"El teatro no es la diversión, ni la vanidad. El teatro es trabajo duro y sacrificio, es ponerse el traje usado que otro dejó, es trabajar a veces y a veces no. Es un trabajo de hambre".
La Xirgú.
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miércoles, 2 de enero de 2019
miércoles, 12 de diciembre de 2018
El largo camino del mínimo
Todo empieza por un folio en blanco y una idea cazada al vuelo. Tras darle muchas vueltas, la idea se convierte en personajes, acciones, escenarios, principios, nudos y desenlaces. Un correo electrónico con la esperanza de que esas líneas sean tenidas en cuenta por tres personas alejadas por cientos o miles de kilómetros... y llega la decisión. Esa idea que impregnó el folio en blanco llega a las manos de otras personas que se juntan una tarde para leerla. A algunos les llega a la patata y creen que sería posible hacer algo sobre un escenario. Más vueltas a la idea, buscar a las personas adecuadas para darle vida sobre unas tablas y, horas de ensayo después, llega el día en que el público recibe el resultado de ese esfuerzo conjunto. Puede que tenga algo que ver o no. Pero lo que la audiencia termina aplaudiendo al final de la función es la conjunción de los talentos de muchas personas involucradas en torno a una obra de apenas diez o quince minutos que en Taetro han llamado mínimo. Curioso que algo con ese nombre involucre un esfuerzo colectivo de tal magnitud. Quizás aún no sabemos recompensar todo ese trabajo como es debido.
El caso es que Taetro lleva 20 años levantando el edificio del Certamen de Teatro Mínimo Rafael Guerrero con pequeñas piezas de autores, directores, actores... y ese edificio se sostiene con solidez y dedicación. Hace unos días pudimos comprobar la buena salud de la propuesta de la asociación chiclanera con tres nuevas piezas venidas de Galicia, Madrid y Aragón. Tres obras muy distintas en lo conceptual y en la aproximación efectuada por los miembros de Taetro. Tres mínimos que engrandecen la labor de este certamen pionero en la escena nacional.
La velada comenzó narrando la génesis de una escena mítica del cine. Aquella en la que se rebanaba un ojo con una cuchilla preñada de surrealismo. Y ciertamente, Buñuelos, la obra de Carlos González Meixide, que narra en tono jocoso ese episodio de Un perro andaluz, rebosa surrealismo y una magnífica descripción de personajes. Bajo la dirección de Antonio Castaño, la obra se trastocó en un vodevil optimista y desbordante de absurdo, con toques cómicos acertadamente repartidos durante todo el montaje y con la suma de un Dalí, bien atemperado por un Juan de Lorenzo que se come el escenario en el poco tiempo que está sobre el escenario. Teresa Yribarren, Laura Tapia y Johnny pusieron su buen hacer al servicio de la función. Una fantástica apertura, una maravillosa locura que acabó con más dosis de absurdo, cosa que los señores Buñuel y Dalí hubiesen aprobado de buena gana. ¡Epatante!
El teatro social siempre ha tenido hueco en las sesiones de mínimos de Taetro. Y con 23, de Santy Portela se coló en forma de puñetazos literales y figurados. Texto durísimo, intenso y con dos personajes al borde del paroxismo. La gran cualidad de esta obra dirigida por Rafa García e interpretada por él mismo y por Eva Herrero es la de contener la tensión subyacente con un dominio de la templanza singular. Al final, brota todo, explota el terror y la catarsis se hace necesaria. Un ejercicio de moderación único con un texto difícil de montar y un excelso trabajo de gestualidad y de dominio de los cuerpos de los intérpretes. Una de las sensaciones de la noche.
La comedia sirvió como curación de malos pensamientos y con el mínimo de Pedro Alejandro Filgueira pudimos cerrar la función con una sonrisa. Instrucciones para el suicidio ahonda también en el absurdo para pulsar los temores de la sociedad en torno a la muerte y a la libertad de decisión. Pepe Raya, creciendo día a día como director de escena, reunió a tres actores en estado de gracia (Almudena Ruiz, Antonio Meléndez y Juan Carlos Morales) para ofrecernos una función simpática, llena de humor, guasa y cinismo y bien resuelta con sencillez (aunque no es fácil de hacerlo. A ello ayudó la desenvoltura que los actores pusieron sobre el escenario). Una alegría porque tenemos actores de futuro y un gran director detrás.
Un largo camino que no acaba aquí para tres textos que se trastocaron en otros "hijos" de esa idea huérfana que empezó con un folio en blanco. Larga vida a los mínimos.
Foto: @zuhmalheur
Artículo originalmente publicado en Berenjena Company.
miércoles, 23 de mayo de 2018
Un día de furia... española
Michael Douglas salía de su mierda de coche en mitad de un atasco en una infernal autopista californiana cargado de una bolsa y encaraba su destino. Un destino que le llevaría a enfrentarse con la parte molesta de la sociedad (bueno, con la sociedad en sí, que ya de por sí es bastante molesta). Así comenzaba Un día de furia, película de Joel Schumacher que algunos tildaron de fascista pero que es un guilty pleasure muy disfrutable.
En ese filme la furia se desataba contra algunas personas que terminaban cayendo mal porque rápidamente (y no sabemos por qué) empatizábamos con ese trabajador del Departamento de Defensa en paro al que encarnaba Douglas. Algo hay de eso en Sin rodeos, el nuevo trabajo de Santiago Segura -primero tras el universo Torrente-, ya que salvando las distancias, (casi) todos los personajes de esta comedia nos caen bastante mal e incluso alguno raya en el odio extremo (ese pintor y su hijo). Todos, salvo la protagonista, una eficaz Maribel Verdú que sobrelleva como puede su vida de sufridora compulsiva en un mundo que no está hecha para ella.
El planteamiento de la cinta no es original tanto en cuanto es un remake de la película chilena Sin filtro, un auténtico fenómeno en su país que ahora nos llega tamizado por Segura en una producción que mezcla partes de sainete, costumbrismo y comedia urbana, aunque echamos en falta una mayor dosis de mala baba que es lo que habría convertido en Sin rodeos en un producto mucho más redondo. Solo en momentos puntuales (la aparición de Candela Peña o ciertos arranques de ira de Verdú) elevan el listón en este sentido. A pesar de esa escasa pulsión en los personajes, sí que vemos algunos retazos muy bien dibujados en algunos seres que pululan por la película, que hace que su visionado sea disfrutable como comedia ligera.
Lo más destacado del conjunto es que la historia no conceda nada al sentimentalismo como puro reflejo de lo puta que es la vida. No hay nada peor para narrar una historia que dejarse llevar por la sensiblería barata. Segura (al que agradecemos que explore otros territorios más allá del torrentiano) apuesta aquí por arriesgar cortando por lo sano, haciendo que el personaje de Maribel Verdú vuele libre y se crea la protagonista de este día de furia española. Sale ganando ella. Salimos ganando todos.
Fuente: www.berenjenacompany.blogspot.com
miércoles, 28 de febrero de 2018
De dioses y monstruos
Esta película, tesoro del cine de Guillermo del Toro, está hecho de pequeños grandes momentos. Perlas visuales, escenas donde la fotografía toma el protagonismo de la narración, donde la música (maravillosa una vez más) de Alexandre Desplat evoca otra época y otros sentimientos, sueños en blanco y negro que en otras manos parecerían risibles y aquí son toda una declaración de intenciones. Y todo ello... con un monstruo acuático por medio. Solo Guillermo del Toro podría lograrlo. Ya lo hizo con El laberinto del fauno y repite jugada con La forma del agua, una fábula más actual de lo que parece a simple vista.
Los miedos más desconocidos, el temor a lo que viene de fuera, el odio al diferente... Son temáticas muy del gusto del director mexicano, que ahonda con esta cinta en su estudio sobre ese otro lado de la realidad que apenas percibimos. La forma del agua es un cuento en el que el terror lo provoca paradójicamente, la parte más realista de la historia. Ambientada en una época de miedos irracionales (plena Guerra Fría), con un diseño de producción detallado y muy fiel (laboratorios secretos, científicos que traman a espaldas del mundo), el filme nos presenta la historia de Eliza, una joven muda sin más vida que la que comparte con dos amigos (estupendos y naturales Richard Jenkins y Octavia Spencer). La llegada de un ser antropomorfo anfibio desata la historia, una historia que posiblemente sea la parte en la que más flaquea la película. Pero tranquilos, que no se desate la furia. Es algo que ya nos han contado, que ya hemos visto, pero con monstruo. Hay amistad, hay ternura, hay amor, hay peligro, hay acción, hay malos y buenos. La historia de nuestras vidas contada por el cine, simple y llanamente, en tantas y tantas películas. Es un tema universal. Pero lo importante de La forma del agua no es la historia sino cómo esta contada. De forma pausada, gradual, incrementando la tensión de forma exponencial, haciendo que nuestras simpatías y nuestros odios por los buenos y los malos crezcan al unísono. Y todo ello envuelto en una atmósfera fría y acogedora al mismo tiempo (notamos la humedad presente en todo el metraje, pero aún así, la sonrisa de Sally Hawkins -enorme como Eliza- y la humanidad del monstruo -Doug Jones en su salsa-, hacen que nos sintamos protegidos).
La forma del agua es una película maravillosa por todo lo que la rodea, por la humanidad presa de esos personajes perfectamente dibujados en el guión, que por una vez se ocupa más en desarrollar el alma de cada uno de ellos en lugar de centrarse en hacer más enrevesada la historia de fondo. Y luego está el toque del director. Del Toro sabe como enamorar al público. Lo sabe incluso dando asco o miedo (Michael Shannon en su papel de villano es perfecto en ese cometido). Lo sabe otorgando el papel de dios redentor a un monstruo. Quizás es que en ese dios haya más humanidad que en todos nosotros.
Los miedos más desconocidos, el temor a lo que viene de fuera, el odio al diferente... Son temáticas muy del gusto del director mexicano, que ahonda con esta cinta en su estudio sobre ese otro lado de la realidad que apenas percibimos. La forma del agua es un cuento en el que el terror lo provoca paradójicamente, la parte más realista de la historia. Ambientada en una época de miedos irracionales (plena Guerra Fría), con un diseño de producción detallado y muy fiel (laboratorios secretos, científicos que traman a espaldas del mundo), el filme nos presenta la historia de Eliza, una joven muda sin más vida que la que comparte con dos amigos (estupendos y naturales Richard Jenkins y Octavia Spencer). La llegada de un ser antropomorfo anfibio desata la historia, una historia que posiblemente sea la parte en la que más flaquea la película. Pero tranquilos, que no se desate la furia. Es algo que ya nos han contado, que ya hemos visto, pero con monstruo. Hay amistad, hay ternura, hay amor, hay peligro, hay acción, hay malos y buenos. La historia de nuestras vidas contada por el cine, simple y llanamente, en tantas y tantas películas. Es un tema universal. Pero lo importante de La forma del agua no es la historia sino cómo esta contada. De forma pausada, gradual, incrementando la tensión de forma exponencial, haciendo que nuestras simpatías y nuestros odios por los buenos y los malos crezcan al unísono. Y todo ello envuelto en una atmósfera fría y acogedora al mismo tiempo (notamos la humedad presente en todo el metraje, pero aún así, la sonrisa de Sally Hawkins -enorme como Eliza- y la humanidad del monstruo -Doug Jones en su salsa-, hacen que nos sintamos protegidos).
La forma del agua es una película maravillosa por todo lo que la rodea, por la humanidad presa de esos personajes perfectamente dibujados en el guión, que por una vez se ocupa más en desarrollar el alma de cada uno de ellos en lugar de centrarse en hacer más enrevesada la historia de fondo. Y luego está el toque del director. Del Toro sabe como enamorar al público. Lo sabe incluso dando asco o miedo (Michael Shannon en su papel de villano es perfecto en ese cometido). Lo sabe otorgando el papel de dios redentor a un monstruo. Quizás es que en ese dios haya más humanidad que en todos nosotros.
miércoles, 3 de enero de 2018
Un trabajo de hambre
"El teatro no es la diversión, ni la vanidad. El teatro es trabajo duro y sacrificio, es ponerse el traje usado que otro dejó, es trabajar a veces y a veces no. Es un trabajo de hambre".
La Xirgú.
La Xirgú.
jueves, 21 de diciembre de 2017
¡A la mierda los actores!
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| Foto: @zuhmalheur |
La ocasión la pitan calva. Un actor investido del personaje de un actor en un monólogo nacido de la pluma de un actor (bueno, director que alguna que otra vez se metió a actor... ¡qué se le pasaría por la cabeza!). El caso es que Morraya Teatro traía a escena su tercer montaje, tras la buena acogida que tuvieron los dos anteriores. Con la autoría de Javier García Teba, muñidor del género de teatro mínimo, Paco López -alma mater de la compañía chiclanera-, se subió a las tablas para hablarnos de esas Memorias de un actor en paro, obra que dirigió para la ocasión el propio autor y que nos habla de las miserias terrenales y morales que conlleva ser actor en un mundo donde no se valora tal esfuerzo. Pero hubo un esfuerzo; máximo, titánico, para ofrecernos un montaje ligero, dinámico, lleno de recovecos ideológicos sobre la profesión de payaso, de caricato, de intérprete.
Un texto corto expandido conceptualmente a una diatriba en favor de la conquista de los sueños personales y en contra de las cortapisas sociales. El actor es actor desde que nace. Puede haber formación, puede haber experimentación, pero el espíritu está ahí desde los inicios. Y para ello, López sacó adelante un personaje complicado (¿qué personaje no lo es?) sacándolo de su zona de confort y haciendo un esfuerzo para darle matices cómicos y de paso, ofrecernos una muestra de lenguaje corporal que era digno de agradecer. Para Paco López lo fácil hubiese sido dejarse llevar por el gran material de partida (¿qué obra de Teba no lo es?) y pecar de acomodaticio, pero supo insuflarle bríos a un personaje que jugó a ser físico, esquivo, rocoso en algunos momentos y sentimental en otros. Apoyado en una escenografía sobria y en una iluminación que acompañó la narración con delicadeza y muchos matices, supo sacar algo del calor de un personaje que muestra la frialdad de un mundo que es capaz de detestarle y de paso, enviar ese calor al valiente público que se acercó a las instalaciones del Moderno en una desapacible noche.
Morraya Teatro sigue en su línea de hablarnos del lado de los desfavorecidos, de aquellos que no son agraciados con el mundo que les ha tocado vivir. Lo hicieron en su anterior montaje y amplifican el mensaje en esta obra de Javier García Teba que nos lleva a pensar de forma concienzuda si en vez de enviar a la mierda a los actores, habría que hacerlo con otros que se lo merecen mucho más. No en vano, un actor solo está aquí para hacernos la vida un poquito más alegre. Que no es moco de pavo, oiga.
viernes, 10 de marzo de 2017
Ahora sí, Logan
Por fin una buena película sobre Lobezno. Por fin, el animal ha salido a relucir. Un animal con emoción, con agallas, con garras sangrantes, sin frases lapidarias pero con dolor. Mucho dolor. Logan es la película que le hacía falta a este personaje. Gracias Hugh.
Si no habéis ido al cine a verla, no sé qué coño esperáis.
miércoles, 9 de noviembre de 2016
viernes, 16 de septiembre de 2016
Mínimos máximos
Taetro es una asociación. Pertenezco a ella desde hace unos años. Incluso soy su vicepresidente. Qué insensatez por parte de mis compañeros.
La educación y el teatro son sus fines. Y cada año tenemos un proyecto hermosísimo: el Certamen de Teatro Mínimo Rafael Guerrero. Obras de unos diez o quince minutos de duración que luego podemos premiar representándolas nosotros mismos y publicando los originales ganadores. Si quieres participar, aún estás a tiempo. Lee...
La asociación cultural Taetro mantiene abierto el plazo de admisión de obras de su XVIII Certamen de Teatro Mínimo Rafael Guerrero hasta el próximo 30 de septiembre. En esta nueva edición del concurso pionero en España de esta modalidad teatral, los participantes pueden remitir un máximo de dos obras originales a la dirección de correo electrónico teatrominimochiclana@gmail.com siempre que cumplan con los requisitos solicitados por la organización y que se pueden consultar en el blog de la propia asociación (http://taetro-teatrominimo.blogspot.com.es/).
Las obras, de temática libre y con una duración estimada de unos diez minutos de representación, serán valoradas por un jurado de prestigio que emitirá el fallo durante la celebración del Día Mundial del Teatro (27 de marzo de 2016). Los premios consistirán en la publicación de las obras seleccionadas así como la representación a cargo de los miembros de Taetro de algunas piezas seleccionadas.
La educación y el teatro son sus fines. Y cada año tenemos un proyecto hermosísimo: el Certamen de Teatro Mínimo Rafael Guerrero. Obras de unos diez o quince minutos de duración que luego podemos premiar representándolas nosotros mismos y publicando los originales ganadores. Si quieres participar, aún estás a tiempo. Lee...
La asociación cultural Taetro mantiene abierto el plazo de admisión de obras de su XVIII Certamen de Teatro Mínimo Rafael Guerrero hasta el próximo 30 de septiembre. En esta nueva edición del concurso pionero en España de esta modalidad teatral, los participantes pueden remitir un máximo de dos obras originales a la dirección de correo electrónico teatrominimochiclana@gmail.com siempre que cumplan con los requisitos solicitados por la organización y que se pueden consultar en el blog de la propia asociación (http://taetro-teatrominimo.blogspot.com.es/).
Las obras, de temática libre y con una duración estimada de unos diez minutos de representación, serán valoradas por un jurado de prestigio que emitirá el fallo durante la celebración del Día Mundial del Teatro (27 de marzo de 2016). Los premios consistirán en la publicación de las obras seleccionadas así como la representación a cargo de los miembros de Taetro de algunas piezas seleccionadas.
| Foto: Paco López. |
martes, 7 de junio de 2016
Actores
"Cuando un actor me viene diciendo que quiere discutir su personaje, yo le digo: “Está en el guión”. Si él me dice: “pero, ¿cuál es mi motivación?”, yo le digo: “tu sueldo”.
Alfred Hitchcock.
domingo, 17 de abril de 2016
viernes, 1 de abril de 2016
Minimando
Año dosmildiecishakespeare. El bueno de Will dejó en su lápida que sus huesos no habían de ser movidos; a don Miguel se le pasó por alto. Y eso es lo que pasa cuando una berenjena se siente alienada por el sistema o cuando hurgamos en los recuerdos de una prostituta gaditana de los años 40. Nos damos cuenta de que el humor es la mejor arma contra la guerra y que en escasos 15 minutos, una obra de teatro mínimo puede contar mucho.
Estreno de las obras premiadas en el XVI Certamen de Teatro Mínimo Rafael Guerrero
Viernes 1 de abril - Teatro Moderno (Chiclana) - 21.00 horas
El cañón en la colina, de Juan Pablo Goñi
Torre de arena, de Juan José Sánchez Sandoval
Te mataré, de Iván Rojas
Ni aquí paz ni después gloria, de Rosario Naranjo
Homenaje al teatro
Sábado 2 de abril
18.00 horas - Plaza Patiño junto al busto de Antonio García Gutiérrez (Chiclana)
Merienda homenaje al teatro
Lectura del manifiesto de Taetro a cargo de Javier García Teba
Lectura del manifiesto del Día Mundial del Teatro
21.00 horas - Peña Flamenca Chiclanera (calle Luna, s/n, Chiclana)
Presentación del libro del XIV Certamen de Teatro Mínimo Rafael Guerrero
Fallo del jurado del XVII Certamen de Teatro Mínimo Rafael Guerrero
Nombramiento Taetrero del Año
Actuación teatral.
miércoles, 3 de febrero de 2016
El amor patafísico
Love is in the air...
Y si el amor es por partida triple, ¡ya no te digo!
Lo de don Teopempo es de traca. Se despierta un día de la siesta tras una opípara comida, solicita la merienda (su té de la India con bocadillos de sardinas de Santurce) y alumbra una ideaca: meterse a polígamo. Lo ilógico sería rechazar tal premisa pero él abunda en ella, metiendo a su mujer, la maravillosa Zósima, en colosal enredo. Se buscan científicamente a las elegidas y aparecen las Finsterbusch Babaredo que son unas petates de no te menees y claro... todo sale como tiene que salir.
La Poligamia de La Pata Física es absurdamente lógica porque aparecen sardinas y bailes regionales dedicados a reyes godos de los que todos somos muy fans. Personalmente, a mi me hubiese gustado ver la obra tras haberme zampado seis huevos de oca con chorizo pero sin guindilla porque no me gusta el picante, que para picante ya tenemos a los actores de la compañía teatral independiente y con ánimo de superviviencia que tan excelsamente dirige nuestro amado don Guillermo Alonso del Real (Dios lo tenga en nuestra gloria, o sea, aquí... No me sean ustedes absurdos).
Este crítico personalmente notó bajo de forma al actuante que personificó a don Teopempo. El lagarto seguro que se puso fino a finos antes de empezar e hizo una actuación que es como pegarle a un padre. Y se las da de artista el muy fresco. Frescos estuvieron los demás intérpretes que tras resucitar a Lázaro y liársela parda a don Abraham (el de los sacrificios filiales), montaron una poligamia como Dios manda. Porque por haber hubo de todo: compromiso, boda, celebración, viaje de novios y no cuento más porque si no hago spoilers y a nadie le gusta saber que al final de la obra hasta se casan. ¡Uy!... Mil perdones.
Lo bueno de todo es que estos patafísicos van a seguir dando guerra porque ya tienen preparadas actuaciones en otros lugares de la geografía mundial como Jerez de la Frontera, tierra donde también hay vino con lo cual, el que hace de Teopempo será felicísimo.
Brindemos con té indio y con bocadillos de sardinas (o de salchichón de Vic, naturalmente) a la salud de estos impenitentes polígamos.
Fotos: Zúh Malheur
Y si el amor es por partida triple, ¡ya no te digo!
Lo de don Teopempo es de traca. Se despierta un día de la siesta tras una opípara comida, solicita la merienda (su té de la India con bocadillos de sardinas de Santurce) y alumbra una ideaca: meterse a polígamo. Lo ilógico sería rechazar tal premisa pero él abunda en ella, metiendo a su mujer, la maravillosa Zósima, en colosal enredo. Se buscan científicamente a las elegidas y aparecen las Finsterbusch Babaredo que son unas petates de no te menees y claro... todo sale como tiene que salir.La Poligamia de La Pata Física es absurdamente lógica porque aparecen sardinas y bailes regionales dedicados a reyes godos de los que todos somos muy fans. Personalmente, a mi me hubiese gustado ver la obra tras haberme zampado seis huevos de oca con chorizo pero sin guindilla porque no me gusta el picante, que para picante ya tenemos a los actores de la compañía teatral independiente y con ánimo de superviviencia que tan excelsamente dirige nuestro amado don Guillermo Alonso del Real (Dios lo tenga en nuestra gloria, o sea, aquí... No me sean ustedes absurdos).
Este crítico personalmente notó bajo de forma al actuante que personificó a don Teopempo. El lagarto seguro que se puso fino a finos antes de empezar e hizo una actuación que es como pegarle a un padre. Y se las da de artista el muy fresco. Frescos estuvieron los demás intérpretes que tras resucitar a Lázaro y liársela parda a don Abraham (el de los sacrificios filiales), montaron una poligamia como Dios manda. Porque por haber hubo de todo: compromiso, boda, celebración, viaje de novios y no cuento más porque si no hago spoilers y a nadie le gusta saber que al final de la obra hasta se casan. ¡Uy!... Mil perdones.
Lo bueno de todo es que estos patafísicos van a seguir dando guerra porque ya tienen preparadas actuaciones en otros lugares de la geografía mundial como Jerez de la Frontera, tierra donde también hay vino con lo cual, el que hace de Teopempo será felicísimo.
Brindemos con té indio y con bocadillos de sardinas (o de salchichón de Vic, naturalmente) a la salud de estos impenitentes polígamos.
Fotos: Zúh Malheur
lunes, 1 de febrero de 2016
domingo, 10 de enero de 2016
Star Wars: El despertar de la curiosidad
#GeorgeLucasnoteloperdonaréjamás
Bueno, sí. Ya te perdoné...
Era un día de septiembre de 1999 y todavía hacía calor en Chiclana. Quise pasar una buena tarde al frescor del aire acondicionado de los "nuevos" multicines, acompañado de mi nostalgia ochentera y mi amor por una saga. Pero entre los niños de corta edad que no entendían nada (normal, yo tampoco con esa historia tan enrevesada), padres ruidosos con sus palomitas y Jar Jar Binks, salí con el corazón encogido maldiciendo una y otra vez el nombre de George Lucas por no haberme dado lo que yo iba a buscar... Sí, amigos, era La amenaza fantasma. El Episodio I de Star Wars. Era aún verano y hacía calor.
Decepción. Pensé que ya nada volvería a ser igual. Que no tendría una héroe salido de la nada y que con tres o cuatro acciones valerosas se ganaría el protagonismo de la peli. Que no disfrutaría con un sinvergüenza socarrón que nos conquistaría a todos. Que no habría una chica de armas tomar que actuara como contrapunto de ambos. Que no disfrutaría de la parte cómica de dos droides a los que quería como hermanos. Que no odiaría/disfrutaría con un villano de los que hacen época. Que no ensoñaría con esos lejanos y viejos mundos que tito George nos proponía en la trilogía original de Star Wars. Salí decepcionado de aquella sala de cine aquella tarde del verano del 99.
Nostalgia. La puñetera nostalgia. Todo es por su culpa. Es el gran problema que tenemos los seguidores de la saga. Como somos unos impertérritos románticos, creemos que todo va a seguir tal cual, que todo lo que se nos cuente a partir de la trilogía original, tiene que ser igual de bueno, emocionante y excitante que aquellas tres películas. Pero no. No podemos analizar la nueva trilogía, la que ha empezado con el estreno del Episodio VII: El despertar de la Fuerza, con los mismos ojos con los que vimos aquellos capítulos de la lucha entre la Alianza Rebelde y el Imperio. No son las mismas películas, no son los mismos personajes (aunque salgan algunos conocidos) y sobre todo, no es el mismo tiempo. Estamos en 2016 y no en 1977. Demasiado tiempo. Demasiadas cosas han cambiado en nuestras vidas.
Por eso la nostalgia es la peor enemiga para ir a ver la película dirigida por J.J. Abrams. Se lo aconsejo. Déjenla en la puerta, la retoman cuando se pongan en el DVD el Episodio IV y serán completamente felices. Pero la nostalgia no tiene cabida en El despertar de la Fuerza porque si van con ella a la sala de cine, el resultado será desastroso.
Pero entonces, llegó el día para ver la nueva peli...
Sala de cine a oscuras.
Logo de Lucasfilms.
Hace mucho, mucho tiempo, en una galaxia muy, muy lejana...
Star Wars y la música de John Williams... Orgasmo.
Vaya por delante que el Episodio VII me ha parecido una buena película en general y una muy buena película de aventuras y ciencia-ficción en particular. Traté de mantener una mente abierta y no dejarme llevar por el sentimentalismo de warsie clásico para ver qué de nuevo me ofrecía Abrams. Y lo cierto es que, tras una pátina de velado remake de Una nueva esperanza, este nuevo comienzo ofrece una historia conocida pero que es el motor de las grandes historias que el cine lleva contándonos casi 125 años: la lucha entre el bien y el mal, el mito fundacional del héroe salvador y la amistad/amor como pegamento de las relaciones humanas. No podemos decir que Abrams ha jugado a lo fácil "plagiando" a Lucas porque son historias universales las que maneja la mitología de Star Wars y la verdad es que si algo funciona para qué modificarlo.
Abrams ha sabido conducir un reto peliagudo. Un guión aparentemente sencillo pero que sabe cuadrar las situaciones (Lawrence Kasdan de nuevo en el equipo, tras ser responsables de lo mejorcito de la trilogía original), un fantástico equilibrio entre momentos dramáticos y de comedia, la gestión de la tensión en ciertas escenas, un uso dinámico de la acción, como ya demostró en Star Trek y un estilo visual creíble. No hay personajes con los que no empaticemos. No hay un Jar Jar Binks. No se abusa del croma y se vuelve a un diseño de producción cuidado y artesanal.
Esa cobertura ayuda a que los actores anden finos. Se me saltan las lágrimas al ver de nuevo a Harrison Ford, Carrie Fisher o Peter Mayhew en sus papeles clásicos, pero los nuevos se han aclimatado rápido y de forma muy fiable a esta galaxia tan lejana. Daisy Ridley, John Boyega y Oscar Isaac han dado carnalidad a unos personajes bien definidos y de los que queremos saber más. No hay miradas infantiles, ni sobreactuaciones. Hay buena materia prima que habrá que desarrollar en los dos próximos episodios. Pero eso será cosa de Rian Johnson y de Colin Trevorrow.
Pero hay otro actor nuevo con un personaje crucial. Adam Driver. El villano. Kylo Ren, alto representante de la malvada Primera Orden y que me ha descolocado. Sus momentos humanos (ese lado tan dubitativo, esa inseguridad...) no sé si están buscados o simplemente, es la parte del guión dónde más falla esta película. Sí es cierto que luego retoma su reverso tenebroso cuando en un momento climático de la película... (aquí vendría un SPOILER así bien grande, pero no lo voy a destripar) ... Esperemos que sea el surgimiento de un malo maloso con todas las de la ley... Y no quiero mentar Hayden Christensen haciendo de futuro Darth Vader. Ups...
Mención aparte a alguien que me ha enamorado desde el primer momento: BB-8. Sí, alguien. El droide que viene a ser el "nuevo" R2-D2 y que tan pronto aparece en escena se convierte en un actor más. Un aplauso para sus diseñadores y sus manipuladores porque hay más alma en ese robot que en cientos y cientos de actores que van en busca del estrellato en escuelas de arte dramático de todo el mundo.
Por lo demás, es el comienzo de una nueva aventura. Poderoso comienzo diría yo que deja con ganas de más Star Wars, con ganas de ver cómo sigue resurgiendo esa Fuerza de la que tantos nos enamoramos en los 80... aunque una tarde calurosa del 99 estuviera a punto de echarlo todo por la borda.
Y nada más, que la Fuerza os acompañe. Yo por lo pronto, ya he perdonado a George Lucas.
Bueno, sí. Ya te perdoné...
Era un día de septiembre de 1999 y todavía hacía calor en Chiclana. Quise pasar una buena tarde al frescor del aire acondicionado de los "nuevos" multicines, acompañado de mi nostalgia ochentera y mi amor por una saga. Pero entre los niños de corta edad que no entendían nada (normal, yo tampoco con esa historia tan enrevesada), padres ruidosos con sus palomitas y Jar Jar Binks, salí con el corazón encogido maldiciendo una y otra vez el nombre de George Lucas por no haberme dado lo que yo iba a buscar... Sí, amigos, era La amenaza fantasma. El Episodio I de Star Wars. Era aún verano y hacía calor.
Decepción. Pensé que ya nada volvería a ser igual. Que no tendría una héroe salido de la nada y que con tres o cuatro acciones valerosas se ganaría el protagonismo de la peli. Que no disfrutaría con un sinvergüenza socarrón que nos conquistaría a todos. Que no habría una chica de armas tomar que actuara como contrapunto de ambos. Que no disfrutaría de la parte cómica de dos droides a los que quería como hermanos. Que no odiaría/disfrutaría con un villano de los que hacen época. Que no ensoñaría con esos lejanos y viejos mundos que tito George nos proponía en la trilogía original de Star Wars. Salí decepcionado de aquella sala de cine aquella tarde del verano del 99.
| BB-8. (Walt Disney Pictures). |
Por eso la nostalgia es la peor enemiga para ir a ver la película dirigida por J.J. Abrams. Se lo aconsejo. Déjenla en la puerta, la retoman cuando se pongan en el DVD el Episodio IV y serán completamente felices. Pero la nostalgia no tiene cabida en El despertar de la Fuerza porque si van con ella a la sala de cine, el resultado será desastroso.
Pero entonces, llegó el día para ver la nueva peli...
Sala de cine a oscuras.
Logo de Lucasfilms.
Hace mucho, mucho tiempo, en una galaxia muy, muy lejana...
Star Wars y la música de John Williams... Orgasmo.
Vaya por delante que el Episodio VII me ha parecido una buena película en general y una muy buena película de aventuras y ciencia-ficción en particular. Traté de mantener una mente abierta y no dejarme llevar por el sentimentalismo de warsie clásico para ver qué de nuevo me ofrecía Abrams. Y lo cierto es que, tras una pátina de velado remake de Una nueva esperanza, este nuevo comienzo ofrece una historia conocida pero que es el motor de las grandes historias que el cine lleva contándonos casi 125 años: la lucha entre el bien y el mal, el mito fundacional del héroe salvador y la amistad/amor como pegamento de las relaciones humanas. No podemos decir que Abrams ha jugado a lo fácil "plagiando" a Lucas porque son historias universales las que maneja la mitología de Star Wars y la verdad es que si algo funciona para qué modificarlo.
Abrams ha sabido conducir un reto peliagudo. Un guión aparentemente sencillo pero que sabe cuadrar las situaciones (Lawrence Kasdan de nuevo en el equipo, tras ser responsables de lo mejorcito de la trilogía original), un fantástico equilibrio entre momentos dramáticos y de comedia, la gestión de la tensión en ciertas escenas, un uso dinámico de la acción, como ya demostró en Star Trek y un estilo visual creíble. No hay personajes con los que no empaticemos. No hay un Jar Jar Binks. No se abusa del croma y se vuelve a un diseño de producción cuidado y artesanal.
Esa cobertura ayuda a que los actores anden finos. Se me saltan las lágrimas al ver de nuevo a Harrison Ford, Carrie Fisher o Peter Mayhew en sus papeles clásicos, pero los nuevos se han aclimatado rápido y de forma muy fiable a esta galaxia tan lejana. Daisy Ridley, John Boyega y Oscar Isaac han dado carnalidad a unos personajes bien definidos y de los que queremos saber más. No hay miradas infantiles, ni sobreactuaciones. Hay buena materia prima que habrá que desarrollar en los dos próximos episodios. Pero eso será cosa de Rian Johnson y de Colin Trevorrow.
| (Walt Disney Pictures) |
Mención aparte a alguien que me ha enamorado desde el primer momento: BB-8. Sí, alguien. El droide que viene a ser el "nuevo" R2-D2 y que tan pronto aparece en escena se convierte en un actor más. Un aplauso para sus diseñadores y sus manipuladores porque hay más alma en ese robot que en cientos y cientos de actores que van en busca del estrellato en escuelas de arte dramático de todo el mundo.
Por lo demás, es el comienzo de una nueva aventura. Poderoso comienzo diría yo que deja con ganas de más Star Wars, con ganas de ver cómo sigue resurgiendo esa Fuerza de la que tantos nos enamoramos en los 80... aunque una tarde calurosa del 99 estuviera a punto de echarlo todo por la borda.
Y nada más, que la Fuerza os acompañe. Yo por lo pronto, ya he perdonado a George Lucas.
lunes, 4 de enero de 2016
El alma del artista
El público. Esa masa voluble que lo mismo se congracia con lo que estás haciendo o te deniega su favor. Es caminar sobre un fino alambre del que sabes que te vas a caer si no consigues empatizar y epatar a quien observe tu trabajo. El artista se encuentra así ante una disyuntiva peliaguda: agradar o fracasar. Es el límite que te marca si eres bueno o no lo eres. Por eso, el artista se debe dejar la piel, debe traspasar límites, debe ir hacia lo insondable para conseguir el más difícil todavía...
Y no es que Robert Zemeckis haya conseguido el más difícil todavía. Pero sí notamos que lo vamos recuperando para la causa. Tras convertirse en director de referencia para los que ya tenemos una edad con películas tales como Tras el corazón verde o la trilogía de Regreso al futuro y después de ganarlo todo con Forrest Gump, a Zemeckis le dio por probar nuevos terrenos de narración mediante la imagen y se metió en varias historias que decepcionaron a su público (Polar Expres, Beowulf...). Hace un par de años despachó El vuelo, un trabajo estimable aunque con cierta falta de ritmo y algunos quisimos ver el resurgir del Zemeckis artesano, del que gusta de hacer las cosas bien, lo que en su terreno significa, divertir a la gente. Ahora con The walk (me niego a llamarla El desafío), cuenta la historia de Philippe Petit, el hombre que cruzó las torres del World Trade Center a través de un cable de acero. Es un episodio que ya conocíamos por el fantástico documental Man on wire, ganador del Oscar en su categoría, pero que con este filme profundiza en la pequeña gran historia humana del artista persiguiendo su sueño. Y es ahí donde The walk se hace grande, porque sabe interiorizar la problemática de Petit, sabe explotar y definir su gran reto (tender un cable entre las torres y caminar por él) y sabe narrar a la perfección la preparación del "golpe" como el propio Petit y sus compinches llamaban a su aventura neoyorkina.
Porque la mejor parte de la película es esa pequeña intrahistoria del making off del paseo por las nubes de Petit. A modo de película de robos y con finas dosis de humor, los protagonistas van engarzando piezas para que el Día D todo estuviera preparado. Y aquí se ve al mejor Zemeckis, el director que imprime un ritmo brutal a la narrativa del guión, que sabe dónde colocar a cada personaje, que dosifica los esfuerzos actorales para que no haya ningún secundario demasiado secundario. Un director en definitiva, que además sabe integrar como personajes a las propias Torres Gemelas que vuelven a cobrar vida (vaya último minuto de película, sobrecogedor sin llegar al sentimentalismo barato), y de qué forma.
La gran escena, la esperada por todos (el paseo por el cable) está filmada de forma admirable, con tensión creciente, con gran pulso por un Zemeckis que vuelve por sus fueros con un cine que tiene la sana pretensión de agradar y de divertir contando una historia pequeña y sencilla. Y lo cierto es que es una escena maravillosa, que da vértigo (real, del que marea) porque sabe dónde colocar la cámara y que además tira de momentos de onirismo para enseñarnos el alma del artista. Y es ahí donde vemos claramente a un Petit (felizmente encarnado por Joseph Gordon-Levitt) que ha alcanzado su objetivo, que ha caminado sobre el alambre y es consciente de que ha triunfado porque se ha metido al público en el bolsillo. Petit estaba solo, pendiendo de las nubes, suspendido sobre un cable y enseñándonos que los sueños solo se hacen realidad, si los trabajas.
Y no es que Robert Zemeckis haya conseguido el más difícil todavía. Pero sí notamos que lo vamos recuperando para la causa. Tras convertirse en director de referencia para los que ya tenemos una edad con películas tales como Tras el corazón verde o la trilogía de Regreso al futuro y después de ganarlo todo con Forrest Gump, a Zemeckis le dio por probar nuevos terrenos de narración mediante la imagen y se metió en varias historias que decepcionaron a su público (Polar Expres, Beowulf...). Hace un par de años despachó El vuelo, un trabajo estimable aunque con cierta falta de ritmo y algunos quisimos ver el resurgir del Zemeckis artesano, del que gusta de hacer las cosas bien, lo que en su terreno significa, divertir a la gente. Ahora con The walk (me niego a llamarla El desafío), cuenta la historia de Philippe Petit, el hombre que cruzó las torres del World Trade Center a través de un cable de acero. Es un episodio que ya conocíamos por el fantástico documental Man on wire, ganador del Oscar en su categoría, pero que con este filme profundiza en la pequeña gran historia humana del artista persiguiendo su sueño. Y es ahí donde The walk se hace grande, porque sabe interiorizar la problemática de Petit, sabe explotar y definir su gran reto (tender un cable entre las torres y caminar por él) y sabe narrar a la perfección la preparación del "golpe" como el propio Petit y sus compinches llamaban a su aventura neoyorkina.
Porque la mejor parte de la película es esa pequeña intrahistoria del making off del paseo por las nubes de Petit. A modo de película de robos y con finas dosis de humor, los protagonistas van engarzando piezas para que el Día D todo estuviera preparado. Y aquí se ve al mejor Zemeckis, el director que imprime un ritmo brutal a la narrativa del guión, que sabe dónde colocar a cada personaje, que dosifica los esfuerzos actorales para que no haya ningún secundario demasiado secundario. Un director en definitiva, que además sabe integrar como personajes a las propias Torres Gemelas que vuelven a cobrar vida (vaya último minuto de película, sobrecogedor sin llegar al sentimentalismo barato), y de qué forma.
La gran escena, la esperada por todos (el paseo por el cable) está filmada de forma admirable, con tensión creciente, con gran pulso por un Zemeckis que vuelve por sus fueros con un cine que tiene la sana pretensión de agradar y de divertir contando una historia pequeña y sencilla. Y lo cierto es que es una escena maravillosa, que da vértigo (real, del que marea) porque sabe dónde colocar la cámara y que además tira de momentos de onirismo para enseñarnos el alma del artista. Y es ahí donde vemos claramente a un Petit (felizmente encarnado por Joseph Gordon-Levitt) que ha alcanzado su objetivo, que ha caminado sobre el alambre y es consciente de que ha triunfado porque se ha metido al público en el bolsillo. Petit estaba solo, pendiendo de las nubes, suspendido sobre un cable y enseñándonos que los sueños solo se hacen realidad, si los trabajas.
miércoles, 23 de diciembre de 2015
Truman y nosotros
Las sobremesas de los fines de semana son perfectas para conocer la definición de la palabra sensiblería... Poner el telefilm de La 1 o Antena 3. Esos pseudoproductos que paradójicamente, tienen una audiencia brutal, tocan la fibra sensible de un modo directo apelando a lo más rancio. Es la facilidad hecha "cine". Es buscar la lágrima fácil con un guión tramposo y nada elaborado. Al final, termina ganando el bien...
También gana el bien al final de Truman, la nueva película de Cesc Gay, un cineasta con una más que interesante carrera en la última década y que hace un cine "fácil". No en sentido peyorativo. Fácil porque lo que muestra en pantalla es lo cotidiano, lo cercano... Y cuanto más conocida nos es esa realidad, más difícil de plasmar en celuloide. En Truman gana el bien porque a pesar de relatar una historia durísima, el director no opta por darle el protagonismo a la enfermedad o la muerte, sino a las personas y a la vida. Es una de los filmes más optimistas que he visto en mi vida, a pesar de no desdeñar el drama vital de sus personajes.
Y el asombro asoma por la pantalla del cine cuando vemos paladas de realidad en las interpretaciones de los actores... porque vaya actores. Con la boca abierta está uno desde el principio hasta el final preguntándose cómo hacen tan fácil eso que estás viendo, con qué naturalidad, con qué percepción de lo que necesita cada personaje en cada línea de diálogo. Cuánta sapiencia la de Ricardo Darín, la mirada más expresiva del cine actual (no exagero), con qué soltura sabe manejarse el argentino en cualquier tipo de situación pasando del drama a la comedia en un plis. Y si hablamos de cambios de registro, qué decir de un Javier Cámara que demuestra que lo suyo es de alabar. Para él no hay géneros, hay versatilidad absoluta a la hora de sacar risa del drama y darle seriedad a la comedia. Personaje comedido pero lleno de matices el suyo. Siempre lo digo: cuando hay un personaje que hace al espectador comprender las motivaciones por las que actúa de tal o cual manera, es que el actor ha hecho un gran trabajo, y en Truman, Darín y Cámara lo consiguen. Y si a esto le unes unos secundarios brutales, que aunque aparezcan cinco minutos llenan la pantalla de gozo (qué grande por ejemplo, José Luis Gómez), tienes una película redonda donde nada rechina, donde todo es necesario y agradecido (música y fotografía, sensacionales) y hasta el bueno de Truman/Troilo, se ha hecho con un huequito en nuestros corazones.
P.S.: Troilo, el perro que hacía de Truman, murió durante la promoción de la película. El día que supe de su fallecimiento, fue un día triste.
lunes, 12 de octubre de 2015
Amor omnia vincit
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| (Foto: Zúh Malheur) |
El amor todo lo vence. Incluso a quienes son incapaces de ver el valor de una propuesta que hoy en día parece no tener demasiados adeptos. Buena nota debería tomar Rajoy de estos chicos que durante un año se han acercado a los fundamentos de la cultura grecolatina mediante la maravillosa experiencia del teatro. Y lo han hecho de la mano de Plauto, de quienes han tomado la base de su Comedia de la olla o Aulularia para adaptarla en tiempo y forma y hacerla más accesible. Una experiencia total que ha demostrado la importancia de la enseñanza del teatro en la Secundaria. Cultura clásica + filosofía + teatro + música, cóctel que este Gobierno está cargándose a la vista de todos.
Pero dejemos a los políticos y hablemos de cosas importantes. La Aulularia que los alumnos del Taller de Teatro Grecolatino de Taetro montaron hay que verla desde una perspectiva global. Sería injusto interpretarla desde el mero plano de la dramaturgia, puesto que no es este un proyecto exclusivamente teatral. Es docencia, es pedagogía, es crear una comunidad de aprendizaje del sustento de nuestra civilización donde se ha hablado desde la gastronomía clásica (con inclusión de una receta recogida por Apicio), hasta de la música pasando por el matrimonio de aquellas civilizaciones. Si esta docena de chavales se han inmiscuido en esos temas y se les ha quedado algo de estas enseñanzas, Taetro ha triunfado.
Y victoria plena hubo en la plasmación escénica de todo el curso. Se presentía en las jornadas precedentes, pero el día de la actuación se cumplieron los augurios. Teatro lleno. Hasta la bandera. Vale que la entrada era gratuita, pero en Chiclana tenemos la experiencia de que incluso en espectáculos gratuitos, el patio de butacas no se completa. La Aulularia llenó patio y anfiteatro. Ahí es nada. No solo cumplieron con solvencia durante el taller y en el trascurso de su actuación, sino que encima son buenas propagandistas de la voz de este curso.
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| (Foto: Zúh Malheur). |
Interesante fue también la apuesta por dar mayor visibilidad a temas tan actuales como la violencia de género, la igualdad entre hombre y mujer, la avaricia o las nuevas relaciones sentimentales, asuntos latentes en el texto original pero no suficientemente explotados. Los directores del taller vieron las infinitas posibilidades del escrito plautino para potenciarlas y ofrecer nuevas visiones. Un plus que los chicos supieron explotar a las mil maravillas sobre las tablas del Moderno. Y otro elemento a sumar al éxito global fue la música. Tanto la viola y flauta (ejecutada por dos actrices del plantel en varios momentos de la actuación), como la canción final elevaron el conjunto y otorgaron un toque festivo a un final apoteósico que levantó al público de sus asientos. El equipo actoral se lanzó a cantar y se convirtió en el último logro de una función que ha dejado un sabor de boca espectacular... Tanto, que ya se escuchan voces de que es necesario repetir esta experiencia.
Si es que ya se sabe que el amor (al teatro) todo lo vence.
miércoles, 30 de septiembre de 2015
James Byron Dean
Hoy hace seis décadas de la muerte del que le dio su verdadero sentido a aquella sentencia sesentera y rockera del "vive deprisa, muere joven y deja un bonito cadáver". James Dean dejó este mundo a los 24 años cuando estaba en lo mejor de su carrera, cuando había rodado tres películas (hizo otras tres, pero en pequeños papeles no acreditados) y cuando solo se había estrenado una de ellas.
El 30 de septiembre de 1955 se dirigía a una competición automovilística en Salinas. Su Porsche Spyder 550 chocó contra otro coche (un Ford) y James Dean se rompió el cuello. Dejó de ser una estrella rebelde para convertirse en un mito, en un icono.
Sueña como si fueras a vivir para siempre. Vive como si fueras a morir hoy. Esta frase toma forma en la vida de Dean. "La muerte es lo único que me merece respeto". Esto lo dijo antes de morir. A él le llegó demasiado pronto, tras acabar de rodar Gigante.
James Dean era una persona a la que le interesaba la dirección de actores. También le gustaba escribir. Su arte interpretativo parecía como si fuera consustancial a su persona. Parecía improvisar o más bien parecía ser su propia forma de ser. No interpretaba, vivía. Marlon Brando dijo de él: "De cada generación queda en la memoria de la gente uno o dos actores. De la mia quedaran James Dean y yo". Megalomanía, presunción, vanidad. Puede. Brando era todo eso y más. Porque también era uno de los grandes y podemos dar por válida su frase. En una portada de la revista francesa Positif, la portada era una foto suya al lado de un retrato de Dean. Será por algo.
Jimmy Dean estuvo marcado por la tragedia, no solo por su temprana muerte, sino por que la gente con la que se relacionó tampoco acabó bien. Los casos más conocidos son los de Natalie Wood y el de Sal Mineo. Con ambos se le ha relacionado sentimentalmente. Wood murió ahogada tras caer del yate donde estaba con su marido, el también actor Robert Wagner y su amigo, Christopher Walken. Mineo murió apuñalado a la salida de unos ensayos teatrales por un vagabundo.
Pero quizás de todas las declaraciones que se han hecho sobre su figura, la que mejor le retrata es la que dijo Elia Kazan: "Dirigirle era como dirigir a Lassie. Era muy instintivo y muy estúpido en muchos aspectos. Acabé harto de él. Empezó a abusar de la gente y a ir de estrella". Pero Kazan, excelente director de actores, también reconocía su talento: "Con tres cuartas partes del rodaje podías ver que era muy bueno. Nunca vi nada así en toda mi vida, incluyendo a Marlon Brando". Es fácil decir que fue un gigante, un rebelde sin causa que vivía al este del Edén. O simplmente decir que era James Byron Dean. Un mito.
El 30 de septiembre de 1955 se dirigía a una competición automovilística en Salinas. Su Porsche Spyder 550 chocó contra otro coche (un Ford) y James Dean se rompió el cuello. Dejó de ser una estrella rebelde para convertirse en un mito, en un icono.
Sueña como si fueras a vivir para siempre. Vive como si fueras a morir hoy. Esta frase toma forma en la vida de Dean. "La muerte es lo único que me merece respeto". Esto lo dijo antes de morir. A él le llegó demasiado pronto, tras acabar de rodar Gigante.
James Dean era una persona a la que le interesaba la dirección de actores. También le gustaba escribir. Su arte interpretativo parecía como si fuera consustancial a su persona. Parecía improvisar o más bien parecía ser su propia forma de ser. No interpretaba, vivía. Marlon Brando dijo de él: "De cada generación queda en la memoria de la gente uno o dos actores. De la mia quedaran James Dean y yo". Megalomanía, presunción, vanidad. Puede. Brando era todo eso y más. Porque también era uno de los grandes y podemos dar por válida su frase. En una portada de la revista francesa Positif, la portada era una foto suya al lado de un retrato de Dean. Será por algo.
Jimmy Dean estuvo marcado por la tragedia, no solo por su temprana muerte, sino por que la gente con la que se relacionó tampoco acabó bien. Los casos más conocidos son los de Natalie Wood y el de Sal Mineo. Con ambos se le ha relacionado sentimentalmente. Wood murió ahogada tras caer del yate donde estaba con su marido, el también actor Robert Wagner y su amigo, Christopher Walken. Mineo murió apuñalado a la salida de unos ensayos teatrales por un vagabundo.
Pero quizás de todas las declaraciones que se han hecho sobre su figura, la que mejor le retrata es la que dijo Elia Kazan: "Dirigirle era como dirigir a Lassie. Era muy instintivo y muy estúpido en muchos aspectos. Acabé harto de él. Empezó a abusar de la gente y a ir de estrella". Pero Kazan, excelente director de actores, también reconocía su talento: "Con tres cuartas partes del rodaje podías ver que era muy bueno. Nunca vi nada así en toda mi vida, incluyendo a Marlon Brando". Es fácil decir que fue un gigante, un rebelde sin causa que vivía al este del Edén. O simplmente decir que era James Byron Dean. Un mito.
viernes, 6 de marzo de 2015
El día del espectador
César Bardés, te haré caso, amigo...
Resulta que existe un blog llamado Los ojos del lobo, que yo les recomiendo a ustedes de forma encendida. En él César escribe de cine y lo hace de forma maravillosa tirando de estrenos y de clásicos. Una gozada. Otro día hablaré largo y tendido de César y de su bitácora (me gusta llamarlos así) pero lo que hoy me ocupa es hablar de dos películas que recientemente he visto y de las que quería hacer un breve y humilde comentario. Sobre una de ellas no iba a escribir puesto que el señor Bardés acaba de publicar un post que resume a la perfección mis sensaciones sobre la misma, pero me animo de todas formas (sin llegar a la sabiduría de nuestro amigo y colega).
Kingsman: Servicio secreto es la plasmación de lo que tiene que ser el cine: un juguete lúdico, dos horas de diversión pura y dura con un producto elaborado a la perfección por Matthew Vaughn (Stardust, Kick-Ass, X Men: Primera generación) y basado en un cómic de Dave Gibbons y Mark Millar. Un precioso homenaje a una estética un tanto kitsch de espías (cuánto deben los sastres de Saville Row a James Bond y compañia), agentes secretos y supervillanos actualizados gracias a la buena mano de Vaughn tras la cámara. Película trepidante que apenas decae en su ritmo y que cuenta con un magnífico reparto en el que destaca un Colin Firth espectacular y un Mark Strong que luce de secundario y que pide ya a gritos un papel protagonista de enjundia. Bien el chaval -Taron Egerton- y un poco estomagante Samuel L. Jackson, aunque supongo que es lo que le pedía el libreto, no en vano ser supervillano requiere de ciertas dosis de histrionismo. El film sabe cuando tomarse las cosas a cachondeo, sabe medir las dosis de acción (no atiborran al espectador) y tiene una trama bien construida.
Ah, y también sale Mark Hamill...
Segunda peli: a veces pienso que no debo tener ni puñetera idea de cine. La isla mínima gana tropecientos premios y a mi me dejó frío. El tono que le da Alberto Rodríguez a la historia, las interpretaciones, el desenlace (atropellado, escuálido, casi sin fuste), la poca tensión que desprende el film (el propio escenario natural desprende más intriga que el desarrollo del guión)... No sé. Ya les digo, debo saber poco de cine. El caso es que con el resto de trabajos de Alberto Rodríguez me pasa igual. Salvo con El traje, tanto Siete vírgenes como Grupo 7 me dejaron igual. Pocas sensaciones, pocos detalles que me causaran cierta excitación y finales apresurados, desdibujados. Y mira que reconozco el detalle y el mimo que el sevillano le pone a sus obras, pero creo que adolece de sabiduría en el momento de redondear el producto.
Ni siquiera los actores de La isla mínima me gustaron. Bueno, miento. No entiendo los premios a Javier Gutiérrez cuando para mi, hace una interpretación lineal, plana, falta de garra. Por decir algo medianamente bueno, hace una interpretación "normal" de policía recién salido del franquismo, con ciertas dosis de dureza y con pasado un tanto turbio. Por el contrario, Raúl Arévalo me gustó más que su compañero. Contenido, contradictorio... pero aún así tampoco es para echar cohetes. El gran valor interpretativo de la película reside en dos personajes femeninos con papeles cortos pero intensos: los de Nerea Barros y Mercedes León. Y pare usted de contar.
Alberto Rodríguez, otra oportunidad perdida. Eso sí, fotografía maravillosa, música (de Julio de la Rosa), excepcional en su minimalismo.
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