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miércoles, 27 de marzo de 2019

Se me iban los ojos tras la farándula

Feliz Día Mundial de esa cosa maravillosa llamada teatro...

"La primera figura que se ofreció a los ojos de don Quijote fue la de la misma Muerte, con rostro humano; junto a ella venía un ángel con unas grandes y pintadas alas; al un lado estaba un emperador con una corona, al parecer de oro, en la cabeza; a los pies de la Muerte estaba el dios que llaman Cupido, sin venda en los ojos, pero con su arco, carcaj y saetas. Venía también un caballero armado de punta en blanco, excepto que no traía morrión ni celada, sino un sombrero lleno de plumas de diversos colores. Con estas venían otras personas de diferentes trajes y rostros. Todo lo cual visto de improviso, en alguna manera alborotó a don Quijote y puso miedo en el corazón de Sancho; mas luego se alegró don Quijote, creyendo que se le ofrecía alguna nueva y peligrosa aventura, y con este pensamiento, y con ánimo dispuesto de acometer cualquier peligro, se puso delante de la carreta y con voz alta y amenazadora dijo:

—Carretero, cochero o diablo, o lo que eres, no tardes en decirme quién eres, a dóo vas y quién es la gente que llevas en tu carricoche, que más parece la barca de Carón que carreta de las que se usan.
A lo cual, mansamente, deteniendo el Diablo la carreta, respondió:

—Señor, nosotros somos recitantes de la compañía de Angulo el Malo. Hemos hecho en un lugar que está detrás de aquella loma, esta mañana, que es la octava del Corpus, el auto de Las Cortes de la Muerte, y hémosle de hacer esta tarde en aquel lugar que desde aquí se parece; y por estar tan cerca y excusar el trabajo de desnudarnos y volvernos a vestir, nos vamos vestidos con los mismos vestidos que representamos. Aquel mancebo va de Muerte; el otro, de Ángel; aquella mujer, que es la del autor, va de Reina; el otro, de Soldado; aquel, de Emperador, y yo, de Demonio, y soy una de las principales figuras del auto, porque hago en esta compañía los primeros papeles. Si otra cosa vuestra merced desea saber de nosotros, pregúntemelo, que yo le sabré responder con toda puntualidad, que, como soy demonio, todo se me alcanza.

—Por la fe de caballero andante —respondió don Quijote— que así como vi este carro imaginé que alguna grande aventura se me ofrecía, y ahora digo que es menester tocar las apariencias con la mano para dar lugar al desengaño. Andad con Dios, buena gente, y haced vuestra fiesta, y mirad si mandáis algo en que pueda seros de provecho, que lo haré con buen ánimo y buen talante, porque desde muchacho fui aficionado a la carátula, y en mi mocedad se me iban los ojos tras la farándula".

De la extraña aventura que le sucedió al valeroso don Quijote con el carro o carreta de «Las Cortes de la Muerte» (II, capítulo 11 de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha).





viernes, 28 de diciembre de 2018

Obsolescencia y exorcismos

“No saber de uno mismo; eso es vivir. Saber mal de uno mismo, eso es pensar.” 
Fernando Pessoa.
El libro del desasosiego.


El titilar de la lámpara no le dejaba escribir.

Fmal se entretenía arrugando el papel que yacía sobre la mesa sintiendo que no era capaz de seguir con el renglón que había iniciado unas líneas más arriba. La soledad le perturbaba pero sabía que era el único camino para llegar a terminar el relato que había iniciado varios días antes pero al que no le veía un final claro. Para ser sinceros, tampoco sabía cómo darle cuerpo y sentido a la narración. Pensó que al menos tenía un buen inicio y se sentía indefenso e temeroso de no cumplir con las expectativas que se había marcado. “Un buen principio puede quedar arrasado por un mediocre final”, se decía para sí mismo ante la perspectiva de fracasar en el intento de ser escritor.

Fmal languidecía sobre la silla, muertos los brazos, dejando caer al suelo el gastado lapicero que usaba para dar vida a su relato. El ruido leve y sordo del madero sobre la losa quebró la quietud de la estancia. Las tripas de la casa regurgitaban y le recordaban…

“¿Qué le recordaban?”...

Félix se detuvo ahí. No pudo continuar la historia de Fmal porque no tenía mimbres. No tenía idea de por dónde proseguir la narración. Quería ser trascendente en su vano intento de ser contador de historias pero era consciente que estaba cayendo en lo inane. Quería contar una historia con fondo, pero solo había puesto una palabra tras otra. Quería darle sentido a una ensoñada carrera como escritor, pero cayó en lo obvio…

“Félix, no vas a ser escritor”.

Y Félix estaba en lo cierto. Su relato sobre ese personaje que había creado hace escasos minutos había nacido fallido. No era ni intento de relato. Fmal quería ser escritor tal y como pretendía el propio Félix para sí mismo. Pero Fmal acababa de morir apenas unos minutos después de haber nacido como personaje y el autor se sentía absolutamente desesperado. Metaliteratura. Metafracaso.

Cabeza gacha, desesperación latente, mirada perdida, sensación de fracaso. Se preparó un café y perdió su mirada a través de los cristales del gran ventanal. Deseó que estuviese lloviendo para hacer más emocional, más romántico, más triste esa epifanía portadora de malas nuevas para el aprendiz de escritor. Más vale que se dedicara a otra cosa. “Mi padre ya me lo decía. Tengo demasiados pajaritos en la cabeza”. El pragmático progenitor quería una carrera de bien para el segundo chico de la familia. La madre le azuzaba con que siguiera sus instintos artísticos. Siempre se le dio bien eso de crear. “Pero crear no te da de comer”, musitó Félix para sí.

Crack.
“¿Qué es ese ruido?”

Félix se alteró por el inesperado crujir de las maderas de la casa. El siempre molesto viento de Levante no ayudaba a decrecer la sensación de peligro que el tétrico ruido le había provocado. Con el corazón palpitando, Félix tomó la decisión de investigar de dónde procedía ese chasquido que le quebraba el alma.

Crack.

La casa siempre había sido silenciosa. Vieja, pero silenciosa. Los cuidados a los que la sometía Félix periódicamente daba como resultado que luciera esplendorosa en todas sus facetas: como casa, como edificio histórico y singular y lo que es más importante, como hogar. Eso al menos, es lo que le gustaba pensar a él. Siempre argumentó de modo presumido que los vecinos se maravillaban al verla. Los veía detenerse delante de la puerta o en su esquina prominente que daba a la calle Larga. Era feliz cuando los observaba tras el cristal cuchicheando sobre la magnificencia de su planta, lo equilibrado de sus formas, la luminosidad de su fachada, lo imperial de sus cierros y rejerías. Era feliz siendo el único habitante de la casa, por más que en los bajos Antonio se ganara la vida con su pequeña ferretería, lugar de peregrinación de los vecinos no siempre en busca de tornillos, clavos o espiches. Antonio era un gran conversador y eso llenaba de alegría los días de Félix. También lo era Vicente Pancita, que con su frutería era otro de los puntos de interés del barrio. Buena verdura y fresca fruta de su propia huerta por la que venían preguntando desde otros puntos del pueblo. Y qué risas se echaba con las señoras el bueno de Vicente.

La casa era vieja, pero cuidada. No le faltaba ni un detalle y siempre intentaba mantenerla limpia. Subía a la azotea para cerciorarse de que los pináculos y jarrones de los pretiles estuvieran en perfecto estado, que los guardapolvos de pizarra no sufrieran los desmanes del tiempo, que la pared siempre luciera blanca de cal, que las cornisas estuvieran libres de malas hierbas y que los cierros, rejas y ventajas cumplieran su función a la perfección. Llegaban incluso desde la capital para admirar la majestuosidad de la gran casa que daba la espalda a la Iglesia Mayor con quien rivalizaba en prestancia ante vecinos y foráneos. Pero a pesar de tan importante adversaria, su casa no tenía rival. Sabía que era la envidia del barrio.

Crack.

Un ruido más, cada vez más fuerte, cada vez más cercano y penetrante. La casa aparecía quejumbrosa ante los ojos de un Félix que acumuló a partes iguales excitación y ansiedad por desvelar el misterio de aquel infernal crujido. Agarró una vieja linterna de latón que guardaba en el escritorio, sede de su fracaso como escritor, y con desvelo de detective buscó presuroso el pasillo para adivinar qué emitía aquel clamor terrorífico.

El pasillo largo que apuñalaba toda la planta del edificio se antojaba demasiado oscuro y lúgubre para un solo hombre. Félix se afanó en el paso y agudizó los sentidos para tratar de averiguar cuál era el foco de su desazón. La linterna apenas emitía un hilo de luz, imperceptible ya a un par de metros en avanzada. La inseguridad crecía en el hombre de la casa, que apenas respiraba por no interferir en la quietud que tanto amaba y que se veía amenazada por el sutil pero luctuoso ruido que empezaba a incomodarle.

Catacrack.

“Suena como a pasos sobre la madera”. El temor aumentaba a cada paso que daba. Aunque concentrado en el problema, trataba de pensar en cosas agradables, en los momentos tan gratos que la casa le había proporcionado en ese autoimpuesto retiro en el que vivía ya desde hace unos años. Sabía que se había ganado fama de huraño eremita, pero siempre tuvo disposición a ayudar a quien llamara a su puerta. Pero se sentía solo, demasiado solo desde hacía demasiado tiempo.

¡Catacrack!

El ruido se volvía cada vez más tangible, más oscuro, más pesado y cavernoso. Una especie de chirrido intermitente que se alternaba con una suerte de pitido corto empezaba a taladrarle los oídos. Él, que tanto amaba la paz de su casa, empezaba a angustiarse por los ruidos que se abalanzaban sobre su hogar.

“Estoy perdiendo la cordura. Seguro que no es nada. Una tabla desenclavada, una losa suelta, una conducción que pierde aire o agua. Sí, seguro que es solo eso”, razonaba Félix que trataba de agarrarse a la realidad que conocía. Buscaba reconocer cada rincón de su casa, cada estancia. “Sí, aquí está el cuarto de invitados. Todo está en orden”, susurraba entre dientes. Otra alcoba, un baño, un trastero hasta llegar a la escalera. Cerró tras de sí la puerta cuando escuchó un cuchicheo lejano. Miró hacia la planta superior para desentrañar el misterio, pero la oscuridad le impidió aclarar su mente. Pensó que serían los vecinos alarmados ante semejante escandalera que decididamente, procedía del exterior.

“Es mi casa. No pueden entrar aquí. Es mi casa. ¿Por qué no han llamado a la puerta como Dios manda?”.

Crack.

Bajando la escalera, el estruendo era mayor si cabe. Directamente proporcional crecía el miedo en el fuero interno de Félix que notaba como le castañeteaban los dientes aunque trató de tranquilizarse a sí mismo pensando que se lo provocaba el fresco que hacía fuera de su estudio. La escalera que le llevaba al mismo Averno desembocaba en un rincón, en un ángulo oscuro, donde no, no se veía ninguna romántica arpa. Félix trató de apuntar con la luz pero apenas disponía de pilas en la linterna. Ante él estaba la disyuntiva de seguir el camino emprendido sin apenas claridad y con la incertidumbre de qué se encontraría unos pasos más adelante o volver en busca de más luz… o de ayuda, pero ¿a quién podría pedírsela? Estaba solo en este mundo. Su soledad era buscada, querida, necesaria.

Un golpe hosco, ensordecedor le hizo caer al suelo. No se esperaba ese tumulto que lo dejó petrificado. Quedó tumbado sobre los últimos peldaños de la escalera, absolutamente desorientado y presa, ahora sí, del temor más inmenso. Ese horror a lo desconocido. Vivía una sensación nueva y creyó que era lo peor que le había pasado en su vida.

Félix solo quería escribir y vivir tranquilo en su casa. Aún recordaba los vasos de fino que se tomaba los domingos en el bar de Ariza, al que los lugareños conocían como Moñiga, porque según dicen, el chicuco tenía vacas en la trastienda. Se agarró fuertemente a esos recuerdos de momentos luminosos y alegres. Allí discutía con su amigo Eugenio, compañero de tantas aventuras en el pasado y que ahora se mostraba como un filósofo de la calle, depositario de la sabiduría de la barra de tabanco, doctorado en momentos cumbre junto a los parroquianos mientras se entonan unas alegrías improvisadas a la hora del vermú. Eugenio estaba en el polo opuesto de los intelectuales petulantes que tanto despreciaba por sentirlos ajenos. “¿Qué se habrán creído esos licenciaos que van mirando por encima del hombro?”, proclamaba con su sempiterna caña de Reguera en la mano. “¡Si no han visto mundo!”. Cuánta razón tenía. El recuerdo de Eugenio en el bar del Moñiga hizo aflorar sentimientos que casi hicieron olvidar el trauma por el que Félix estaba pasando. Momentos que ya se fueron. Ahora los echaba de menos y se arrepentía de no ser fiel al ritual dominical.

La oscuridad pegaba dentelladas y la inoperante luz que manejaba el único habitante de la casa no hacía sino prolongar la agonía. Las estancias de la planta baja de la casa se hallaban cerradas a cal y canto y solo las motas de polvo en suspensión se trasladaban de un sitio a otro al trasluz del foco que portaba Félix. La respiración contenida y las gotas de sudor serpenteando por el rostro. Músculos agarrotados, mirada torva y la premonitoria sensación de la inseguridad más absoluta.

¡Crack!

Otro estruendo, cada vez más insoportable, más enojoso. Mientras buscaba entre la oscuridad las respuestas a las cuestiones que se estaba haciendo desde que escuchó el primer rumor en su estudio, notó cómo un incipiente dolor de cabeza comenzaba a taladrarle. No quiere invitados, no quiere ser molestado. Su casa es su casa. Él es el guarda, él es el único habitante y así tenía que seguir siendo. Porque nunca molestó a sus vecinos, nunca tuvo una mala palabra con nadie. En realidad, cruzó escasas palabras en estos últimos tiempos y ahora lo que más deseaba era tener al lado a una cara familiar.

Los pasos se hacían cada vez más difíciles de dar. De repente, un chirrido infernal comenzó a sonar. Félix se tapó los oídos con sendas manos dejando caer a la losa la linterna que irremediablemente, acabó destrozada. Estaba solo, estaba desnudo y desamparado ante la amenaza exterior. No podía hacer nada. De repente pudo observar ciertas luces intermitentes que se colaban por entre las rendijas de puertas y ventanas. El rumor de voces también se acrecentaba y deseó tener mejor sentido auditivo para aclarar ideas. Los molestos intrusos que él pensaba que querían arrebatarle su hogar cuchicheaban; su conversación era imperceptible y lo que adivinaba a escuchar, apenas tenía sentido para él. Al estar puertas y ventanas sólidamente tapiadas, no podía aventurar quién osaba a perturbar su paz conseguida a lo largo de años y años de mantenerse como el alma de esa casa que ahora querían allanar de forma flagrante.

“No me la robaréis. ¡Es mía, es mía!”. Félix se desgañitaba para defender lo que por justicia era suyo.

El chirrido metálico crecía acompasadamente mientras que el asediado morador de la casa trataba de calmarse para pensar qué hacer. Miró a su alrededor y los destellos lumínicos dejaban observar las humedades de las paredes, las cornisas descompuestas, las losas rotas, los muebles desvencijados, la madera carcomida, los cristales hechos pedazos, los travesaños ajados. No podía dar crédito a lo que veía. ¿Quién había osado entrar en la planta baja a destrozar su casa? Sin encontrar explicación lógica del lamentable estado de la casa en su planta baja, Félix corrió hacia el patio para tratar de buscar algo de luz, pero lamentablemente, la luna nueva era esa noche, más negra que nunca. Félix dio dos pasos hacia atrás y cayó de espaldas. Vio como un montón de piedras se arremolinaban justo en el centro del otrora imperial patio que era el alma de la casa. Era. El pasado se cobra cara a sus víctimas y Félix empezaba a descubrir que su Edén se estaba cayendo a pedazos.

El chirrido metálico cesó. Las voces, no. Durante años, Félix había desarrollado cierta aversión al contacto con sus vecinos. No quería ser malinterpretado. Él disfrutaba de la compañía de sus vecinos, de sus vinos en casa de Ariza, de sus compras ancá Pancita, de sus discusiones con Antonio el de la ferretería, pero sin saber cómo y por qué, paulatinamente se había ido retirando de la cotidianidad y se aisló en sus libros, en sus oraciones, en su ferviente deseo de destacar como escritor en lo que le quedaba de vida. Pero el giro del destino narrativo que Dios le tenía preparado, no lo vio venir. Ese sí que era un magnífico desenlace para su historia.

Se puso en pie. Rápidamente, alcanzó la escalera y en escasas zancadas se encaminó hacia su estudio donde puso mil cerrojos a la puerta. Colocándose detrás del funcional escritorio de caoba, esperaba la llegada del momento final, a la espera de rendir cuentas ante el Altísimo.

A pesar de verse encerrado, intuyó que los allanadores ya estaban dentro de la casa. “Les oigo cuchichear. Hablan con voz queda para que yo no me entere. Están trazando su diabólico plan para hacerme desaparecer y quedarse con esta casa y con lo poco que tengo. Pero, ¿por qué? ¿Por qué a mí?”, se preguntaba angustiado Félix.

La locura transita caminos impensables.

Tumulto en la planta de abajo. Ahora ya se escuchan de forma clara las conversaciones acompañadas de ruidos que él no sabía descifrar.

Vienen a por él.
“Vienen a por mí”.
¡Vienen, ya vienen!

El crujido de la vetusta escalera no hacía presagiar nada bueno. Los que habían entrado por la fuerza en la casa estaban a punto de lanzarse sobre Félix, que ya había perdido todas las fuerzas para defender su morada, para defender su propia vida. Agazapado detrás del escritorio, tomó una vara de avellano que había pertenecido a su abuelo y que su padre, depositario por herencia, la había concedido a su hijo como objeto de alto valor sentimental para la familia. La vara permaneció años en su estudio, inmune al pasar de los días y ahora había llegado el momento en que entraría en acción.

Blandía Félix la vara en el aire de un lado para otro tratando de azuzar a los forasteros que habían penetrado en la casa, aunque aún no estaban dentro del estudio que era el refugio natural del solitario habitante del edificio.

-Esto está hecho un asco.
-Hay que demoler.
-Yo creo que podría reformarse, pero eso sí, poniendo muchos billetes aquí.
-Tenemos orden de tirarla y punto.

¿Tirar qué? ¿La casa? La mueca de incertidumbre se volvió de horror en el rostro, más sudoroso que nunca, de Félix. ¿Quiénes eran esas personas que hablaban de tirar su casa? Y lo que era más incomprensible, ¿cómo la iban a tirar si allí vivía una persona, si allí vivía él? Nadie le había informado de semejante acto de terrorismo hacia la propiedad privada, de este ataque sin igual a los sueños de una persona, de tamaña ofensa al patrimonio cultural de su pueblo. Quiso, en un arrebato de valentía transitoria, salir a hacerles frente, pero le acobardaba la sensación de indefensión y de soledad. Ahora notó que ser el único habitante de su mundo, le pesaba más que nunca. Sintió que había desaprovechado su vida y de repente vinieron recuerdos a su mente como en cascada. A su madre llevándole de la mano a la escuela donde aprendería las primeras letras y las cuatro reglas. El primer amor juvenil (y el único) que nunca fue correspondido y por lo que tomó una decisión que cambiaría su vida completamente. La compañía de Eugenio los domingos en el bar de Ariza, el sabor del fino recorriendo su garganta… Todo su mundo iba a ser destruido.

“¡¡¡Fuera!!!”.

Los empleados de la empresa de derribos no daban crédito. Habían oído un alarido. Los más escépticos no querían dar fe de la evidencia, pero el temor provocado por ese fantasmagórico vozarrón, unida a la negritud de la noche, provocaba no pocos escalofríos entre el personal que venía a derribar la Casa del Obispo.

-Aquí hay alguien-, musitó en voz baja uno de los empleados.
-¡Cómo va a haber aquí alguien! Si ya hace años que los últimos vecinos se fueron. Aquí solo hay mierda y más mierda.
-A ver si vamos a tener que llamar al cura para que haga un exorcismo aquí-, añadió en tono jocoso otro operario.

Ya habían inspeccionado cada planta de la Casa del Obispo. Uno de los trabajadores, el más preocupado por el alarido que había escuchado, posó su vista sobre una puerta inusualmente cerrada en un edificio abandonado desde hace años y que iba a ser demolido en pocos minutos. Tomó el pomo y entró en una estancia que paradójicamente se encontraba aún con el mobiliario en su sitio y bastante más limpia que el resto de las habitaciones. Pensó que se trataría de alguna oficina o estudio de alguien importante. Según le habían contado, allí vivió un obispo que un buen día dimitió y quiso disfrutar de la placidez de su casa. Se adentró y repitió el escalofrío al notar cierto vaho de vitalidad en aquel lugar. Observó que sobre el escritorio yacía una vara de avellano que le agradó, quedándosela para sí. Sin mirar atrás, cerró la habitación y marchó junto a sus compañeros de labor.

-Vámonos de aquí. Este sitio no me da buena espina.- confesó al jefe de la cuadrilla, que dio orden de desalojar el edificio, acordonar la finca e iniciar los trabajos de demolición.

Antes del alba, el edificio sería ruinas. Las máquinas y los camiones debían eliminar todos los escombros y el terreno tenía que quedar alisado para antes de acabar el día. De momento, el lugar que antes ocupaba la casa, sería un aparcamiento. Otros planes de futuro vendrían para el barrio donde ya no existía ni la ferretería de Antonio, ni la frutería de Vicente, ni el bar del Moñiga. Tampoco quedaba ya resto de la Casa del Obispo. Félix pensó en aquel instante que la sociedad ya no necesitaba de los objetos viejos.

-Maldito sea el progreso que acaba con los sueños de la gente-, se dijo para sí quedándose de pie, solo y desprovisto de su vida y de su alma ahora que le habían tirado lo que más quería.

Relato publicado originalmente en el libro Casas inolvidables de Chiclana. AAVV. Editorial Navarro, 2016.



miércoles, 16 de mayo de 2018

La mediocricracia

Hay una frase en La máquina de follar (Charles Bukowski) que resume muy bien lo que veo a diario en tantos y tantos sitios, por ejemplo, en Chiclana.

"Sé lo bastante bueno en cualquier cosa y te crearás tus propios enemigos".

Pues eso, que últimamente solo veo mediocres y se han convertido en enemigos (a los que ignoro, claro).



domingo, 1 de abril de 2018

Una mañana de abril

“Era un día luminoso y frío de abril y los relojes daban las trece”.

1984. George Orwell.

Este es el comienzo. El resto del libro es igual de apasionante.



miércoles, 17 de enero de 2018

Otra vez Galeano

"Hemos guardado un silencio bastante parecido a la estupidez...".

Proclama insurreccional de la Junta Tuitiva en la ciudad de La Paz (Bolivia) el 16 de julio de 1809. Citado por Eduardo Galeano en Las venas abiertas de América Latina.

Una frase con tanto sentido hoy día...



martes, 26 de diciembre de 2017

Miau

Miau es un libro para amantes de los gatos y para los que no lo son. Es un libro para amantes de los idiomas y para los que no lo son. Es un libro para los que gustan de ediciones exquisitas, bien hechas y con pasión bibliófila y para quién no les gusta ese mundo. Miau es un auténtico regalo en el actual panorama editorial no solo local, sino nacional.

La Gata Editorial, pequeña y animosa creadora de libros mágicos, se atreve ahora con otro formato distinto. El artista plástico Muriel les encargó algo especial para su libro en el que el protagonista absoluto es un gato: el suyo. Y lo ha dibujado con paciencia, amor, detallismo y pundonor en una veintena de poses. Cada una de ellas va acompañada de la palabra "miau" en diversos idiomas, así que no quieran encontrar en él una lectura larga, pero sí que hallarán una exaltación plena de los sentidos. Adquieran el libro, abran por donde quieran y admiren el asombroso realismo de un felino al que el maullido se le escapa de los márgenes del papel. El realismo perfeccionista de Muriel se acompasa con la delicadeza del trazo y con la corporeidad de la figura del modelo. Un lujo sensorial en tiempos poco dados a la contemplación y a la absorción del conocimiento a través de los sentidos. Ni más ni menos que lo que se nos plantea con Miau.

¿Dónde pueden ustedes adquirir un ejemplar? En La Bodega de Artistas (calle La Vid, 14; Chiclana de la Frontera) o llamando al 615 10 06 90 o al 605 58 33 32. No se arrepentirán. Es el regalo perfecto para estas fechas.

Artículo original publicado en Berenjena Company.



viernes, 19 de mayo de 2017

Mediocres

"Sé lo bastante bueno en cualquier cosa y te crearás tus propios enemigos".






lunes, 24 de abril de 2017

Cachitos de "periodismo" XXXII

Oh la la! Otra vez el Gabinete de Prensa del Ayuntamiento de Chiclana, ese mismo que está "registrado y avalado" por la Asociación de la Prensa de Cádiz como profesionales reconocidos. Esta vez la ha liado cambiando horas y ubicaciones de importantes eventos relacionados con el Día del Libro con la consiguiente desorientación de muchos ciudadanos. Curiosamente, solo hay errores de este tipo en lo concerniente a un colectivo particularmente molesto para los jefes de este gabinete, pero tranquilos, no hay nada raro. En el resto, lo típico a lo que ya nos tienen acostumbrados: faltas de ortografía, ausencia de concordancia, reiteraciones, falta de claridad expositiva... Para comparar, adjunto nota de prensa emitida por la asociación cultural Taetro, organizadora de la mayoría de eventos. Ale, a disfrutar.


NOTA DE PRENSA DEL GABINETE (en rojo los fallitos encontrados):

El Taller de Letras Flamencas dará el pistoletazo de salida a los actos del Día Internacional del Libro

La delegada de Cultura presenta las actividades que se desarrollarán durante la semana y que se celebrarán en diferentes puntos de la ciudad, con la colaboración de distintos colectivos chiclaneros

Chiclana a 17 de abril de 2017

La delegada municipal de Cultura, Pepa Vela; (el punto y coma sobra, basta con la coma) la representante del Colectivo de Letras Libres, María Jesús Zaldívar; el presidente de Taetro, Eufrasio Jiménez, (al existir conjunción, sobra la coma) y la escritora Regli Quintero ha (mala conjugación del verbo. Es "han" y no "ha") presentado los actos que se desarrollarán en la ciudad con motivo del próximo del Día Internacional del Libro (típico fallo al no repasar el texto antes de enviar. Faltará alguna palabra que de sentido al conjunto). “Con todos estos actos queremos fomentar la lectura, porque con ella se ejercita la memoria, se disfruta y se potencian la imaginación y la creatividad, haciéndonos, (no se pueden tirar las comas a ver dónde caen. En este caso, sobra) incluso, viajar”, ha señalado la delegada del área, que también ha animado a toda la ciudadanía a participar en todos y cada uno de estos eventos. Así pues, las actividades se iniciarán con el Taller de Letras Flamencas, que organiza la Fundación Fernando Quiñones y que impartirá Enrique Rojas.

Ya en la jornada del jueves, a las once de la mañana (debe ponerse la hora con número y de esta forma: 11.00 horas), está prevista la inauguración de la Exposición ‘De Paso’, ('exposición' va en minúscula, 'paso' también y el título de la muestra debe ir en cursiva además de eliminar las comillas simples) compuesta por once dibujos atribuidos a Federico García Lorca, en el Museo de Chiclana. Ese mismo día, pero a las siete de la tarde (debe ser sustituido por 19.00 horas) se desarrollarán las Lecturas en la Calle (cursiva y 'calle' en minúscula). Se trata de un acto homenaje (guión entre acto y homenaje) a la poetisa Gloria Fuertes, en el año (falta un 'en') que se cumple el centenario de su nacimiento, (sobra la coma una vez más) y en el que colaborarán el Colectivo de Letras Libres y la Fundación Fernando Quiñones. “Serán entre doce y quince personas las que leerán parte de la obra de Gloria Fuertes”, ha explicado María Jesús Zaldívar, que ('quien' no 'que'. Que sepamos la señora Zaldívar es un ser humano) también ha invitado a todos a participar en el evento, así como a “leer y escribir, porque son hábitos que ayudan a ejercitar la mente”.

El viernes será el turno de la tercera y última conferencia del ciclo ‘Cervantes, las armas y las letras’, (fuera comillas simples y cursiva en el título de la conferencia) que lleva por título ‘Lepanto 1571: Don Miguel de Cervantes en la más alta ocasión que vieron los siglos’ (ídem del caso anterior) y que será impartida por Francisco Glicerio Conde Mora en el Museo de Chiclana, a las ocho de la tarde en el Museo de la ciudad (reiteración de 'Museo'. Típico error al no revisar los textos que se envían a los medios, que luego replican esos fallos porque tampoco miran con lupa lo que publican. Además, la hora de nuevo, mal consignada).

Además, a las ocho y media de la tarde (¡la hora! Además, no era la hora de comienzo de los actos) del sábado (convendría citar el número del día de la semana porque se está hablando de multitud de actos en distintos días) el grupo (grupo no, asociación cultural) Taetro presentará el número quince de su libro Teatro Mínimo Rafael Guerrero (libro quince de su Certamen de Teatro Mínimo Rafael Guerrero. Ese es el nombre oficial de una publicación en la que colabora el mismísimo Ayuntamiento de Chiclana) y desarrollará su ‘Café Romántico’ (fuera comillas simples). En este sentido, está previsto que sobre las siete y media de la tarde (lo citado más arriba con el tema de consignar las horas) el Parque Santa Ana acoja el ‘Café Romántico’, mientras que sobre las ocho y media la Casa del Té será el escenario de la presentación del libro (reiteración de argumentos, sobre uso de comillas simples, mala consignación de la forma de poner la hora y error en el nombre del local que acogía la presentación del libro. Libro en el que por cierto, colabora la Delegación de Cultura. Con lo tiquismiquis que son para poner logotipos en todos lados, su propio Gabinete de Prensa se olvida de este extremo). “En la segunda parte de la jornada realizaremos una serie de lecturas dramatizadas y dramatizantes, (fuera coma) en homenaje al mundo del libro y del teatro y en agradecimiento a la labor que llevamos realizando durante 18 años”, ha destacado Eufrasio Jiménez.

El lunes 24, a las cinco de la tarde (la hora) el Teatro Moderno acogerá la entrega de premios del XXXIII Certamen Escolar de Cuentos Poeta García Gutiérrez, en el que colabora Teatrín. El último evento con motivo del Día Internacional del Libro se celebrará el miércoles 26 de abril, a las siete de la tarde (la hora), en el que el Museo de Chiclana acogerá la presentación del libro de Regli Quintero ‘Lluvia de Poemas’ (fuera comillas, la palabra 'poema' en minúscula y todo en cursiva). La propia autora ha explicado que “el libro lo acabé en 2010 y unos años más tarde se me ocurrió pintar para ilustrarlo, por lo que algunos poemas llevan una ilustración relacionada con el texto”.

Hay que recordar que también enmarcada en este Día Internacional del Libro se desarrolla en el Museo de Chiclana la Exposición ‘Cervantes, las armas y las letras’, que finalizará el próximo domingo y que dio comienzo el pasado 1 de marzo (reiteración de la información, fuera comillas simples y cursiva en el nombre de la muestra).



NOTA DE PRENSA ENVIADA POR TAETRO:

Taetro festeja el Día del Libro con poesía, teatro y una nueva publicación


El colectivo chiclanero aprovecha la efeméride para lanzar el décimo quinto título de su serie de Teatro Mínimo


Un 3 en 1 es lo que propone la asociación cultural Taetro para celebrar el Día del Libro el próximo sábado día 22 (adelantándose 24 horas a la fecha concreta). Lecturas poéticas, dramatizaciones y el nacimiento de un nuevo libro alumbrado por el colectivo es la oferta preparada para conmemorar esta jornada.

Taetro comenzará las actividades a las 20.00 horas en el Parque de Santa Ana, espacio que acogerá una nueva edición del CaféRomàntico, iniciativa con la que ha recuperado el gusto por recitar poesía, especialmente entre la gente joven. Así, se invita a todo el que quiera asistir a llevar consigo poemas a recitar ante la concurrencia. El tema y la época son libres aunque tendrán especial protagonismo los autores románticos. En esta ocasión el lugar escogido es el Parque de Santa Ana con el que se quiere conmemorar la primavera a la vez de multiplicar la utilidad de esta instalación municipal. Parques abiertos y con variados usos es lo que propugna la entidad presidida por Eufrasio Jiménez.

Posteriormente, los asistentes se trasladarán a La Estación del Té (calle Agustín Blázquez, 3) para asistir a las 21.00 horas a la presentación del libro perteneciente a la XV edición del Certamen de Teatro Mínimo Rafael Guerrero, publicación en la que colabora la Delegación municipal de Cultura. El acto se cerrará con las lecturas dramatizadas de varios textos incluidos en este volumen, así como otros que han tenido especial predilección por el público seguidor de los mínimos. En esta parte del acto colaborarán las compañías teatrales Elsaltolacabra y Labaranda Teatro.

La entrada a todos los actos es, como es lógico, libre y gratuita.



jueves, 16 de febrero de 2017

Lorca, el homófobo

Un poquito de sensacionalismo en el título de la entrada y lo explico...

Lorca homenajea a Walt Whitman en Poeta en Nueva York (escrito entre 1929 y 1930, pero publicado en México en 1940). El poeta de la libertad ensalzado por su más distinguido seguidor en el panorama literario español. En Oda a Walt Whitman, Lorca pone en una esfera superior el "amor puro" del ser humano sin distinciones sexuales, sin necesidad de categorizar al hombre en tendencias afectivas o sentimentales. Lorca habla de lo sucio de los "maricas" frente a la posición libérrima que frente al amor posee la persona y la obra de Whitman.

Puede parecer homófoba la posición del poeta granadino pero hay que contextualizar su publicación en una época (los terribles años 30) y en un país (la terrible España pre Guerra Civil) donde ser "marica" no era precisamente plato de buen gusto. Y además, qué cojones, ser "marica" está hoy sobrevalorado. Yo soy marica y no quiero compartirlo con el mundo porque al mundo le da igual con quién folle. No quiero hacer proselitismo. Quiero ser yo. Simplemente yo. Así que si por eso soy homófobo, lo soy.

Por cierto, he aquí la Oda a Walt Whitman.

Por el East River y el Bronx
los muchachos cantaban enseñando sus cinturas,
con la rueda, el aceite, el cuero y el martillo.
Noventa mil mineros sacaban la plata de las rocas
y los niños dibujaban escaleras y perspectivas.

Pero ninguno se dormía,
ninguno quería ser el río,
ninguno amaba las hojas grandes,
ninguno la lengua azul de la playa.

Por el East River y el Queensborough
los muchachos luchaban con la industria,
y los judíos vendían al fauno del río
la rosa de la circuncisión
y el cielo desembocaba por los puentes y los tejados
manadas de bisontes empujadas por el viento.

Pero ninguno se detenía,
ninguno quería ser nube,
ninguno buscaba los helechos
ni la rueda amarilla del tamboril.

Cuando la luna salga
las poleas rodarán para tumbar el cielo;
un límite de agujas cercará la memoria
y los ataúdes se llevarán a los que no trabajan.

Nueva York de cieno,
Nueva York de alambres y de muerte.
¿Qué ángel llevas oculto en la mejilla?
¿Qué voz perfecta dirá las verdades del trigo?
¿Quién el sueño terrible de sus anémonas manchadas?

Ni un solo momento, viejo hermoso Walt Whitman,
he dejado de ver tu barba llena de mariposas,
ni tus hombros de pana gastados por la luna,
ni tus muslos de Apolo virginal,
ni tu voz como una columna de ceniza;
anciano hermoso como la niebla
que gemías igual que un pájaro
con el sexo atravesado por una aguja,
enemigo del sátiro,
enemigo de la vid
y amante de los cuerpos bajo la burda tela.
Ni un solo momento, hermosura viril
que en montes de carbón, anuncios y ferrocarriles,
soñabas ser un río y dormir como un río
con aquel camarada que pondría en tu pecho
un pequeño dolor de ignorante leopardo.

Ni un sólo momento, Adán de sangre, macho,
hombre solo en el mar, viejo hermoso Walt Whitman,
porque por las azoteas,
agrupados en los bares,
saliendo en racimos de las alcantarillas,
temblando entre las piernas de los chauffeurs
o girando en las plataformas del ajenjo,
los maricas, Walt Whitman, te soñaban.

¡También ese! ¡También! Y se despeñan
sobre tu barba luminosa y casta,
rubios del norte, negros de la arena,
muchedumbres de gritos y ademanes,
como gatos y como las serpientes,
los maricas, Walt Whitman, los maricas
turbios de lágrimas, carne para fusta,
bota o mordisco de los domadores.

¡También ése! ¡También! Dedos teñidos
apuntan a la orilla de tu sueño
cuando el amigo come tu manzana
con un leve sabor de gasolina
y el sol canta por los ombligos
de los muchachos que juegan bajo los puentes.

Pero tú no buscabas los ojos arañados,
ni el pantano oscurísimo donde sumergen a los niños,
ni la saliva helada,
ni las curvas heridas como panza de sapo
que llevan los maricas en coches y terrazas
mientras la luna los azota por las esquinas del terror.

Tú buscabas un desnudo que fuera como un río,
toro y sueño que junte la rueda con el alga,
padre de tu agonía, camelia de tu muerte,
y gimiera en las llamas de tu ecuador oculto.

Porque es justo que el hombre no busque su deleite
en la selva de sangre de la mañana próxima.
El cielo tiene playas donde evitar la vida
y hay cuerpos que no deben repetirse en la aurora.

Agonía, agonía, sueño, fermento y sueño.
Éste es el mundo, amigo, agonía, agonía.
Los muertos se descomponen bajo el reloj de las ciudades,
la guerra pasa llorando con un millón de ratas grises,
los ricos dan a sus queridas
pequeños moribundos iluminados,
y la vida no es noble, ni buena, ni sagrada.

Puede el hombre, si quiere, conducir su deseo
por vena de coral o celeste desnudo.
Mañana los amores serán rocas y el Tiempo
una brisa que viene dormida por las ramas.

Por eso no levanto mi voz, viejo Walt Whítman,
contra el niño que escribe
nombre de niña en su almohada,
ni contra el muchacho que se viste de novia
en la oscuridad del ropero,
ni contra los solitarios de los casinos
que beben con asco el agua de la prostitución,
ni contra los hombres de mirada verde
que aman al hombre y queman sus labios en silencio.
Pero sí contra vosotros, maricas de las ciudades,
de carne tumefacta y pensamiento inmundo,
madres de lodo, arpías, enemigos sin sueño
del Amor que reparte coronas de alegría.

Contra vosotros siempre, que dais a los muchachos
gotas de sucia muerte con amargo veneno.
Contra vosotros siempre,
Faeries de Norteamérica,
Pájaros de la Habana,
Jotos de Méjico,
Sarasas de Cádiz,
Ápios de Sevilla,
Cancos de Madrid,
Floras de Alicante,
Adelaidas de Portugal.

¡Maricas de todo el mundo, asesinos de palomas!
Esclavos de la mujer, perras de sus tocadores,
abiertos en las plazas con fiebre de abanico
o emboscadas en yertos paisajes de cicuta.

¡No haya cuartel! La muerte
mana de vuestros ojos
y agrupa flores grises en la orilla del cieno.
¡No haya cuartel! ¡Alerta!
Que los confundidos, los puros,
los clásicos, los señalados, los suplicantes
os cierren las puertas de la bacanal.

Y tú, bello Walt Whitman, duerme a orillas del Hudson
con la barba hacia el polo y las manos abiertas.
Arcilla blanda o nieve, tu lengua está llamando
camaradas que velen tu gacela sin cuerpo.
Duerme, no queda nada.
Una danza de muros agita las praderas
y América se anega de máquinas y llanto.
Quiero que el aire fuerte de la noche más honda
quite flores y letras del arco donde duermes
y un niño negro anuncie a los blancos del oro
la llegada del reino de la espiga.






martes, 31 de enero de 2017

Tacitas

Mark Twain 3- Jane Austen 1.

El del bigotón gana a la dama inglesa.

A ver, probablemente sea muy zoquete yo al no apreciar la literatura de Austen, de la que dicen que fue precursora de la novela inglesa moderna. Como no entiendo mucho de la materia, no me meteré en esos asuntos, pero el único de sus libros al que le hinqué el diente, me supo a poco. Bueno, no me supo a nada porque me aburrió, no me dijo gran cosa. Yo llame a ese tipo de libros, literatura de tacitas, porque siempre tiene que aparecer algún pasaje donde los protagonistas toman el té. En el cine, pasa lo mismo. Pero repito, mis reticencias sobre Austen obedecen a mi incultura sobre la novela inglesa. Segurísimo.

Estos dos iban a tomarse luego una tacita de té.

Por el contrario, Twain es otro percal. No sé si por esa pinta de ir contra el mundo o porque de chico a mi me hubiese encantado ser Huckleberry Finn o Tom Sawyer o ser aquel yankee en la Corte del rey Arturo, pero me cae mucho mejor.

Luego me entero que Twain tenía absoluta tirria por Jane Austen (de la que por cierto, este año se cumple el bicentenario de su muerte). Miren, miren...


"Los libros de Jane Austen, también, están ausentes en esta biblioteca. Ese hecho simplemente haría que cualquier biblioteca fuese buena, aunque no hubiese ningún otro libro".

Puto cascarrabias el señor Samuel Clemens.




miércoles, 19 de octubre de 2016

El fin del mundo hizo noche aquí

Hoy se cumplen 51 años de la Riá de Chiclana, el desbordamiento del cauce del río Iro a su paso por el casco urbano que cambió interior y exteriormente al municipio y a sus ciudadanos. Hace un año, la editorial Navarro publicaba Barro y lágrimas, compilación de relatos sobre la efeméride y tuvieron a bien invitarme a incluir un texto de mi autoría. He aquí:

EL FIN DEL MUNDO HIZO NOCHE AQUÍ

Amenaza tormenta…

Es un alivio que tras tantos meses de sequía vaya a llover algo. El campo lo necesita, la gente lo espera, incluso los santos son interpelados en busca del milagro. Sequía pertinaz. Desastre económico. Es curioso como el agua marca nuestras vidas, desde nuestra misma concepción como especie y como seres individuales, hasta el mero discurrir de nuestra vida en comunidad. Si hay poca agua, malo; si hay mucha, peor. No sabemos aplicar la justa medida, quizás porque en este caso, no tenemos poder de decisión.

La tormenta se desata…

Es 27 de noviembre. Estamos a un mes escaso de cerrar 1998 y llueve a mares. Mi padre ha estado ordenando una caja de recuerdos familiares; entre ellos, unas fotos antiguas de cuando la riá de Chiclana. Yo nací precisamente ese año, el año en que el pueblo salió en los papeles. Pero lo hice lejos de aquí, en Sevilla, donde mi madre servía en casa de unos señores. Allí la sorprendí al nacer un mes antes de que saliera de cuentas…

Sábado 9 de octubre de 1965
Querida Ana:
Te escribo la presente para preguntarte cómo estás tú y el niño. Yo estoy bien. Hoy después de amanecer, me he ido a la bodega como cada día para ganarme el jornal. Hemos estado arrumbando botas porque nos han ordenado hacer sitio para un nuevo cachón que viene de Jerez.
Yo estoy bien. Tu madre me trata bien, no me falta de ná, pero se te echa de menos en la casa. A ver si pido unos días de permiso y puedo ir a Sevilla a verte.
Cuéntame al recibo de la presente si todo va bien con el niño.
Muchos besitos,
Ángel.

Martes 19 de octubre de 1965
Querido Ángel:
Vente cuando puedas para Sevilla porque yo creo que este niño se me va a adelantar. Tengo muchas molestias y la señora me ha dicho que descanse, no vaya a ser prematuro. Iré al sanatorio a hacerme pruebas para ver qué me pasa, pero no me siento muy católica.
Espero que todo vaya bien por allí y que mi madre te trate bien. No te aperrees mucho con el trabajo que para el jornal que sacas mejor no complicarse la vida.
Te quiero mucho mi vida.
Siempre tuya,
Ana.

Mis padres se querían con locura. No eran una pareja convencional de la Chiclana de entonces. Tenían sus demostraciones de afecto públicas. Francamente, no parecían de esa época. Mi padre había visto “mundo”, todo el “mundo” que se puede habiendo trabajado para las bodegas jerezanas. Había visitado otras provincias con su jefe, un adelantado a su tiempo que creía en la innovación en el mundo del vino. Gracias a él, Ángel, mi padre, sabía de otros tipos de uva, de otros modos de trabajar. Se convirtió en el chico para todo de su bodega… Pero cambió la dirección y mi padre se fue al paro. No tardó en encontrar acomodo en una bodega de Chiclana gracias a que conocía al capataz. Volver a empezar… y con un chiquillo en puertas.

El día del fin del mundo Ángel tenía la cabeza más puesta en Sevilla que en su faena. Trabajaba por automatismo. Mover botas de una pieza a otra, repellar una pared de la solera que estaba en mal estado, visitar de vez en cuando el embotellado para arrimar el hombro con los compañeros… aunque a él lo que le gustaba era cuidar de su pequeña viña que había comprado con tanto esfuerzo cuando las cosas le iban un poco mejor. Sus mimadas vides a las que dedicaba tanto cariño como a su mujer. Podaba, cuidaba de que no tuvieran el bicho, las acariciaba, hasta les susurraba, dotándolas de una personalidad que él no dudaba que tuvieran… Quería cortar su uva, quería recoger su fruto. Era trabajo de más, pero él le sacaba horas al día para que todo lo importante de su vida fuera atendido como es debido. Ángel se encariñó especialmente de una vid pequeñita, retorcida pero que en su primer año creció con vigor, con unos esplendorosos pámpanos y que a la larga daría un fruto redondo, carnoso, reluciente bajo el sol gaditano. No sabía por qué aquella planta le llamaba tanto la atención. Quizá porque, como si de un niño pequeño se tratase, la había encaminado hasta crecer de forma adecuada, educándola, buscando que en un futuro le diera alegrías. Cuando estaba agobiado por todo, mi padre se asomaba a su pequeña vida en su recoleta viña, su lugar de evasión, el sitio donde entre cigarrito y cigarrito, caminaba pensando en un futuro incierto, pero al que él le ponía siempre una sonrisa… La sonrisa de Ángel. La sonrisa de un soñador.

Sevilla estaba lejos. Ana cerca. A su lado, tratando de apacentar los nervios primerizos de un padre al que todo esto le cogía por sorpresa. No quería perderse el nacimiento de su hijo, pero la necesidad obliga y él está el primero en su puesto de trabajo. Caen gotas sobre una Chiclana de color ceniza y de caras largas presagiando un otoño que se cierne sobre el pueblo. “Estas nubes no barruntan bueno” dicen en la tasca donde los empleados de la bodega ahogan en una caña de fino sus cuitas cotidianas.

Toca volver a la faena con el recuerdo en la cabeza del niño que viene. El trabajo se acumula pero él sigue siendo un automatismo viviente. Recibe órdenes y las ejecuta, no por nada es el trabajador más reconocido por los jefes.

-Este año la solera se está portando -, presume Manolo, el capataz con más de veinte años de carta de servicios para la bodega.
-La vendimia ha sido buena y tras los trasiegos, vamos a tener un fino buenecito –apunta un Ángel, alimentando las esperanzas de su compañero. –Menos mal que este tiempo no lo tuvimos en junio ni antes del corte de la uva, que si no… - musita ante la incipiente lluvia que asoma por las alturas.

El cielo se encierra en sí mismo, casi engulle las nubes escupiendo agua a niveles moderados. “Dicen que en Medina está cayendo tela de agua”, claman por el patio de la bodega centenaria. La gente empieza a preocuparse porque hoy la faena la corta el agua. De eso están seguros. El problema vendrá mañana cuando los jefes ordenen que lo de hoy se junte con lo de mañana. Esa preocupación no le hace torcer el gesto a un Ángel que vive por y para su mujer y su niño.

-Verás cuando lo tengamos, chiquillo –le decía Ana la última vez que se vieron. –Al niño lo mandaremos a estudiar fuera, va a ser el primero que estudie en esta familia. Las cosas están cambiando Angelín-… Ana, toda una luz de optimismo.
-Ya nos preocuparemos de eso cuando crezca, mujer. Primero te tienes que cuidar, tenerlo sano y ya Dios nos ayudará a criarlo. Trabajo no me va a faltar.

Ángel tiene que dejar la faena. Sale fuera y observa con recelo la calle, inclinada en pocos grados pero lo suficiente para ver cómo empieza a formarse un torrente que va a desaguar en la parte baja del pueblo. Los compañeros están pidiendo permiso para irse con sus familias. Ángel no. Él se queda a ultimar con Manolo y los pocos que ya quedan allí, la defensa contra el agua. “Que no entre en la solera, por lo que más queráis” se grita bajo la reparia desnuda de la entrada. Ángel se pone manos a la obra y encajona en la puerta una tabla lo suficientemente alta como para impedir el paso furioso del agua, que alcanza ya niveles increíbles.

-¡Mecagüentó! Si tampoco está lloviendo tanto-, maldice Manolo poniendo los brazos en jarra y sin creerse del todo lo que se les viene encima.
-Toda el agua está cayendo en Medina. Dicen que el río va llenito. Esto no va a traer bueno, compañero-, sentencia un Ángel que pierde su mirada en el cauce sigiloso pero amenazante que se forma delante de él.

Ana empieza a tener dolores. Está en el sanatorio. También está preocupada: por ella, por su niño y por un Ángel del que hace días que no sabe nada. Empieza a tener contracciones cada vez más seguidas y la matrona decide intervenir… Ya está más cerca. Ella lo siente. Ella lo quiere tener ya entre sus brazos. Por la ventana, mira hacia un horizonte ciego pensando en su Angelín, creyendo que ya estará en casa de su madre almorzando. Ya pronto estaremos juntos los tres…

Chiclana se desborda. Las aguas bajan revueltas, el río no puede más, las calles acogen el torrente malhumorado, los rápidos que se forman en cada esquina, los torbellinos llenos de sedimento y de maleza que vienen desde más arriba. La población comienza a sentir el pánico mientras que el suministro eléctrico falla clamorosamente en todo el pueblo. La ayuda tarda en llegar, las carreteras tampoco están en el mejor estado, aunque la alerta ya se ha dado a nivel provincial. Chiclana sufre bajo un manto líquido inesperado mientras que los vecinos tratan de achicar el agua de sus casas con los escasos medios de los que disponen. En escasos minutos todo se va a ir por un gran sumidero: las esperanzas, las pocas alegrías, los pequeños negocios, las ansias de mejorar. Los chiclaneros ven anegado su presente. No hay futuro posible. Todo se nubla.

Las calles del centro son un lago de reciente formación. Todo lo que podría salir mal, ha salido. Los servicios de emergencia llegan primero en rústicas barcas, mientras la Cruz Roja intenta socorrer a los damnificados. Afortunadamente, no hay heridos ni muertos. La gente se santigua en busca del milagro. “Dios nos ha abandonado… ¿Dónde estará mi hijo?”. Una señora que cuenta ya los escasos años que le quedan de vida, resiste heroica el temporal y echa una mano en lo que puede. Saca mantas, las sube hacia el techo de la vivienda que habita junto a tres familias más, en busca del alivio de los dolientes. Un rayo de luz en medio de muchas preguntas sin respuestas.

Ángel no da abasto. Trata de salvar la situación en la solera. La bodega ya da por perdida la tonelería. Diego, el maestro en dar forma a las botas, llora por tanto trabajo que se lo ha llevado por delante el agua. Maldice la mala suerte que ha corrido su taller ante ese cielo que empieza a abrirse buscando el azul perdido durante horas. Ángel aún tiene tiempo de consolarle y de pedirle sus manos encallecidas para ir moviendo unas botas que estaban preparadas para ir a las criaderas. Las traslada rápido, casi por intuición, pero no impide que finalmente la fuerza del torrente entre sin llamar a la parte más sagrada por todos en aquel edificio.

-¡Que se pierde la solera! -, aúllan con dolor. Ángel ya no sabe qué hacer. Se mesa los cabellos, no quiere creer lo que está viendo. Piensa en su viña, en su vid pequeñita, en lo que sufre rodeada de tanto charco…
“Ana… Supongo que estará bien allí en la casa de los señores”. Ajeno a todo, Ángel zozobra con la bodega. Mi padre ha hecho todo lo que ha podido y aunque no la tenga al lado, busca la aprobación implícita de mi madre…
“Ángel tiene que estar deseandito de verme con el niño”. Los dolores atenazan cada vez más a una parturienta que no ve el final del día. La señora ya se ha ido a su casa. Ana se queda a solas con sus dolores.

Una media bota sale por la puerta. Lenta, pausada, navegando sobre metro y medio de agua. Abandona la bodega en dirección hacia la zona baja del pueblo donde la agonía campa a sus anchas. Ya no llueve pero los rostros de muchos chiclaneros se ven humedecidos por las lágrimas a las que no pueden poner fin. La media bota de buen roble americano surca por las calles cercanas sorteando toda clase de objetos que la riada ha ido acumulando con el paso de los minutos. Una media bota vacía que Ángel tendría que haber trasladado para ponerla a buen recaudo, pero que sin embargo, se ha escapado para vivir otras vidas toda vez que ya no servirá para su función. Nadie repara en ella a excepción de un niño de unos 12 años, rubio y de ojos azules que llora porque no entiende qué ha pasado. No quita la vista de la media bota añeja, que iba a vivir una segunda, tercera o cuarta vida en un cachón que Ángel tenía intención de preparar en los próximos días. Pero ya no habrá futuro para esa vieja media bota de roble americano que danza entre las aguas, chocando contra ramas, muebles viejos e ilusiones rotas.

Mi padre, junto con cuatro o cinco compañeros, está en la azotea de la oficina de la bodega. La mirada perdida, los ojos vacíos, solo surcados por lágrimas. Se preguntan el por qué sin esperar respuesta a cambio. Por primera vez en mucho tiempo, mi padre no sabe cómo actuar. Su mecánica mente no es capaz de asumir lo que en poco tiempo ha sucedido en su pueblo. Solo tiene tiempo para pensar en que puede que no quede futuro.

“Y, ¿cómo estará mi Anita? Lo poco que le queda ya para parir. Las ganas que tengo que acunar a mi niño en los brazos”…

Ana sigue soportando lo indecible. Las fuerzas se las da Ángel a unos cuantos kilómetros. Quiere ver su cara surcada de arrugas prematuras, demasiadas para lo joven que es aún su marido. Quiere recorrer el moreno de su piel labrado por las horas y horas de trabajo bajo el sol, las manos pobladas de callos por el trato con la vieja y sabia madera y las tijeras de podar. Anhela poder besarle cuando él llegue todos los días después de la faena. Desea más que todas las cosas del mundo, prepararle el potaje de tagarninas que a él tanto le gusta, porque es en esos pequeños detalles donde Ana, mi madre, la que manda en esa casa, empieza a sentirse libre, mandando sobre sí misma sin ser tutelada por una señora a la que le importa muy poco su vida.

Pero Ana sigue luchando. Las contracciones ya son prácticamente consecutivas. La matrona decide comenzar…

El ejército, los bomberos de las zonas colindantes y los voluntarios de Cruz Roja arriman el hombro. Los chiclaneros empujan con toda su solidaridad. La noticia ya ha llegado, gracias a los teletipos, a todos los rincones del país. Ahora tocan las horas de penumbra, porque la noche se acerca y todo se vuelve negro.

Esperar…

Ángel no abandona la bodega. Será el último en hacerlo. Sus compañeros tampoco. Han decidido no salir y comprobar el estado de las instalaciones una vez las aguas decrezcan. Les va a costar recuperar el ritmo de trabajo habitual. Pero mi padre no es de los que flaquean. Hoy todo lo ha visto perdido, pero siempre tiene la visión de que las cosas pueden ir a mejor… después de haber saboreado la amargura de la tragedia. Tocará echar horas para restablecer el orden. Mi padre odia no tener el control. Mi padre desearía estar a unos cuantos kilómetros de allí.

El alarido se escuchó en todo el ala del sanatorio. La matrona trata de calmar a la futura madre, que suda por los cuatro costados. No aguanta ya. Quiere ver a su primogénito. Busca su primer aliento, sus primeros latidos, desea tocar su prematura piel de recién nacido. Ansía tener a su lado a su marido.

-¡Empuja cuando yo te diga, Ana!... ¡¡Yaaaa!!

A punto de desfallecer, mi madre reúne fuerzas de donde no las hay para tratar de darme un nacimiento como es debido. Me hago de rogar… Complicaciones. El cordón umbilical se me ha enredado en el cuello. La matrona recula y busca soluciones. Viene otra partera y un ginecólogo. La situación se agrava. Se preparan equipos médicos como una modesta incubadora y una botella de oxígeno, por si las cosas siguen yendo por mal camino.

-¡Empuja de nuevo!

No puede más. La valiente madre sufre por su hijo. Sufre por mi. No sabe a dónde agarrarse con tal de tener los arrestos suficientes para alumbrar al tesoro que va a iluminar su casa. “Angelín, te necesito más que nunca… ¿Dónde estás, chiquillo?”. Ana está cansada, no puede más. Oye que el niño viene con problemas. Está asustada y no quiere ni mirar. La matrona trata de calmarla pero ella llora, desfallece, pierde las fuerzas y casi el alma en un último grito de dolor que rompe el quirófano en dos. Sale el niño. Busco respirar para llenar mis pulmones, pero el aire no me alcanza a la vida. El médico actúa con presteza y trata de cortar el cordón que me ahoga. Me liberan de mi prisión, pero no respondo. Estoy lívido. Hay líquido amniótico por todas partes. Mi madre está encharcada en sudor y lágrimas. No quiere ver. No quiere comprender.

Hora de la muerte: 20.41 del 19 de octubre de 1965.

Ana cogió a su pequeño en brazos. Notó a pesar de la frialdad, que tenía rasgos de mi padre. Hasta una pequeña marca de nacimiento blanquecina en el cuello en forma de media luna… Mi padre no llegó a conocerme. Se encerró en si mismo, en una cárcel de la que tardaría mucho en salir. Se culpaba de lo sucedido por no estar a la vera de Ana. Aquel día de catástrofe comunitaria para el pueblo de Chiclana, fue un día de tragedia personal para la familia. Volvieron a intentar tener otro hijo y lo consiguieron un par de años después… Pero aunque Ángel quería cerrar la puerta a ese pasado, Ana seguía insistiendo en mantener vivo mi recuerdo.

Hoy, tres años después, Ángel visita su viña. Con mucho esfuerzo consiguió recomponer lo que la riada del 65 se llevó. Ahora toca reemprender la marcha junto a Ana y el pequeño Julián, mi hermano al que no pude conocer porque apenas comencé a vivir cuando ya empecé a decir adiós.

Hoy Ángel se ha dado cuenta que la viña a la que tanto cariño le ha cogido tiene en la cepa una extraña marca blanca en forma de media luna. Y sin saber por qué, eso le hace sentirse mejor.


Junio 2015





viernes, 9 de septiembre de 2016

GH 17,18, 19..84

Que el Gran Hermano os vigila, cabrones...





domingo, 10 de julio de 2016

El negro Guillén

NO SÉ POR QUÉ PIENSAS TÚ

No sé por qué piensas tú,
soldado, que te odio yo,
si somos la misma cosa
yo,
tú.

Tú eres pobre, lo soy yo;
soy de abajo, lo eres tú;
¿de dónde has sacado tú,
soldado, que te odio yo?

Me duele que a veces tú
te olvides de quién soy yo;
caramba, si yo soy tú,
lo mismo que tú eres yo.

Pero no por eso yo
he de malquererte, tú;
si somos la misma cosa,
yo,
tú,
no sé por qué piensas tú,
soldado, que te odio yo.

Ya nos veremos yo y tú,
juntos en la misma calle,
hombro con hombro, tú y yo,
sin odios ni yo ni tú,
pero sabiendo tú y yo,
a dónde vamos yo y tú Y
¡ no sé por qué piensas tú,
soldado, que te odio yo!

Nicolás Guillén.

Y de regalo, más poemas de Guillén versionados por Pablo Milanés. De cubano a cubano.







jueves, 12 de mayo de 2016

Cela, con permiso y con retraso

Cela. Centenario Nobel. Fue ayer pero me la pela. Los brutales inicios de novelas se recuerdan no un día, sino todos...

"Yo, señor, no soy malo, aunque no me faltarían motivos para serlo".

La familia de Pascual Duarte (1942). Camilo José Cela (1916-2002).



sábado, 23 de abril de 2016

Cervantes

¿Qué cojones quieres? ¿Qué te cuente quién era Cervantes y cómo escribía?..

Abre uno de sus libros y ya está...

Aquí tienes uno para empezar...




martes, 15 de marzo de 2016

¡Por Cthulhu!

Por Cthulhu, lean a Lovecraft, que ya lo dijo Houellebecq y yo me veo reflejado en ello:

"Yo descubrí a H.P.L. a los dieciséis años gracias a un amigo. Como impacto, fue de los fuertes. No sabía que la literatura podía hacer eso. Y, además, todavía no estoy seguro de que pueda. Hay algo en Lovecraft que no es del todo literario".

H.P. Lovecraft murió tal día como hoy de hace 79 años.





domingo, 13 de septiembre de 2015

Reservoir pics XXXIV

Un bombardeo nazi destruye una librería londinense en 1940. Un niño demuestra
que las ganas de leer son más grandes que la guerra.




domingo, 28 de diciembre de 2014

Reservoir pics XII

Y no, no es pose.




domingo, 25 de mayo de 2014

FRIKI DE LOS BUENOS


Hoy es el Día del Orgullo Friki...

Y lo es porque...