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martes, 8 de enero de 2019

All lives of Vincent


What would Vincent van Gogh think if he could visit his own museum today? Would he be surprised by the legacy he has left? Would he curse the bad luck of his life or smile after going beyond time and history? Without doubt, he would sit in a corner of Van Gogh Museum and sketch all the people around who wander everyday from one place to another, admiring Vicent's life.

The museum devoted to the Dutch genius is a celebration of Art. The life of the painter is narrated through his paintings in a didactic and pleasant journey. The choice of paintings is sublime and appropriately selected; from the social realism of peasants to more dramatic and deeper paintings like The Potato Eaters. At that time, he was not aware of the revolutionary movement he was conceiving, but he definitely knew that he was doing something different. His world was not prepared for the other Vincent.

Color, composition, angles, perspectives, abscences, lines, brushstrokes... Van Gogh's paintings touch the soul, especially the landscapes. Just by looking at Wheatfield with crows (one of his most famous landscape paintings) you can feel the depth and the feeling it evokes. Van Gogh wrote his own autobiography not only through the letters he wrote to his brother or friends, but also in every work of art, in every brushstroke, in a solitary night in a café or his own room. All lives of Vincent gather to show us a man who one day dediced to grab a paint brush and tell wonderful stories.

Artículo publicado originalmente en Berenjena Company.



viernes, 28 de diciembre de 2018

Obsolescencia y exorcismos

“No saber de uno mismo; eso es vivir. Saber mal de uno mismo, eso es pensar.” 
Fernando Pessoa.
El libro del desasosiego.


El titilar de la lámpara no le dejaba escribir.

Fmal se entretenía arrugando el papel que yacía sobre la mesa sintiendo que no era capaz de seguir con el renglón que había iniciado unas líneas más arriba. La soledad le perturbaba pero sabía que era el único camino para llegar a terminar el relato que había iniciado varios días antes pero al que no le veía un final claro. Para ser sinceros, tampoco sabía cómo darle cuerpo y sentido a la narración. Pensó que al menos tenía un buen inicio y se sentía indefenso e temeroso de no cumplir con las expectativas que se había marcado. “Un buen principio puede quedar arrasado por un mediocre final”, se decía para sí mismo ante la perspectiva de fracasar en el intento de ser escritor.

Fmal languidecía sobre la silla, muertos los brazos, dejando caer al suelo el gastado lapicero que usaba para dar vida a su relato. El ruido leve y sordo del madero sobre la losa quebró la quietud de la estancia. Las tripas de la casa regurgitaban y le recordaban…

“¿Qué le recordaban?”...

Félix se detuvo ahí. No pudo continuar la historia de Fmal porque no tenía mimbres. No tenía idea de por dónde proseguir la narración. Quería ser trascendente en su vano intento de ser contador de historias pero era consciente que estaba cayendo en lo inane. Quería contar una historia con fondo, pero solo había puesto una palabra tras otra. Quería darle sentido a una ensoñada carrera como escritor, pero cayó en lo obvio…

“Félix, no vas a ser escritor”.

Y Félix estaba en lo cierto. Su relato sobre ese personaje que había creado hace escasos minutos había nacido fallido. No era ni intento de relato. Fmal quería ser escritor tal y como pretendía el propio Félix para sí mismo. Pero Fmal acababa de morir apenas unos minutos después de haber nacido como personaje y el autor se sentía absolutamente desesperado. Metaliteratura. Metafracaso.

Cabeza gacha, desesperación latente, mirada perdida, sensación de fracaso. Se preparó un café y perdió su mirada a través de los cristales del gran ventanal. Deseó que estuviese lloviendo para hacer más emocional, más romántico, más triste esa epifanía portadora de malas nuevas para el aprendiz de escritor. Más vale que se dedicara a otra cosa. “Mi padre ya me lo decía. Tengo demasiados pajaritos en la cabeza”. El pragmático progenitor quería una carrera de bien para el segundo chico de la familia. La madre le azuzaba con que siguiera sus instintos artísticos. Siempre se le dio bien eso de crear. “Pero crear no te da de comer”, musitó Félix para sí.

Crack.
“¿Qué es ese ruido?”

Félix se alteró por el inesperado crujir de las maderas de la casa. El siempre molesto viento de Levante no ayudaba a decrecer la sensación de peligro que el tétrico ruido le había provocado. Con el corazón palpitando, Félix tomó la decisión de investigar de dónde procedía ese chasquido que le quebraba el alma.

Crack.

La casa siempre había sido silenciosa. Vieja, pero silenciosa. Los cuidados a los que la sometía Félix periódicamente daba como resultado que luciera esplendorosa en todas sus facetas: como casa, como edificio histórico y singular y lo que es más importante, como hogar. Eso al menos, es lo que le gustaba pensar a él. Siempre argumentó de modo presumido que los vecinos se maravillaban al verla. Los veía detenerse delante de la puerta o en su esquina prominente que daba a la calle Larga. Era feliz cuando los observaba tras el cristal cuchicheando sobre la magnificencia de su planta, lo equilibrado de sus formas, la luminosidad de su fachada, lo imperial de sus cierros y rejerías. Era feliz siendo el único habitante de la casa, por más que en los bajos Antonio se ganara la vida con su pequeña ferretería, lugar de peregrinación de los vecinos no siempre en busca de tornillos, clavos o espiches. Antonio era un gran conversador y eso llenaba de alegría los días de Félix. También lo era Vicente Pancita, que con su frutería era otro de los puntos de interés del barrio. Buena verdura y fresca fruta de su propia huerta por la que venían preguntando desde otros puntos del pueblo. Y qué risas se echaba con las señoras el bueno de Vicente.

La casa era vieja, pero cuidada. No le faltaba ni un detalle y siempre intentaba mantenerla limpia. Subía a la azotea para cerciorarse de que los pináculos y jarrones de los pretiles estuvieran en perfecto estado, que los guardapolvos de pizarra no sufrieran los desmanes del tiempo, que la pared siempre luciera blanca de cal, que las cornisas estuvieran libres de malas hierbas y que los cierros, rejas y ventajas cumplieran su función a la perfección. Llegaban incluso desde la capital para admirar la majestuosidad de la gran casa que daba la espalda a la Iglesia Mayor con quien rivalizaba en prestancia ante vecinos y foráneos. Pero a pesar de tan importante adversaria, su casa no tenía rival. Sabía que era la envidia del barrio.

Crack.

Un ruido más, cada vez más fuerte, cada vez más cercano y penetrante. La casa aparecía quejumbrosa ante los ojos de un Félix que acumuló a partes iguales excitación y ansiedad por desvelar el misterio de aquel infernal crujido. Agarró una vieja linterna de latón que guardaba en el escritorio, sede de su fracaso como escritor, y con desvelo de detective buscó presuroso el pasillo para adivinar qué emitía aquel clamor terrorífico.

El pasillo largo que apuñalaba toda la planta del edificio se antojaba demasiado oscuro y lúgubre para un solo hombre. Félix se afanó en el paso y agudizó los sentidos para tratar de averiguar cuál era el foco de su desazón. La linterna apenas emitía un hilo de luz, imperceptible ya a un par de metros en avanzada. La inseguridad crecía en el hombre de la casa, que apenas respiraba por no interferir en la quietud que tanto amaba y que se veía amenazada por el sutil pero luctuoso ruido que empezaba a incomodarle.

Catacrack.

“Suena como a pasos sobre la madera”. El temor aumentaba a cada paso que daba. Aunque concentrado en el problema, trataba de pensar en cosas agradables, en los momentos tan gratos que la casa le había proporcionado en ese autoimpuesto retiro en el que vivía ya desde hace unos años. Sabía que se había ganado fama de huraño eremita, pero siempre tuvo disposición a ayudar a quien llamara a su puerta. Pero se sentía solo, demasiado solo desde hacía demasiado tiempo.

¡Catacrack!

El ruido se volvía cada vez más tangible, más oscuro, más pesado y cavernoso. Una especie de chirrido intermitente que se alternaba con una suerte de pitido corto empezaba a taladrarle los oídos. Él, que tanto amaba la paz de su casa, empezaba a angustiarse por los ruidos que se abalanzaban sobre su hogar.

“Estoy perdiendo la cordura. Seguro que no es nada. Una tabla desenclavada, una losa suelta, una conducción que pierde aire o agua. Sí, seguro que es solo eso”, razonaba Félix que trataba de agarrarse a la realidad que conocía. Buscaba reconocer cada rincón de su casa, cada estancia. “Sí, aquí está el cuarto de invitados. Todo está en orden”, susurraba entre dientes. Otra alcoba, un baño, un trastero hasta llegar a la escalera. Cerró tras de sí la puerta cuando escuchó un cuchicheo lejano. Miró hacia la planta superior para desentrañar el misterio, pero la oscuridad le impidió aclarar su mente. Pensó que serían los vecinos alarmados ante semejante escandalera que decididamente, procedía del exterior.

“Es mi casa. No pueden entrar aquí. Es mi casa. ¿Por qué no han llamado a la puerta como Dios manda?”.

Crack.

Bajando la escalera, el estruendo era mayor si cabe. Directamente proporcional crecía el miedo en el fuero interno de Félix que notaba como le castañeteaban los dientes aunque trató de tranquilizarse a sí mismo pensando que se lo provocaba el fresco que hacía fuera de su estudio. La escalera que le llevaba al mismo Averno desembocaba en un rincón, en un ángulo oscuro, donde no, no se veía ninguna romántica arpa. Félix trató de apuntar con la luz pero apenas disponía de pilas en la linterna. Ante él estaba la disyuntiva de seguir el camino emprendido sin apenas claridad y con la incertidumbre de qué se encontraría unos pasos más adelante o volver en busca de más luz… o de ayuda, pero ¿a quién podría pedírsela? Estaba solo en este mundo. Su soledad era buscada, querida, necesaria.

Un golpe hosco, ensordecedor le hizo caer al suelo. No se esperaba ese tumulto que lo dejó petrificado. Quedó tumbado sobre los últimos peldaños de la escalera, absolutamente desorientado y presa, ahora sí, del temor más inmenso. Ese horror a lo desconocido. Vivía una sensación nueva y creyó que era lo peor que le había pasado en su vida.

Félix solo quería escribir y vivir tranquilo en su casa. Aún recordaba los vasos de fino que se tomaba los domingos en el bar de Ariza, al que los lugareños conocían como Moñiga, porque según dicen, el chicuco tenía vacas en la trastienda. Se agarró fuertemente a esos recuerdos de momentos luminosos y alegres. Allí discutía con su amigo Eugenio, compañero de tantas aventuras en el pasado y que ahora se mostraba como un filósofo de la calle, depositario de la sabiduría de la barra de tabanco, doctorado en momentos cumbre junto a los parroquianos mientras se entonan unas alegrías improvisadas a la hora del vermú. Eugenio estaba en el polo opuesto de los intelectuales petulantes que tanto despreciaba por sentirlos ajenos. “¿Qué se habrán creído esos licenciaos que van mirando por encima del hombro?”, proclamaba con su sempiterna caña de Reguera en la mano. “¡Si no han visto mundo!”. Cuánta razón tenía. El recuerdo de Eugenio en el bar del Moñiga hizo aflorar sentimientos que casi hicieron olvidar el trauma por el que Félix estaba pasando. Momentos que ya se fueron. Ahora los echaba de menos y se arrepentía de no ser fiel al ritual dominical.

La oscuridad pegaba dentelladas y la inoperante luz que manejaba el único habitante de la casa no hacía sino prolongar la agonía. Las estancias de la planta baja de la casa se hallaban cerradas a cal y canto y solo las motas de polvo en suspensión se trasladaban de un sitio a otro al trasluz del foco que portaba Félix. La respiración contenida y las gotas de sudor serpenteando por el rostro. Músculos agarrotados, mirada torva y la premonitoria sensación de la inseguridad más absoluta.

¡Crack!

Otro estruendo, cada vez más insoportable, más enojoso. Mientras buscaba entre la oscuridad las respuestas a las cuestiones que se estaba haciendo desde que escuchó el primer rumor en su estudio, notó cómo un incipiente dolor de cabeza comenzaba a taladrarle. No quiere invitados, no quiere ser molestado. Su casa es su casa. Él es el guarda, él es el único habitante y así tenía que seguir siendo. Porque nunca molestó a sus vecinos, nunca tuvo una mala palabra con nadie. En realidad, cruzó escasas palabras en estos últimos tiempos y ahora lo que más deseaba era tener al lado a una cara familiar.

Los pasos se hacían cada vez más difíciles de dar. De repente, un chirrido infernal comenzó a sonar. Félix se tapó los oídos con sendas manos dejando caer a la losa la linterna que irremediablemente, acabó destrozada. Estaba solo, estaba desnudo y desamparado ante la amenaza exterior. No podía hacer nada. De repente pudo observar ciertas luces intermitentes que se colaban por entre las rendijas de puertas y ventanas. El rumor de voces también se acrecentaba y deseó tener mejor sentido auditivo para aclarar ideas. Los molestos intrusos que él pensaba que querían arrebatarle su hogar cuchicheaban; su conversación era imperceptible y lo que adivinaba a escuchar, apenas tenía sentido para él. Al estar puertas y ventanas sólidamente tapiadas, no podía aventurar quién osaba a perturbar su paz conseguida a lo largo de años y años de mantenerse como el alma de esa casa que ahora querían allanar de forma flagrante.

“No me la robaréis. ¡Es mía, es mía!”. Félix se desgañitaba para defender lo que por justicia era suyo.

El chirrido metálico crecía acompasadamente mientras que el asediado morador de la casa trataba de calmarse para pensar qué hacer. Miró a su alrededor y los destellos lumínicos dejaban observar las humedades de las paredes, las cornisas descompuestas, las losas rotas, los muebles desvencijados, la madera carcomida, los cristales hechos pedazos, los travesaños ajados. No podía dar crédito a lo que veía. ¿Quién había osado entrar en la planta baja a destrozar su casa? Sin encontrar explicación lógica del lamentable estado de la casa en su planta baja, Félix corrió hacia el patio para tratar de buscar algo de luz, pero lamentablemente, la luna nueva era esa noche, más negra que nunca. Félix dio dos pasos hacia atrás y cayó de espaldas. Vio como un montón de piedras se arremolinaban justo en el centro del otrora imperial patio que era el alma de la casa. Era. El pasado se cobra cara a sus víctimas y Félix empezaba a descubrir que su Edén se estaba cayendo a pedazos.

El chirrido metálico cesó. Las voces, no. Durante años, Félix había desarrollado cierta aversión al contacto con sus vecinos. No quería ser malinterpretado. Él disfrutaba de la compañía de sus vecinos, de sus vinos en casa de Ariza, de sus compras ancá Pancita, de sus discusiones con Antonio el de la ferretería, pero sin saber cómo y por qué, paulatinamente se había ido retirando de la cotidianidad y se aisló en sus libros, en sus oraciones, en su ferviente deseo de destacar como escritor en lo que le quedaba de vida. Pero el giro del destino narrativo que Dios le tenía preparado, no lo vio venir. Ese sí que era un magnífico desenlace para su historia.

Se puso en pie. Rápidamente, alcanzó la escalera y en escasas zancadas se encaminó hacia su estudio donde puso mil cerrojos a la puerta. Colocándose detrás del funcional escritorio de caoba, esperaba la llegada del momento final, a la espera de rendir cuentas ante el Altísimo.

A pesar de verse encerrado, intuyó que los allanadores ya estaban dentro de la casa. “Les oigo cuchichear. Hablan con voz queda para que yo no me entere. Están trazando su diabólico plan para hacerme desaparecer y quedarse con esta casa y con lo poco que tengo. Pero, ¿por qué? ¿Por qué a mí?”, se preguntaba angustiado Félix.

La locura transita caminos impensables.

Tumulto en la planta de abajo. Ahora ya se escuchan de forma clara las conversaciones acompañadas de ruidos que él no sabía descifrar.

Vienen a por él.
“Vienen a por mí”.
¡Vienen, ya vienen!

El crujido de la vetusta escalera no hacía presagiar nada bueno. Los que habían entrado por la fuerza en la casa estaban a punto de lanzarse sobre Félix, que ya había perdido todas las fuerzas para defender su morada, para defender su propia vida. Agazapado detrás del escritorio, tomó una vara de avellano que había pertenecido a su abuelo y que su padre, depositario por herencia, la había concedido a su hijo como objeto de alto valor sentimental para la familia. La vara permaneció años en su estudio, inmune al pasar de los días y ahora había llegado el momento en que entraría en acción.

Blandía Félix la vara en el aire de un lado para otro tratando de azuzar a los forasteros que habían penetrado en la casa, aunque aún no estaban dentro del estudio que era el refugio natural del solitario habitante del edificio.

-Esto está hecho un asco.
-Hay que demoler.
-Yo creo que podría reformarse, pero eso sí, poniendo muchos billetes aquí.
-Tenemos orden de tirarla y punto.

¿Tirar qué? ¿La casa? La mueca de incertidumbre se volvió de horror en el rostro, más sudoroso que nunca, de Félix. ¿Quiénes eran esas personas que hablaban de tirar su casa? Y lo que era más incomprensible, ¿cómo la iban a tirar si allí vivía una persona, si allí vivía él? Nadie le había informado de semejante acto de terrorismo hacia la propiedad privada, de este ataque sin igual a los sueños de una persona, de tamaña ofensa al patrimonio cultural de su pueblo. Quiso, en un arrebato de valentía transitoria, salir a hacerles frente, pero le acobardaba la sensación de indefensión y de soledad. Ahora notó que ser el único habitante de su mundo, le pesaba más que nunca. Sintió que había desaprovechado su vida y de repente vinieron recuerdos a su mente como en cascada. A su madre llevándole de la mano a la escuela donde aprendería las primeras letras y las cuatro reglas. El primer amor juvenil (y el único) que nunca fue correspondido y por lo que tomó una decisión que cambiaría su vida completamente. La compañía de Eugenio los domingos en el bar de Ariza, el sabor del fino recorriendo su garganta… Todo su mundo iba a ser destruido.

“¡¡¡Fuera!!!”.

Los empleados de la empresa de derribos no daban crédito. Habían oído un alarido. Los más escépticos no querían dar fe de la evidencia, pero el temor provocado por ese fantasmagórico vozarrón, unida a la negritud de la noche, provocaba no pocos escalofríos entre el personal que venía a derribar la Casa del Obispo.

-Aquí hay alguien-, musitó en voz baja uno de los empleados.
-¡Cómo va a haber aquí alguien! Si ya hace años que los últimos vecinos se fueron. Aquí solo hay mierda y más mierda.
-A ver si vamos a tener que llamar al cura para que haga un exorcismo aquí-, añadió en tono jocoso otro operario.

Ya habían inspeccionado cada planta de la Casa del Obispo. Uno de los trabajadores, el más preocupado por el alarido que había escuchado, posó su vista sobre una puerta inusualmente cerrada en un edificio abandonado desde hace años y que iba a ser demolido en pocos minutos. Tomó el pomo y entró en una estancia que paradójicamente se encontraba aún con el mobiliario en su sitio y bastante más limpia que el resto de las habitaciones. Pensó que se trataría de alguna oficina o estudio de alguien importante. Según le habían contado, allí vivió un obispo que un buen día dimitió y quiso disfrutar de la placidez de su casa. Se adentró y repitió el escalofrío al notar cierto vaho de vitalidad en aquel lugar. Observó que sobre el escritorio yacía una vara de avellano que le agradó, quedándosela para sí. Sin mirar atrás, cerró la habitación y marchó junto a sus compañeros de labor.

-Vámonos de aquí. Este sitio no me da buena espina.- confesó al jefe de la cuadrilla, que dio orden de desalojar el edificio, acordonar la finca e iniciar los trabajos de demolición.

Antes del alba, el edificio sería ruinas. Las máquinas y los camiones debían eliminar todos los escombros y el terreno tenía que quedar alisado para antes de acabar el día. De momento, el lugar que antes ocupaba la casa, sería un aparcamiento. Otros planes de futuro vendrían para el barrio donde ya no existía ni la ferretería de Antonio, ni la frutería de Vicente, ni el bar del Moñiga. Tampoco quedaba ya resto de la Casa del Obispo. Félix pensó en aquel instante que la sociedad ya no necesitaba de los objetos viejos.

-Maldito sea el progreso que acaba con los sueños de la gente-, se dijo para sí quedándose de pie, solo y desprovisto de su vida y de su alma ahora que le habían tirado lo que más quería.

Relato publicado originalmente en el libro Casas inolvidables de Chiclana. AAVV. Editorial Navarro, 2016.



miércoles, 26 de diciembre de 2018

Mitos (V)

Poesía y flamenco unidos por dos seres muy queridos por mi: Fernando Quiñones y Paco de Lucía. Ambos hablando de Zyryab, el Pájaro Negro, un humanista cuando aún no se hablaba de humanismo. Zyryab es el apodo que recibió el músico bagdadí (luego residente en Corduba) Abu Al-Hasan Ali ibn Nafi que vivió entre el año 789 y el 857, y que influyó decisivamente en el desarrollo de la tradición musical árabe en la Península Ibérica. Se le atribuye el invento del plectro (púa) utilizando la pluma delantera del águila, también añadió la quinta cuerda al laúd y creó un escuela musical sin precedentes. La tradición lo ha considerado como el padre de la música de Al Andalus, un músico que aglutinó la sabiduría de aquel magnífico crisol cultural. Pero por si esto fuera poco, fue además un pionero de las buenas formas en la mesa y de cómo adecentarse. Lo dicho, un humanista cinco siglos antes de que en Italia surgiera esa corriente.

Fernando y Paco le rindieron pleitesía al Pájaro Negro:

MUERTE DE ZYRYAB

Ahora blanqueará este Pájaro Negro que os trajo
la nueva vieja música, las artes
de la ropa, la mesa, amables pautas
en la insensible lepra de los días.

Adiós. Nadie ha de lamentarlo:
dos mil años, no ya sesenta y ocho,
también me hubieran sido breves entre vosotros
y me voy sin llegar a medir ni agradecer
cuanto aquí se me depara, el exaltado o apacible
rielar de horas más vivas que el turquí junto al blanco
del pichón o que el ciego, vedado beso
que enajena y consume la piel donde se ahínca.

Hay algo, sin embargo que, sobre la justicia
de que no llegue a ver el día de mañana,
grita, se desespera y pugna
por borraros y por borrar cuanto me disteis y os dí,
y mirarme otra vez huyendo de Bagdad sin saber para dónde,
o incluso antes, en la hambrienta
niñez y las arenas gastadas de mi pueblo.

Tal, el desatinado, el descortés,
risible anhelo de seguir
que me posee. Perdón
en fin por tan llorosa, más bien tosca
despedida del elegante
cantor que sólo aquí pudo ser él
y ser vosotros para siempre.

Fernando Quiñones. Ben Jaqan (1973).





lunes, 24 de diciembre de 2018

Mitos (IV)


No necesita presentación... Por cierto, Feliz Navidad.





viernes, 21 de diciembre de 2018

Mitos (III)

Señoras y señores, los Pretty Things...





jueves, 20 de diciembre de 2018

Mitos (II)

Este año, Queen lo ha vuelto a hacer...





lunes, 17 de diciembre de 2018

Mitos (I)

Los hemos visto millones de veces, pero nunca serán suficientes... El mítico mini concierto de los Beatles en la azotea de Abbey Road.






domingo, 16 de diciembre de 2018

So long, Leonard...


Cada vez que Leonard Cohen susurra en algunas de sus canciones, los vellitos se erizan inmediatamente. Le seguimos echando de menos...





miércoles, 12 de diciembre de 2018

El largo camino del mínimo


Todo empieza por un folio en blanco y una idea cazada al vuelo. Tras darle muchas vueltas, la idea se convierte en personajes, acciones, escenarios, principios, nudos y desenlaces. Un correo electrónico con la esperanza de que esas líneas sean tenidas en cuenta por tres personas alejadas por cientos o miles de kilómetros... y llega la decisión. Esa idea que impregnó el folio en blanco llega a las manos de otras personas que se juntan una tarde para leerla. A algunos les llega a la patata y creen que sería posible hacer algo sobre un escenario. Más vueltas a la idea, buscar a las personas adecuadas para darle vida sobre unas tablas y, horas de ensayo después, llega el día en que el público recibe el resultado de ese esfuerzo conjunto. Puede que tenga algo que ver o no. Pero lo que la audiencia termina aplaudiendo al final de la función es la conjunción de los talentos de muchas personas involucradas en torno a una obra de apenas diez o quince minutos que en Taetro han llamado mínimo. Curioso que algo con ese nombre involucre un esfuerzo colectivo de tal magnitud. Quizás aún no sabemos recompensar todo ese trabajo como es debido.

El caso es que Taetro lleva 20 años levantando el edificio del Certamen de Teatro Mínimo Rafael Guerrero con pequeñas piezas de autores, directores, actores... y ese edificio se sostiene con solidez y dedicación. Hace unos días pudimos comprobar la buena salud de la propuesta de la asociación chiclanera con tres nuevas piezas venidas de Galicia, Madrid y Aragón. Tres obras muy distintas en lo conceptual y en la aproximación efectuada por los miembros de Taetro. Tres mínimos que engrandecen la labor de este certamen pionero en la escena nacional.

La velada comenzó narrando la génesis de una escena mítica del cine. Aquella en la que se rebanaba un ojo con una cuchilla preñada de surrealismo. Y ciertamente, Buñuelos, la obra de Carlos González Meixide, que narra en tono jocoso ese episodio de Un perro andaluz, rebosa surrealismo y una magnífica descripción de personajes. Bajo la dirección de Antonio Castaño, la obra se trastocó en un vodevil optimista y desbordante de absurdo, con toques cómicos acertadamente repartidos durante todo el montaje y con la suma de un Dalí, bien atemperado por un Juan de Lorenzo que se come el escenario en el poco tiempo que está sobre el escenario. Teresa Yribarren, Laura Tapia y Johnny pusieron su buen hacer al servicio de la función. Una fantástica apertura, una maravillosa locura que acabó con más dosis de absurdo, cosa que los señores Buñuel y Dalí hubiesen aprobado de buena gana. ¡Epatante!

El teatro social siempre ha tenido hueco en las sesiones de mínimos de Taetro. Y con 23, de Santy Portela se coló en forma de puñetazos literales y figurados. Texto durísimo, intenso y con dos personajes al borde del paroxismo. La gran cualidad de esta obra dirigida por Rafa García e interpretada por él mismo y por Eva Herrero es la de contener la tensión subyacente con un dominio de la templanza singular. Al final, brota todo, explota el terror y la catarsis se hace necesaria. Un ejercicio de moderación único con un texto difícil de montar y un excelso trabajo de gestualidad y de dominio de los cuerpos de los intérpretes. Una de las sensaciones de la noche.

La comedia sirvió como curación de malos pensamientos y con el mínimo de Pedro Alejandro Filgueira pudimos cerrar la función con una sonrisa. Instrucciones para el suicidio ahonda también en el absurdo para pulsar los temores de la sociedad en torno a la muerte y a la libertad de decisión. Pepe Raya, creciendo día a día como director de escena, reunió a tres actores en estado de gracia (Almudena Ruiz, Antonio Meléndez y Juan Carlos Morales) para ofrecernos una función simpática, llena de humor, guasa y cinismo y bien resuelta con sencillez (aunque no es fácil de hacerlo. A ello ayudó la desenvoltura que los actores pusieron sobre el escenario). Una alegría porque tenemos actores de futuro y un gran director detrás.

Un largo camino que no acaba aquí para tres textos que se trastocaron en otros "hijos" de esa idea huérfana que empezó con un folio en blanco. Larga vida a los mínimos.

Foto: @zuhmalheur 
Artículo originalmente publicado en Berenjena Company.



jueves, 15 de noviembre de 2018

La galería de los milagros


¿Nunca se han parado a pensar en las maravillas de las que es capaz el ser humano? Sí, el mismo que provoca guerras, muertes, dolor, es el que es capaz de crear Arte. Somos caprichosos por naturaleza. Por suerte, tenemos espacios vivos y dinámicos que nos cuentan historias sobre esos seres atrevidos y soñadores que cierto día se pusieron a crear. Y narraron historias de señores y de reyes, retrataron a los poderosos y a los temerosos de Dios. Esbozaron escenas de la vida cotidiana de unos campesinos o buscaron el reflejo de la luz en un bodegón. Cumplieron con celoso detalle los presupuestos de la realidad al querer trasladar a un lienzo todos los pliegues de un vestido o las arrugas de una cara vetusta. Nos hicieron llegar ecos de batallas navales lejanas en el tiempo o esculpieron sobre diversos materiales escenas sagradas o la concupiscencia de un cuerpo desnudo. El arte es sublime, es voluble, es mágico. Y esa magia se encierra por doquier en un lugar como el renovado Rijksmuseum de Amsterdam, un equipamiento cultural de primer orden, un espacio ordenado, cómodo para el visitante, apetitoso para deleitar los sentidos. Como se precia en todo gran museo, aquí todo es a lo grande: desde las dimensiones del histórico edificio a la gran cantidad de obras expuestas pasando por la ingente cantidad de visitantes que pasean por sus pasillos y salas a diario. Sin embargo, algo de calidez transmite el Rijskmuseum. Una calidez que te anima a deambular buscando la viva luz de los maestros flamencos, la maravillosa armonía de tallas medievales, las raíces de la Historia de Holanda labrada a golpe de esforzado trabajo de comerciantes o de batallas sufridas en la mar.

No es posible hacerse una idea de la magnificencia del Rijksmuseum en una sola jornada. Este lugar está hecho para visitas cortas, de un par de horas, para dejarte con ganas de saborear más y volver otro días. Paladear a Vermeer con su Lechera o vislumbrar entre sombras a Rembrandt. Bienaventurados los habitantes de Amsterdam que lo tienen a mano. Afortunados los que lo conocemos y queríamos volver en cuanto pusimos un pie fuera. Salimos de la galería de los milagros, allí donde el ser humano muestra su mejor cara, la que hace que perdure en el tiempo. Gracias Rijksmuseum por existir.

Foto: @zuhmalheur
Artículo originalmente publicado en Berenjena Company.



viernes, 2 de noviembre de 2018

Todas las vidas de Vincent

'Los comedores de patatas' de Vincent van Gogh (1885).
Van Gogh Museum, Amsterdam (Vincent van Gogh Foundation).
¿Qué pensaría Vincent van Gogh si hoy visitara su museo? ¿Se sorprendería de ver qué huella tan magnífica ha dejado en el mundo? ¿Maldeciría su mala suerte en vida o sonreiría por haber trascendido en el tiempo? Probablemente, Vincent se sentaría en un rincón del Van Gogh Museum a esbozar con un simple carboncillo sobre un trozo de papel cómo van pasando miles de personas cada día quedándose impresionados por una vida y una obra sin parangón.

El museo dedicado al genio holandés lo tiene todo para ser una celebración del Arte. La vida del pintor es contada a través de su obra en un recorrido didáctico, ameno y que no agobia por exceso. Tiene este museo el don de saber elegir las obras para cada etapa artística de Vincent; desde sus inicios en el que hallamos rasgos de un realismo social muy marcado (esos estudios sobre los campesinos o paisanos) pasando por obras de mayor hondura dramática (Los comedores de patatas) hasta su descubrimiento de nuevos usos del color y del trazo del pincel. Posiblemente no fuera consciente de que esa evolución en su técnica fuera a inscribirse en un movimiento de vanguardia, pero sí era consciente de hacer algo distinto. Su mundo no estaba preparado para este otro Vincent.

Color, composición, ángulos, perspectivas o ausencia de ellas, trazos, brochazos… La pintura de Van Gogh apasiona porque remueve los sentidos, ya sea en un retrato o en un paisaje (siempre pensaré que Vincent es uno de los grandes paisajistas de nuestra época, solo hay que contemplar el evocador Campo de trigo con cuervos para comprobarlo), ya fuera en un simple par de botas o en su encendido acercamiento a la cultura nipona. Van Gogh escribía su propia autobiografía, no solo en cartas remitidas a su hermano o amigos, sino también a cada pincelada que imprimía para ilustrar una noche junto a un solitario café o mostrándonos su humilde habitación. Todas las vidas de Van Gogh en un museo único en el que se afanan por mostrarnos a un ser humano que un día decidió coger un pincel y contar historias.

Nada más. Nada menos.

Artículo originalmente publicado en Berenjena Company.



jueves, 28 de junio de 2018

Cosas por las que merece la pena vivir XVI

Hoy tenemos ración triple. Dos protagonizadas por el Boss. Bueno, esta primera en realidad es para homenajear a Clarence Clemons y a ese solo de saxo que se marca en Jungleland. Subid el volumen, abriros a la música y disfrutad.



and the poets down here don't write nothing at all...



jueves, 2 de noviembre de 2017

El poeta del fuego sagrado

You live your life as if it's real
A thousand kisses deep...


El poeta del fuego sagrado se fue lentamente, desvaneciéndose, susurrando palabras, recitando poemas y dejándonos You want it darker, un disco lúgubre y mágico como testamento vital. No hacía falta que nos maravilláramos de su gloria pero Leonard Cohen quiso morir cantando y contando, llevándonos de nuevo al séptimo cielo de los trovadores de lo milagroso. El poeta del fuego sagrado mantiene su compromiso con la vida a través de versos y canciones.


Cohen entendió como pocos que en el crisol de estilos estaba la salvación de la poesía y la música. Todos recordamos aquel benéfico encuentro con ese español mendigo en Montreal que le enseñó cuatro acordes y le contó historias del flamenco viejo y de Lorca. Ahí cambió la vida de Leonard Cohen. Ahí se magnificó su figura. Entramos en una nueva dimensión. Años más tarde, los flamencos conocieron al genio canadiense. Una noche, un amigo suyo puso un disco de Cohen a Pepe Habichuela y Enrique Morente y los maestros quisieron conocerlo. La sinergia estaba lista. Y de esa noche al homenaje continuo del cante jondo, a las traducciones y traslaciones del cancionero de Cohen al universo flamenco, a Omega, pocos pasos fueron dados.

Ese amigo de Cohen que abrió los ojos a los flamencos fue Alberto Manzano, biógrafo y traductor del poeta canadiense y una de las figuras que más y mejor le conoce. Se pasó por Chiclana para hablarnos, para recitarnos y para ofrecernos como regalo un espectáculo -Flamencohen- que aúna versos y música, canciones y flamenco bajo la inspirada égida de la cantaora Rocío Segura y la Banda del Corazón, agraciado grupo de acompañamiento (que contaba con uno de los violinistas que acompañó a Leonard en su última gira). Todo el conjunto se desvivió por ofrecernos un repaso de la confluencia entre la obra de Cohen y su impronta flamenca. Textos que pasaron por las manos de Duquende, Mayte Martín, Enrique Morente (en su inmortal disco Omega) y que sonaron frescos, vibrantes y emocionales en la voz de Rocío Segura y en la magnífica pulsión musical de la banda de acompañamiento. A thousand kisses deep, Hallelujah, Chelsea Hotel #2, Famous blue raincoat, The gypsy wife... Temas inmortales que traducidos por Manzano, llenaron de poesía y flamenco el Teatro Moderno de Chiclana.

Un precioso recuerdo a un artista inconmensurable, un acercamiento para neófitos, una gozada para los ya iniciados. Flamencohen nos recordó cuánto le debemos a Leonard Cohen, ese protector del fuego sagrado, ese poeta que nunca pudo agradecerle a aquel vagabundo todo lo que le pudo enseñar en cuatro tardes.

Fotos: @berenjenacompany



martes, 31 de octubre de 2017

Mujeres de palabras tomar

Me hubiese encantado tomarme una cerveza con Aristófanes o una retsina o un hidromiel o lo que sea que bebieran en la Grecia de hace unos 25 siglos. Tomarme un algo con el gran comediógrafo porque aparte de ser un cachondo, seguro que tendría mucho que compartir sobre filosofía, política, el estado de la vida en general y el teatro. Y esas son cosas de las que me gusta debatir. Pero como por desgracia no tengo una máquina del tiempo a mano para poderme ir a conocerlo, al menos me conformo con ver sus obras sobre el escenario. Y ya si es un montaje del Taller de Teatro Grecolatino de Taetro, el aliciente es aún mayor.

No voy a descubrir aquí las bondades que emanan de este taller formado por chavales de instituto que se involucran al máximo en levantar un texto que en principio, les es ajeno por completo. No es su lenguaje, no es su léxico, es totalmente lejano temporalmente hablando, pero la moral que en esos añejos escritos está presente es de andar por casa. Por eso los clásicos aún funcionan y por eso, siguen estando totalmente vigentes, mal que les pese a algunos.

Los integrantes del Taller de Teatro Grecolatino dejaron atrás las locas comedias plautinas de anteriores años para meterse en las honduras a las que Aristófanes somete a la dramaturgia. Comedia pura. Sofisticada a ratos, dicharachera en otros, siempre punzante. Con Las Tesmoforias (su estreno de este 2017), los chicos del taller además se apuntaron a hablar de igualdad de género, del papel de la mujer en la sociedad, de travestismo y transexualidad, del poder de la literatura para cambiar el mundo y de muchas más cosas con el marchamo humorístico del comediógrafo ateniense. Aristófanes usa este texto para desmontar y atacar a su más acérrimo rival, el poeta trágico Eurípides, que siempre caracterizaba a las mujeres en sus obras de locas, histéricas y origen de todos los males de la sociedad del momento. La comedia arroja luz sobre el decisivo papel femenino en la Grecia clásica y lo hace mediante la sonora crítica de la obra de Eurípides, el ataque más despiadado y mordaz a sus textos y poniendo en marcha la maquinaria cómica propia del opus de Aristófanes.

Sobre el escenario, el montaje de los chicos del Taller de Teatro Grecolatino hizo honores al texto de partida. Una adaptación del original portentosa que solventó los problemas de entendimiento que pudieran surgir entre el personal asistente al Teatro Moderno de Chiclana y que ayudó a una puesta en escena dinámica, sorprendente por briosa y que supo intercalar los momentos más cómicos con los que exigían una pausa para dejar en el aire el mensaje de fondo de Las Tesmoforias, esa asamblea de mujeres en la que se juzga el papel de Eurípides como "enemigo" del papel de la mujer en la sociedad. Los integrantes del Taller de Teatro Grecolatino (todos los años va cambiando el plantel en mayor o menor medida), trabajaron desde el texto hasta el vestuario, pasando por la escenografía y las partes musicales, que también las hubo. Los coordinadores son meros conductores, nunca protagonistas, a diferencia de otras propuestas que pretenden ser similares.

Las caras de satisfacción al terminar la función demuestran que Aristófanes venció. Que la comedia gana, que el teatro triunfa, que este taller de chavales es un puro tesoro y que el púlpito de oradores, coto vedado a los hombres, pertenece a esas mujeres de palabras tomar que poblaron el glorioso montaje de Las Tesmoforias trabajado por ese Taller de Teatro Grecolatino que no podemos perder.


Foto: @zuhmalheur



lunes, 30 de octubre de 2017

Oro, incienso y Scalextric

Llegó el rey Melchor a depositar a los pies del pesebre oro, regalo propio de la realeza con el que se honra a quien soñará algún día con poseer la grandeza del poderoso...

Oro puro en forma de humor. ¿Qué más quieren ustedes? En tiempos de zozobra, tiempos tenebrosos en los que vivimos, refugiémonos en dos cosas fundamentales: el pecado (capital, venial o lo que ustedes quieran) y la risa, antídoto felicísimo para la idiocia que hoy campa a sus anchas por este mundo que Dios padre ha dejado como un secarral. Oro puro lo que nos regaló Manu Sánchez con El último santo, la transfiguración del cuerpo del hombre en actor, en dominador de la escena y de los tempos narrativos. El que obró el milagro de convertir un monólogo en una inteligente sátira de la religión, de la fe ciega y de todo lo malo (es que tenemos mucho, oiga) que tiene el ser humano en su discurrir por este planeta. Oro puro el de un humorista, un payaso que desde el minuto uno sabe cómo meterse al respetable en el bolsillo a base de carisma a raudales, interacción y empatía. Manu sabe qué es lo que le gusta al público y lo da en cantidades industriales. ¡Que no se cansa el tío! ¡Dos horas y cuarto encima del escenario! Y ni un gallo le salió al malaje. Qué asco, qué envidia (sana) le tengo. Ora pro nobis.


En esas estábamos cuando vimos aparecer al segundo de los magos procedente de Oriente. La barba roja y rala nos hizo adivinar que se trataba del bueno de Gaspar, que vino a ofrecer al niño una cantidad interesante de incienso, esencia que denota majestuosidad...

Grande y majestuoso en todos los sentidos fue el espectáculo que nos mostró Manu Sánchez en el Teatro Moderno de Chiclana. Su sentido del espectáculo denota un conocimiento especial de lo que un montaje de estas características tiene que mostrar. Su presencia única en escena hace que la música, la iluminación, la ambientación, tengan que arropar al artista. Pero háganme caso, Sánchez ha demostrado en sobradas ocasiones que a pelo es un comunicador bestial, un tipo que tira por atajos para conseguir su objetivo: la risa. Y lo consigue con un humor fácil -que no facilón-, subyugante porque todos caemos en la cuenta que la diatriba de Manu es conocida pero nos encanta vernos reflejados en esos espejos deformados que el artista sevillano nos pone delante nuestra. Y dentro de ese humor, se va destilando la crítica, atemperada y de bajo nivel en algunos momentos, provocativa en otros, siempre necesaria. En el ambiente huele a esencias, huele a incienso, como en una mañana fresquita de Domingo de Ramos, pero sin capillitas por la calle que a veces son mu pesaos. El señor es mi pastor, nada me falta.

Se nos estaba haciendo ya tarde (y estábamos sin comer ni ná), cuando se nos presentó ante nosotros el magnánimo Baltasar, venido de lejanas tierras africanas... aunque el pobre dio un rodeito bueno. Se postró ante la criatura y dejó colocado a sus pies... mirra no, ¡un Scalextric! Como bien diría la madre de Brian (en La vida de Brian, claro): ¿Eso de la mirra qué es?...

Aún no sabemos qué es la mirra pero sí qué es un Scalextric. Y ciertamente, para la diversión de chicos y grandes, jugar con un circuito de carreras es mejor. Por un circuito sinuoso, furibundo, con más ritmo que el Sarandonga de Lolita nos llevó Manu Sánchez en El último santo. Una obra impecable desde el punto de vista narrativo aunque hay que decir una verdad sagrada: Manu lo tiene fácil. Las religiones, en especial el cristianismo, ya te da los guiones escritos y luego el humorista puede escoger donde quiera para poder hacer el humor y a través de él, provocar la risa en el público. En este montaje, los tópicos no suenan rancios, porque al costumbrismo, Manu Sánchez sabe sumar un magnifico conocimiento del material de partida. Creo sinceramente que nadie puede sentirse ofendido (hablo de los creyentes) con una obra así, pero ¿no es el humor una obra divina? ¿No está hecho el humor para poder subvertir el orden imperante y criticarlo? No reirse es pecado, pero de los malos. Pero aún vendrá algún demonio que quiera buscarle tres pies al gato y criticar a El último santo como una obra ofensiva. Pobres diablos. ¡Ay Manu! ¿Por qué nos has abandonado?

Oro, incienso y un Scalextric se llevó el niño, que más contento que unas pascuas, nunca supo lo que el ser humano (el verdadero demonio de este mundo) le tenía reservado. Cruel destino, pero ante ello y antes de que llegue el tan anhelado Apocalipsis, riámonos joé, que de momento es gratis. ¡Qué barbaridad chiquillo!

Foto: @zuhmalheur



lunes, 25 de septiembre de 2017

Extraños días

En el fecundo 1967 para la Historia del rock, The Doors colocaron dos discos para recordar: The Doors y este Strange Days...






miércoles, 6 de septiembre de 2017

Los Chozos Fest, un festival gourmet

Vuelve el festival más alternativo de la gaditana Sierra de Grazalema y lo hace confirmándose como un evento exclusivo para paladares y oídos exquisitos. Se celebrará en Benaocaz los días 8, 9 y 10 de septiembre y ya se ha confirmado gran parte de su cartel.

En tiempos en los que la masificación en los grandes eventos musicales está a la orden del día no son pocos los que buscan una alternativa a estas incomodidades propiciadas por llenar un recinto cerrado con miles y miles de personas que terminan casi enlatadas. Festivales que ofrecen, por poco precio, un plantel de artistas que se repite en decenas de carteles idénticos cada verano.



Así, de un grupo de amigos cansados de esta situación, nació este oasis llamado Los Chozos Fest. Y lo hizo con un éxito rotundo en su primera edición gracias a la siguiente receta: Añádele a un lugar idílico un puñado de buenas bandas, échale sin miedo barra libre de bebidas y comidas, cúbrelo con unos chozos de piedra originales y cómodos para dormir rodeado de amigos, alíñalo con unas pinchadas en la piscina, déjalo reposar durante un fin de semana... et voilà! Ya tienes un plato gourmet.

Y aunque es importante que los asistentes puedan disfrutar de lo mejor de la gastronomía gaditana la música es el elemento sobre el que gira todo en Los Chozos Fest y por ello han seleccionado algunas de las mejores bandas del panorama independiente andaluz y nacional: Hi Corea !, Delbosque, Champagne, Detergente Líquido, Linda Guilala y las pinchadas de Satelitrex DJ y WeMakeFriends Dj ya han sido confirmadas para esta fiesta.

Lo limitado de las plazas y el interés que está despertando en las redes sociales hacen que la organización esté cerca de colgar el cartel de sold out pero aún quedan algunas plazas sobre las que se puede solicitar más información a través de loschozosfest@gmail.com, el correo del festival.

Sin duda Los Chozos Fest, más que un festival, es una experiencia vital que todos nos mereceríamos vivir y que tenemos al alcance de nuestra mano.



jueves, 24 de agosto de 2017

La teoría de la evolución

La Isla del Blues

Cuando Charles Darwin desembarcó en las Galápagos, lo vio claro. Allí ocurría algo distinto. Vio especies similares a las que existían en la América continental, pero notó que las de las islas tenían características distintas, habían progresado de forma paralela para convertirse en el mismo animal pero con distintos rasgos. Había nacido la teoría de la evolución natural que luego se convirtió en paradigma científico. Los mejores evolucionaban, la Naturaleza seleccionaba para perpetuar las especies que mejor se adaptaban al medio.

La música también evoluciona e incluso lo hacen géneros nacidos (en teoría) para quedarse estancados, alambicados en su esencia primigenia como pueden ser el flamenco o el blues. Pero centrémonos en el segundo que es el caso que nos ocupa. Hace unos días asistimos en La Isla del Blues (de vuelta a San Fernando tras unos años) al compromiso de tres bandas con la evolución de la música en general y del blues en particular. Tres variaciones del mismo género que dieron una visión bastante completita de lo que puede ofrecer el género a sus acérrimos seguidores.

Aaron Keylock venía del Reino Unido con un gran disco bajo el brazo, Cut against the grain. Juventud a raudales, potencia sonora, una voz rasgada típica de front man bluesero y power rock mezclado con grandes cantidades de blues fueron sus señas de presentación ante el público de La Isla del Blues. Un directo descarado e impetuoso que reverenció el discurso clásico del rock y del blues para impregnarlo de dosis enérgicas de nuevos sonidos que le vienen bien al género y más viniendo de gente joven que no tienen ningún reparo en mostrar modos y poses absolutamente necesarias para la evolución.

De evolución saben también mucho en CosmoSoul, combo multinacional (sus integrantes vienen de España, Italia, Argentina y Guinea Bissau), que lleva varios años llamando mucho la atención. Son tres discos ya en la andadura de la banda que tiene como voz cantante a Alana Sinkey y llegaban a San Fernando para presentar Walk, su último largo, que viene a reivindicarlos como una de las bandas con mejor presencia escénica del país. Alojados por la crítica especializada en el nicho del soul y el r&b, CosmoSoul se aleja de toda etiqueta cuando da su mejor versión sobre los escenarios. Una acertada mezcla de crudeza en las bases rítmicas y en la guitarra de Abel Calzetta junto con momentos de mayor intimismo y calidez surgidos de la omnipresente y fascinante voz de Alana Sinkey, en las que encontramos sus raíces africanas, sus susurros del fado portugués y el grito bluesero y rockero. Una mezcla excepcional que se apoya en una banda solvente, eficaz y virtuosa. Sus discos son puro gozo y su directo mejora la impresión que te dejan los discos.

Hablemos de fechas. El 19 de octubre en la madrileña Sala Clamores y el 11 de noviembre en el Teatro de las Cortes de San Fernando, son fechas importantes para Random Thinking (tercera pieza del cartel de La Isla del Blues) porque en ambos lugares presentarán su segundo disco que llevará por título Right here and now y que será la continuación de un primer trabajo homónimo que los ha catapultado como uno de los nombres a tener en cuenta en la evolución de la música española. Saludados por la crítica y por muchos medios como un soplo de aire fresco gracias a su combinación perfecta entre folk, pop y blues, Random Thinking pisaron el escenario del parque Almirante Laulhé de su tierra para confirmar lo ya sabido: que son una delicia para el alma musical de los asistentes, que aún estando desnudos, solo ataviados con sus guitarras y con un puñado de buenas canciones, están listos para dar el salto hacia una división superior. El segundo disco será un momento importante para ellos pero mientras llega, en cada actuación Random Thinking demuestran su versatilidad, su delicadeza, su amor por las raíces sonoras que saben catalizar en un directo que llega al corazón. Los arreglos musicales de cada tema, la voz pausada de Aurora, la pasión de Ángel por la guitarra (lo notas cuando lo ves dándolo todo extasiado sobre el escenario), son muestra del amor que estos chicos tienen por su profesión. Sonidos orgánicos, acústicos, muy empastados, compactos y que en directo alzan libre el vuelo para dar a conocer la buena nueva de Random Thinking.

Tres ejemplos de evolución partiendo de bases similares. Tres buenas noticias surgidas de propuestas frescas, jóvenes y con un futuro esplendoroso. El mismo que vislumbró el señor Darwin cuando volvió a Londres y empezó a cambiar la Historia cuando alumbró al mundo aquello de que el ser humano podía (también) evolucionar.

Fotos: @zuhmalheur.



miércoles, 23 de agosto de 2017

Guananá temé (al servicio de Primital Bros.)

De igual forma que el poderoso Zod hacía con sus súbditos terráqueos una vez sojuzgado el hijo de Jor-El, los habitantes del planeta Chiclana se reunieron atemorizados en el Teatro Moderno para lanzarle besitos al anillo de poder que portaba el gran jefe de The Primitals. Loado sea Él, el todopoderoso que con una simple muestra de su mano, todos caíamos rendidos a su magnificencia.¡Guananá temé! (que traducido resulta algo así como, "lo que usted diga, jefe").

Magnificencia y poder. Entre estos dos conceptos bascula The Primitals, montaje co producido entre Yllana y The Primital Bros. que cautivó a su paso por Chiclana en sus Miércoles de Teatro. Una propuesta única, sencilla como propuesta (comedia musical a capella) y que no engaña al espectador. Es justamente lo que se le ofreció... aunque el espectáculo fue digno de dioses (kryptonianos).

Foto: @zuhmalheur

Magnificencia y poder porque se buceaba en la insondable idea del poder humano. ¿Qué ocurre cuando ansiamos querer más, ser más,... ser más que otros? Dos de estos aborígenes con portentosas facultades para el canto sufrieron en sus carnes la erótica del poder. Deseo, ira, venganza, castigo, rendición y vuelta a la realidad. Todo ese camino fue recorrido de la mano de un ramillete de temas (canciones populares, éxitos del pop y el rock, grandes bandas sonoras y excepcionales arias de ópera), en una hora y media de impresión bajo la fantástica doble dirección de The Primital Bros.: Santi Ibarretxe en la parte musical y Joe O'Curneen en la producción y dirección escénica.

Magnificencia y poder porque el público chiclanero asistió a una puesta en escena sobria pero que fue envuelta en ropajes de lujo con las voces de los actores. Intérpretes que sorprendieron por una infatigable entrega y por una esplendorosa propuesta surgida de sus prodigiosas gargantas. Es fabuloso comprobar cómo ciertas canciones o algunas arias apuntalan el discurso de la dramaturgia. Es fastuoso oír las voces de Íñigo García, Pedro Herrero, Manu Pilas y Adrián García. Versátiles, ágiles, potentes, plenas de sentido y embriagadoras, tanto como si se entona la inquietante Sweet dreams de Eurythmics, la épica Bohemian Raphsody de Queen o la perturbadora Nessum Dorma de Turandot. Momentos de emoción, de ebullición sentimental que sirvieron de temple a una puesta en escena cómica, dinámica y con muchísima personalidad. Un tenor agudo, un bajo barítono... Una locura y una envidia de voces. Un regalo para el público asistente que aplaudió con emoción los momentos más líricos de la representación.

El que esto suscribe no conocía de antemano el trabajo de The Primital Bros. Me fustigo por ello como el gran jefe hacía con su esclavo o como el imperturbable Zod hacia con los humanos inferiores. Pero no me extraña que Yllana haya tenido el buen ojo de acompañarlos en esta aventura magnífica... Y poderosa.



martes, 22 de agosto de 2017

La mujer de verde (crónica sentimental del No Sin Música)

Para acompañar la lectura, la galería gráfica de Berenjena Company:

No Sin Música 2017

Apostada en primera fila del concierto, se balanceaba cadenciosamente mientras movía al compás la cabeza azuzada por el rock transgresor y fronterizo de Furia Trinidad. De vez en cuando regalaba una mirada hacia su esposo que estaba escorado en una esquina, manos atrás, mirando con una sonrisa de felicidad cómo su mujer, la mujer vestida de verde a la que había querido todos esos años, se divertía con una música que no le pertenecía. Él, que no se veía con ganas (o con fuerzas) de participar en la alquimia sonora de los portuenses, sonreía satisfecho porque su chica se mostraba feliz en la noche gaditana.

El rock and roll tiene estas cosas. Es la comunión perfecta entre cuerpo y alma. La curación de todos los males, la transmisión del buen rollo y de la felicidad. Unas cuantas notas, un buen punteo, un riff certero y el postrero aullido del cantante (en este caso, los de Goli Supersummer, frontman de Furia Trinidad), son los ingredientes concretos con los que fundar nuestra alquimia, con los que conseguir el efecto deseado. Todo se suma y a los pocos minutos estamos hipnotizados, bailando como la mujer de verde, en pleno trance, en mayestático gozo.

Buscábamos en la quinta edición del No Sin Música, el festival de Cádiz, aquel que ha sabido crecer de forma progresiva y cauta, una confirmación: la de la sabia elección de artistas en los tres días de celebración mística del rock. En los cuatro pases anteriores, ha sido una tónica definitoria del evento que comenzó en el colegio de San Felipe Neri para desembocar en el Muelle y parecía que el primer lustro de su historia no se iba a clausurar con una disminución del nivel. La organización apostó sobre seguro: viejos conocidos como Rosendo y Amaral, promesas efervescentes en el escenario del Tricentenario (donde se vivieron momentos fantásticos) y realidades consolidadas en el panorama rockero nacional como Iván Ferreiro o Lori Meyers.

Y por fin, hemos encontrado la razón de ser de este festival entre tanto marasmo de iniciativas similares en los que solo cambia el nombre, puesto que poco más pueden ofrecer: la amalgama de estilos. Rock en distintas vertientes: desde el más popero al más tradicional y arraigado a las raíces, pasando por propuestas sonoras que derivaron en más de un éxtasis del personal asistente, que por cierto, fue mucho, señal de la buena salud del No Sin Música y de que las cosas se están haciendo bien.

LEONES RAMPANTES

Con diez segundos sabíamos que iban a ser una de las sensaciones del fin de semana. León Benavente arrasan en directo, elevando el listón del sonido que emiten empaquetado en sus discos. Son otros, suenan como otros, como zeppelines de plomo arrolladores auspiciados por el carisma de Abraham Boba, su cantante. El de ellos es un show eléctrico asentado en una marca sonora espectacular que queda indeleble en un público que se entrega desde el minuto uno. Letras ácidas, repletas de poesía urbana y que buscan huir de simbolismos, un arquetipo tan indie que hace que León Benavente deje de estar catalogado inmediatamente como tal.

Sensaciones eléctricas también nos depararon dos bandas del escenario Tricentenario. Ambas con estilos definidos, clásicos pero que fueron los primeros en avisar que en ese emplazamiento se iban a vivir emociones fuertes. Rock garajero, bonito de escuchar, de atinada viveza el de Sex Museum y sonidos acrisolados, pegados a la tierra, entre el tango, el rock y el folk de El Twanguero, un músico tan excelso como (desgraciadamente) desconocido. Y es que uno solo de sus fingerpicking equivale a carreras enteras de algunas estrellas firmadas por multinacionales. Ambos conciertos pecaron de lo mismo: fueron cortos para nuestro antojo.

Con Iván Ferreiro se apuesta a ganador. El gallego es un auténtico profesional de la escena y en esta gira de presentación de Casa, su último trabajo, cuenta con una banda maravillosa y solvente. Iván es detallista, perfeccionista y ama que el directo transfiera el espíritu de sus álbumes de estudio. Es un espectáculo que toca la fibra sensible del espectador, que busca la conexión física y química con el oyente y que rebusca en el alma de cada uno de los que asistimos a sus conciertos. En definitiva, Iván es un romántico empedernido, aunque no lo aparente y nosotros quedamos prendados de su sutileza, de su ética y de su épica desde el primer momento en que pisa el escenario hasta el lastimoso momento en que lanza ese triste verso... "y digámonos adiós...".

Un hola gigantesco le dimos a quien es historia del No Sin Música por derecho propio. Eva y Juan. Amaral. Potentes, descarnados, estrellas aunque haya pasado el furor y la presencia en medios de hace diez años. Una carrera más reposada, un acertado acercamiento intimista en Nocturnal, aunque en directo son la banda resolutiva que hace honor a su cartel de favoritos del público. Su show fue dinámico, centelleante, sin dejar atisbo al descanso y la presencia de Eva es lo más similar a un huracán que puede haber sobre un escenario. Otra gran profesional que busca la conexión permanente con la audiencia. Amaral lo logra. Es contar con un seguro de vida en cualquier evento. Por eso vuelven, ahora más veteranos, más experimentados, igual de impactantes que el primer día.

La primera noche deparó destellos de impresión en bandas como Sidonie, bien pertrechados en un show bien calculado y perfectamente ejecutado o en la eficacia de El Kanka.

DÉJAME QUE BAILE PARA TI

El día del rock. Un surtido de artistas empeñados en demostrar la vigencia de un estilo, de un modo de vida. Promesas en ciernes como Rocknrolla o Guillermo Alvah y Los Predicadores. Lobos con muchos tiros dados como Los Zigarros o Quique González e instituciones como Rosendo. Para acompañarles, gente como Pájaro, Mario Díaz o MClan. Se coló en la fiesta rockera El Langui, que aunó el flow de Pan Bendito con sonidos más comerciales y que gustó al personal.

Contratar a Quique González (en esta ocasión con la espalda cubierta por Los Detectives) es sinónimo de tranquilidad. De contar con un músico de excepción que hace soñar incluso al neófito en su ya larga carrera. Lo mismo podríamos decir de MClan, que firmaron un buen show... a secas. Gran ritmo de inicio pero que fue perdiendo fuelle en una parte central del concierto demasiado tranquila para lo que se presupone a una banda de corte rockero. Eso sí, el final fue hacia arriba con el colofón (y el acompañamiento de Los Zigarros) de ese himno que es Concierto salvaje. El dinamismo, el ritmo... ese pecado que ni en teatro ni en la música se puede uno permitir el lujo de cometer.

Pero para ritmo y tablas los de Rosendo. El de Carabanchel es patrimonio nacional. Demostró que él solo necesita su guitarra para montar un jolgorio de categoría. Sigue sacando discos, humildes, honestos y cañeros y en directo se muestra tal y como es. Sonidos sencillos, distorsión a tope, volumen al máximo y la voz convertida en aullido en aquellos himnos que calan entre la gente. Flojos de pantalón, Masculino singular, No dudaría, Agradecido y el colofón espléndido del recuerdo a Leño con Maneras de vivir. Fueron los 80 de nuevo, los 80 más golfos, más comprometidos con la sociedad y con la música. Algo con lo que Taburete (!), el grupito del niño de Bárcenas, jamás podrá soñar. Porque Rosendo solo hay uno y es patrimonio de todos.

EL RUIDO Y LA FURIA

Sonaban espléndidos los sevillanos Full cuando llegábamos al recinto portuario prestos a vivir una noche intensa... Pero no sabíamos que íbamos a vivir una de las grandes jornadas del No Sin Música en sus cinco años de vida. Nos pusieron sobre aviso Ángel y Aurora, integrantes de Random Thinking, una de las grandes revelaciones musicales de los últimos años. Se nos hizo corto, muy corto el concierto de un dúo que mezcla con tesón y sabiduría folk, blues, pop y rock con unas letras bien trabajadas. La sencillez encumbrada a niveles sonoros de gran calado. Lo dicho, tan corto se nos hizo que ya tenemos ganas de verlos de nuevo.

Buscamos más sensaciones fuertes cuando la tarde iba cayendo. Y Depedro dio con la clave. De menos a más fue su trabajo sobre el escenario principal. Un concierto convertido en ritual del rock, efectivo, sin alharacas ni poses, pero con un gusto esencial por el buen trato en directo al material de partida del músico madrileño. Envolviendo con cariño su vieja guitarra acústica, Jairo Zavala (alter ego de Depedro) da una clase soberana de qué debe ser la música: trabajo, dedicación, paciencia y saber colocar el producto. Vestigios americanos en la música, letras cercanas, un cóctel del que es imposible no enamorarse. Nubes de papel, Como el viento... Temas donde demuestra la sapiencia que ha ido atesorando en sus múltiples viajes sonoros, algunos de ellos acompañando a Calexico...

¡Ah, Calexico! Establecemos nexo de unión entre Depedro y Furia Trinidad a través de la banda liderada por Joey Burns y John Convertino. Porque ambos han trabajado con los de Arizona y porque también son deudores de un sonido fronterizo, americano, desértico y rabioso. Precisamente, el ratito que compartimos con Furia Trinidad es lo mejor que vimos en el No Sin Música 2017. Qué corto se nos hizo, qué maravilloso el esfuerzo de la banda portuense sobre un escenario al que poco a poco se fueron acercando acólitos del rock, fieles de la distorsión, creyentes en la palabra propagada por She and the sunshine, segundo largo de Furia Trinidad. Ya decíamos en nuestra previa que teníamos muchas ganas de presenciar la comunión entre artista y público y no nos equivocamos. Una experiencia bestial, trepidante y contagiosa. La música de Furia Trinidad, tomando retazos de grunge, de rock garajero, de post rock, huele a triunfo, a majestad. Tuvimos irremediablemente que ponernos de rodillas y saludar a nuestros nuevos apóstoles de la buena nueva del rock.

Por mantenernos en tensión también hicieron lo suyo los gaditanos Detergente Líquido (qué bien sonaron, oiga) y The Grooves, madrileñas que aunaron clase con potencia para depararnos un producto muy controlado, muy medido y del que aún estamos relamiéndonos. Otra banda a seguir con atención.

Y para el final dejamos a los tres cabezas de cartel de la última jornada...

Miss Cafeina envuelven un producto bonito, bien estructurado y bien trabajado aunque adolecen de riesgo. Gustan, son resolutivos en escena y enganchan con el público pero hay demasiados peces similares en el estanque.

Coque Malla es otro currante de la escena. Su show mantuvo un perfil muy estable durante la hora y algo de duración. Rock y pop bien engarzado, que se deja escuchar bien y que estimuló lo suficiente al personal tanto como para saber que no podemos vivir sin Lori Meyers. Los de Loja pusieron la pica en el Puerto de Cádiz y salvo un momentín en que quizás se pasaron de solemnidad, convirtieron Cádiz en una fiesta. Primero con una puesta de escena apabullante, tanto como lo es En la espiral, su último trabajo. Se nota la evolución, se nota el gusto por sonidos más progresivos, por letras enjundiosas. El resultado en vivo es espectacular en su traslación visual y sonora. Puro goce para los sentidos. La segunda parte del concierto se transformó en una gran fiesta a lomos de los himnos de los granadinos. Emborracharme, Mi realidad o Alta fidelidad sonaron épicos, tremendos y catárquicos bajo el manto estrellado de Cádiz.

Una noche, la del fin de fiesta del No Sin Música, que vio bailar a la mujer de verde. Empezó con Depedro, terminó con Lori Meyers y supo disfrutar de la música con la locura de Furia Trinidad. Al final, ella y él se echaron un bailecito. No recuerdo qué canción sonaba. Solo veía la felicidad en sus rostros. A veces sueño en ser como ellos.

La mujer de verde
Fotos: @zuhmalheur