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viernes, 28 de diciembre de 2018

Obsolescencia y exorcismos

“No saber de uno mismo; eso es vivir. Saber mal de uno mismo, eso es pensar.” 
Fernando Pessoa.
El libro del desasosiego.


El titilar de la lámpara no le dejaba escribir.

Fmal se entretenía arrugando el papel que yacía sobre la mesa sintiendo que no era capaz de seguir con el renglón que había iniciado unas líneas más arriba. La soledad le perturbaba pero sabía que era el único camino para llegar a terminar el relato que había iniciado varios días antes pero al que no le veía un final claro. Para ser sinceros, tampoco sabía cómo darle cuerpo y sentido a la narración. Pensó que al menos tenía un buen inicio y se sentía indefenso e temeroso de no cumplir con las expectativas que se había marcado. “Un buen principio puede quedar arrasado por un mediocre final”, se decía para sí mismo ante la perspectiva de fracasar en el intento de ser escritor.

Fmal languidecía sobre la silla, muertos los brazos, dejando caer al suelo el gastado lapicero que usaba para dar vida a su relato. El ruido leve y sordo del madero sobre la losa quebró la quietud de la estancia. Las tripas de la casa regurgitaban y le recordaban…

“¿Qué le recordaban?”...

Félix se detuvo ahí. No pudo continuar la historia de Fmal porque no tenía mimbres. No tenía idea de por dónde proseguir la narración. Quería ser trascendente en su vano intento de ser contador de historias pero era consciente que estaba cayendo en lo inane. Quería contar una historia con fondo, pero solo había puesto una palabra tras otra. Quería darle sentido a una ensoñada carrera como escritor, pero cayó en lo obvio…

“Félix, no vas a ser escritor”.

Y Félix estaba en lo cierto. Su relato sobre ese personaje que había creado hace escasos minutos había nacido fallido. No era ni intento de relato. Fmal quería ser escritor tal y como pretendía el propio Félix para sí mismo. Pero Fmal acababa de morir apenas unos minutos después de haber nacido como personaje y el autor se sentía absolutamente desesperado. Metaliteratura. Metafracaso.

Cabeza gacha, desesperación latente, mirada perdida, sensación de fracaso. Se preparó un café y perdió su mirada a través de los cristales del gran ventanal. Deseó que estuviese lloviendo para hacer más emocional, más romántico, más triste esa epifanía portadora de malas nuevas para el aprendiz de escritor. Más vale que se dedicara a otra cosa. “Mi padre ya me lo decía. Tengo demasiados pajaritos en la cabeza”. El pragmático progenitor quería una carrera de bien para el segundo chico de la familia. La madre le azuzaba con que siguiera sus instintos artísticos. Siempre se le dio bien eso de crear. “Pero crear no te da de comer”, musitó Félix para sí.

Crack.
“¿Qué es ese ruido?”

Félix se alteró por el inesperado crujir de las maderas de la casa. El siempre molesto viento de Levante no ayudaba a decrecer la sensación de peligro que el tétrico ruido le había provocado. Con el corazón palpitando, Félix tomó la decisión de investigar de dónde procedía ese chasquido que le quebraba el alma.

Crack.

La casa siempre había sido silenciosa. Vieja, pero silenciosa. Los cuidados a los que la sometía Félix periódicamente daba como resultado que luciera esplendorosa en todas sus facetas: como casa, como edificio histórico y singular y lo que es más importante, como hogar. Eso al menos, es lo que le gustaba pensar a él. Siempre argumentó de modo presumido que los vecinos se maravillaban al verla. Los veía detenerse delante de la puerta o en su esquina prominente que daba a la calle Larga. Era feliz cuando los observaba tras el cristal cuchicheando sobre la magnificencia de su planta, lo equilibrado de sus formas, la luminosidad de su fachada, lo imperial de sus cierros y rejerías. Era feliz siendo el único habitante de la casa, por más que en los bajos Antonio se ganara la vida con su pequeña ferretería, lugar de peregrinación de los vecinos no siempre en busca de tornillos, clavos o espiches. Antonio era un gran conversador y eso llenaba de alegría los días de Félix. También lo era Vicente Pancita, que con su frutería era otro de los puntos de interés del barrio. Buena verdura y fresca fruta de su propia huerta por la que venían preguntando desde otros puntos del pueblo. Y qué risas se echaba con las señoras el bueno de Vicente.

La casa era vieja, pero cuidada. No le faltaba ni un detalle y siempre intentaba mantenerla limpia. Subía a la azotea para cerciorarse de que los pináculos y jarrones de los pretiles estuvieran en perfecto estado, que los guardapolvos de pizarra no sufrieran los desmanes del tiempo, que la pared siempre luciera blanca de cal, que las cornisas estuvieran libres de malas hierbas y que los cierros, rejas y ventajas cumplieran su función a la perfección. Llegaban incluso desde la capital para admirar la majestuosidad de la gran casa que daba la espalda a la Iglesia Mayor con quien rivalizaba en prestancia ante vecinos y foráneos. Pero a pesar de tan importante adversaria, su casa no tenía rival. Sabía que era la envidia del barrio.

Crack.

Un ruido más, cada vez más fuerte, cada vez más cercano y penetrante. La casa aparecía quejumbrosa ante los ojos de un Félix que acumuló a partes iguales excitación y ansiedad por desvelar el misterio de aquel infernal crujido. Agarró una vieja linterna de latón que guardaba en el escritorio, sede de su fracaso como escritor, y con desvelo de detective buscó presuroso el pasillo para adivinar qué emitía aquel clamor terrorífico.

El pasillo largo que apuñalaba toda la planta del edificio se antojaba demasiado oscuro y lúgubre para un solo hombre. Félix se afanó en el paso y agudizó los sentidos para tratar de averiguar cuál era el foco de su desazón. La linterna apenas emitía un hilo de luz, imperceptible ya a un par de metros en avanzada. La inseguridad crecía en el hombre de la casa, que apenas respiraba por no interferir en la quietud que tanto amaba y que se veía amenazada por el sutil pero luctuoso ruido que empezaba a incomodarle.

Catacrack.

“Suena como a pasos sobre la madera”. El temor aumentaba a cada paso que daba. Aunque concentrado en el problema, trataba de pensar en cosas agradables, en los momentos tan gratos que la casa le había proporcionado en ese autoimpuesto retiro en el que vivía ya desde hace unos años. Sabía que se había ganado fama de huraño eremita, pero siempre tuvo disposición a ayudar a quien llamara a su puerta. Pero se sentía solo, demasiado solo desde hacía demasiado tiempo.

¡Catacrack!

El ruido se volvía cada vez más tangible, más oscuro, más pesado y cavernoso. Una especie de chirrido intermitente que se alternaba con una suerte de pitido corto empezaba a taladrarle los oídos. Él, que tanto amaba la paz de su casa, empezaba a angustiarse por los ruidos que se abalanzaban sobre su hogar.

“Estoy perdiendo la cordura. Seguro que no es nada. Una tabla desenclavada, una losa suelta, una conducción que pierde aire o agua. Sí, seguro que es solo eso”, razonaba Félix que trataba de agarrarse a la realidad que conocía. Buscaba reconocer cada rincón de su casa, cada estancia. “Sí, aquí está el cuarto de invitados. Todo está en orden”, susurraba entre dientes. Otra alcoba, un baño, un trastero hasta llegar a la escalera. Cerró tras de sí la puerta cuando escuchó un cuchicheo lejano. Miró hacia la planta superior para desentrañar el misterio, pero la oscuridad le impidió aclarar su mente. Pensó que serían los vecinos alarmados ante semejante escandalera que decididamente, procedía del exterior.

“Es mi casa. No pueden entrar aquí. Es mi casa. ¿Por qué no han llamado a la puerta como Dios manda?”.

Crack.

Bajando la escalera, el estruendo era mayor si cabe. Directamente proporcional crecía el miedo en el fuero interno de Félix que notaba como le castañeteaban los dientes aunque trató de tranquilizarse a sí mismo pensando que se lo provocaba el fresco que hacía fuera de su estudio. La escalera que le llevaba al mismo Averno desembocaba en un rincón, en un ángulo oscuro, donde no, no se veía ninguna romántica arpa. Félix trató de apuntar con la luz pero apenas disponía de pilas en la linterna. Ante él estaba la disyuntiva de seguir el camino emprendido sin apenas claridad y con la incertidumbre de qué se encontraría unos pasos más adelante o volver en busca de más luz… o de ayuda, pero ¿a quién podría pedírsela? Estaba solo en este mundo. Su soledad era buscada, querida, necesaria.

Un golpe hosco, ensordecedor le hizo caer al suelo. No se esperaba ese tumulto que lo dejó petrificado. Quedó tumbado sobre los últimos peldaños de la escalera, absolutamente desorientado y presa, ahora sí, del temor más inmenso. Ese horror a lo desconocido. Vivía una sensación nueva y creyó que era lo peor que le había pasado en su vida.

Félix solo quería escribir y vivir tranquilo en su casa. Aún recordaba los vasos de fino que se tomaba los domingos en el bar de Ariza, al que los lugareños conocían como Moñiga, porque según dicen, el chicuco tenía vacas en la trastienda. Se agarró fuertemente a esos recuerdos de momentos luminosos y alegres. Allí discutía con su amigo Eugenio, compañero de tantas aventuras en el pasado y que ahora se mostraba como un filósofo de la calle, depositario de la sabiduría de la barra de tabanco, doctorado en momentos cumbre junto a los parroquianos mientras se entonan unas alegrías improvisadas a la hora del vermú. Eugenio estaba en el polo opuesto de los intelectuales petulantes que tanto despreciaba por sentirlos ajenos. “¿Qué se habrán creído esos licenciaos que van mirando por encima del hombro?”, proclamaba con su sempiterna caña de Reguera en la mano. “¡Si no han visto mundo!”. Cuánta razón tenía. El recuerdo de Eugenio en el bar del Moñiga hizo aflorar sentimientos que casi hicieron olvidar el trauma por el que Félix estaba pasando. Momentos que ya se fueron. Ahora los echaba de menos y se arrepentía de no ser fiel al ritual dominical.

La oscuridad pegaba dentelladas y la inoperante luz que manejaba el único habitante de la casa no hacía sino prolongar la agonía. Las estancias de la planta baja de la casa se hallaban cerradas a cal y canto y solo las motas de polvo en suspensión se trasladaban de un sitio a otro al trasluz del foco que portaba Félix. La respiración contenida y las gotas de sudor serpenteando por el rostro. Músculos agarrotados, mirada torva y la premonitoria sensación de la inseguridad más absoluta.

¡Crack!

Otro estruendo, cada vez más insoportable, más enojoso. Mientras buscaba entre la oscuridad las respuestas a las cuestiones que se estaba haciendo desde que escuchó el primer rumor en su estudio, notó cómo un incipiente dolor de cabeza comenzaba a taladrarle. No quiere invitados, no quiere ser molestado. Su casa es su casa. Él es el guarda, él es el único habitante y así tenía que seguir siendo. Porque nunca molestó a sus vecinos, nunca tuvo una mala palabra con nadie. En realidad, cruzó escasas palabras en estos últimos tiempos y ahora lo que más deseaba era tener al lado a una cara familiar.

Los pasos se hacían cada vez más difíciles de dar. De repente, un chirrido infernal comenzó a sonar. Félix se tapó los oídos con sendas manos dejando caer a la losa la linterna que irremediablemente, acabó destrozada. Estaba solo, estaba desnudo y desamparado ante la amenaza exterior. No podía hacer nada. De repente pudo observar ciertas luces intermitentes que se colaban por entre las rendijas de puertas y ventanas. El rumor de voces también se acrecentaba y deseó tener mejor sentido auditivo para aclarar ideas. Los molestos intrusos que él pensaba que querían arrebatarle su hogar cuchicheaban; su conversación era imperceptible y lo que adivinaba a escuchar, apenas tenía sentido para él. Al estar puertas y ventanas sólidamente tapiadas, no podía aventurar quién osaba a perturbar su paz conseguida a lo largo de años y años de mantenerse como el alma de esa casa que ahora querían allanar de forma flagrante.

“No me la robaréis. ¡Es mía, es mía!”. Félix se desgañitaba para defender lo que por justicia era suyo.

El chirrido metálico crecía acompasadamente mientras que el asediado morador de la casa trataba de calmarse para pensar qué hacer. Miró a su alrededor y los destellos lumínicos dejaban observar las humedades de las paredes, las cornisas descompuestas, las losas rotas, los muebles desvencijados, la madera carcomida, los cristales hechos pedazos, los travesaños ajados. No podía dar crédito a lo que veía. ¿Quién había osado entrar en la planta baja a destrozar su casa? Sin encontrar explicación lógica del lamentable estado de la casa en su planta baja, Félix corrió hacia el patio para tratar de buscar algo de luz, pero lamentablemente, la luna nueva era esa noche, más negra que nunca. Félix dio dos pasos hacia atrás y cayó de espaldas. Vio como un montón de piedras se arremolinaban justo en el centro del otrora imperial patio que era el alma de la casa. Era. El pasado se cobra cara a sus víctimas y Félix empezaba a descubrir que su Edén se estaba cayendo a pedazos.

El chirrido metálico cesó. Las voces, no. Durante años, Félix había desarrollado cierta aversión al contacto con sus vecinos. No quería ser malinterpretado. Él disfrutaba de la compañía de sus vecinos, de sus vinos en casa de Ariza, de sus compras ancá Pancita, de sus discusiones con Antonio el de la ferretería, pero sin saber cómo y por qué, paulatinamente se había ido retirando de la cotidianidad y se aisló en sus libros, en sus oraciones, en su ferviente deseo de destacar como escritor en lo que le quedaba de vida. Pero el giro del destino narrativo que Dios le tenía preparado, no lo vio venir. Ese sí que era un magnífico desenlace para su historia.

Se puso en pie. Rápidamente, alcanzó la escalera y en escasas zancadas se encaminó hacia su estudio donde puso mil cerrojos a la puerta. Colocándose detrás del funcional escritorio de caoba, esperaba la llegada del momento final, a la espera de rendir cuentas ante el Altísimo.

A pesar de verse encerrado, intuyó que los allanadores ya estaban dentro de la casa. “Les oigo cuchichear. Hablan con voz queda para que yo no me entere. Están trazando su diabólico plan para hacerme desaparecer y quedarse con esta casa y con lo poco que tengo. Pero, ¿por qué? ¿Por qué a mí?”, se preguntaba angustiado Félix.

La locura transita caminos impensables.

Tumulto en la planta de abajo. Ahora ya se escuchan de forma clara las conversaciones acompañadas de ruidos que él no sabía descifrar.

Vienen a por él.
“Vienen a por mí”.
¡Vienen, ya vienen!

El crujido de la vetusta escalera no hacía presagiar nada bueno. Los que habían entrado por la fuerza en la casa estaban a punto de lanzarse sobre Félix, que ya había perdido todas las fuerzas para defender su morada, para defender su propia vida. Agazapado detrás del escritorio, tomó una vara de avellano que había pertenecido a su abuelo y que su padre, depositario por herencia, la había concedido a su hijo como objeto de alto valor sentimental para la familia. La vara permaneció años en su estudio, inmune al pasar de los días y ahora había llegado el momento en que entraría en acción.

Blandía Félix la vara en el aire de un lado para otro tratando de azuzar a los forasteros que habían penetrado en la casa, aunque aún no estaban dentro del estudio que era el refugio natural del solitario habitante del edificio.

-Esto está hecho un asco.
-Hay que demoler.
-Yo creo que podría reformarse, pero eso sí, poniendo muchos billetes aquí.
-Tenemos orden de tirarla y punto.

¿Tirar qué? ¿La casa? La mueca de incertidumbre se volvió de horror en el rostro, más sudoroso que nunca, de Félix. ¿Quiénes eran esas personas que hablaban de tirar su casa? Y lo que era más incomprensible, ¿cómo la iban a tirar si allí vivía una persona, si allí vivía él? Nadie le había informado de semejante acto de terrorismo hacia la propiedad privada, de este ataque sin igual a los sueños de una persona, de tamaña ofensa al patrimonio cultural de su pueblo. Quiso, en un arrebato de valentía transitoria, salir a hacerles frente, pero le acobardaba la sensación de indefensión y de soledad. Ahora notó que ser el único habitante de su mundo, le pesaba más que nunca. Sintió que había desaprovechado su vida y de repente vinieron recuerdos a su mente como en cascada. A su madre llevándole de la mano a la escuela donde aprendería las primeras letras y las cuatro reglas. El primer amor juvenil (y el único) que nunca fue correspondido y por lo que tomó una decisión que cambiaría su vida completamente. La compañía de Eugenio los domingos en el bar de Ariza, el sabor del fino recorriendo su garganta… Todo su mundo iba a ser destruido.

“¡¡¡Fuera!!!”.

Los empleados de la empresa de derribos no daban crédito. Habían oído un alarido. Los más escépticos no querían dar fe de la evidencia, pero el temor provocado por ese fantasmagórico vozarrón, unida a la negritud de la noche, provocaba no pocos escalofríos entre el personal que venía a derribar la Casa del Obispo.

-Aquí hay alguien-, musitó en voz baja uno de los empleados.
-¡Cómo va a haber aquí alguien! Si ya hace años que los últimos vecinos se fueron. Aquí solo hay mierda y más mierda.
-A ver si vamos a tener que llamar al cura para que haga un exorcismo aquí-, añadió en tono jocoso otro operario.

Ya habían inspeccionado cada planta de la Casa del Obispo. Uno de los trabajadores, el más preocupado por el alarido que había escuchado, posó su vista sobre una puerta inusualmente cerrada en un edificio abandonado desde hace años y que iba a ser demolido en pocos minutos. Tomó el pomo y entró en una estancia que paradójicamente se encontraba aún con el mobiliario en su sitio y bastante más limpia que el resto de las habitaciones. Pensó que se trataría de alguna oficina o estudio de alguien importante. Según le habían contado, allí vivió un obispo que un buen día dimitió y quiso disfrutar de la placidez de su casa. Se adentró y repitió el escalofrío al notar cierto vaho de vitalidad en aquel lugar. Observó que sobre el escritorio yacía una vara de avellano que le agradó, quedándosela para sí. Sin mirar atrás, cerró la habitación y marchó junto a sus compañeros de labor.

-Vámonos de aquí. Este sitio no me da buena espina.- confesó al jefe de la cuadrilla, que dio orden de desalojar el edificio, acordonar la finca e iniciar los trabajos de demolición.

Antes del alba, el edificio sería ruinas. Las máquinas y los camiones debían eliminar todos los escombros y el terreno tenía que quedar alisado para antes de acabar el día. De momento, el lugar que antes ocupaba la casa, sería un aparcamiento. Otros planes de futuro vendrían para el barrio donde ya no existía ni la ferretería de Antonio, ni la frutería de Vicente, ni el bar del Moñiga. Tampoco quedaba ya resto de la Casa del Obispo. Félix pensó en aquel instante que la sociedad ya no necesitaba de los objetos viejos.

-Maldito sea el progreso que acaba con los sueños de la gente-, se dijo para sí quedándose de pie, solo y desprovisto de su vida y de su alma ahora que le habían tirado lo que más quería.

Relato publicado originalmente en el libro Casas inolvidables de Chiclana. AAVV. Editorial Navarro, 2016.



lunes, 11 de julio de 2016

Otros lugares... otras visiones VI: Escrituras amateurs

Este es el blog de Josema:

http://escriturasamateurs.blogspot.com.es/

¿Por qué es buena idea leer su blog?

1. Porque es necesario.
2.Porque el tipo es un magnífico poeta en ciernes.
3. Porque su poesía es calmada, precisa, directa, dialogante, necesaria y plena de mensaje.
4. Porque aúna ética con estética.
5. Porque cultiva también la prosa y ahí demuestra que una idea se puede desarrollar en pocos párrafos.
6. Porque la creatividad luce por todos sus poros.
7. Porque es insobornable e inconformista en sus escritos, lo que determina que también puede serlo en su vida personal.
8. Porque siempre es buena noticia que un chico de formación académica científico-técnica, pasee con tanto esmero y dedicación por el camino de las artes.
9. Porque pasaréis un buen rato.
10. Porque le he visto crecer como escritor.

¿Os parecen pocas razones?



jueves, 19 de mayo de 2016

This is not the end of the story

A M le encargaron escribir un relato.

El relato trataba sobre un edificio.

Ese edificio no existía.

M no tenía ni puta idea de por dónde empezar el relato.

Nunca debería empezar un relato por un adverbio. Nunca.

Comenzó a escribir cosas sin sentido. Incoherencias.

Principio. Nudo. Desenlace. La propia vida en palabras sin relación.

No estaba satisfecho con lo que había escrito.

M se sentía infeliz y creía haber engañado a quien le confió el relato.

Su texto terminaba con un punto y final.

Pero ese no era el final de la historia.

A continuación tomó un revólver y se voló la tapa de los sesos.

Pensó que eso sí que era poner un magnífico colofón a su historia.



miércoles, 19 de agosto de 2015

La moto

Zzzzz zzzzzzz zzzzz

¡Qué! ¡Cómo! Sudores fríos. Me despierto. Algo pasa. Me acuerdo de Mari Carmen y de inmediato sé que tengo que ir a rescatarla. A ver, a ver... ¿dónde vivía esta chiquilla? Ah, aquí tengo su tarjeta. En Georgía, no sé si en Tbilisi o en otro sitio, pero debo ir allí.

¿Cuál es la forma más rápida de llegar? Dudo por unos instantes, pero lo tengo claro: en moto. Mi Moto Guzzi del 95 (que no sé si existe una Moto Guzzi de ese modelo o de ese año, ahora mismo no lo tengo claro... y qué más da).

Me subo a mi montura, doy gas y en unos nanosegundos llego al país donde vive Mari Carmen, que se encuentra en apuros, si no, no me hubiese despertado tan alterado.

Las calles de la ciudad georgiana donde reside Mari Carmen (que eso sí, no falta a su cita cada lunes en mi consulta en Chiclana) se muestran lúgubres y frías. Normal siendo Navidad, aunque lo raro es que salí de Chiclana en pleno mes de agosto y solo he tardado unos nanosegundos en llegar a Georgia... Todo es muy paranormal.

Busco a Mari Carmen por las calles. Pregunto a una señora, toda ella enlutada de negro (claro, de qué color va a ser) y con pañuelo en la cabeza pero habla en georgiano o en el idioma que hablen allí, pero me indica muy amable que Pepe, el hermano de Mari Carmen, vive en la calle Perestroika, justo a dos pasos. La señora enlutada me relata en un idioma ininteligible, que por causas de la Providencia ahora entiendo a la perfección, que el bueno de Pepe cayó en la droga hace unos años...

Mi Moto Guzzi 65
-Se metía mucho jaco el cabrón,- pregonaba la abuela lanzando unos aspavientos terribles en la gélida noche georgiana.

Me encamino con mi Moto Guzzi 65 (es que en realidad, era esta, no la 95) en pos de Pepe, el hermano politoxicómano de Mari Carmen. Aparco mi moto en el zaguán de la casa y llamo a la puerta. Me abre un tirillas en calzoncillos blancos que intuí que debía ser Pepe.

-¿Es usted Pepe, el hermano consumidor de múltiples estupefacientes de Mari Carmen?
-Para servirle a usted y a Giorgi Margvelashvili. (Nota del autor: el tal Giorgi es el presidente georgiano en ejercicio).
-Mire, vengo de Chiclana y busco a Mari Carmen.
-Ah, sí, le estábamos esperando. Pase, pase...
-Es que tengo aquí la moto sin candado ni nada.
-Déjela, que aquí no pasa nada.
-¿Seguro? Mire que le pongo la cadena en un plis.
-Pase, que tenemos unos mostachones de Utrera riquísimos.

Pues pasé y no vi a Mari Carmen. Pepe, su hermano endrogaito, me entretuvo dos nanosegundos pero de repente, yo noté un escalofrío por el colodrillo que me indicó que algo no iba bien. Salí a la puerta y no vi mi Moto Guzzi del 65. Maldición. Vengo de turismo a un país ignoto y lejano y me roban.

Me despido de Pepe, el hermano colgado de Mari Carmen y voy dando tumbos por las calles lúgubres y frías de esa ciudad georgiana. Torcí por la avenida Planes Quinquenales y observé a mucha gente celebrando la Navidad, que supongo que es ortodoxa. También divisé a un frutero tirando a un contenedor género podrido. Se me viene hacia mi y me invita a limoncello bien fresquito que acepto de buen grado, mientras le pregunto por mi montura.

-No la he visto, pero en aquel bar quizá pueden darle más norte,- me espeta en un correcto rumano.

Entré en el bar y el vaho me empaña las gafas que no llevaba hasta ese momento. El camarero me indica la terraza donde un grupo de chisposos jóvenes consumen vodka en cantidades nada moderadas. Les inquiero sobre mi cuita y no me hacen caso. Subo el tono de mi interpelación e incluso les toco en el hombro para que me echen cuenta y ellos siguen tomándose el chocolate con churros georgianos. Les muestro una foto de mi Moto Guzzi 65 y ellos como si tal cosa, hasta que en un momento determinado de la velada, uno de ellos, rubio y colorado, cogió una botella de agua Solares y rompiéndola sobre la mesa, me amenazó con ella poniéndomela cerca del gaznate. Preso de ira, el gigante georgiano esbozó una media sonrisa y masculló unas palabras en urdu que no acerté a traducir mientras apretaba el borde brillante de la botella contra mi traquea.

En ese milagroso momento, Mari Carmen apareció medio desnuda por el final de la calle y....

Me volví a despertar.



domingo, 11 de enero de 2015

Las hojas que caían levemente desde árboles perennes

-No tengo hambre... La lavadora sigue girando y no termina...

Fin.


Anónimo (aunque en realidad se llama Jesús).



sábado, 4 de octubre de 2014

Dionisio Falso Aeropagita

Como cualquier día se levantó. Tempranito, que no es cuestión de ser tomado por haragán. Quizá hasta pudiera ser considerado como pecado el rezongar unos minutos más en el jergón. El Falso Dionisio Aeropagita, después de realizar unas abluciones y de comunicarse con Dios de forma íntima y personal, se sentó y con un cafelito cortao, se puso manos a la obra. Hoy tocaría hablar de estética, después de haber disfrutado de un sereno éxito con su libro sobre la categoría de los ángeles. Pronto se apresuró a tocar otros temas. "Estoy convencido de que la belleza es uno de los atributos de Dios. Así lo haré constar", dijo Pseudo Dionisio Aeropagita mientras daba pequeños sorbos al cortao, pues se había pasado con el fuego. Aquello quemaba, como le quemaban las incógnitas que le abrumaban por aquellos lejanos días. "Señor, no me dejes caer en el vano pozo de la ignorancia y el pecado", musitaba el hombre santo. Su duda venía dada por ignorar si hablando de la cercana relación entre los griegos clásicos y el incipiente cristianismo, incurriría en pecado mortal. Ya se sabe cómo se las gastaban en aquella época los seguidores de Cristo en Bizancio. Si bien no había ya gusto por mandar a los leones a los malos pecadores, había otras formas no menos tajantes de provocar la expiación de los pecados a aquellos que osen ir contra las enseñanzas del Evanescente.



Pero sigo que me disperso. El Falso Dionisio Aeropagita estaba hoy inspirado. Escribiría una lúcida teoría en la que mezclaría neoplatonismo, con pensamiento cristiano y todo ello pasado por la Estética. Ah, cuánto se hubiese alegrado nuestro amigo de saber que los tomistas, habrían tomado sus enseñanzas como punto de partido en su pensamiento posterior. Él simplemente se limitaba a pensar que ayudaba a la sociedad arrojando luz sobre estas cuestiones que claro está, tanto preocupaba al bizantino de a pie.

Amagando los últimos estertores del café, Pseudo Dionisio Aeropagita comenzaría luego a escribir una misiva. Pero antes, súbitamente sufrió un tranquilo ataque de misticismo. Puso los ojos en blanco, se quebró sobre el taburete donde escribía y se elevó unos centímetros, efectos estos que son de claro lucimiento en tales manifestaciones espirituales. Aún así, quedó extenuado y pensó que quizás, tomar unas uvas reconfortaría su ánimo. Así lo hizo. 

Recuperado del éxtasis, llamó a su sobrino, chico taimado y de bondad infinita, para que hiciera llegar su carta al bibliotecario mayor, encargado de salvaguardar el saber de la ciudad. El chico volvió con una duda que fue trasladada de inmediato a su tío.


-Tío, el bibliotecario me ordena comunicarle que no puede recibir y catalogar su escrito.
-¿A qué se debe tal desatino, amado sobrino?
-Mi señor no ha firmado la misiva. Ni siquiera como remitente.
-Cierto.
-¿?
-¡!
-Aunque le conoce y también sabe de mi existencia y de mi relación familiar con usted, dice que debería proceder a signar sus escritos para legarlos a la posteridad, función para la que él está fehacientemente titulado.
-No lo haré.
-Pues...
-Nunca creerían que yo firmé aquellos textos.
-Lo tomarán por farsante, tío.
-En verdad os digo que de aquí en adelante me tomarán por Dionisio Aeropagita, porque escribo clavaíto a él. Qué más da que me tomen por farsante si al final voy a tener entrada propia en la Wikipedia.



sábado, 20 de septiembre de 2014

18 08


Digno de Expediente X. Raro es el día en que no mire el reloj a las 18:08 exactamente. Llevo así un par de años y aunque los primeros días era preocupante, ahora me he familiarizado con esta situación, dejándolo ya en mera anécdota. Las 18:08. La hora de tomarse el café, de merendar, de largarme a la calle para hacer cosas provechosas... o no. Pero pasan los días y sigo mirando el reloj a esa hora exacta. Puede que sea una referencia a 1808, año de invasión para España; puede que se trate de un código cifrado que a modo Lost tenga que desentrañarlo, o simplemente sea una casualidad...

O quizás sea la hora a la que me toque morir...



miércoles, 17 de septiembre de 2014

Mundo externo


Vista aérea de una ciudad. Impersonal. Podría ser cualquiera. Nubes. Un tren cruza el horizonte. Se escuchan notas de piano. Un padre alecciona a su hijo. ¡No, otra vez! El chico agacha la cabeza y sigue aporreando el teclado. ¡No, otra vez! Tristeza.

Tres gatos en un salón. Dos dormidos. Uno camina quejosamente apoyado en un bastón. Otro duerme tranquilo mientras una mosca cruza la escena y cae muerta en el sofá. El gato, blanco y negro de estilo cartoonesco, se despierta y lanza una mirada asesina hacia su izquierda, que efectivamente, asesina a otro gato, puesto que su propia mirada lo parte por la mitad. La mirada asesina se posa sobre un delicioso pastel que está apoyao en el quicio de una ventana. El gato lo observa con gula a través de un círculo efectuado en una cartulina a modo de catalejo. Como tiene hambre, se come... la cartulina. El gato del bastón -que además no ve, por eso es ce...gato-, tropieza y cae porque había una cáscara de plátano en el suelo. La cáscara de plátano, horrorizada por el pisoteo, patea la cabeza del felino, mientras sus compañeros de raza ven en la tele un nuevo capítulo de la exitosa serie Love birds.

Love birds. Delicia de serie. Sale un dulce pajarito colgado de una rama. Llega otro pajarito con pinta de alelado y le declara su amor incondicional en un gorjeo ininteligible al primer pajarito. El primer pajarito se caga en el segundo pajarito que huye de la escena del crimen... perdón, de la escena del amor y limpiándose el rostro como buenamente puede, llega a una oficina donde ve un fax (¡un FAX!) que en cuanto ve a la pequeña ave, se suicida tántricamente surgiendo de su ranura un descomunal pene (convenientemente pixelado para evitar malentendidos). El pajarillo picotea en el pene (convenientemente pixelado) y vuela hacia su nido donde ofrece el trozo de pene (convenientemente pixelado) a sus polluelos, que enloquecidos, lo aceptan de buen grado.

Meanwhile, una vaca retuerce su cabeza y un señor con barba camina por una lóbrega calle donde se cruza con una cabeza sanguinolenta y con un pollo. Al notar que nadie le ve, se acerca a un callejón y salta para conseguir unas monedas al modo Mario Bros. Obtiene su premio. Salta otra vez. Se da un coscorrón.

Cuatro seres extraños viajan en un vagón de metro. Uno de ellos, vomita verde. Va al médico y este le receta que se folle a sí mismo.

Plató de televisión. Música de divertido show. Aplausos y risas. Es una sitcom. Una familia formada por una gata, un mapache y sus dos hijos humanos. Conversación ininteligible.

Volvemos con los gatos. La cáscara de plátano nada sobre un líquido sanguinolento. El gato que mató al otro gato y se comió la cartulina duerme.

Un padre y su hijo juegan al frisbee. Podrían jugar a la petanca, pero no. Juegan al frisbee. Y es raro porque ni yo mismo sé escribir la palabra freisbi... frisbe... freisbe... Joputa. El padre lanza el fr... el disco y como es torpe de cojones, el disco retrocede y se le clava en la cara muriendo en el instante. El hijo, alarmado, socorre al padre, le quita el disco de la cara, lo lanza atrás con tan mala suerte que retrocede y el disco le corta la p... cabeza.

El ser extraño que vomitaba verde va a la farmacia y compra lo que le recetó el médico. La farmacéutica le da pastillas de Fóllese usted mismo. Se toma un par de píldoras y se convierte en un madafacka follador. A la farmacéutica le da un síncope.

Otro tío en el mismo callejón salta y da cabezazos en modo Mario Bros. No consigue monedas, solo hacer un agujero en el suelo por el que desaparece.

Dibujos animados japos. Los odio. Un mono, una rana y un gato toman té. Sí. La imagen se para. De la parte superior surge una taza con café que se derrama sobre la mesa, mientras los animalicos alelados no dan crédito a lo que ven. Yo tampoco.

Los seres extraños del metro otra vez. No está el que vomitaba verde que ahora es un madafacka, sino otro moñeco vestido de esquimal. Se asustan porque un niño rubio cruza el vagón gritando y aporreado un tambor.

Cambiamos de escena y vemos una mierda cruzando la calle. Tiene encima sus mosquitas de rigor y cara de preocupada. Para un taxi y le pregunta al taxista, que es un pez verde, si puede llevarla al hospital. El puto pez la deja tirada. Se dirige a un callejón y allí, entre dolores y espasmos, da a luz a una dulce mierdecita. La madre la mira con enfado por el dolor sufrido. Otra mierda corre por la calle y se cruza con un señor que intenta encender un pitillo junto a una máquina expendedora de champiñones mientras suena una dulce música.

Mientras tanto, el ser extraño que vomitaba verde que fue a la farmacia, que compró lo que le recetó el médico y se convirtió en un madafacka follador, conduce a gran velocidad por una autopista... o algo así. Hasta que se la pega con un trozo de madrea... y no pasa nada. Atropella a un gato blanco... y no pasa nada. Bueno, sí pasa. El ser extraño que vomitaba verde etcétera... sale del coche y salta sobre el cadáver del gato blanco pisoteando su alma, pero lo que consigue es revivir al minino. Para la sorpresa de ambos, aparece un alien de múltiples ojos, múltiples piernas y múltiples tetas, pero no sé por qué.

El niño del piano y su padre. Otra vez. El niño sigue sin complacer al padre que le pega ostias con un pescado.

Un señor enfundado en un traje verde pasea por la calle mientras se detiene al lado de otro señor que trata de pescar algo con su caña en una alcantarilla. Como no pesca nada, se va en su coche, pero éste explota al encenderlo. Es que estaba al lado el tío que trataba de fumar, pero no puede encender la lumbre... Huye, porque cree que ha provocado la explosión. Y del lugar donde se encontraba, surge del suelo el primer señor que saltaba en plan Mario Bros. Está aturdido pero compra un champiñón en la máquina expendedora mientras se rasca el culo. Se lo come y le crece la cabeza como un globo con helio. Vuela.

Llegamos al intermedio donde un tío estúpido con sombrero años 20 nos explica un rollo ininteligible. Le damos al fast forward.

Terraza de un bar. Una lombriz toma el sol en una tumbona mientras lee despreocupada. A su siniestra, un cartel donde dice claramente que no se le puede hacer fotos. Llega una imbécil y le hace fotos... con ¡flash! La pequeña lombriz cae presa del baile de San Vito y la insoportable fotógrafa la rapta y se la lleva a su casa. Allí, pone a todo volumen el Himno de la Alegría de Beethoven mientras se tumba en la cama y se introduce la lombriz por... supongo que es por ahí. A todo esto, llega el alien de múltiples órganos pero todo esto tenemos que verlo en el contexto de un niño viendo una especie de Youtube. En realidad todo, lo estaba viendo el niñato mientras su padre se preguntaban si el hecho que el niño viera esos vídeos eran una mala influencia. El padre le dice a la madre que no se preocupe porque todo es animación y no causa efecto alguno. Un tentáculo animado le da una ostia al progenitor. Ay...

El niño del tambor vuelve. Comete sus fechorías en una exposición. Al ver el inusitado éxito de la criatura, lo convierten en objeto de arte.

El mono y la rana del té. El primero sodomiza a la segunda. Le da mandanga de la buena mientras se graban en vídeo. En un momento pasional del coito, a la rana le asaltan las dudas morales y le pregunta al mono cuántos años tiene. "Cuatro y medio", responde el primate, sin dejar de asestar embestidas a su compañero de ¿cama? La ranita dice que entonces están haciendo algo ilegal, pero el sagaz mono dice que no porque son 89 años humanos. La ranita, condescendiente, le halaga diciendo que parece que tuviera 85 años... Y siguen frungiendo.

Gato en un callejón. Se sube a unas cajas y mira por un hueco hacia el mundo exterior, sin embargo, saca la cabeza a unos cuantos metros de distancia (es el mismo gato, desdoblado en otro plano de la existencia pero que por caprichos del que esto escribe, están compartiendo escena). El gato se va y aparece de nuevo el niño y su papá, que cada vez se enfada más porque el niño no hace lo que cree que es correcto. Después de pegarle un par de capones, el niño coge la pistola que sostenía su progenitor y le dispara. Cae muerto, pero en realidad desaparece como si fuera uno de los agentes de Matrix. El niño sigue tocando plácidamente el piano pero una fantasmagórica mano le da de leches.

Otra que no está bien es una joven que llora lágrimas literalmente. Literalmente porque llora la palabra "lágrimas" de sus ojos. Se suena los mocos y pide perdón. Está desconsolada, la pobrecica. Coge otro kleenex, provocando fuertes dolores a la caja de pañuelos de donde los extrañe. La doliente caja, salta del sufrimiento y en venganza, le arranca una mata de pelo y se suena los mocos. La jovencita llora más amargamente si es posible.

El tío del mechero sale de una tienda y se advierte que lleva algo bajo su chaqueta. Ha robado. Un policía le persigue pero se incendia al encender el encendedor. Todo muy freak, pero real.

Una profesora de espaldas a su alumnado escribe en la pizarra "Comportamiento inaceptable". Se da la vuelta y su cara es un pequeñito Hitler corriendo sobre una cinta de esas horrorosas donde la gente sufre más que en un campo de concentración. Los niños, cuyas cabezas son montones de cuerpos escuálidos y muertos, chillan de horror.

Meanwhile... otra vez estamos en el sitio ese raro donde está el gato que mata con la mirada. Un ratón, sospechosamente parecido a Mickey, pero que no es él, navega en un barca, porque como recordamos todo el suelo está lleno de un líquido sanguinolento. En el mismo emplazamiento, un ser raro sueña con conceptos como "libertad" y  "igualdad de derechos" pero todos se desparraman por el piso cuando suena una alarma. Unos bomberos entran en la habitación, recogen los conceptos caídos del suelo y abofetean al extraño ser que ahora piensa en el concepto "ironía".

Una chica en una bañera en nuestra próxima protagonista. Está desnuda y quiere suicidarse. Se pincha en la muñeca con un cuchillo y empieza a brotar sangre de ella. Sangre que llena la bañera. En ese preciso instante y haciendo una entrada bajo música de videojuego, entra otro extraño ser con grotescos labios azules y se da una ducha, mientras la chiquilla va desangrándose lentamente. Debería acabar en un hospital, pero no. Quien está en un hospital es un señor que lleva flores a un joven que está siendo alimentado por una enfermera. El visitante le pregunta al paciente que qué pasa con él, mientras que el paciente le señala un cartel en el que la dirección del hospital advierte a los visitantes que no pregunten a los pacientes, qué pasa con ellos.

El oso, el mono y la rana (estos dos después de follarse a saco), comen un helado. Al oso se le cae la bola de rico helado pero el mono y la rana le comentan que no se preocupara, que harían más. Dicho y hecho. La rana se pone en pompa y caga una deliciosa bolita que acompañada de barquillo resulta ser un rico helado.

Ya no puedo pensar más en 3D, así que me paso a las dos dimensiones...

Una nave espacial, una bola, un ama de casa lesbiana, líneas que cruzan el horizonte en blanco y negro, una bailarina rota por la mitad y una tetera. No hagáis preguntas.

Jesucristo mellado, con las dos piernas amputadas y en silla de ruedas camina sobre las aguas (es un decir). Suena el Aleluya de Haendel. que siempre es música elegante para ilustrar estas situaciones evangélicas. Con un acercamiento de cámara (también es otro decir), notamos que en la frente JC tiene un agujero, como provocado por un balazo. Vemos a través de él, el contorno de un pastel.

Retrocedemos donde dejamos al padre con la cabeza cortada por el freisba... frischbi... Por el disco de los cojones. La cabeza rueda por la escena y un gran ratón negro saluda.

La familia formada por una gata, un mapache y sus dos hijos humanos charlan en la cocina. Una risa externa les interrumpe. Papá mapache va a por el interfecto, lo coge por el cuello y lo tumba sobre la mesa. Los demás miembros de la familia le cogen por las extremidades, mientras la niña coge un serrucho y le corta la cabeza. Papá mapache también pierde la cabeza porque, en un sorprendente giro del destino, aparece el frasbe... el puto disco y lo deja eunuco de arriba. Hay que prestar atención a un mensaje: "Esto es pura ficción y no está basada en la realidad. Esto no pasa en este universo ni en ningún otro conocido. Solo tienes que pensar en que todo esto es un gran vacío desparramado por todas direcciones". Decía que la niña le había cortado al tipo que se reía la cabeza. Pues bien, la cabeza se salva de esta increíble situación y sale catapultada de la habitación mientras sigue riendo. Pero no reirá más en cuanto caiga sobre la vía del metro y acabe destrozada desparramando sesos por todos lados.

Un gran espacio con cientos de sillas donde de sientan muchos de los personajes que han pasado por esta ficción. El niño del piano los mira triste y empieza a sacar notas de su piano. Todos, incluida la mano fantasmagórica de su malévolo padre, lloran lágrimas negras de tristeza. El concierto es retransmitido por la tele y los gatos del sitio con el suelo lleno de líquido sanguinolento, lo siguen con interés y también lloran lágrimas, pero estas no caen,... suben al techo.

Nos alejamos de esta ciudad...



lunes, 4 de agosto de 2014

Kierkegaard nos persigue


Nos sigue alguien. Lo noto, lo huelo, intuyo su presencia, su sombra lánguida, su vocecita apenas apreciable. Miro hacia atrás y se muestra esquivo, huidizo. Viene tras nosotros, es implacable, quiere alcanzarnos, ponerse a nuestra altura, ser siniestra compaña en noche oscura. Surgen el miedo y las preguntas: ¿qué querrá de nosotros? ¿Por qué nos persigue? ¿No podremos zafarnos de nuestra presencia? Nos comemos el coco más y más. Huimos, cada vez más rápido, no encontramos respiro de este ser que nos atenaza, que nos desasosiega... El horror...

A los pocos metros, se detiene, se muestra, nos mira y decide volver sobre nuestros pasos. Kierkegaard nos da la espalda pensando en lo gilipollas que hemos sido haciéndole protagonista de nuestros desvelos... Hijoputa gato.





Kierkegaard, de espaldas. Misterio.