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miércoles, 12 de diciembre de 2018
El largo camino del mínimo
Todo empieza por un folio en blanco y una idea cazada al vuelo. Tras darle muchas vueltas, la idea se convierte en personajes, acciones, escenarios, principios, nudos y desenlaces. Un correo electrónico con la esperanza de que esas líneas sean tenidas en cuenta por tres personas alejadas por cientos o miles de kilómetros... y llega la decisión. Esa idea que impregnó el folio en blanco llega a las manos de otras personas que se juntan una tarde para leerla. A algunos les llega a la patata y creen que sería posible hacer algo sobre un escenario. Más vueltas a la idea, buscar a las personas adecuadas para darle vida sobre unas tablas y, horas de ensayo después, llega el día en que el público recibe el resultado de ese esfuerzo conjunto. Puede que tenga algo que ver o no. Pero lo que la audiencia termina aplaudiendo al final de la función es la conjunción de los talentos de muchas personas involucradas en torno a una obra de apenas diez o quince minutos que en Taetro han llamado mínimo. Curioso que algo con ese nombre involucre un esfuerzo colectivo de tal magnitud. Quizás aún no sabemos recompensar todo ese trabajo como es debido.
El caso es que Taetro lleva 20 años levantando el edificio del Certamen de Teatro Mínimo Rafael Guerrero con pequeñas piezas de autores, directores, actores... y ese edificio se sostiene con solidez y dedicación. Hace unos días pudimos comprobar la buena salud de la propuesta de la asociación chiclanera con tres nuevas piezas venidas de Galicia, Madrid y Aragón. Tres obras muy distintas en lo conceptual y en la aproximación efectuada por los miembros de Taetro. Tres mínimos que engrandecen la labor de este certamen pionero en la escena nacional.
La velada comenzó narrando la génesis de una escena mítica del cine. Aquella en la que se rebanaba un ojo con una cuchilla preñada de surrealismo. Y ciertamente, Buñuelos, la obra de Carlos González Meixide, que narra en tono jocoso ese episodio de Un perro andaluz, rebosa surrealismo y una magnífica descripción de personajes. Bajo la dirección de Antonio Castaño, la obra se trastocó en un vodevil optimista y desbordante de absurdo, con toques cómicos acertadamente repartidos durante todo el montaje y con la suma de un Dalí, bien atemperado por un Juan de Lorenzo que se come el escenario en el poco tiempo que está sobre el escenario. Teresa Yribarren, Laura Tapia y Johnny pusieron su buen hacer al servicio de la función. Una fantástica apertura, una maravillosa locura que acabó con más dosis de absurdo, cosa que los señores Buñuel y Dalí hubiesen aprobado de buena gana. ¡Epatante!
El teatro social siempre ha tenido hueco en las sesiones de mínimos de Taetro. Y con 23, de Santy Portela se coló en forma de puñetazos literales y figurados. Texto durísimo, intenso y con dos personajes al borde del paroxismo. La gran cualidad de esta obra dirigida por Rafa García e interpretada por él mismo y por Eva Herrero es la de contener la tensión subyacente con un dominio de la templanza singular. Al final, brota todo, explota el terror y la catarsis se hace necesaria. Un ejercicio de moderación único con un texto difícil de montar y un excelso trabajo de gestualidad y de dominio de los cuerpos de los intérpretes. Una de las sensaciones de la noche.
La comedia sirvió como curación de malos pensamientos y con el mínimo de Pedro Alejandro Filgueira pudimos cerrar la función con una sonrisa. Instrucciones para el suicidio ahonda también en el absurdo para pulsar los temores de la sociedad en torno a la muerte y a la libertad de decisión. Pepe Raya, creciendo día a día como director de escena, reunió a tres actores en estado de gracia (Almudena Ruiz, Antonio Meléndez y Juan Carlos Morales) para ofrecernos una función simpática, llena de humor, guasa y cinismo y bien resuelta con sencillez (aunque no es fácil de hacerlo. A ello ayudó la desenvoltura que los actores pusieron sobre el escenario). Una alegría porque tenemos actores de futuro y un gran director detrás.
Un largo camino que no acaba aquí para tres textos que se trastocaron en otros "hijos" de esa idea huérfana que empezó con un folio en blanco. Larga vida a los mínimos.
Foto: @zuhmalheur
Artículo originalmente publicado en Berenjena Company.
viernes, 30 de noviembre de 2018
El santuario de Elefantes
Hay un lugar, en alguna parte, donde reside la música sencilla, aquella que con las palabras atinadas, los versos bien engarzados, la rima concreta y las melodías pegadizas te hace recordar la importancia de una canción bien hecha. En ocasiones, ese lugar apartado no es reconocido por la mayoría como el lugar donde todos debemos acudir en busca del poder sanador de la música. Buscamos la perfección como si fuera la panacea pero obviamos que en las pequeñas cosas puede estar la salvación. Ese lugar es el destino, el hogar deseado.
Ese lugar es en el que se instala la música de Elefantes. La banda de Barcelona acudió a la llamada del Festival de Música Española de Cádiz para defender el elogio de lo sencillo y, a través de algo que en apariencia es simple, agrandar su leyenda. Shuarma y compañía tienden a hacerlo siempre. Con modestia se presentan con un puñado de canciones que hablan de amor de manera explícita, sin alharacas lingüísticas, con un mensaje certero sobre los sentimientos de la gente donde usted y yo nos podemos sentir reconocidos.
Pero Elefantes sabe sacar partido de su maestría a la hora de hablar del más universal de los temas. Versátiles, animados, apasionados… El concierto que ofrecieron en el Teatro de la Tía Norica fue una exaltación continua de sentimientos que fueron del intimismo de temas como Me gustaría poder hacerte feliz (perfecto broche a una veintena de temas que sonaron a gloria) al desgarro de Duele, pasando por momentos de sana diversión y de vitalidad contagiosa como el vivido en Que todo el mundo sepa que te quiero. La banda sabe elegir el repertorio de sus actuaciones y se ve la maestría en la combinación entre temas de su último álbum (un fantástico La primera luz del día, obra de madurez absoluta de su sonido) y clásicos imperecederos como Azul o Que yo no lo sabía, ambos pertenecientes a la primera etapa de la formación. Una maestría que llevó al público asistente a una montaña rusa emocional que terminó con éxtasis colectivo en al menos tres momentos del concierto.
Jordi, Julio y Hugo conforman una banda perfectamente engrasada que materializó momentos de gran furia sonora. A eso sumamos un frontman espectacular (qué magnífica empatía la de Shuarma con su público) y un cancionero que rinde tributo a la música de todos, a la música popular (fuera matices peyorativos). Ahí están esos homenajes a José Luis Perales y a Los Bravos, incluyendo estupendas versiones de Te quiero y Black is black, respectivamente, canciones que fueron cantadas y jaleadas por el público gaditano con ánimo y excitación.
Y es que algo (bueno) quedó tras el paso de Elefantes por Cádiz. Quedó la sensación de gran banda que ofreció un show cuasi perfecto. Quedó la certeza de que habíamos buceado en un manojo de canciones sencillas pero con enormes cargas de profundidad. Quedó la alegría en rostros y cuerpos de una audiencia entregada a la banda. Quedaron momentos de pop y rock en perfecto equilibrio. Quedaron melodías resguardadas en ese lugar donde reside la música: el santuario de Elefantes donde todos queremos ir a vivir.
Fotos: @zuhmalheur
Artículo originalmente publicado en Berenjena Company.
martes, 2 de octubre de 2018
Vida de un viajante
Lo han vuelto a hacer. Sin perder ápice de sus señas de identidad (el absurdo, el humor, los personajes muy marcados y perfectamente desarrollados a lo largo de la trama), la Compañía Furtiva de Teatro ha sido capaz de no caer en la reiteración y aún así ser reconocibles dentro de la genialidad. Con Cruce de caminos, su tercer montaje en tres años, Carlos C. Laínez y Mili Lora han buscado nuevas fórmulas dramatúrgicas que calen en el espectador sin que por ello, se desestimen propuestas que gustaron en sus dos anteriores obras. Y lo han logrado con ciertas similitudes con uno de los grandes clásicos del teatro norteamericano, Muerte de un viajante. Es curioso cómo se parecen dos obras tan distantes. Ya, ya sé que me van a decir que me paso tres pueblos a la hora de comparar un Pulitzer con la obra de una compañía pequeña de aficionados al teatro, pero es que ahí reside la grandeza de La Furtiva; son así: descarados, impetuosos, insaciables en su búsqueda perpetua de la felicidad (teatral).
Déjenme que enumere dos o tres aspectos que me parecen coincidentes entre Cruce de caminos y Muerte de un viajante: por supuesto, comenzamos conociendo a un personaje, un viajante, un chamarilero, un vendedor que vaga por esos caminos polvorientos. Eso es lo más visible, pero es que en ambos textos encuentras claves como la distorsión del núcleo familiar (disfuncionales, malavenidas), la crítica a la sociedad de consumo, la insignificancia de ciertas virtudes o comportamientos morales y algunos más que no voy a mencionar por no pecar de pedante, que tampoco viene al caso.
Porque lo esencial es que La Furtiva vuelve a entregar una obra fresca, dinámica, con su mesurada dosis de humor absurdo, con sus acercamientos a lugares tan queridos por la pareja Laínez/Lora como el sarcasmo e ironía de los Monty Python, el mimo, el cine mudo, el musical y la sorpresa final, bien tamizada a lo largo de un texto bien compuesto y que es gloria para unos personajes que van y vienen en unos cambios de escena trabajados, que se transfiguran por momentos en otros caracteres y que ganan con el paso de los minutos de función. El regusto que queda tras haber presenciado este nuevo trabajo de La Furtiva es que necesitamos un segundo visionado de la obra, cosa fácil de hacer con esta compañía porque tienen la obstinada manía de actuar cada fin de semana en su teatro de La Bodega de Artistas (calle La Vid, 14; Chiclana de la Frontera).
Aún están a tiempo de acercarse a ese polvoriento cruce de caminos y mientras esperan un bus hacia cualquier lugar, buscar la luz que arroja una charla cualquiera. Puede que incluso hagan algún negocio que les reporte beneficios suculentos. Palabra de crítico.
Fotos: @zuhmalheur
Galería de Flickr
Artículo publicado originalmente en Berenjena Company.
sábado, 11 de agosto de 2018
Torreznos de realidad
Paquita ha vuelto y lo hace más calmada, menos desenfrenada, más madura, igual de divertida y más comedida en sus raciones de Tigretones y torreznos. Paquita Salas ahonda en el universo interior del personaje, siendo menos protagonista en su segunda temporada (auspiciada por Netflix) pero dando hueco a una mayor coralidad en el reparto, cosa que es de agradecer puesto que tras los primeros cinco episodios nos quedamos con ganas de saber más de algunos secundarios. De hecho, el gran momento de estos nuevos capítulos se da en el episodio denominado El secreto donde Lidia San José es absoluta protagonista en un retrato agridulce, emocionante y que se sale por completo de la narrativa paquitasalasiana. Una agradable sorpresa que actúa de contrapeso –y a la vez de complemento- del resto de la serie.
El trabajo de Javier Calvo y Javier Ambrossi rezuma costumbrismo, humor canalla, momentos de gran inspiración y un marcado cambio de tono que hace evolucionar la historia de unos personajes que se engrandecen en estos cinco episodios que marcan el inicio de un arco argumental del que carecía la serie en su primera tanda. Brays Efe hace crecer a su personaje a base de una buena dosis de realidad, dejando de lado (pero sin renunciar a ello) a la astracanada, al humor visceral y a todo lo bueno que nos dio Paquita en su temporada de estreno.
Ese acercamiento a la realidad, a cierta dosis de drama en la vida de Paquita y de PS Management es uno de los aciertos de esta segunda temporada. El arco argumental además queda abierto para una continuación que ya está asegurada en Netflix y que puede desembocar en una nueva reinvención de un personaje que ya es oro puro en la ficción nacional. Solo nos queda ponernos unos buenos torreznos de Tarazona y brindar con un lingotazo de Larios por la buena salud (y el colesterol) de nuestra representante de actores y actrices 360.
Artículo originalmente aparecido en Berenjena Company.
domingo, 27 de mayo de 2018
La consagración de la primavera
La doncella fue secuestrada al inicio de la primavera. Debía danzar hasta la muerte con tal de obtener la benevolencia de los dioses al comienzo de la nueva estación. La primavera impulsa, potencia, intensifica las emociones. Surge y florece, aromatiza y vence a los fríos invernales. La danza se hace patente, la música suena, la alegría triunfa. La muerte muere...
Stravinsky compuso hace un siglo La consagración de la primavera, uno de sus ballets más innovadores (casi da un pasmo al entendido público parisino de la época cuando se estrenó) como simbolismo de la ruptura entre dos tiempos opuestos: lo frío y lo cálido, la oscuridad y la luz, la muerte sojuzgada por la vida. Lo que allí fue con danza, lo revivimos hace unos días en el Moderno de Chiclana con la voz, poderosa, desacomplejada y cálida de Musgö, en su segunda aparición sobre las tablas del teatro municipal. La primavera como excusa temática para ofrecernos el florecimiento de una artista única, alejada de tópicos y tipismos y asentada en una carrera en la que cree firmemente. Esta vez, acompañada por una banda solvente, acompasada y que cubrió de capas sonoras la música que Mar Gabarre impone desde su arpa y dirige con su voz y su carisma.
El homenaje que la artista chiclanera ofreció a la primavera se basó fundamentalmente en versiones de temas clásicos del pop y el rock. Sin embargo, disfrutamos de canciones que tomaron vida propia en manos de Musgö. Desde la balada romántica de Elvis Presley hasta el rock progresivo de Pink Floyd (emocionante y vibrante cover de Breathe), pasando por el pop ochentero de Korgis y arribando al rock comercial de los 4 Non Blondes (su archiconocido What's up fue un digno colofón a un espectáculo imperdible). Todo sonó distinto en un concierto de sensaciones, de pulsiones y de generalizado optimismo. Las bases rítmicas, la guitarra limpia y magnífica, el cello y la flauta, organizaron un festín sonoro en torno al arpa de Mar, que siendo protagonista, en ningún momento empacha. Todo lo contrario: su sonido hipnótico hace que nos olvidemos que estamos ante un instrumento único. El ensamblaje de la banda fue perfecto, los mantos sonoros se superponían con maestría. Algo bueno tenía que salir de ahí.
Y el espectáculo fue encaminándose hacia el final con alguna incursión en temas propios de Mar que no desentonaron para nada en un set list precioso y preciso. Todo un regalo de vida. Toda una declaración de intenciones. Puro homenaje a la primavera.
La doncella no dejó de cantar. No cesó de tocar su arpa. Las flores de abrían a su paso. El camino serpenteaba alegre hacia una luminosa realidad que presagiaba un futuro certero. Un futuro en el que la música se escribe con la letra que compone Musgö. Sea.
Fotos: @zuhmalheur
Fuente: www.berenjenacompany.blogspot.com
Stravinsky compuso hace un siglo La consagración de la primavera, uno de sus ballets más innovadores (casi da un pasmo al entendido público parisino de la época cuando se estrenó) como simbolismo de la ruptura entre dos tiempos opuestos: lo frío y lo cálido, la oscuridad y la luz, la muerte sojuzgada por la vida. Lo que allí fue con danza, lo revivimos hace unos días en el Moderno de Chiclana con la voz, poderosa, desacomplejada y cálida de Musgö, en su segunda aparición sobre las tablas del teatro municipal. La primavera como excusa temática para ofrecernos el florecimiento de una artista única, alejada de tópicos y tipismos y asentada en una carrera en la que cree firmemente. Esta vez, acompañada por una banda solvente, acompasada y que cubrió de capas sonoras la música que Mar Gabarre impone desde su arpa y dirige con su voz y su carisma.
El homenaje que la artista chiclanera ofreció a la primavera se basó fundamentalmente en versiones de temas clásicos del pop y el rock. Sin embargo, disfrutamos de canciones que tomaron vida propia en manos de Musgö. Desde la balada romántica de Elvis Presley hasta el rock progresivo de Pink Floyd (emocionante y vibrante cover de Breathe), pasando por el pop ochentero de Korgis y arribando al rock comercial de los 4 Non Blondes (su archiconocido What's up fue un digno colofón a un espectáculo imperdible). Todo sonó distinto en un concierto de sensaciones, de pulsiones y de generalizado optimismo. Las bases rítmicas, la guitarra limpia y magnífica, el cello y la flauta, organizaron un festín sonoro en torno al arpa de Mar, que siendo protagonista, en ningún momento empacha. Todo lo contrario: su sonido hipnótico hace que nos olvidemos que estamos ante un instrumento único. El ensamblaje de la banda fue perfecto, los mantos sonoros se superponían con maestría. Algo bueno tenía que salir de ahí.
Y el espectáculo fue encaminándose hacia el final con alguna incursión en temas propios de Mar que no desentonaron para nada en un set list precioso y preciso. Todo un regalo de vida. Toda una declaración de intenciones. Puro homenaje a la primavera.
La doncella no dejó de cantar. No cesó de tocar su arpa. Las flores de abrían a su paso. El camino serpenteaba alegre hacia una luminosa realidad que presagiaba un futuro certero. Un futuro en el que la música se escribe con la letra que compone Musgö. Sea.
Fotos: @zuhmalheur
Fuente: www.berenjenacompany.blogspot.com
sábado, 26 de mayo de 2018
Lo inmutable
Hace unos días escuchaba, no me acuerdo a quien, decir que tal grupo se había estancado, que no evolucionaba y que siempre hacía lo mismo. Bueno, no todo el mundo tiene la suerte de ser AC/DC, publicar discos clónicos y ser vanagloriados en todo el mundo. Quizás no sea bueno cambiar porque puedes perder la esencia. Quizás cambiar te da otras miras, otras posibilidades. Ejemplos hay a puñados en el mundo de la música en uno y otro sentido.
En el caso de Vetusta Morla, lo inmutable es único, es imperecedero, es tesoro que todos ansiamos poseer. Mismo sitio, distinto lugar es el último largo publicado por los madrileños, un anhelado regreso, un cuarto disco de estudio que amplia las bases, que hace pervivir las esencias pero que muestra una muesca sonora más en la carrera de la banda. No se pierde el norte en la música de Vetusta Morla por lo que los fans más irredentos estarán contentos, pero se acentúan algunos caminos sonoros más acerados, más físicos, más rockeros (El discurso del rey o Te lo digo a ti) combinado con medios tiempos (por ejemplo, en Punto sin retorno) y con melodías mucho más marchosas (Palmeras en La Mancha o La vieja escuela). Eso sí, el disco mantiene el simbolismo y barroquismo de las letras de la banda (Consejo de sabios). Lo inmutable es bueno aunque se agradece una aproximación a una realidad a la que, salvo en La deriva, poco habían transitado. Entonces fue la desilusión, la crisis política, económica y moral la que movía la música de Vetusta Morla en ese trabajo. Ahora se encara la vida de forma más optimista, más divertida, más jubilosa.
Los madrileños optan por mantener su sello. La seña es reconocible, la voz de Pucho agrada en cada recodo del camino (y busca nuevos matices como por ejemplo en Guerra Civil), el recorrido por estos diez temas no cansa y se agradece el esfuerzo en producción. Ellos mismo lo profetizan con el título del disco y nosotros coincidimos. Mismo sitio, distinto lugar. Que todo cambie para que no cambie nada. Que evolucionemos para encontrarnos al final del camino con los mismos y genuinos Vetusta Morla de siempre.
Fuente: www.berenjenacompany.blogspot.com
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| Foto: @zuhmalheur |
Los madrileños optan por mantener su sello. La seña es reconocible, la voz de Pucho agrada en cada recodo del camino (y busca nuevos matices como por ejemplo en Guerra Civil), el recorrido por estos diez temas no cansa y se agradece el esfuerzo en producción. Ellos mismo lo profetizan con el título del disco y nosotros coincidimos. Mismo sitio, distinto lugar. Que todo cambie para que no cambie nada. Que evolucionemos para encontrarnos al final del camino con los mismos y genuinos Vetusta Morla de siempre.
Fuente: www.berenjenacompany.blogspot.com
viernes, 25 de mayo de 2018
Fuera de la zona de confort
Son unos ilusos aquellos que dicen no entender Aniquilación, la segunda película de Alex Garland (tercera si pensamos que Dredd es producto suyo, que lo es) y que estrenó Netflix hace unas semanas. Quizás es que el nivel de intelecto ha bajado en la última generación o que nos hemos vuelto conformistas a la hora de ver cine, pero ¿no entender una película? ¿Aún estamos así? El abajo firmante disfruta por igual un disparate como El ataque de los tomates asesinos como esta película que ha concitado mucho interés, más por su trasfondo que por su propio argumento. Y es que en realidad, lo que cuenta es algo muy trillado. Lo hemos visto mil veces y sabemos a qué atenernos. Es lo que no se ve lo que importa en esta película. Sus silencios y sus ruidos, las miradas de las protagonistas, la intriga de no saber qué está pasando, la certeza de que nunca nos van a explicar qué ocurre. Esa huida de la zona de confort es lo que hace grande a Aniquilación.
Mucho se esperaba de esta cinta tras el buen sabor de boca que dejó el anterior trabajo de Garland (Ex Machina). Y sin ánimo de exagerar, estamos ante una de las grandes películas de los últimos tiempos. Al menos en un género, aunque... un momento. En realidad, no sabemos a qué género adscribirla. Tenemos por un lado intriga, por otro una pizca de terror (fantásticas escenas, con tensión incesante), drama intimista, ciencia ficción, película humanista. Aniquilación es trascendente, huye de etiquetas, busca en sí misma las respuestas a qué tipo de película es y lo bueno de todo, es que cada espectador puede calificarla a su gusto. ¿Se entiende? Sí, se entiende. El que no la pille, es que no hace el esfuerzo que hay que poner cada vez que uno se sienta a ver una película. ¿Es aburrida? Hombre, no son los Vengadores de Marvel pero es una película altamente disfrutable, que no se hace pesada y que es cautivadora.
Cautiva por su belleza intrínseca, por su música (con ecos al tristemente desaparecido Jóhann Jóhannsson), por un equipo actoral comedido y muy implicado en la emoción de la narrativa, por una dirección certera y que sabe conducir la nave hacia un final bellísimo y enigmático. Garland sabe encajar piezas sin dar pistas, sin ser complaciente con el espectador. Sin ánimo de llegar a los altares de Tarkovski o Kubrick (¡cuántas veces se ha comparado esta película con los mensajes de Stalker o 2001: una odisea en el espacio), el director británico nos sumerge en una historia donde buceamos en las oscuridades del alma humana: culpa, falta de redención, ausencia de empatía, arrepentimiento... Todo ello envuelto en una narración al uso pero que paradójicamente, rehuye de convencionalismos. No puedo escribir más sin recomendarles vivamente que la vean. Que la gocen con amplitud de miras, que se dejen guiar por los sentidos, por sus sensaciones, que no busquen la lógica donde no puede haberla. Disfruten de la belleza de lo terrible. El ser humano es así.
Fuente: www.berenjenacompany.blogspot.com
jueves, 24 de mayo de 2018
Palabra de Dios
-Te adoramos señor... Te adoramos por contarnos la Verdad, así con mayúscula grandota. La Verdad de tu obra, que no es sino la más perfecta de las creaciones. Una y trina.... Trinaranjus... Espera, espera, que me he liado. Es que a ver, esto de la religión como que lógica no tiene mucha, ¿no?
-No, pero como es la Palabra de Dios, hay que creerla.
-¿Por qué?
-Porque sí. Lo dice Dios y Dios es Dios.
-Ah... No lo entiendo.
-Tú haz como que crees y ya.
El ser humano es algo maravilloso. Es capaz de inventarse un ente para dar una explicación poco convicente de por qué -a su vez- ha sido creado por ese mismo ente. No me digan que no es algo divino. Lo es y punto. Dogma de fe. Créanselo. No hay más...
Pero es lógico que ustedes tengan ciertas reservas, algunas preguntas, someras dudas que plantear cuando se trata de analizar fríamente, al espejo de los datos objetivos, todo el asunto (trivial) de la Creación y de todo lo que la religión trae tras de sí. Quizás si nos ponemos estupendos y trascendentes, acabemos montando una guerra santa, pero si lo tomamos con humor, puede ser mucho más fácil. Eso es lo que pensó David Jaberbaum al escribir Obra de Dios, un montaje exitoso en Broadway que ha traspasado fronteras y que en España lleva dos años de gira gracias a una fantástica adaptación de Tamzin Towsend, Chema Rodríguez-Calderón y Mariano Peña. Precisamente, los dos últimos junto con Bernabé Fernández forman parte del trío de actores que lleva el peso de la función, aunque para hablar de pesos pesados nos tenemos que referir al intérprete que hace las veces de Dios. Mariano Peña es el encargado de conducir con soltura un papel que le viene como anillo al dedo. Dotado de gracia infinita, de sobriedad interpretativa (un personaje que puede darse fácilmente al histrionismo, está muy bien atemperado) y le secundan con eficacia, presteza y salero divino, Rodríguez-Calderón y Fernández, ambos arcángeles; uno muy fiel y el otro, un tanto díscolo y preguntón.
El cuasi monólogo de Peña avanza por desmontar tópicos con humor y claridad de ideas. No se equivoquen. No es una comedia desmadrada. Es un texto con amplias cargas de profundidad, con mucho donde rascar porque aunque el cariz de comedia que pasea por toda la obra haga de este espectáculo algo muy agradecido de ver, sales con la sensación de que te han cogido por las solapas y te han dado un baño de realidad. ¿Es que el ser humano es estúpido? ¿Es que se ha creído su propia creación? ¿Hemos inventado un ser para que se haga cargo de nuestras culpas como hijoputas que somos? Obra de Dios es un renovado catecismo de moral y de comportamiento humanista. No busca sentar cátedra, no quiere imponer dogmas. Persigue la liberación mental, el huir de presidios mentales. Pelea para que por encima de todo, la palabra que tenga más fuerza sea la nuestra, la del esfuerzo personal. Y con eso, poca broma, que estamos hablando de algo muy serio.
Fuente: www.berenjenacompany.blogspot.com
martes, 27 de febrero de 2018
Convicción
Frances McDormand está estupenda en Tres anuncios en las afueras. Siempre lo está. Actriz solvente, quizá de no muchos registros, pero que sabe imponer cierto poderío sobre los demás cuando está actuando. Eso la hace casi única en su especie. Es esa mirada, ese caminar, esa forma de escupir las líneas de guión. Ya solo por ella, la última película de Martin McDonagh merece la pena.
Pero Tres anuncios en las afueras tiene más alicientes. Para continuar con la parte actoral, a la McDormand la secundan Woody Harrelson, Peter Dinklage y especialmente un Sam Rockwell capaz de hacer con su personaje un acto de prestidigitación. Hacer que cambie de registro de una escena a otra, pero que resulte absolutamente natural. Asco y pena, indignación y compasión. Todo en pocos minutos. Un personaje de muchas facetas que ha sido uno de los grandes aciertos de esta cinta.
Tres anuncios en las afueras es una película sencilla, con un inicio de historia amarga. Por el camino, se nos van intercalando perlas de humor seco, directo mientras que la mano del director y el pulso de los actores no deje que cale en el espectador la bonhomía de unos personajes a los que el destino tiene reservadas varias sorpresas. No es complaciente esta película con un espectador conformista. Cuando nos acostumbramos a un planteamiento, de buenas a primeras, se nos cambia el punto de vista y tenemos que resetear toda la información para que podamos poner en orden nuestros pensamientos. La película juega así con el espectador hasta su escena final que bien pensado, es la menos esperada pero también la más realista.
Y mientras tanto, como la vida misma, tenemos el drama de una madre, de una familia desestructurada por la tragedia (ese padre interpretado por John Hawkes es posiblemente el personaje más desaprovechado de la función) que mediante una simple acción prende la mecha de la incomodidad en una pequeña comunidad. Es un mero pretexto para que analicemos el carácter humano. ¿Para qué sirve la compasión? Probablemente, nos sea más útil la convicción de llevar a cabo nuestros actos hasta el final sin pensar en las consecuencias.
Pero Tres anuncios en las afueras tiene más alicientes. Para continuar con la parte actoral, a la McDormand la secundan Woody Harrelson, Peter Dinklage y especialmente un Sam Rockwell capaz de hacer con su personaje un acto de prestidigitación. Hacer que cambie de registro de una escena a otra, pero que resulte absolutamente natural. Asco y pena, indignación y compasión. Todo en pocos minutos. Un personaje de muchas facetas que ha sido uno de los grandes aciertos de esta cinta.
Tres anuncios en las afueras es una película sencilla, con un inicio de historia amarga. Por el camino, se nos van intercalando perlas de humor seco, directo mientras que la mano del director y el pulso de los actores no deje que cale en el espectador la bonhomía de unos personajes a los que el destino tiene reservadas varias sorpresas. No es complaciente esta película con un espectador conformista. Cuando nos acostumbramos a un planteamiento, de buenas a primeras, se nos cambia el punto de vista y tenemos que resetear toda la información para que podamos poner en orden nuestros pensamientos. La película juega así con el espectador hasta su escena final que bien pensado, es la menos esperada pero también la más realista.
Y mientras tanto, como la vida misma, tenemos el drama de una madre, de una familia desestructurada por la tragedia (ese padre interpretado por John Hawkes es posiblemente el personaje más desaprovechado de la función) que mediante una simple acción prende la mecha de la incomodidad en una pequeña comunidad. Es un mero pretexto para que analicemos el carácter humano. ¿Para qué sirve la compasión? Probablemente, nos sea más útil la convicción de llevar a cabo nuestros actos hasta el final sin pensar en las consecuencias.
miércoles, 14 de febrero de 2018
Los años de latón
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| Foto: @zuhmalheur |
En la España del siglo XXI (y no en la del siglo XVII) reside la picaresca. La especulación, el robo calculado y retransmitido en directo, la absolución del culpable, la aceptación popular, la claudicación ciudadana. La Historia sigue siendo la misma. Tenemos un rey que no gobierna pero que se entromete, unos validos poco válidos, una burocracia insalubre, unos voceros perniciosos y una ciudadanía a la que quieren adormecer pero que a veces levanta su voz ante la injusticia y la mentira. El Siglo de Oro, nuestra época de esplendor en la cultura, coincidió con una sociedad de tahúres, pícaros y engañifas. Ante esas luces, vivimos en los años de latón, donde el valor del mérito personal es menos que cero. No es que la Historia se repita, es que es aún más cruel con el estado llano.
Para eso y para muchas cosas más acudieron los chicos de El Dislate Teatro al sevillano TNT-Centro Atalaya (qué suerte tenemos de tener un espacio como este, referente de las artes escénicas a nivel nacional) junto con su último montaje. No son molinos, original de Daniel Reyes y Diego Jimeno es un puente entre dos mundos distantes en lo temporal y cercanos en lo emocional. Un texto que usa clásicos como El alcalde de Zalamea, Fuenteovejuna o La vida es sueño para alcanzar a comprender que vivimos en un mundo no tan distinto a la de la España del siglo XVII. Bueno, quizás más despiadado, más amoral, más indigno. La traslación de un personaje de esa España imperial a un entorno hostil como es nuestro hoy, desnuda las miserias de un país, de un todo. La picaresca es nuestro modo de vida, no lo podemos remediar.
Pero es de agradecer personajes como los de Alfonso Quijo o Sánchez. Amables, sensatos, quizás algo ingenuos, pero bendita ingenuidad cuando hay zarpazos ahí fuera por sobrevivir. Tiran de ingenio para continuar in hac lachrimarum valle. Y a pesar de todo, subsiste el humor. Alabado sea. Porque uno de los valores de los españoles es saber tomarse las desgracias de forma que podamos darle la vuelta. Y ahí el humor funciona como catarsis colectiva.
No son molinos es una obra fascinante, pedagógica, dinámica, acreedora de todo lo bueno que tiene la escena española. Usa la música diegética para hacer calar mejor el mensaje, el plantel actoral busca en los recovecos de sus personajes la forma de reflejarnos en esos arquetipos (el ciudadano medio, la burocracia inane, las fuerzas de seguridad que aseguran poco, el Estado del ¿Bienestar?). Y por encima de todo, el tema universal: el amor. ¿Nos salva el amor de ser cómo somos? Para Alfonso Quijo es así. Y es que No son molinos es un juego de espejos donde podemos ver el lado menos luminoso de todos nosotros como sociedad. Es una llamada de alerta. No es que cualquier tiempo pasado fuera mejor, es que lo peor aún está por llegar. Y ahí, el montaje de El Dislate Teatro es certero en su aproximación al texto original. Gozamos con una obra que debe girar por toda España, por centros educativos, por centros sociales, por teatros pequeños y grandes, porque este teatro es necesario, es urgente, es vital. Lo es si no queremos ser aprisionados por más años de latón.
domingo, 21 de enero de 2018
Luna de sangre
La luna pervierte sentidos y sentimientos. Su luz reflejada nos alumbra en tiempos de zozobra y su misterio forma parte de la misma esencia del ser humano. Nos apasiona, nos seduce, nos condiciona. Seguimos sus evoluciones, nos chiflan sus eclipses y sus fenómenos extraños como cuando se convierte en esa luna de sangre que los habitantes de antaño creían presagio de desgracias. Pero hoy nos hemos vuelto un tanto deshumanizados y las desgracias vienen (a veces) de la mano de esos inventos infernales que todos usamos a diario: redes sociales, aplicaciones móviles, chats... El homo sapiens reducido a su mínima expresión: el homo movilis.
Unos amigos quedan para cenar y para hacer más atractiva la velada deciden leer todo lo que pase por sus móviles esa noche. Y claro, comienzan a ponerse en evidencia uno tras otros. Las vergüenzas quedan expuestas, los engaños fluyen, la mentira campa a sus anchas. El amor se queda en resquemor. Todo se rompe. Esa es la última propuesta de Álex de la Iglesia como director. Partiendo de la base de la película italiana Perfetti sconosciuti, de la que esta es remake, el director vasco apoyado en un vibrante guión escrito a medias con Jorge Gerricaechevarría, orquesta una función nada estomagante, alejada de excesos y muy centrada en diseccionar el comportamiento humano, ese modo de actuar que hace que un simple desencadene una concatenación de acontecimientos que no estaban previstos. La película se sustenta sobre sus siete intérpretes principales -menudo ramillete en torno a este proyecto-, que descargan toda su visceralidad con una facilidad pasmosa. Eso sí, el guión otorga el perfecto equilibrio a las actuaciones, por cuanto los lleva por un sendero bien calculado y que no invita a las prisas a la hora de resolver el conflicto. Eso es lo que más valoramos de una propuesta, la segunda de Álex de la Iglesia en 2017 tras El bar, que no es nada complaciente con el público puesto que lo somete a un juego de espejos en el que prácticamente todos salimos perdiendo.
El clima que se respira en la acción se va volviendo cada vez más enrarecido, las situaciones se van tensando, las caras van cambiando, los personajes nos van cayendo cada vez peor (aunque desde el principio ninguno es para amarlo) y la mala baba y la bilis van drenando hasta llegar a un clímax en el que la luna roja avizora cual deus ex machina los devaneos de unos personajes que llegan al límite. Es ahí donde el guión y la dirección nos dejan en un cliffhanger ante el que se abren varias alternativas. Álex de la Iglesia lo resuelve explorando una vía en la que los personajes quedan expuestos a sus miedos, en la que tienen que tomar decisiones como por ejemplo la de saber si quieren quedar como amigos o como los perfectos desconocidos puede llegar a ofrecernos este mundo tan excesivamente tecnificado. Pero tenemos algo por lo que alegrarnos. Esta película ha hecho que muchos se reconcilien con un Álex de la Iglesia que se aleja de propuestas más barrocas para convertirse en uno de los mejores directores de actores del cine español (algo que ya sabíamos pero que aquí afianzamos). Y ahí, la luna de sangre no tiene nada que ver.
Este artículo fue publicado primero en Berenjena Company.
Unos amigos quedan para cenar y para hacer más atractiva la velada deciden leer todo lo que pase por sus móviles esa noche. Y claro, comienzan a ponerse en evidencia uno tras otros. Las vergüenzas quedan expuestas, los engaños fluyen, la mentira campa a sus anchas. El amor se queda en resquemor. Todo se rompe. Esa es la última propuesta de Álex de la Iglesia como director. Partiendo de la base de la película italiana Perfetti sconosciuti, de la que esta es remake, el director vasco apoyado en un vibrante guión escrito a medias con Jorge Gerricaechevarría, orquesta una función nada estomagante, alejada de excesos y muy centrada en diseccionar el comportamiento humano, ese modo de actuar que hace que un simple desencadene una concatenación de acontecimientos que no estaban previstos. La película se sustenta sobre sus siete intérpretes principales -menudo ramillete en torno a este proyecto-, que descargan toda su visceralidad con una facilidad pasmosa. Eso sí, el guión otorga el perfecto equilibrio a las actuaciones, por cuanto los lleva por un sendero bien calculado y que no invita a las prisas a la hora de resolver el conflicto. Eso es lo que más valoramos de una propuesta, la segunda de Álex de la Iglesia en 2017 tras El bar, que no es nada complaciente con el público puesto que lo somete a un juego de espejos en el que prácticamente todos salimos perdiendo.
El clima que se respira en la acción se va volviendo cada vez más enrarecido, las situaciones se van tensando, las caras van cambiando, los personajes nos van cayendo cada vez peor (aunque desde el principio ninguno es para amarlo) y la mala baba y la bilis van drenando hasta llegar a un clímax en el que la luna roja avizora cual deus ex machina los devaneos de unos personajes que llegan al límite. Es ahí donde el guión y la dirección nos dejan en un cliffhanger ante el que se abren varias alternativas. Álex de la Iglesia lo resuelve explorando una vía en la que los personajes quedan expuestos a sus miedos, en la que tienen que tomar decisiones como por ejemplo la de saber si quieren quedar como amigos o como los perfectos desconocidos puede llegar a ofrecernos este mundo tan excesivamente tecnificado. Pero tenemos algo por lo que alegrarnos. Esta película ha hecho que muchos se reconcilien con un Álex de la Iglesia que se aleja de propuestas más barrocas para convertirse en uno de los mejores directores de actores del cine español (algo que ya sabíamos pero que aquí afianzamos). Y ahí, la luna de sangre no tiene nada que ver.
Este artículo fue publicado primero en Berenjena Company.
sábado, 13 de enero de 2018
La película que no deseabas ver
La Fuerza es intensa en todos, hermanos. Cada mes de diciembre nos encaminamos hacia ese templo sagrado llamado cine para depositar nuestros créditos galácticos en manos de unos taquilleros que nos otorgan el pase hacia una nave que nos llevará a galaxias lejanas en tiempos pasados. Un universo donde el mal se yergue, nos persigue, nos ataca y ante el que tenemos que hincar la rodilla por mucho que usemos la hipervelocidad para tratar de escapar. Es la Fuerza quien nos obliga cada año a repetir el mismo ritual. Lo hemos hecho este año y lo seguiremos haciendo en lo sucesivo. Así es la brutal maquinaria dictatorial... y lo aceptamos porque es el imperativo de la Fuerza.
Este año, esa energía que lo rodea todo, que nos crea y nos une, nos llevó a ver la octava entrega de la saga creada hace cuarenta años por George Lucas. La continuación de El despertar de la Fuerza, una película que se quedó a medias, aunque funcionaba a la perfección como enganche para nuevas generaciones de fanáticos a Star Wars y como buen entretenimiento. Bajo los mandos de Rian Johnson, Los últimos jedi debía ser el episodio que aposentara los fundamentos ideológicos de esta nueva trilogía (apenas esbozados en la entrega de J.J. Abrams) y ha llegado más allá de lo que se podía sospechar en un primer momento.
Star Wars Episodio VIII: Los últimos jedi funciona como película a varios niveles. Como mera película de acción-espectáculo, es un vehículo eficaz. Escenas perfectamente sincronizadas y con un ritmo que sin ser endiablado, marca un nuevo presente en cómo afrontarlas (más allá del academicismo de Lucas o del frenesí de Abrams se acerca más a la magnificencia de Kershner en el Episodio V). Son momentos de acción absoluta pero que dejan hueco a un desarrollo narrativo que obviando algunas lagunas (algo se tiene que escapar en esta galaxia tan vasta en personajes e historias), es la perfecta conexión entre el inicio de un conflicto y su presumible resolución final en el Episodio IX que esperamos ya para 2019. Funciona también como alimentador de la mítica y la mística de la saga, puesto que sin ser para nada originales en temas a tratar, sí que sabe desenvolverse como producto autónomo frente a las "maquinaciones" de Disney y los juegos infantiles de Lucas en la anterior trilogía. Sabe ser equidistante de ambos puntos y Johnson deja su seña de identidad en lo rodado. Conjuga de buena manera grandes planos con fotografía limpia, bella, simbólica (referentes a la primera terna de filmes), con imágenes más sucias, encuadres más barrocos y un dominio visual que echábamos de menos desde los tiempos de El Imperio contraataca.
Por otra parte, Los últimos jedi es un ejemplo idóneo de desarrollo de personajes, simbolizado perfectamente en cómo está trazado el personaje de Kylo Ren. Adam Driver sabe sacudirse las críticas (totalmente justificadas) que acarreó su presentación en El despertar de la Fuerza para asumir un papel de matices mucho más elaborados, con más enjundia y escarbando en la dualidad de un personaje en constante conflicto. Oscar Isaac ha podido también dar mayor hondura a su Poe Dameron. Sabemos que tenemos ahí a un héroe, aunque también tenga momentos de duda. El resto de la plana mayor de protagonistas sabe sacar partido a sus papeles y prepararlos para el episodio final.
La duda... Los últimos jedi es la película que no deseaban ver los más fanáticos de Star Wars porque les plantea dudas. Quizás es que aquellos acérrimos seguidores querían algo más masticado, algo más lineal, pero Rian Johnson ha querido arriesgar y probablemente algunos no se lo perdonen. Nosotros se lo aplaudimos porque con los mismos mimbres, ha sabido contar la misma historia de forma distinta usando todos los recursos a su alcance. Y nos ha tenido en vilo durante toda la narración sin saber salir de la duda. ¿Dónde está el límite de la maldad? ¿Por dónde transitan los personajes? ¿Lado Luminoso de la Fuerza o el Reverso Tenebroso? El miedo atenaza las decisiones, los errores se cometen uno tras otro y llegamos al final casi por puro milagro habiendo presenciado la historia de una derrota, porque eso es lo que nos lega esta película: la escoria rebelde ha sido diezmada, casi aniquilada, prácticamente derrotada. La película de Johnson tampoco escatima esfuerzos en hablarnos de la Fuerza tal y como se presentaba en las películas originales. Pura filosofía, pura idea. Nada de experimentos irrisorios a cuenta de midiclorianos. Eso hace que nos alejemos de lo risible y confiemos en la mitología original: monjes-guerreros, mística, lucha del bien contra el mal, sufrimiento... Todo lo que Yoda nos enseñó. Pero no podemos olvidar que en Los últimos jedi hay tragedia, hay drama, aunque esta saga sabe también intercalar esto con sus pizcas de humor que son siempre de agradecer. Encontramos indicios de grandes hallazgos en esta entrega, como el personaje de Benicio del Toro, y otros elementos que quedan ensombrecidos o gafados (un pasaje central en un casino que apenas tiene sentido, sino como mero espectáculo de una escena que se podría haber reducido) o algún personaje que queda desdibujado aunque en el Episodio VII insinuara algo más. Sin embargo nos queda la sensación de buena película, buen espectáculo y fantástica continuadora de la trilogía original (con referencias constantes).
Nos hemos acercado de forma desapasionada a la nueva entrega de Star Wars. Suponemos que es lo mismo que ha querido Rian Johnson a la hora de filmarla. De haberlo hecho de otra forma (como seguidor o como mero servidor de los intereses de Disney), hubiera claudicado. Pero en cambio, ha reformulado una saga que corría el riesgo de convertirse en un juguete sin sentido y sin interés y a cambio nos ha hecho reafirmarnos en nuestra fe.
Al fin y al cabo, ha nacido una nueva esperanza.
Este artículo apareció originalmente en Berenjena Company.
Este año, esa energía que lo rodea todo, que nos crea y nos une, nos llevó a ver la octava entrega de la saga creada hace cuarenta años por George Lucas. La continuación de El despertar de la Fuerza, una película que se quedó a medias, aunque funcionaba a la perfección como enganche para nuevas generaciones de fanáticos a Star Wars y como buen entretenimiento. Bajo los mandos de Rian Johnson, Los últimos jedi debía ser el episodio que aposentara los fundamentos ideológicos de esta nueva trilogía (apenas esbozados en la entrega de J.J. Abrams) y ha llegado más allá de lo que se podía sospechar en un primer momento.
Star Wars Episodio VIII: Los últimos jedi funciona como película a varios niveles. Como mera película de acción-espectáculo, es un vehículo eficaz. Escenas perfectamente sincronizadas y con un ritmo que sin ser endiablado, marca un nuevo presente en cómo afrontarlas (más allá del academicismo de Lucas o del frenesí de Abrams se acerca más a la magnificencia de Kershner en el Episodio V). Son momentos de acción absoluta pero que dejan hueco a un desarrollo narrativo que obviando algunas lagunas (algo se tiene que escapar en esta galaxia tan vasta en personajes e historias), es la perfecta conexión entre el inicio de un conflicto y su presumible resolución final en el Episodio IX que esperamos ya para 2019. Funciona también como alimentador de la mítica y la mística de la saga, puesto que sin ser para nada originales en temas a tratar, sí que sabe desenvolverse como producto autónomo frente a las "maquinaciones" de Disney y los juegos infantiles de Lucas en la anterior trilogía. Sabe ser equidistante de ambos puntos y Johnson deja su seña de identidad en lo rodado. Conjuga de buena manera grandes planos con fotografía limpia, bella, simbólica (referentes a la primera terna de filmes), con imágenes más sucias, encuadres más barrocos y un dominio visual que echábamos de menos desde los tiempos de El Imperio contraataca.
Por otra parte, Los últimos jedi es un ejemplo idóneo de desarrollo de personajes, simbolizado perfectamente en cómo está trazado el personaje de Kylo Ren. Adam Driver sabe sacudirse las críticas (totalmente justificadas) que acarreó su presentación en El despertar de la Fuerza para asumir un papel de matices mucho más elaborados, con más enjundia y escarbando en la dualidad de un personaje en constante conflicto. Oscar Isaac ha podido también dar mayor hondura a su Poe Dameron. Sabemos que tenemos ahí a un héroe, aunque también tenga momentos de duda. El resto de la plana mayor de protagonistas sabe sacar partido a sus papeles y prepararlos para el episodio final.
La duda... Los últimos jedi es la película que no deseaban ver los más fanáticos de Star Wars porque les plantea dudas. Quizás es que aquellos acérrimos seguidores querían algo más masticado, algo más lineal, pero Rian Johnson ha querido arriesgar y probablemente algunos no se lo perdonen. Nosotros se lo aplaudimos porque con los mismos mimbres, ha sabido contar la misma historia de forma distinta usando todos los recursos a su alcance. Y nos ha tenido en vilo durante toda la narración sin saber salir de la duda. ¿Dónde está el límite de la maldad? ¿Por dónde transitan los personajes? ¿Lado Luminoso de la Fuerza o el Reverso Tenebroso? El miedo atenaza las decisiones, los errores se cometen uno tras otro y llegamos al final casi por puro milagro habiendo presenciado la historia de una derrota, porque eso es lo que nos lega esta película: la escoria rebelde ha sido diezmada, casi aniquilada, prácticamente derrotada. La película de Johnson tampoco escatima esfuerzos en hablarnos de la Fuerza tal y como se presentaba en las películas originales. Pura filosofía, pura idea. Nada de experimentos irrisorios a cuenta de midiclorianos. Eso hace que nos alejemos de lo risible y confiemos en la mitología original: monjes-guerreros, mística, lucha del bien contra el mal, sufrimiento... Todo lo que Yoda nos enseñó. Pero no podemos olvidar que en Los últimos jedi hay tragedia, hay drama, aunque esta saga sabe también intercalar esto con sus pizcas de humor que son siempre de agradecer. Encontramos indicios de grandes hallazgos en esta entrega, como el personaje de Benicio del Toro, y otros elementos que quedan ensombrecidos o gafados (un pasaje central en un casino que apenas tiene sentido, sino como mero espectáculo de una escena que se podría haber reducido) o algún personaje que queda desdibujado aunque en el Episodio VII insinuara algo más. Sin embargo nos queda la sensación de buena película, buen espectáculo y fantástica continuadora de la trilogía original (con referencias constantes).
Nos hemos acercado de forma desapasionada a la nueva entrega de Star Wars. Suponemos que es lo mismo que ha querido Rian Johnson a la hora de filmarla. De haberlo hecho de otra forma (como seguidor o como mero servidor de los intereses de Disney), hubiera claudicado. Pero en cambio, ha reformulado una saga que corría el riesgo de convertirse en un juguete sin sentido y sin interés y a cambio nos ha hecho reafirmarnos en nuestra fe.
Al fin y al cabo, ha nacido una nueva esperanza.
Este artículo apareció originalmente en Berenjena Company.
miércoles, 13 de diciembre de 2017
Palabras que saben a Gloria
Muerte es que no nos miren los que amamos,
muerte es quedarse solo, mudo y quieto
y no poder gritar que sigues vivo.
La alegría vence a la muerte. Gloria se nos fue un día lanzando versos y regando de sonrisas nuestras vidas. Malditos aquellos que creen que no era buena poeta. Lo es tanto en cuanto, nos hacía felices. La poesía, el arte, la música, la risa... Hermanos de corazón y de razón. Aunque a veces la sinrazón sea buena compañera de viaje.
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| Foto: @zuhmalheur |
Es larga la trayectoria de Teatro de Malta en producciones pensadas ex profeso para los niños... pero que pueden ser igualmente disfrutables por los mayores. La vigorosa dramaturgia y dirección de Marta Torres, una mise-en-scène potente, música evocadora, más incluso cuando los personajes la producían y dos actuaciones de altura, las de Margarita Blurk y Delfín Caset, perfectos payasos (qué maravillosa profesión esa) con demostrado amor por el trabajo y que intercalando versos, personajes, historias de Gloria Fuertes en la dinámica del texto, supieron dar el justo homenaje a la poeta madrileña... y por ende, a todos nosotros que la queremos, la veneramos y la echamos cada día de menos.
Alegría es un montaje para ser disfrutado. Magnífica idea de partida, gran preparación escénica (preciosos tanto el vestuario como la iluminación). Está hecho para ser vivido. Está pensado para hacernos reflexionar sobre la valía de una vida vacía -la que nos quieren vender-, y la que realmente merece la pena -aquella que podemos construir con nuestros pensamientos y con unas cuantas palabras-. Fuertes lo sabía y por eso se empeñó en que nos enteráramos lanzando poemas a los cuatro vientos. Y Teatro de Malta es depositario del bien más preciado que ella supo dar al mundo: su voz y su palabra. No queda otra cosa que proclamar nuestra alegría por esas palabras que nos saben tanto a Gloria.
martes, 12 de diciembre de 2017
Apuesta a ganador
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| Foto: @zuhmalheur |
Lo es porque sabe exponerse. En el mundo del arte es necesario ser un valiente, querer mostrarse aunque sea para equivocarse. No fue así en esta ocasión. Con Tic Tac Toe, el bailaor chiclanero trajo a las tablas del Teatro Moderno (después de presentarse el año pasado con Melómano) una idea para arraigarla en baile, en cante y toque esenciales, de amplio registro, de gran hondura y calado. Y lo hizo con la ayuda en la parte musical de Daniel Yagüe (guitarrista de raigambre, de toque atávico, que se hace notar sin casi percibirse su maestría) y con las voces serenas y sencillas de Desirée Paredes y Pablo Oliva: ella, sentimental y muy vivaz; él, grave y depositario de los cantes con más solera. Con este acompañamiento se construyó la historia de Tic Tac Toe, una coreografía barroca, conceptual, intensa y preciosista, que gusta de recrearse en detalles, en escorzos, un auténtico ejercicio de interpretacion y de caracterización del personaje del que Avecilla supo sacar todo el jugo.
Poseedor del toque magistral que muy pocos bailaores pueden demostrar ante el público, Juan Carlos quiso jugar con el respetable y con sus compañeros de escena. Sus gestos contaban una historia de felicidad, de ingenuidad, de sonrisa perpetua anclándose a los cantes y bailes más genuinos. Una auténtica clase para profanos en la materia ya que se recorrieron palos de muy diversa condición, pero también un divertimento de altura para aquellos entendidos en la materia. Del polvo que levantaban los pies de Juan Carlos del escenario surgían los ecos añejos de la soleá, la caña, el fandango, las alegrías y los tangos (cantes gaditanos que no pueden faltar y que levantaron al público en perfecta comunión con los artistas).
Jugamos a lo sencillo. Cuando éramos niños preferíamos la caja a lo que esta contenía. Cogíamos una tiza y trazábamos mundos imaginarios en el suelo. Con un amigo jugábamos al tres en raya y siempre queríamos ganar. Pero si no, no ocurría nada. Siempre había otra oportunidad, otro juego. Juan Carlos Avecilla nos invita a jugar, a ensoñar, a participar en un momento de felicidad a base del flamenco del que muchos hemos bebido. En este caso, Tic Tac Toe es saber que se apuesta siempre a ganador.
lunes, 11 de diciembre de 2017
El final es el comienzo
Las luces del Real Teatro de las Cortes se fueron apagando paulatinamente con el eco de los aplausos del público que llenó el histórico recinto en una sesión magnífica: la presentación del segundo disco de Random Thinking, Right here and now. Tan alta ocasión merecía tirar de épica, de sueños, de constancia, de mentalidad ganadora y los profesionales sobre el escenario pusieron toneladas de todo ello para impulsarnos hacia melodías de otro tiempo y otro lugar que sonaron cercanas, humanas. Sonaron a Aurora y a Ángel. Sonaron a dos hermanos con una idea y un proyecto común bien ideado y mejor elaborado. Random Thinking es sinónimo de éxito y lo corroboraron en Las Cortes con un show bien medido y trenzado con el que dejaron la impronta que solo quedan en las más elevadas ocasiones. A su favor también jugó el verse acompañado por un grupo de músicos eficientes, que sin grandes alharacas, supo arropar bien a los grandes protagonistas de la función.
Un largo y (a veces) tortuoso camino es el de la música. La farándula tiene estas cosas. Que es muy agradecida cuando suenan aplausos cercanos e insistentes pero muy dolorosa cuando te vas haciendo el camino. It's a long long road habla de eso. Es su primer single del nuevo disco. Es su canción fetiche y el concierto acabó con la épica de un tema pleno de matices rock y atemperado con la voz celestial de Aurora. Música en creciente ascenso, momento de gloria, éxtasis colectivo y la gente vitoreando y aplaudiendo. Es lo que merecen los Mesías de la música. Es la recompensa atribuida a un gran trabajo.
Los finales pletóricos son seña inequívoca de que antes el público se ha ido calentando con un puñado de canciones que en directo suenan bien ensambladas, perfectamente armónicas y lo suficientemente potentes. En acústico son un puntal. Saben defender a la perfección su repertorio, pero este nuevo disco de los isleños tiene grandes momentos para ser acompañados por una banda. Live to tell o Gonna take some faith suenan a gloria con la banda, aunque se agradecen los momentos íntimos, el mano a mano entre hermanos, acústica frente acústica, la voz desnuda de ella, el genio musical de él. El concierto tuvo su puente más cercano, más intimista con unos pocos temas (versión incluida del viejo blues de Robert Johnson, Malted milk) con el que quieren reivindicarse en esta parcela. Las parcelas intermedias del concierto en Las Cortes también sirvieron para echar un vistazo a ese primer disco con el que el mundo empezó a conocer a Random Thinking. Hubo recordatorios en forma de canciones como Shocked plant y Off season, entre otras.
Pero la noche pertenece a los amantes como aullaba Patti Smith. Los amantes de un sonido, el de Random Thinking que se ha vuelto más acerado, más centrado en sacar distintos matices sonoros a su música. Con Fear y We just don't really care, asomaron su parte más radical, su propuesta más innovadora por cuanto son temas complicados, plenos de experimentación. El segundo incluso, se quedó fuera del tracklist final del album. Fue una sorpresa su inclusión en el repertorio del show y también una pena que se quedara finalmente fuera del disco.
El concierto comenzaba tocando diversos palos. Desde el instrumental Distant hearts, pequeña perla sumida en la belleza hasta una primera aproximación a It's a long long road pasando por la calidez vocal y sonora de Southern blood, uno de los temas más redondos de este disco, pieza que es una prueba de la madurez del sonido de la banda isleña.
Y hemos llegado al final que es principio. El final como comienzo. Random Thinking ponen un punto y seguido con este concierto en su tierra. Es ahora cuando comienza todo. Cuando Right here and now va a empezar a rodar por toda la geografía nacional (¿para cuándo el salto a otros escenarios allende nuestras fronteras?). Es ahora cuando Aurora y Ángel tienen en su mano la posibilidad de ser únicos en su especie. Aquí y ahora. Es el momento de comenzar. Es el momento de Random Thinking.
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| Foto: @zuhmalheur |
Los finales pletóricos son seña inequívoca de que antes el público se ha ido calentando con un puñado de canciones que en directo suenan bien ensambladas, perfectamente armónicas y lo suficientemente potentes. En acústico son un puntal. Saben defender a la perfección su repertorio, pero este nuevo disco de los isleños tiene grandes momentos para ser acompañados por una banda. Live to tell o Gonna take some faith suenan a gloria con la banda, aunque se agradecen los momentos íntimos, el mano a mano entre hermanos, acústica frente acústica, la voz desnuda de ella, el genio musical de él. El concierto tuvo su puente más cercano, más intimista con unos pocos temas (versión incluida del viejo blues de Robert Johnson, Malted milk) con el que quieren reivindicarse en esta parcela. Las parcelas intermedias del concierto en Las Cortes también sirvieron para echar un vistazo a ese primer disco con el que el mundo empezó a conocer a Random Thinking. Hubo recordatorios en forma de canciones como Shocked plant y Off season, entre otras.
Pero la noche pertenece a los amantes como aullaba Patti Smith. Los amantes de un sonido, el de Random Thinking que se ha vuelto más acerado, más centrado en sacar distintos matices sonoros a su música. Con Fear y We just don't really care, asomaron su parte más radical, su propuesta más innovadora por cuanto son temas complicados, plenos de experimentación. El segundo incluso, se quedó fuera del tracklist final del album. Fue una sorpresa su inclusión en el repertorio del show y también una pena que se quedara finalmente fuera del disco.
El concierto comenzaba tocando diversos palos. Desde el instrumental Distant hearts, pequeña perla sumida en la belleza hasta una primera aproximación a It's a long long road pasando por la calidez vocal y sonora de Southern blood, uno de los temas más redondos de este disco, pieza que es una prueba de la madurez del sonido de la banda isleña.
Y hemos llegado al final que es principio. El final como comienzo. Random Thinking ponen un punto y seguido con este concierto en su tierra. Es ahora cuando comienza todo. Cuando Right here and now va a empezar a rodar por toda la geografía nacional (¿para cuándo el salto a otros escenarios allende nuestras fronteras?). Es ahora cuando Aurora y Ángel tienen en su mano la posibilidad de ser únicos en su especie. Aquí y ahora. Es el momento de comenzar. Es el momento de Random Thinking.
domingo, 10 de diciembre de 2017
Shuarma o el equilibrio posible
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| Foto: @zuhmalheur |
En un concierto muy uniforme, sin grandes alharacas, sin demasiados aspavientos y sin alardes de ningún tipo, Shuarma quiso pasar la noche bajo la luna gaditana contando historias de cada número musical, con momentos de gran emoción cuando revisita temas de amigos como Julio Numhauser (autor de Todo cambia), Antonio Vega o Bowie y alternando con aproximaciones a su personalísima trayectoria. Las versiones de Shuarma son suyas, propias, diferentes, personales. Son las características que debe tener una buena cover, porque si suenan igual que las originales, ¿para qué quedarse con la copia?
De su propia cosecha, resonaron plenas de contundencia canciones como Tú, Rompe el espejo, Virgen de Guadalupe o Lo que queramos creer para ir acabando con Otra ráfaga de luz, que sonó apabullante a la guitarra. Pruebas fehacientes de que aunque corta, la carrera de Shuarma se aleja de convencionalismos y de territorios fáciles sobre los que transitar. Hay riesgo, hay compromiso con sus sones. Sones que nos aproximan a una persona que nos regaló un par de horas de su vida para que encontráramos el equilibrio posible. Alguien que nos ofertó un puñado de temas en los que encontramos confort, refugio, paz. Nada más que eso, amigos.
sábado, 9 de diciembre de 2017
La lógica sonora de Random Thinking
Después del primero viene el segundo y tras algo bueno tiene que venir, por lógica, algo mejor. Lo dicta la lógica. Ese es el resumen apresurado de la aparición en el mercado del segundo disco de Random Thinking, el nombre tras el que emergen las figuras de Aurora y Ángel, hermanos ellos procedentes de la Isla de León y que tras sorprender con su primer largo en 2014, ahora confirman lo allí apuntado con una continuación que lleva por título Right here and now.
Es este un disco pleno de lógica. Fieles a un sonido polivalente, lleno de matices, rico en capas, Random Thinking aplica el sentido común a este trabajo grabado en PKO Studios bajo el amparo de Caco Refojo. Producción esmerada a cargo de Aurora y Ángel y un sonido limpio, marcado, hecho así para que el oyente descubra la calidez de la voz de ella y los contrastes sonoros de él. En esa lógica se mueve el disco: lo ya esbozado en un primer disco que sorprendió a propios y extraños, se magnifica, se amplifica y crece de forma exponencial en este segundo paso en la firme carrera de la banda isleña.
La lógica también dicta que, aunque la experimentación sea buena, sentar las bases del éxito en lo que ya conoces es la receta adecuada. Random Thinking bucea en sus influencias musicales y se liberan de etiquetas y corsés para ofrecernos un disco de amplios registros. Desde potentes números donde vence el rock como It's a long long road, hasta momentos intimistas e instrumentales como Borli, que cierra el disco o Distant hearts con un mero esbozo vocal tan sólo acompañando a una preciosa composición sonora. Tenemos motivos también para sonreir por la versatilidad vocal de Aurora que se trasmuta en cada tema como demuestra en la canción que da título al disco y en la que recuerda a una juvenil Chrissie Hynde o en Gonna take some faith, hermoso tema donde los instrumentos de cuerda predominan y donde encontramos reminiscencias de la cálida voz de Stevie Nicks. Casi nada. Pero no, no es gratuito nuestro alborozo por descubrirles una de las mejores voces de la música popular de este país.
Este segundo album de los isleños marca una nueva pauta. Ángel ha sacado lo mejor de sí y da una auténtica lección en los arreglos y la instrumentación que, capa tras capa, muestra una construcción musical primorosa. Si Phil Spector tenía su Muro de Sonido, Random Thinking ha sabido edificar un puñado de buenas canciones desde unos cimientos acústicos hasta elevarlas a monumentos sonoros.
Y sí, suenan a América. Suenan a blues, a southern, a free jazz, a rock y a pop, a folk y a honky tonk bar. Y se atreven a ponérselo a ellos mismos más difíciles sacando adelante temas que suenan con un ensamblaje perfecto: Southern blood con esas maravillosas líneas de saxo o Quite sickening, donde arreglos, composición y voz se solapan, juguetean y nos llevan al gozo.
Right here and now es un disco para degustar, para escuchar varias veces (del tirón, porque es adictivo) y es por encima de todo, la constatación de la lógica de una carrera que auguramos plena de éxitos para Random Thinking.
Es este un disco pleno de lógica. Fieles a un sonido polivalente, lleno de matices, rico en capas, Random Thinking aplica el sentido común a este trabajo grabado en PKO Studios bajo el amparo de Caco Refojo. Producción esmerada a cargo de Aurora y Ángel y un sonido limpio, marcado, hecho así para que el oyente descubra la calidez de la voz de ella y los contrastes sonoros de él. En esa lógica se mueve el disco: lo ya esbozado en un primer disco que sorprendió a propios y extraños, se magnifica, se amplifica y crece de forma exponencial en este segundo paso en la firme carrera de la banda isleña.
La lógica también dicta que, aunque la experimentación sea buena, sentar las bases del éxito en lo que ya conoces es la receta adecuada. Random Thinking bucea en sus influencias musicales y se liberan de etiquetas y corsés para ofrecernos un disco de amplios registros. Desde potentes números donde vence el rock como It's a long long road, hasta momentos intimistas e instrumentales como Borli, que cierra el disco o Distant hearts con un mero esbozo vocal tan sólo acompañando a una preciosa composición sonora. Tenemos motivos también para sonreir por la versatilidad vocal de Aurora que se trasmuta en cada tema como demuestra en la canción que da título al disco y en la que recuerda a una juvenil Chrissie Hynde o en Gonna take some faith, hermoso tema donde los instrumentos de cuerda predominan y donde encontramos reminiscencias de la cálida voz de Stevie Nicks. Casi nada. Pero no, no es gratuito nuestro alborozo por descubrirles una de las mejores voces de la música popular de este país.
Este segundo album de los isleños marca una nueva pauta. Ángel ha sacado lo mejor de sí y da una auténtica lección en los arreglos y la instrumentación que, capa tras capa, muestra una construcción musical primorosa. Si Phil Spector tenía su Muro de Sonido, Random Thinking ha sabido edificar un puñado de buenas canciones desde unos cimientos acústicos hasta elevarlas a monumentos sonoros.
Y sí, suenan a América. Suenan a blues, a southern, a free jazz, a rock y a pop, a folk y a honky tonk bar. Y se atreven a ponérselo a ellos mismos más difíciles sacando adelante temas que suenan con un ensamblaje perfecto: Southern blood con esas maravillosas líneas de saxo o Quite sickening, donde arreglos, composición y voz se solapan, juguetean y nos llevan al gozo.
Right here and now es un disco para degustar, para escuchar varias veces (del tirón, porque es adictivo) y es por encima de todo, la constatación de la lógica de una carrera que auguramos plena de éxitos para Random Thinking.
lunes, 30 de octubre de 2017
Oro, incienso y Scalextric
Llegó el rey Melchor a depositar a los pies del pesebre oro, regalo propio de la realeza con el que se honra a quien soñará algún día con poseer la grandeza del poderoso...
Oro puro en forma de humor. ¿Qué más quieren ustedes? En tiempos de zozobra, tiempos tenebrosos en los que vivimos, refugiémonos en dos cosas fundamentales: el pecado (capital, venial o lo que ustedes quieran) y la risa, antídoto felicísimo para la idiocia que hoy campa a sus anchas por este mundo que Dios padre ha dejado como un secarral. Oro puro lo que nos regaló Manu Sánchez con El último santo, la transfiguración del cuerpo del hombre en actor, en dominador de la escena y de los tempos narrativos. El que obró el milagro de convertir un monólogo en una inteligente sátira de la religión, de la fe ciega y de todo lo malo (es que tenemos mucho, oiga) que tiene el ser humano en su discurrir por este planeta. Oro puro el de un humorista, un payaso que desde el minuto uno sabe cómo meterse al respetable en el bolsillo a base de carisma a raudales, interacción y empatía. Manu sabe qué es lo que le gusta al público y lo da en cantidades industriales. ¡Que no se cansa el tío! ¡Dos horas y cuarto encima del escenario! Y ni un gallo le salió al malaje. Qué asco, qué envidia (sana) le tengo. Ora pro nobis.
En esas estábamos cuando vimos aparecer al segundo de los magos procedente de Oriente. La barba roja y rala nos hizo adivinar que se trataba del bueno de Gaspar, que vino a ofrecer al niño una cantidad interesante de incienso, esencia que denota majestuosidad...
Grande y majestuoso en todos los sentidos fue el espectáculo que nos mostró Manu Sánchez en el Teatro Moderno de Chiclana. Su sentido del espectáculo denota un conocimiento especial de lo que un montaje de estas características tiene que mostrar. Su presencia única en escena hace que la música, la iluminación, la ambientación, tengan que arropar al artista. Pero háganme caso, Sánchez ha demostrado en sobradas ocasiones que a pelo es un comunicador bestial, un tipo que tira por atajos para conseguir su objetivo: la risa. Y lo consigue con un humor fácil -que no facilón-, subyugante porque todos caemos en la cuenta que la diatriba de Manu es conocida pero nos encanta vernos reflejados en esos espejos deformados que el artista sevillano nos pone delante nuestra. Y dentro de ese humor, se va destilando la crítica, atemperada y de bajo nivel en algunos momentos, provocativa en otros, siempre necesaria. En el ambiente huele a esencias, huele a incienso, como en una mañana fresquita de Domingo de Ramos, pero sin capillitas por la calle que a veces son mu pesaos. El señor es mi pastor, nada me falta.
Se nos estaba haciendo ya tarde (y estábamos sin comer ni ná), cuando se nos presentó ante nosotros el magnánimo Baltasar, venido de lejanas tierras africanas... aunque el pobre dio un rodeito bueno. Se postró ante la criatura y dejó colocado a sus pies... mirra no, ¡un Scalextric! Como bien diría la madre de Brian (en La vida de Brian, claro): ¿Eso de la mirra qué es?...
Aún no sabemos qué es la mirra pero sí qué es un Scalextric. Y ciertamente, para la diversión de chicos y grandes, jugar con un circuito de carreras es mejor. Por un circuito sinuoso, furibundo, con más ritmo que el Sarandonga de Lolita nos llevó Manu Sánchez en El último santo. Una obra impecable desde el punto de vista narrativo aunque hay que decir una verdad sagrada: Manu lo tiene fácil. Las religiones, en especial el cristianismo, ya te da los guiones escritos y luego el humorista puede escoger donde quiera para poder hacer el humor y a través de él, provocar la risa en el público. En este montaje, los tópicos no suenan rancios, porque al costumbrismo, Manu Sánchez sabe sumar un magnifico conocimiento del material de partida. Creo sinceramente que nadie puede sentirse ofendido (hablo de los creyentes) con una obra así, pero ¿no es el humor una obra divina? ¿No está hecho el humor para poder subvertir el orden imperante y criticarlo? No reirse es pecado, pero de los malos. Pero aún vendrá algún demonio que quiera buscarle tres pies al gato y criticar a El último santo como una obra ofensiva. Pobres diablos. ¡Ay Manu! ¿Por qué nos has abandonado?
Oro, incienso y un Scalextric se llevó el niño, que más contento que unas pascuas, nunca supo lo que el ser humano (el verdadero demonio de este mundo) le tenía reservado. Cruel destino, pero ante ello y antes de que llegue el tan anhelado Apocalipsis, riámonos joé, que de momento es gratis. ¡Qué barbaridad chiquillo!
Foto: @zuhmalheur
Oro puro en forma de humor. ¿Qué más quieren ustedes? En tiempos de zozobra, tiempos tenebrosos en los que vivimos, refugiémonos en dos cosas fundamentales: el pecado (capital, venial o lo que ustedes quieran) y la risa, antídoto felicísimo para la idiocia que hoy campa a sus anchas por este mundo que Dios padre ha dejado como un secarral. Oro puro lo que nos regaló Manu Sánchez con El último santo, la transfiguración del cuerpo del hombre en actor, en dominador de la escena y de los tempos narrativos. El que obró el milagro de convertir un monólogo en una inteligente sátira de la religión, de la fe ciega y de todo lo malo (es que tenemos mucho, oiga) que tiene el ser humano en su discurrir por este planeta. Oro puro el de un humorista, un payaso que desde el minuto uno sabe cómo meterse al respetable en el bolsillo a base de carisma a raudales, interacción y empatía. Manu sabe qué es lo que le gusta al público y lo da en cantidades industriales. ¡Que no se cansa el tío! ¡Dos horas y cuarto encima del escenario! Y ni un gallo le salió al malaje. Qué asco, qué envidia (sana) le tengo. Ora pro nobis.
En esas estábamos cuando vimos aparecer al segundo de los magos procedente de Oriente. La barba roja y rala nos hizo adivinar que se trataba del bueno de Gaspar, que vino a ofrecer al niño una cantidad interesante de incienso, esencia que denota majestuosidad...
Grande y majestuoso en todos los sentidos fue el espectáculo que nos mostró Manu Sánchez en el Teatro Moderno de Chiclana. Su sentido del espectáculo denota un conocimiento especial de lo que un montaje de estas características tiene que mostrar. Su presencia única en escena hace que la música, la iluminación, la ambientación, tengan que arropar al artista. Pero háganme caso, Sánchez ha demostrado en sobradas ocasiones que a pelo es un comunicador bestial, un tipo que tira por atajos para conseguir su objetivo: la risa. Y lo consigue con un humor fácil -que no facilón-, subyugante porque todos caemos en la cuenta que la diatriba de Manu es conocida pero nos encanta vernos reflejados en esos espejos deformados que el artista sevillano nos pone delante nuestra. Y dentro de ese humor, se va destilando la crítica, atemperada y de bajo nivel en algunos momentos, provocativa en otros, siempre necesaria. En el ambiente huele a esencias, huele a incienso, como en una mañana fresquita de Domingo de Ramos, pero sin capillitas por la calle que a veces son mu pesaos. El señor es mi pastor, nada me falta.
Se nos estaba haciendo ya tarde (y estábamos sin comer ni ná), cuando se nos presentó ante nosotros el magnánimo Baltasar, venido de lejanas tierras africanas... aunque el pobre dio un rodeito bueno. Se postró ante la criatura y dejó colocado a sus pies... mirra no, ¡un Scalextric! Como bien diría la madre de Brian (en La vida de Brian, claro): ¿Eso de la mirra qué es?...
Aún no sabemos qué es la mirra pero sí qué es un Scalextric. Y ciertamente, para la diversión de chicos y grandes, jugar con un circuito de carreras es mejor. Por un circuito sinuoso, furibundo, con más ritmo que el Sarandonga de Lolita nos llevó Manu Sánchez en El último santo. Una obra impecable desde el punto de vista narrativo aunque hay que decir una verdad sagrada: Manu lo tiene fácil. Las religiones, en especial el cristianismo, ya te da los guiones escritos y luego el humorista puede escoger donde quiera para poder hacer el humor y a través de él, provocar la risa en el público. En este montaje, los tópicos no suenan rancios, porque al costumbrismo, Manu Sánchez sabe sumar un magnifico conocimiento del material de partida. Creo sinceramente que nadie puede sentirse ofendido (hablo de los creyentes) con una obra así, pero ¿no es el humor una obra divina? ¿No está hecho el humor para poder subvertir el orden imperante y criticarlo? No reirse es pecado, pero de los malos. Pero aún vendrá algún demonio que quiera buscarle tres pies al gato y criticar a El último santo como una obra ofensiva. Pobres diablos. ¡Ay Manu! ¿Por qué nos has abandonado?
Oro, incienso y un Scalextric se llevó el niño, que más contento que unas pascuas, nunca supo lo que el ser humano (el verdadero demonio de este mundo) le tenía reservado. Cruel destino, pero ante ello y antes de que llegue el tan anhelado Apocalipsis, riámonos joé, que de momento es gratis. ¡Qué barbaridad chiquillo!
Foto: @zuhmalheur
jueves, 9 de marzo de 2017
Dos x 1
El tiempo. Bueno, la falta de él. Precisamente eso es lo que hace que hoy tengamos dos crónicas al precio de una. Y no es que me guste especialmente comprimir en un único escrito lo que he podido disfrutar de dos actuaciones distintas, pero oiga, ya lo decía Pink Floyd en Time...
Y cómo uno no es de perder el tiempo de forma indecorosa he decidido hablarlesal mismo tiempo, del tiempo, de sus usos, medidas, costumbres y aprovechamientos puesto que de tiempo va la cosa que a continuación les narro en este dos por uno especial. No sé si ustedes lo han pillado aún.
DON QUIJOTE EN LA PATERA. Vídeo Promocional. Teatro Clásico de Sevilla from TEATRO CLASICO DE SEVILLA on Vimeo.
El tiempo discurre. Pasa con alboroto cuando en una cascarita de nuez, el héroe, acompañado de su fiel compañero, ve pasar la vida. El entorno es agreste, desconocido y los visitantes también lo serán para el ilustre hidalgo desprovisto de su rocín y embarcado en una patera que surca mares ignotos. El tiempo pasa para algunos, pero no para todos pasa igual. Algunos lo viven bien, despreocupados de problemas. Otros necesitan una mano amiga que les socorra puesto que bien bien, no están bien. Ahí están tanto Don Quijote como Sancho (magníficos Javier Berger y Juanfra Juárez), prestos a capear el temporal si las aguas no andan mansas. Por esos mares, donde tiene lugar Don Quijote en la patera (producción de Teatro Clásico de Sevilla) pululan personajes variopintos cabalgando el léxico y los pasajes cervantinos que funden a la perfección con el humor y la denuncia social al vaivén de la patera. Javier Centeno se transmuta en el cangrejo Salustiano, en Mohammed el moro que te vende a tu madre y otros caracteres más que plasman realidades divertidas a los ojos de un niño y brutales a los del adulto. Todo se transmuta con suavidad y humor. Ahí está la pluma templada y a la vez certera de Alfonso Zurro, autor del texto sobre el que Antonio Campos ha construido una fábula de rabiosa actualidad y de necesaria revisión. El medio ambiente, la crisis de refugiados, el miedo a "lo otro", el derribar muros simbólicos... Todo está ahí, reducido a una hora de montaje vivo, fresco, divertido y esencial para comprendernos a nosotros mismos. Ay, don Miguel, ay Cervantes, ¡cuánto te seguimos debiendo!
El tiempo también pasa en la siguiente propuesta que vimos en escaso margen de días. Por cierto, hago un inciso para volver a reclamar soluciones en el Teatro Moderno. Muy poca gente en la representación de La grieta, entre animales salvajes, alabado y premiado texto de Gracia Morales y Juan Alberto Salvatierra, que concitó el interés de muy escaso público a pesar de lo interesante de la propuesta. Que los gestores de la cultura chiclanera le den unas cuantas vueltas. Tiempo no tienen...
Tiempo angosto, duro, afilado, del que corta la respiración. La grieta, entre animales salvajes, nos presenta una acción parcelada, acotada y preñada de flashbacks para hablarnos de segundas oportunidades. Porque los instintos llevan al ser humano a cometer imbecilidades pero si hubiese una nueva oportunidad de redimirnos, las circunstancias podrían ser distintas. Nuevo planteamiento, nueva vida, nuevo tiempo. A modo de deus ex machina, los autores llevan a los protagonistas hasta situaciones límite para reconducirlos por una nueva senda, donde el tiempo les da nuevas herramientas. Lo aterrador de todo es que el ser humano es tan ignorante, tan imbécil que siempre vemos latente que el hombre sigue siendo un lobo para el hombre. Quizás el hombre es el animal salvaje.
Potente puesta en escena la de Remiendo Teatro en este texto dirigido por Julio Fraga y con las solventes interpretaciones de Larisa Ramos, Antonio Ramos y Piñaki Gómez. Una pieza donde precisamente los tres baluartes actorales son los pilares sobre los que se soporta la tensión, el drama latente y los miedos a los que todos estamos sometidos como puros animales. Lo que en realidad somos.
Viendo pasar los momentos
que componen un día monótono
desperdicias y consumes las horas
de un modo indecoroso...
Y cómo uno no es de perder el tiempo de forma indecorosa he decidido hablarlesal mismo tiempo, del tiempo, de sus usos, medidas, costumbres y aprovechamientos puesto que de tiempo va la cosa que a continuación les narro en este dos por uno especial. No sé si ustedes lo han pillado aún.
DON QUIJOTE EN LA PATERA. Vídeo Promocional. Teatro Clásico de Sevilla from TEATRO CLASICO DE SEVILLA on Vimeo.
El tiempo discurre. Pasa con alboroto cuando en una cascarita de nuez, el héroe, acompañado de su fiel compañero, ve pasar la vida. El entorno es agreste, desconocido y los visitantes también lo serán para el ilustre hidalgo desprovisto de su rocín y embarcado en una patera que surca mares ignotos. El tiempo pasa para algunos, pero no para todos pasa igual. Algunos lo viven bien, despreocupados de problemas. Otros necesitan una mano amiga que les socorra puesto que bien bien, no están bien. Ahí están tanto Don Quijote como Sancho (magníficos Javier Berger y Juanfra Juárez), prestos a capear el temporal si las aguas no andan mansas. Por esos mares, donde tiene lugar Don Quijote en la patera (producción de Teatro Clásico de Sevilla) pululan personajes variopintos cabalgando el léxico y los pasajes cervantinos que funden a la perfección con el humor y la denuncia social al vaivén de la patera. Javier Centeno se transmuta en el cangrejo Salustiano, en Mohammed el moro que te vende a tu madre y otros caracteres más que plasman realidades divertidas a los ojos de un niño y brutales a los del adulto. Todo se transmuta con suavidad y humor. Ahí está la pluma templada y a la vez certera de Alfonso Zurro, autor del texto sobre el que Antonio Campos ha construido una fábula de rabiosa actualidad y de necesaria revisión. El medio ambiente, la crisis de refugiados, el miedo a "lo otro", el derribar muros simbólicos... Todo está ahí, reducido a una hora de montaje vivo, fresco, divertido y esencial para comprendernos a nosotros mismos. Ay, don Miguel, ay Cervantes, ¡cuánto te seguimos debiendo!
El tiempo también pasa en la siguiente propuesta que vimos en escaso margen de días. Por cierto, hago un inciso para volver a reclamar soluciones en el Teatro Moderno. Muy poca gente en la representación de La grieta, entre animales salvajes, alabado y premiado texto de Gracia Morales y Juan Alberto Salvatierra, que concitó el interés de muy escaso público a pesar de lo interesante de la propuesta. Que los gestores de la cultura chiclanera le den unas cuantas vueltas. Tiempo no tienen...
Tiempo angosto, duro, afilado, del que corta la respiración. La grieta, entre animales salvajes, nos presenta una acción parcelada, acotada y preñada de flashbacks para hablarnos de segundas oportunidades. Porque los instintos llevan al ser humano a cometer imbecilidades pero si hubiese una nueva oportunidad de redimirnos, las circunstancias podrían ser distintas. Nuevo planteamiento, nueva vida, nuevo tiempo. A modo de deus ex machina, los autores llevan a los protagonistas hasta situaciones límite para reconducirlos por una nueva senda, donde el tiempo les da nuevas herramientas. Lo aterrador de todo es que el ser humano es tan ignorante, tan imbécil que siempre vemos latente que el hombre sigue siendo un lobo para el hombre. Quizás el hombre es el animal salvaje.
Potente puesta en escena la de Remiendo Teatro en este texto dirigido por Julio Fraga y con las solventes interpretaciones de Larisa Ramos, Antonio Ramos y Piñaki Gómez. Una pieza donde precisamente los tres baluartes actorales son los pilares sobre los que se soporta la tensión, el drama latente y los miedos a los que todos estamos sometidos como puros animales. Lo que en realidad somos.
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| (Foto: Pablo MaBe). |
lunes, 10 de octubre de 2016
Perdónanos nuestra inocencia
Marat/Sade es una obra peligrosa para nuestra sociedad... Vaya usted a verla.
Marat/Sade es una obra que debería estar perseguida, censurada y prohibida... Si se asusta al pensar de forma libre. Vaya usted a verla.
Marat/Sade es la constatación de que vivimos en la más absoluta indigencia moral ya que las palabras e ideas de hace 200 años pueden ser extrapoladas punto por punto a la actual situación social y política en la que vivimos. Vaya usted a verla.
Hay cierta provocación en las ideas, modos y discursos de Jean Paul Marat, aquel jacobino que murió desangrado en su bañera presa de los brillos mortales que empuñaba Charlotte Corday. Provocación a ojos de los profetas de lo políticamente correcto. Verdad a quien se ose a quitarse la venda de los ojos. Y Marat/Sade solo es la correa de transmisión de esas ideas, apuntaladas por unos personajes, unos locos más cuerdos que los que está fuera del sanatorio de Charenton. Y es que aunque nunca olvidamos en este clásico de Peter Weiss que nos encontramos delante de una representación teatral dentro de otra representación teatral (deudora del teatro de la convención consciente de Meyerhold, aunque en el texto de Weiss se va un paso más allá puesto que vemos a actores haciendo de actores), la sensación de dèja vú es constante. Sabemos que lo que nos cuentan los locos dirigidos por Sade es algo que nos suena y no precisamente por sabernos de pe a pa la vida de Marat y de la Revolución Francesa. Sabemos que las disquisiciones sobre la libertad del individuo, el rechazo al Absolutismo (personificado en la monarquía borbónica), la separación de poderes y la protección de las clases populares ante su indefensión social y económica, son temáticas de moda hace doscientos años... pero también hoy. Lo fueron también hace medio siglo cuando Weiss dio forma a este vodevil que Atalaya ha dotado de frescura, ingenio, atrevimiento y un absoluto dominio de los recursos escénicos por parte de los actores, que ayudan a dar fluidez a un texto cortante, fluido y dinámico.
Atalaya da una muestra más de su maestría con un conjunto en el que nada chirría. Desde unos actores que toman pizcas del teatro épico de Brecht y de la biomecánica de Meyerhold pasando por su simbiosis con una escenografía lograda a base de telas blancas que dan volumen y geometría a un escenario envuelto en sombras y claroscuros que fortalecen el mensaje frío en ocasiones, apasionado en otras, de personajes que están al límite: unos por su cuerda locura, otros por su claridad mental que les conduce irremisiblemente a la perdición (ahí están esos Marat y Corday, llenos de dudas ante su futuro, mientras los enfermos son los que más anclados a la realidad están).
Y volvemos a la idea inicial. No dudamos de la necesidad de textos como Marat/Sade. Obra política (huyendo de su acepción como modo de representación y sí como compromiso ciudadano con su realidad), el texto de Weiss tristemente, seguirá siendo un referente de todo lo que debemos reflexionar sobre esa indigencia moral que nos aflige. O eso, o mejor volverse rematadamente locos. Tanto que veamos la realidad con meridiana lucidez.
Marat/Sade es una obra que debería estar perseguida, censurada y prohibida... Si se asusta al pensar de forma libre. Vaya usted a verla.
Marat/Sade es la constatación de que vivimos en la más absoluta indigencia moral ya que las palabras e ideas de hace 200 años pueden ser extrapoladas punto por punto a la actual situación social y política en la que vivimos. Vaya usted a verla.
| (Foto: Paco López). |
Atalaya da una muestra más de su maestría con un conjunto en el que nada chirría. Desde unos actores que toman pizcas del teatro épico de Brecht y de la biomecánica de Meyerhold pasando por su simbiosis con una escenografía lograda a base de telas blancas que dan volumen y geometría a un escenario envuelto en sombras y claroscuros que fortalecen el mensaje frío en ocasiones, apasionado en otras, de personajes que están al límite: unos por su cuerda locura, otros por su claridad mental que les conduce irremisiblemente a la perdición (ahí están esos Marat y Corday, llenos de dudas ante su futuro, mientras los enfermos son los que más anclados a la realidad están).
Y volvemos a la idea inicial. No dudamos de la necesidad de textos como Marat/Sade. Obra política (huyendo de su acepción como modo de representación y sí como compromiso ciudadano con su realidad), el texto de Weiss tristemente, seguirá siendo un referente de todo lo que debemos reflexionar sobre esa indigencia moral que nos aflige. O eso, o mejor volverse rematadamente locos. Tanto que veamos la realidad con meridiana lucidez.
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