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viernes, 18 de agosto de 2017
Barcelona
No hay insensatez mayor que matar por algo que no existe...
Pero el ser humano es así de cruel con sus congéneres. Barcelona se levantará mañana triste pero con ganas de seguir adelante. Es lo único que nos queda. Eso y confiar en que en algún momento, el ser humano se de cuenta de lo hijo de puta que puede llegar a ser.
Ánimo Barcelona, para mi sigues siendo la gitana hechicera que nos tiene encandilados desde siempre. Te queremos. T'estimem.
martes, 15 de marzo de 2016
¡Por Cthulhu!
Por Cthulhu, lean a Lovecraft, que ya lo dijo Houellebecq y yo me veo reflejado en ello:
"Yo descubrí a H.P.L. a los dieciséis años gracias a un amigo. Como impacto, fue de los fuertes. No sabía que la literatura podía hacer eso. Y, además, todavía no estoy seguro de que pueda. Hay algo en Lovecraft que no es del todo literario".
H.P. Lovecraft murió tal día como hoy de hace 79 años.
"Yo descubrí a H.P.L. a los dieciséis años gracias a un amigo. Como impacto, fue de los fuertes. No sabía que la literatura podía hacer eso. Y, además, todavía no estoy seguro de que pueda. Hay algo en Lovecraft que no es del todo literario".
H.P. Lovecraft murió tal día como hoy de hace 79 años.
sábado, 14 de noviembre de 2015
viernes, 12 de junio de 2015
viernes, 3 de abril de 2015
jueves, 12 de febrero de 2015
No es otra película de terror
Hartos de sustos previstos con sus bandas sonoras manidas que acompañan cada sobresalto, de sangre fácil (y precisamente, no la de los hermanos Coen), de ouijas, monstruos desabridos, de slasher sin gracia ni concierto, se agradece una nueva vuelta de tuerca a los entresijos de los terrores que acechan escondidos en la mente humana. Terror cotidiano, cuasi invisible, pero desconcertante. Es lo que nos trae Babadook, película australiana de Jennifer Kent, que fue la agradable sorpresa del último Festival de Sitges.
Una madre con el trauma de haber perdido a su esposo, con un hijo al que no desea haber parido y que es un auténtico incordio, y con crecientes y severos problemas emocionales a causa de tal combinación. Con esos escasos recursos, Kent plantea un acercamiento a lo que precisamente no conocemos: la mente humana. Tan cercana y tan desconocida, que es precisamente lo que más nos aterra. Tomando un poco de El resplandor, un tanto de Misery, una pizca de El inquilino o Repulsión (ambas de Polanski), el film de Kent nos habla de los terrores cotidianos, de los traumas psicológicos, a través de un monstruo inventado que tiene su trasfondo de realidad. Es fantástico el trabajo de Essie Davis, como esa madre que se encierra en el mundo al que su hijo la lleva de la mano. Su transformación no desmerece a la de Jack Nicholson en El resplandor. Y lo peor de todo (¿o lo mejor?), es que nosotros la acompañamos de la mano hacia esa caída en las tinieblas.
Babadook decepcionará a quien espera una película de terror al uso, porque aunque hay sustos, lo que más asusta es esa madre en pleno viaje hacia el pozo de la locura. También asusta (mucho) ese niño realmente hostiable (gran trabajo del pequeño, todo hay que decirlo), pero el monstruo, no. El Babadook atemoriza, nos carga de suspense la atmósfera (apreciable diseño de producción), pero no vemos sangre, ni vísceras, ni manos en los ojos de los espectadores tratando de alejarse del horror de la pantalla. Quizás es que el márketing vendió una cosa y la obra de Kent da otra. Francamente, me quedo con lo segundo. Por primera vez en años, salí satisfecho de ver una “peli de miedo”, que no es tal, pero que sí acojona.
lunes, 12 de enero de 2015
Homo nesciens
El miedo. Todo fue por el miedo. Prometeo, al ver que el hombre estaba desprovisto e indefenso, robó a Zeus el fuego, que posibilitaría la habilidad técnica al ser humano para avanzar sobre los animales. Zeus, temiendo que los progresos del hombre fueran más allá de lo aconsejable para su posición como dios regente del Olimpo, montó en cólera y les otorgó un regalo envenenado. La alegre Pandora, portadora de una jarra llena de males. Males que afligen al hombre. El miedo a lo desconocido, como generador de cambios.
La insatisfecha curiosidad de los primeros filósofos en aquella Grecia clásica hizo que prosperara un conocimiento racional, sistemático y crítico. La filosofía daría la explicación que el mito proponía, pero de forma injustificada. Caería el miedo. Se alzaría la razón y la luz.
Los romanos tomaron de los griegos tantas cosas... Incluso el modelo de religión politeísta. Aunque la filosofía en Roma también trató de comprender de un modo racional la realidad, el panteón ganaba. La amenaza de una nueva religión que explicaba las cosas atemorizaba a los emperadores portadores del derecho divino por nacimiento. El miedo al nuevo y desconocido credo surgido en la veneración de un tal Jesús provocó matanzas y persecuciones. Las sombras volvían a aparecer.
Divisando el tiempo desde una posición de preeminencia, los cristianos querían arrinconar a los infieles musulmanes a recónditos parajes. El objetivo: liberar Tierra Santa; el medio: las Cruzadas. Todo en nombre de la cruz. Sangre y fuego, muerte y horror en honor a la verdadera religión. Ni rastro de la luz ni de la razón.
"¡Herejes! Van contra la verdad de Cristo. ¡Quemadlos!". La Inquisición puso de su parte. Vuelve el miedo a ganarle la partida a la razón. Más sombras.
A Mahoma no se le puede representar iconográficamente. Un dibujante piensa que la religión no es tan importante porque su función explicadora de la realidad ya la cumplen la filosofía y la ciencia. Creer en lo intangible es algo personal, pero podemos criticarlo. Dibuja a Mahoma, satiriza, hace humor. Libertad de expresión. Unos terroristas, cegados por la luz divina, matan en nombre de Mahoma. "Él dibujó antes", señala con su AK-47 aún humeante los cadáveres de los infieles. "Imponemos el miedo como verdad absoluta", añade.
Tengo miedo a que el hombre siga pensando en que una propia invención puede dirigir sus vidas. A veces pienso que la evolución ha dado de sí y tenemos ante nosotros una nueva especie: el Homo Nesciens. En eso sí que creo a pie juntillas.
La insatisfecha curiosidad de los primeros filósofos en aquella Grecia clásica hizo que prosperara un conocimiento racional, sistemático y crítico. La filosofía daría la explicación que el mito proponía, pero de forma injustificada. Caería el miedo. Se alzaría la razón y la luz.
Los romanos tomaron de los griegos tantas cosas... Incluso el modelo de religión politeísta. Aunque la filosofía en Roma también trató de comprender de un modo racional la realidad, el panteón ganaba. La amenaza de una nueva religión que explicaba las cosas atemorizaba a los emperadores portadores del derecho divino por nacimiento. El miedo al nuevo y desconocido credo surgido en la veneración de un tal Jesús provocó matanzas y persecuciones. Las sombras volvían a aparecer.
Divisando el tiempo desde una posición de preeminencia, los cristianos querían arrinconar a los infieles musulmanes a recónditos parajes. El objetivo: liberar Tierra Santa; el medio: las Cruzadas. Todo en nombre de la cruz. Sangre y fuego, muerte y horror en honor a la verdadera religión. Ni rastro de la luz ni de la razón.
"¡Herejes! Van contra la verdad de Cristo. ¡Quemadlos!". La Inquisición puso de su parte. Vuelve el miedo a ganarle la partida a la razón. Más sombras.
A Mahoma no se le puede representar iconográficamente. Un dibujante piensa que la religión no es tan importante porque su función explicadora de la realidad ya la cumplen la filosofía y la ciencia. Creer en lo intangible es algo personal, pero podemos criticarlo. Dibuja a Mahoma, satiriza, hace humor. Libertad de expresión. Unos terroristas, cegados por la luz divina, matan en nombre de Mahoma. "Él dibujó antes", señala con su AK-47 aún humeante los cadáveres de los infieles. "Imponemos el miedo como verdad absoluta", añade.
Tengo miedo a que el hombre siga pensando en que una propia invención puede dirigir sus vidas. A veces pienso que la evolución ha dado de sí y tenemos ante nosotros una nueva especie: el Homo Nesciens. En eso sí que creo a pie juntillas.
martes, 6 de enero de 2015
Colinas mutantes
Hoy, como es el día para los niños por excelencia, una de terror. Tras el estimulante remake que de Las colinas tienen ojos hizo en 2006 Alexandre Aja, debemos echar un vistazo a la versión original de 1977, segundo trabajo Wes Craven y, sin duda uno de los filmes de terror más importantes de esa década. Puede que algunos de sus elementos más escandalizadores hayan sido superados y que su estética sea anticuada, pero es difícil imaginar el impacto que causó en la época de su estreno, cuando se presentó ante un público que no estaba acostumbrado a tal género de depravaciones y que todavía tenía muy fresco el estado de shock causado por La matanza de Texas (1974), innegable prima hermana de esta película.
La trama puede resultar harto conocida, pero para aquel entonces no era algo tan común: en un viaje por carretera hasta California, la familia Carter (padre, madre, un hijo, dos hijas y el esposo y bebé de una de estas) comete el fatal error de desviarse por un paraje desértico de Arizona para ver unas antiguas minas de plata que el patriarca Carter acaba de recibir en herencia. Lo único que encuentran es un fortuito “accidente” que los pone a merced de una familia de caníbales liderados por una especie de mutante producto de radiaciones atómicas. Estos salvajes han vivido durante años apartada de la civilización, depredando a los incautos que se atreven a acercarse a sus dominios, y tras efectuar una masacre en la familia Carter, obligan a los supervivientes a convertirse ellos mismos en monstruos. El lema publicitario del filme no dejaba lugar a la duda: “los afortunados mueren primero”.
Aunque es cierto que de vez en cuando tiene unos bajones de ritmo alarmantes, lo cierto es que Wes Craven continúa siendo un perfecto ejemplo de lo que es un autor de género. En Las colinas tienen ojos toca un tema que se ha vuelto recurrente en su filmografía: la disolución y ruptura de la familia, así como la insalvable brecha entre las generaciones mayores y las más jóvenes. De hecho, no es casualidad que la película comience cuando Ruby, la más joven y “normal” del clan de los caníbales, esté manifestando sus deseos de escapar de su bestial clan. Al mismo tiempo, la familia Carter tampoco se nos muestra de una manera muy positiva, sino más bien como una pandilla de egoístas. Ambas familias están regidas por figuras paternas autoritarias y castrantes, y ambos padres terminan decretando la ruina de sus respectivas parentelas. El final, punto climático de este enfrentamiento, es un desahogo de violencia y brutalidad, una explosión de ira acumulada que da a la historia un desenlace aún más macabro. Hoy es difícil encontrar un final así sin que nos metan algún tipo de moralina.
Las colinas tienen ojos es un perfecto ejemplo de ese cine de terror que se hizo durante los 70, que no solamente se atrevía a mostrar sangre y escenas violentas sino que las ponía al servicio de un comentario sobre la condición humana más que interesante. Quizás sea la principal diferencia entre aquellos slashers y muchos de los de ahora, tan insustanciales.
Ale, película completa en versión original...
sábado, 13 de diciembre de 2014
La azotea mental
Hay quien se empeña en algo y no para hasta conseguirlo. En 1986, Roman Polanski fracasó estrepitosamente con Piratas, un intento por recuperar el cine de tesoros y bucaneros (con el gran Walter Matthau al frente del reparto). Diez años antes todos los grandes estudios se habían negado a financiar este proyecto a pesar de contar con Jack Nicholson como protagonista en aquel entonces. Lo que sí permitió aquella pequeña derrota es que se embarcase en la que para muchos es la mejor película de su carrera: El quimérico inquilino.
El germen del filme está en un libro de Roland Topor. Miembro del Grupo Pánico creado por Alejandro Jodorowski y Fernando Arrabal, Topor escribió una obra a la que se alabó en su momento. Polanski se sintió atraído por dos de los niveles que presentaba este trabajo: su asfixiante terror psicológico y un inteligente cuestionamiento del proceso de reafirmación individual del ser humano. El propio Polanski se encargó de encabezar un reparto en el que destacaba una emergente Isabelle Adjani. Junto a ella dos veteranos de Hollywood (Melvyn Douglas y Shelley Winters).
El quimérico inquilino cuenta la historia de un conserje que se muda a la habitación en la que una chica intentó suicidarse tirándose por la ventana. A medida que va pasando el tiempo, el nuevo inquilino se convence de que sus vecinos intentan conducirlo a un estado de paranoia para que también salte por la ventana.
Recuperada en los últimos años como la obra que condensa los rasgos distintivos de su autor, El quimérico inquilino supone uno de los ejercicios más intensos de Polanski dentro de sus continuos recorridos por los recovecos de la mente humana. Recibida con frialdad por parte de crítica y público, esta arriesgada propuesta resultó en su día algo desconcertante. El cineasta polaco estaba en plenitud creativa, y le fue posible llevar a cabo este trabajo gracias al éxito de Chinatown (1974). La cinta se estructura en diversas disociaciones, rupturas con la realidad en sucesivos niveles. Conforme avanza el metraje la trama adquiere tintes irreales y una serie de prodigiosas secuencias revelan distorsionadas percepciones que se disuelven con la realidad.
En el imaginario colectivo permanecen las ondulantes manos en el fantasmagórico pasillo de Repulsión (1965) que intentaban atrapar a su protagonista, las grietas que rajaban las paredes como proyección de su locura. Tal vez El quimérico inquilino no ha alcanzado esos niveles de popularidad, pero es un paso más allá en el interés del realizador por explorar los distintos estados de alienación.
El germen del filme está en un libro de Roland Topor. Miembro del Grupo Pánico creado por Alejandro Jodorowski y Fernando Arrabal, Topor escribió una obra a la que se alabó en su momento. Polanski se sintió atraído por dos de los niveles que presentaba este trabajo: su asfixiante terror psicológico y un inteligente cuestionamiento del proceso de reafirmación individual del ser humano. El propio Polanski se encargó de encabezar un reparto en el que destacaba una emergente Isabelle Adjani. Junto a ella dos veteranos de Hollywood (Melvyn Douglas y Shelley Winters).
El quimérico inquilino cuenta la historia de un conserje que se muda a la habitación en la que una chica intentó suicidarse tirándose por la ventana. A medida que va pasando el tiempo, el nuevo inquilino se convence de que sus vecinos intentan conducirlo a un estado de paranoia para que también salte por la ventana.
Recuperada en los últimos años como la obra que condensa los rasgos distintivos de su autor, El quimérico inquilino supone uno de los ejercicios más intensos de Polanski dentro de sus continuos recorridos por los recovecos de la mente humana. Recibida con frialdad por parte de crítica y público, esta arriesgada propuesta resultó en su día algo desconcertante. El cineasta polaco estaba en plenitud creativa, y le fue posible llevar a cabo este trabajo gracias al éxito de Chinatown (1974). La cinta se estructura en diversas disociaciones, rupturas con la realidad en sucesivos niveles. Conforme avanza el metraje la trama adquiere tintes irreales y una serie de prodigiosas secuencias revelan distorsionadas percepciones que se disuelven con la realidad.
En el imaginario colectivo permanecen las ondulantes manos en el fantasmagórico pasillo de Repulsión (1965) que intentaban atrapar a su protagonista, las grietas que rajaban las paredes como proyección de su locura. Tal vez El quimérico inquilino no ha alcanzado esos niveles de popularidad, pero es un paso más allá en el interés del realizador por explorar los distintos estados de alienación.
domingo, 30 de noviembre de 2014
jueves, 30 de octubre de 2014
"Quieres matarme. ¿Cómo te atreves a jugar así con la vida y la muerte?"
Frankenstein o el moderno Prometeo. Mary Shelley.
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