulsados definitivamente los musulmanes de España a finales del siglo XV, la inseguridad en la costa se acentúa si cabe aún más. La inseguridad en esta costa fue tal, que pocos se aventuraban no ya a poblarla, incluso a circular por ella. De modo que los duques de Medina Sidonia, con dominios por toda la comarca y encargados de la explotación por aquellos entonces de la actividad almadrabera (del siglo XIII al XIX), se vieron obligados a reclutar y emplear a gente perdida para otros menesteres en ciudades como Sevilla o Córdoba, la mayoría convictos de robos y crímenes.

Es aquí cuando empieza la fama de picardía con que se conocerá tradicionalmente a las gentes que laboraban en las almadrabas de la costa atlántica gaditana, pese a la cual los duques obtuvieron unos rendimientos que hicieron de su Casa una de las más ricas de España. Para salvaguardar a personas y enseres, mandaron construir a mediados del siglo XVI, infraestructuras que componen hoy un insustituible legado en muchas de estas poblaciones, cuyo paisaje debe parte de sus elementos más prominentes a esta modalidad pesquera: una de éstas son las chancas, edificios en los que se realizaba el procesado del atún y donde se ejecutaban tareas administrativas; las torres vigía que punteaban el litoral andaluz y eran utilizadas para el avistamiento de las "tropas de atunes" que se acercaban al Estrecho para la freza, o incluso el conjunto de viviendas que habitaban los trabajadores y trabajadoras durante las temporadas. Casos como el de la chanca de Sancti Petri o la de Conil, el castillo de Zahara o como el Real de la Almadraba de Nueva Umbría. También se construyeron atalayas y torretas para la vigilancia a lo largo de todo el litoral como es el caso de la del Puerco.

La actividad almadrabera en la península de Sancti Petri es fructífera en esos siglos, de cuando este rincón de Chiclana era conocido como La Barca y y ya desde los siglos XVII y XVIII existían pequeños establecimientos de salazones. Será en el XIX cuando ya se instaló una factoría almadrabera tal y como la conocemos hoy en día. Eran los tiempos en los que los “italianos” o los Curbera (estos hasta 1930) trabajaban en estas actividades, aunque eran meros arrendatarios allí en Sancti Petri.

Al inicio del siglo XX, de la importancia de esta pesquería almadrabera da una idea la existencia del Consorcio Nacional  Almadrabero, resultado de la unión de las empresas almadraberas andaluzas, que construyó y gestionó poblados almadraberos, como antes hicieron los duques de Media Sidonia. Éstos se volvieron a repoblar con trabajadores tanto de las faenas de pesca como de las actividades anexas, fundamentalmente de las fábricas de salazón y de conservas de atún. Pero esta actividad no duró mucho tiempo, pues al alto coste fijo que conlleva una almadraba y el gran número de personal que es necesario para su funcionamiento, unido al descenso de la pesca, hizo que en 1970 el Consorcio Nacional Almadrabero entrara en decadencia por la falta de beneficios y se llegara a casi la desaparición total de las almadrabas, incluida la de Sancti Petri, que cerró como factoría en 1971.

En la década de los 80 vuelve a resurgir la actividad almadrabera en manos de empresas privadas, que comienzan haciendo grandes inversiones en material y mano de obra, pero veían que todos sus esfuerzos no eran suficientes para el mantenimiento de la actividad, así que optaron por buscar nuevas vías de comercialización y aventurarse a comercializar en Japón. Sin embargo, Sancti Petri ya no jugó en esa “Primera División” del atún y salvo intentos poco fructíferos por montar una nueva almadraba en la primera década del siglo XXI, poco más se ha hecho por revitalizar esta actividad en el poblado marinero que hoy languidece con un ojo puesto en un futuro que le sirva para volver a reverdecer los laureles… o mejor dicho, reverdecer plateados,… los de los lomos del atún que tanto han dado a este rincón de nuestra Chiclana.




viernes, 17 de junio de 2011

GUERRA DE PRECIOS EN LA INDUSTRIA TABAQUERA

H
ace unos años estuvieron a punto de convencerme de lo bueno que era el tabaco. El culpable fue Nick Naylor... Bueno, en realidad la culpa fue del guión donde aparecía este personaje de una película llamada Gracias por fumar. El tal Nick Naylor era un ejecutivo contratado por las tabaqueras para poner en marcha una campaña en pos de prestigiar el consumo del tabaco. Y la verdad es que te convencía... a pesar de las zonas de oscuridad que también aparecían en la historia.



La publicidad siempre ha estado unida a la industria tabaquera. Hasta que a mediados de los 90, los gobiernos empezaron a recortar el ámbito de propaganda para este sector, las tabaqueras hacían su agosto ganando adeptos a la causa fumatoria. La escasa regulación del mercado provocó varias guerras de precios entre las grandes tabaqueras, que ahora se reproduce en España debido a varios factores: bajada de las ventas (la Ley Antitabaco, en vigor desde el 2 de enero pasado tiene mucho que ver en ello), la subida de impuestos al tabaco, y la necesidad de ganar más cuota de mercado en un mundo donde la competencia es feroz.

El estallido de esta nueva guerra de precios en el sector del tabaco comenzó con la bajada del coste de los productos de Philip Morris, dueña de Marlboro y Chesterfield. Saltaron las alarmas en el Gobierno, que está estudiando ya una subida impositiva para frenar las rebajas. El Ministerio de Hacienda tenía previsto recaudar este año 780 millones con los impuestos especiales del tabaco, pero la caída de las ventas ha provocado que tan sólo hasta abril se hayan recaudado ya 160 millones menos. El Ejecutivo parece dispuesto a tomar medidas, aunque no está claro todavía cuál podría ser el recargo fiscal y cuáles son los impuestos que se modificarán.

El 80 por ciento del precio del tabaco va ya actualmente a las arcas de Hacienda, pero hay varias tasas que gravan la cajetilla. Además del IVA (18 por ciento), hay dos impuestos especiales: uno ad valorem, que equivale al 57 por ciento del precio final, y otro específico, de 25 céntimos por cajetilla. Hace cinco años, tras desencadenarse la anterior guerra de precios, se aprobó además un impuesto mínimo, que está fijado ahora en 117 euros por cada 1.000 cigarrillos, o lo que es lo mismo, 2,34 euros por cajetilla. Si una empresa decide vender su tabaco barato y la suma de los impuestos especiales no alcanza esa cifra, se le aplica entonces ese mínimo.

En teoría, y teniendo en cuenta que hay que pagar además un 8 por ciento de comisión a los estancos, resultaría imposible vender por debajo de 3,66 euros cada cajetilla. Pero en la práctica, sí se hace. De hecho, Fortuna, Chesterfield, Winston o Lucky Strike se están vendendiendo a 3,50 euros por cajetilla, mientras que otras de un segmento algo más bajo, L&M y Pall Mall, están ya a 3,30 euros.

Philip Morris ha abierto esta nueva batalla y está llevando su rentabilidad al límite con tal de arañar más cuota de mercado y estrechar la diferencia de precios con la competencia, lo que ha obligado a los demás a responder, golpeando así al Gobierno donde más duele, en la recaudación. ¿Cuál es el siguiente paso que tiene que dar el Ejecutivo para impedir el desplome de precios? ¿Aumentarán los adeptos a la “comuna tabaquera”? ¿Qué pasará con la Ley Antibabaco?

Créditos: youtube.com



viernes, 10 de junio de 2011

FUGA DE CEREBROS


H ace 30 o 40 años, el estancamiento económico de España, sobre todo en sus zonas rurales (que por aquel entonces, eran las que predominaban), hizo que se pusiera sobre la mesa una cuestión esencial: ¿Qué modelo económico quiere seguir España? Se impuso el llamado desarrollismo, ya saben, crecimiento rápido, fácil, endeudamiento exprés, pelotazos encubiertos por la dictadura, a veces cómplice de estas conductas... y el turismo. Se vendió como un éxito del franquismo, pero lo cierto es que de aquellos polvos, llegaron unos lodos que cristalizaron en una rotunda crisis económica a finales de los 70, de la que salimos a mediados de los 80, tras un plan de reconversión industrial que dejó tiritando a muchos sectores.

Otra salida que se produjo en ese modelo económico fue la emigración. Sí. Fuimos emigrantes, y aunque la idealizada imagen que nos transmitió el gran Juanito Valderrama en aquella película en la que hacía las maletas para ganarse la vida, distaba mucho de la que vivieron miles de españoles, puede servir de punto de partida de lo que experimentaron muchos de nuestros familiares, porque ¿quién no conoce a alguien que tuvo que hacer la maleta e irse a trabajar a Francia, Suiza o Alemania?

En aquella época se iba la mano de obra del campo en busca de ser otra pieza más en alguna cadena de montaje. Se forjaron allí grandes especialistas que casi nunca volvieron para invertir esas capacidades en la industria patria. Hoy también se produce un éxodo de españoles al extranjero. No es ni mucho menos, tan numeroso como el producido hace unas décadas, ni tampoco son jornaleros los que se marcha. Ahora países como Alemania (que poco cambian las cosas, ¿no?) precisa de ingenieros, informáticos, médicos, programadores... técnicos ampliamente cualificados para puestos de trabajo de gran responsabilidad y ampliamente remunerados. Alemania como el gran maná. Fuga de cerebros sin billete de retorno. En Albacete, 76 jóvenes pusieron tierra de por medio y se han marchado a otros países donde su cualificación y su experiencia es más valorada. Pero cabe preguntarse si en pleno debate sobre cambio de modelo productivo, de incentivos a la I-D-i, y con un progreso constante en las tecnologías derivadas de las energías renovables y de la Sociedad del Conocimiento (un amplio semillero de profesionales), es aconsejable que muchos jóvenes que podrían perfectamente trabajar aquí, se marchen a favorecer las economías de nuestros competidores.

¿Qué falla entonces? Lo de siempre. Buenas intenciones, buenas palabras, pero nula determinación política y escasa financiación para invertir en estos campos. Si no cambiamos el chip, la emigración de ahora nos va a hacer más daño a la larga puesto que no dispondremos de personal idóneo para realizar estas tareas. ¿Estamos dispuestos a ficharlos del extranjero?

Foto: swotti.com



martes, 15 de marzo de 2011

REFERENTES Y RETOS


U
na década demostrando que aquella artesanía del cuchillo es una industria generadora de riqueza y de empleo. Una década es la que cumple de vida la Escuela de Cuchillería de Albacete, amparada por gentes que supieron ver la necesidad de una institución que prende la llama de lo que ha sido Albacete durante siglos, en muchos jóvenes que se acercaron a este oficio con la esperanza de encontrar el trabajo de sus vidas. Así ha sido para muchos a lo largo de estos diez años, aunque lamentablemente, la crisis económica de estos últimos dos años y medio, ha provocado cierto parón en la actividad.

En este decenio han pasado más de 800 alumnos por la Escuela de Cuchillería de Albacete, y ha habido años en que el cien por cien de los alumnos encontraban empleo al terminar su etapa formativa. Esperemos que el devenir económico haga llegar tiempos mejores y se recuperen esas cifras de ocupación.

La Escuela de Cuchillería hace justicia al que ha sido gran motor económico de la capital (y de la provincia, no en vano en otros municipios también existe una gran tradición cuchillera), y debe continuar manteniéndose como un referente para la creación de empleo. El impulso de los profesores, de los propios alumnos, de las empresas que aún quedan en el sector y de las instituciones que deben apoyarlo para preservar su futuro, deben ser suficientes para garantizar la marca albaceteña como sinónimo de calidad en la cuchillería.

Es un reto enorme. Hay que reconocerlo. En una coyuntura de crisis, con una competencia procedente de oriente, que en muchos casos es totalmente desleal, y con un mercado que apenas se mueve, la cuchillería albaceteña tiene que batirse el cobre con muchos y variados enemigos. Sin embargo, es gozoso comprobar como iniciativas como el made in salen adelante como enseña de calidad de estos productos albaceteños y que siguen demandándose puestos de trabajo para el sector. Esa Escuela de Cuchillería que está de aniversario es causa y efecto de toda esta dinámica. Brindemos por muchos más años de vivencias.

Foto: El Pueblo.



viernes, 22 de octubre de 2010

EN EL FILO DE TRADICIÓN


T
radición no significa desfasado. Artesanía no está reñido con progreso. Ambos conceptos se unen para definir la que ha sido durante siglos, la principal industria que ha tirado del carro de la economía albaceteña, una cuchillería que viviendo momentos no precisamente boyantes, se reivindica a golpe de buenas iniciativas apoyadas por todos. La última: el Parlamento Europeo da luz verde a un reglamento por el cual se va a exigir la catalogación del made in a las exportaciones que lleguen de terceros países. Se obtiene así una equiparación de derechos en la comercialización de productos similares, en román paladino: si el cuchillo de Albacete cuenta con un made in que habla de la calidad que se ha seguido en el proceso de su realización, se exige ahora lo mismo a la competencia más directa que está teniendo este producto y que llega desde el lejano Oriente. La competencia desleal queda descabalgada gracias a la labor del sector cuchillero y al apoyo de la clase política.

Y es que la cuchillería necesita ser reivindicada, por todo aquello que le ha dado al conjunto del tejido productivo de Albacete, y por lo que aún puede darle. Ante esa competencia desleal que viene de países como China, el concepto de calidad es el que debe presidir la actividad de las empresas que aún mantiene vivo el nombre del cuchillo albaceteño.

Importante también es la labor de difusión tanto del producto como de la actividad manufacturera. En este sentido, iniciativas como No te cortes, destinada a los más pequeños, se configuran como elementos insustituibles para que la esencia de esta industria tan artesanal como efectiva para nuestra economía, siga manteniendo su estatus en un mundo cada vez más competitivo.

Foto: Laura Arroyo



miércoles, 25 de agosto de 2010

EL 'DEUS EX MACHINA' DE LA PASTA


S
i cree usted que los católicos nunca han sido buenos en el mundo de los negocios, que los calvinistas han sido unos zorros y que los judíos inventaron la usura, puede que haya leído a Max Weber y su ensayo La ética protestante y el espíritu del capitalismo... o no.

El amigo Weber decía allá por 1905 (cuando escribió esta obra), que “el católico es más tranquilo; dotado de menor impulso adquisitivo, prefiere una vida bien asegurada aun a cambio de obtener menores ingresos, a una vida de continuo peligro y exaltación, por la eventual exaltación de honores y riquezas. Comer bien o dormir tranquilo, dice el refrán; pues bien, en tal caso, el protestante opta por comer bien, mientras que el católico prefiere dormir tranquilamente”. En esto (bueno, y en algunas precisiones algo más técnicas), fundamenta el sociólogo alemán su teoría sobre la relación entre el protestantismo y el progreso de las sociedades capitalistas. En una visión ciertamente reduccionista, Weber proclamaba el éxito industrial de sociedades como la británica, la alemana o la suiza al carácter individualista y emprendedor de sus habitantes, mientras que el catolicismo influía, digámoslo de manera poco injuriosa, en un carácter algo más ocioso para el desarrollo industrial.

Puede que Weber obviara que a finales del siglo XVIII, el empuje de la Revolución Industrial, primero en el Reino Unido y luego en países del centro y el norte de Europa, fuera el aldabonazo para un surgimiento industrial poderoso. Lastimosamente, en países del arco mediterráneo (verbigracia, España), los vientos de cambio no llegaron y ahí Weber puso el dedo en la llaga para decir que el carácter católico no es tan afín al mundo de los negocios.

Sin embargo, las teorías del amigo Weber (tomadas como dogma de fe por muchos sociólogos y economistas desde entonces), caen hoy por su propio peso al examinar el increíble crecimiento económico de países como China, India o Brasil (sin contar, el desarrollo ya conocido de economías tan pujantes como Japón o Corea del Sur). La fenomenología religiosa en su papel de deus ex machina en el escenario financiero, ya no casa hoy como hace un siglo. Los tiempos cambian, las casuísticas también y hoy la usura ha dejado de ser sinónimo de judaísmo y el papel de “hormiguita” económica ha dejado de ser patente de corso de los calvinistas. Quizás los economistas del presente deberían reformular las tesis de Weber y plantearse hablar de la ética del capitalismo basando en un mundo más sincrético, más interracial, más intercultural... aunque, perdón... no he caído en que ética y capitalismo son dos conceptos que quizás no comulguen demasiado bien.

Vaya papelón que nos dejó el alemán...



martes, 3 de agosto de 2010

A ZAPATERO SE LE CALA EL COCHE


E
s una prueba fehaciente de los débiles cimientos sobre los que se está sustentando la tan cacareada e incipiente salida de la crisis económica. Durante más de un año, la industria del automóvil ha ido taponando sus agujeros negros gracias a medidas de estímulo propiciadas por el Gobierno, léase el Plan 2000E. Las ventas han ido subiendo, los incentivos a concesionarios y compradores han crecido y el parque automovilístico español -uno de los más vetustos de todo el continente-, se ha ido renovando conciliando además la “moda” de que los automóviles con menores emisiones contaminantes campen a sus anchas por nuestras calles, autovías y autopistas.

Pero el buen momento se ha cortado de raíz. Julio ha sido un mes devastador para las esperanzas de las empresas automovilísticas y de los concesionarios que venden vehículos. Rápidamente, la cancelación ya anunciada del Plan 2000E y la subida del IVA el pasado 1 de julio, han sido señaladas como las causas principales del descenso en las ventas, que en provincias como la nuestra ha llegado hasta el 40 por ciento, una cifra que raya en lo preocupante.

El sector del automóvil, una de las industrias que mayor crecimiento puede generar en España en tiempos de bonanza, clama en el desierto. El Ejecutivo de Zapatero no da su brazo a torcer y no volverá a retomar el Plan 2000E ni medidas de estímulo similares. Parece ser que ahora le toca a la propia industria del automóvil buscar la luz entre las sombras que se ciernen en el futuro inmediato.

Las ayudas siguen haciendo falta, no sólo para reactivar la compra de coches, si no también para que otros sectores puedan tener esta “muleta” para apoyarse en tiempos que, no nos engañemos, aún no están para tirar cohetes. Cierto es que estamos mejor que hace un año, pero Zapatero debería buscar soluciones para que esos cimientos del crecimiento que él desea ver fortalecidos, no se vengan abajo. El presidente tiene dos opciones: seguir el camino o verse tirado en la cuneta porque su “auto” del crecimiento se le ha calado.



miércoles, 20 de enero de 2010

CON...FITUR...AS


U
no de los mayores escaparates del mundo comienza hoy. La Feria Internacional de Turismo de Madrid, Fitur, comienza su trigésima edición con la intención de olvidarse de la crisis y apostar por la promoción turística como un resorte fundamental para sortear las destemplanzas económicas. En España, más si cabe, puesto que hablamos de la principal industria nacional, que además, se ha visto afectada por los bajos ánimos provocados por la recesión. El país necesita recuperar visitas y en el año pregonado como el de la recuperación, Fitur se convierte en la principal lanzadera para obtener tal fin.

Albacete se suma este año al evento en plenos preparativos de lo que va a ser la celebración del III Centenario de su Feria de septiembre. En los dos últimos años, múltiples han sido las ideas surgidas en torno a este acontecimiento que en teoría, debe poner a la ciudad en el punto de mira de los profesionales del sector, más incluso después de que ya llevemos más de un año disfrutando de la Declaración de Interés Turístico Internacional.

Ideas, proyectos, actuaciones... Negro sobre blanco la cosa pinta bien. Con los días de fiesta en el horizonte, 2010 se presenta como una oportunidad única de hacer de la ciudad un punto de interés más allá de las navajas y los tópicos típicos. Actuaciones en infraestructuras, adecentamiento de calles en la zona adyacente al Recinto Ferial, impulso a la imagen de la ciudad no ya en el extranjero, sino en el resto del país (Albacete, esa gran desconocida), inversiones propias y ajenas, ¿una ocasión propicia para dejar atrás definitivamente la crisis?...

Eso sobre el papel. Pero en este país somos especialistas en que lo que está planeado luego no se lleva a ejecución y grandes acontecimientos quedan en un hecho puntual con cierta trascedencia temporal y que luego desaparecen como lágrimas en la lluvia. Este año, el año del III Centenario, debe empezar a dar frutos ya. Un hecho tan excepcional como cumplir tres siglos de Feria debe vivirse a los largo de los doce meses del año y no tan sólo en los diez días de fiesta. Queda claro que del 7 al 17 de septiembre, albaceteños y visitantes deben sentir la Feria como algo único, irrepetible, memorable, pero la Septembrina debe dejarnos herencia y ahí las cosas no parecen tan claras.

En el debe del Ayuntamiento, en especial del equipo de Gobierno, tenemos apuntados todos esos proyectos que bajo el paraguas del III Centenario debe servir a la ciudad para relanzarse como un destino apetecible, como una capital de provincias, sí, pero que mira al futuro con determinación, como un centro económico que aprovechando su excepcional situación, tiene que ser la locomotora del progreso de Castilla-La Mancha. Fitur es la primera parada. Veamos qué se nos ofrece. Brindemos por un año tricentenario de proyectos definidos y de alegrías para el futuro. Y esperemos que el humo de esa máquina no se disipe dejando la nadería más absoluta.



jueves, 14 de enero de 2010

DIVERSIFICA, QUE ALGO QUEDA


C
omo buen encantador de serpientes, Felipe González supo mantener encandilados a los españoles durante casi 14 años, hasta que los casos de corrupción pudieron con él y con ese sueño que comenzó en 1982 y que luego produjo “monstruos” tan detestables como los Roldanes, Rubios y demás. No se le puede acusar a Isidoro de pacato o interesado a la hora de conservar el inmenso vivero de votos que cosechó entonces. No en vano, parece que la templanza no era una de sus virtudes, más bien las ganas de acometer reformas estructurales. La industria española de principios de los 80 estaba totalmente obsoleta y era incapaz de competir en igualdad de condiciones con países que nos llevaban varios cuerpos de ventaja. Altos hornos en Vizcaya, Asturias o Sagunto (recuerden la llamada Marcha del Hierro protagonizada años más tarde por empleados de AHV y Ensidesa), astilleros en Andalucía o Galicia, textil en Cataluña,... La descomposición del franquismo y la tibieza de sus dirigentes impidió que se llevara a cabo la necesaria reconversión industrial, dejándose en tareas pendientes para la década siguiente. Además, la entrada en 1986 en la Comunidad Económica Europea, obligó a un nuevo impulso en esa reconversión que dejó por el camino multitud de víctimas en forma de empleados de esas caducas industrias.

Pero no estamos aquí para historiar, que para eso doctores tiene la iglesia que lo han hecho mejor que el que suscribe. Simplemente el esbozo inicial debe servir para ejercer una comparación necesaria en tiempos de quebrantos económicos como éstos. España ha construido en las dos últimas décadas un crecimiento (que ha quedado demostrado que ha sido más ficticio que otra cosa), basado en un sector como el de la construcción que se agigantó sobre pilares ciertamente débiles, todo ello bajo la parsimonia y la condescendencia de los sucesivos gobiernos. Visto el fracaso del modelo se habla ahora de diversificación de la economía, bonito eufemismo que mucho nos tememos se quedará en eso, en hueca palabrería ya que para encontrar otra vía de crecimiento económico sostenido que sustituya al edificio anterior, han de tenerse agallas políticas para efectuar verdaderas transformaciones en el tejido productivo, algo que no parece que sucederá a pesar de buenas ideas como la Ley de Economía Sostenible. ¿Y por qué no habrá diversificación? Ante todo, porque la cultura del dinero fácil y rápido, del pelotazo, funciona muy bien en nuestra sociedad, segundo, porque un cambio tan brutal en las estructuras económicas implicaría el hacer “mucha pupita” a los sectores que tradicionalmente han manejado el cotarro y tercero, por que dudamos que haya un Gobierno (presente y futuro) con “talante” tan reconversor como haría falta en esta coyuntura.

¿Qué nos queda entonces? Buscar pequeños espacios donde hacer crecer simientes de nuevas actividades alejadas de esa cultura económica que tan perniciosa se ha demostrado para España y tener la esperanza de que su germinación sirva para hacer florecer un entramado lo suficientemente interesante como para considerarlo un activo de nuestra productividad. Mientras tanto, veremos pasar el cadáver de la economía nacional asaeteado por los lumbreras de siempre. Y si no, al tiempo.



miércoles, 6 de enero de 2010

LA VIDA EN UNA CADENA DE MONTAJE


E
l coche se iba a ensablar en tan sólo hora y media. Para ello, no harían falta cientos de operarios. Sólo unos cuantos, bien organizados, bien preparados y trabajando “sólo” ocho horas al día. El patrón cumplía lo que decía. De aquellas piezas deslavazadas al reluciente modelo T tan sólo transcurrieron 90 minutos. La compañía era la más fuerte de Estados Unidos, del mundo. Y todo gracias a un visionario llamado Henry Ford que un Día de Reyes de 1914 agilizó el montaje en cadena de su “pequeño”, sin tener esclavizados a sus trabajadores, como por otra parte, era usual en esos tiempos previos a la primera gran crisis económica del siglo XX.

Henry Ford nació en Dearborn, Michigan, en 1863. Tras haber recibido sólo una educación elemental, se formó como técnico maquinista en la industria de Detroit. Tan pronto como los alemanes Daimler y Benz empezaron a lanzar al mercado los primeros automóviles (hacia 1885), Ford se interesó por el invento y empezó a construir sus propios prototipos. Sin embargo, sus primeros intentos fracasaron. No alcanzó el éxito hasta su tercer proyecto empresarial, lanzado en 1903: la Ford Motor Company. Consistía en fabricar automóviles sencillos y baratos destinados al consumo masivo de la familia media americana; hasta entonces el automóvil había sido un objeto de fabricación artesanal y de coste prohibitivo, destinado a un público muy limitado.

Con su modelo T, Ford puso el automóvil al alcance de las clases medias, introduciéndolo en la era del consumo en masa; con ello contribuyó a alterar drásticamente los hábitos de vida y de trabajo y la fisonomía de las ciudades, haciendo aparecer la “civilización del automóvil” del siglo XX.

Claves
La clave del éxito de Ford residía en su procedimiento para reducir los costes de fabricación: la producción en serie, conocida también como fordismo. Dicho método, inspirado en el modo de trabajo de los mataderos de Detroit, consistía en instalar una cadena de montaje a base de correas de transmisión y guías de deslizamiento que iban desplazando automáticamente el chasis del automóvil hasta los puestos en donde sucesivos grupos de operarios realizaban en él las tareas encomendadas, hasta que el coche estuviera completamente terminado. El sistema de piezas intercambiables, ensayado desde mucho antes en fábricas americanas de armas y relojes, abarataba la producción y las reparaciones por la vía de la estandarización del producto.

La fabricación en cadena, con la que Ford revolucionó la industria automovilística, era una apuesta arriesgada, pues sólo resultaría viable si hallaba una demanda capaz de absorber su masiva producción; las dimensiones del mercado norteamericano ofrecían un marco propicio, pero además Ford evaluó correctamente la capacidad adquisitiva del hombre medio americano a las puertas de la sociedad de consumo.



Siempre que existiera esa demanda, la fabricación en cadena permitía ahorrar pérdidas de tiempo de trabajo, al no tener que desplazarse los obreros de un lugar a otro de la fábrica, llevando hasta el extremo las recomendaciones de la organización científica del trabajo de F. W. Taylor. Cada operación quedaba compartimentada en una sucesión de tareas mecánicas y repetitivas, con lo que dejaban de tener valor las cualificaciones técnicas o artesanales de los obreros, y la industria naciente podía aprovechar mejor la mano de obra sin cualificación de los inmigrantes que arribaban masivamente a Estados Unidos cada año.

Los costes de adiestramiento de la mano de obra se redujeron, al tiempo que la descualificación de la mano de obra eliminaba la incómoda actividad reivindicativa de los sindicatos de oficio (basados en la cualificación profesional de sus miembros), que eran las únicas organizaciones sindicales que tenían fuerza en aquella época en Estados Unidos.

Al mismo tiempo, la dirección de la empresa adquiría un control estricto sobre el ritmo de trabajo de los obreros, regulado por la velocidad que se imprimía a la cadena de montaje. La reducción de los costes permitió, en cambio, a Ford elevar los salarios que ofrecía a sus trabajadores muy por encima de lo que era normal en la industria norteamericana de la época: con su famoso salario de cinco dólares diarios se aseguró una plantilla satisfecha y nada conflictiva, a la que podía imponer normas de conducta estrictas dentro y fuera de la fábrica, vigilando su vida privada a través de un “departamento de sociología”.

Sin embargo, poca contestación laboral encontraba el patrón entre sus empleados. Ford también se encargó de dignificar las condiciones de trabajo proponiendo primero, e instaurando después (en 1914), la jornada laboral de ocho horas, que él creía suficiente para mantener la carga productiva de la empresa. Acertó y ahí encontró un nuevo motivo de alabanza por parte de su plantilla.

Clase media
Los trabajadores de la Ford entraron, gracias a los altos salarios que recibían, en el umbral de las clases medias, convirtiéndose en consumidores potenciales de productos como los automóviles que Ford vendía; toda una transformación social se iba a operar en Estados Unidos con la adopción de estos métodos empresariales.

El éxito de ventas del Ford T, del cual llegaron a venderse unos 15 millones de unidades, convirtió a su fabricante en uno de los hombres más ricos del mundo, e hizo de la Ford Motor Company una de las mayores compañías industriales, hasta nuestros días. Fiel a sus ideas sobre la competencia y el libre mercado, no intentó monopolizar sus hallazgos en materia de organización empresarial, sino que intentó darles la máxima difusión; en consecuencia, no tardaron en surgirle competidores dentro de la industria automovilística, y pronto la fabricación en cadena se extendió a otros sectores y países, abriendo una nueva era en la historia industrial.

Otras causas
Henry Ford, por el contrario, reorientó sus esfuerzos hacia otras causas en las que tuvo menos éxito: fracasó primero en sus esfuerzos pacifistas contra la Primera Guerra Mundial (1914-18); y se desacreditó luego organizando campañas menos loables, como la propaganda antisemita que difundió en los años veinte o la lucha contra los sindicatos en los años treinta. A pesar de ello, Ford será recordado como el hombre que un día lo cambió todo.