Hoy se cumplen 80 años del golpe de estado que rompió España en dos y que explican muchas cosas que suceden actualmente en este país. incluso el resultado de las últimas elecciones generales.
Hoy se cumplen 80 años del inicio de la Guerra Civil Española.
Un sonoro humo negro
Se riza contra el cielo de medianoche
…
¡Llamas y bombas y
Muerte en el oído!
La sirena anuncia
La cercanía de los aviones.
De los dormitorios bajan
Vacilantes mujeres en camisón
Hombres, a medio vestir,
Descienden apresurados con niños en los brazos.
…
Los pájaros de la muerte giran hacia el este
Y se guarecen de nuevo en sus nidos
Dejando huevos de hierro
En las calles de España.
Con alas como cubos negros
Contra el lejano amanecer,
El hedor dejado a su paso
Todavía permanece cuando se han ido.
En lo que antaño fue un patio
Un niño llora solitario.
Los hombres desentierran cuerpos
De entre las ruinas de piedra.
Barcelona. Ataque aéreo. 1938. Langston Hughes.
Y aquí, el poema original:
Black smoke of sound
Curls against the midnight sky.
Deeper than a whistle,
Louder than a cry,
Worse than a scream
Tangled in the wail
Of a nightmare dream,
The siren
Of the air raid sounds.
Flames and bombs and
Death in the ear!
The siren announces
Planes drawing near.
Down from bedrooms
Stumble women in gowns.
Men, half-dressed,
Carrying children rush down.
Up in the sky-lanes
Against the stars
A flock of death birds
Whose wings are steel bars
Fill the sky with a low dull roar
Of a plane,
two planes,
three planes,
five planes,
or more.
The anti-aircraft guns bark into space.
The searchlights make wounds
On the night's dark face.
The siren's wild cry
Like a hollow scream
Echoes out of hell in a nightmare dream.
Then the BOMBS fall!
All other noises are nothing at all
When the first BOMBS fall.
All other noises are suddenly still
When the BOMBS fall.
All other noises are deathly still
As blood spatters the wall
And the whirling sound
Of the iron star of death
Comes hurtling down.
No other noises can be heard
As a child's life goes up
In the night like a bird.
Swift pursuit planes
Dart over the town,
Steel bullets fly
Slitting the starry silk
Of the sky:
A bomber's brought down
In flames orange and blue,
And the night's all red
Like blood, too.
The last BOMB falls.
The death birds wheel East
To their lairs again
Leaving iron eggs
In the streets of Spain.
With wings like black cubes
Against the far dawn,
The stench of their passage
Remains when they're gone.
In what was a courtyard
A child weeps alone.
Men uncover bodies
From ruins of stone.
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domingo, 17 de julio de 2016
martes, 22 de marzo de 2016
Inmigrant song
¿Qué es ficción (aunque esté basada en la realidad) y qué no?
Nos estamos acostumbrando a que lo que hacemos con nuestros actos supere a la más crueles de las ficciones. Europa ya no es el sueño que nos vendieron. Se ha convertido en un Leviatán sin alma (la tuvo, la tuvo), en un edificio de burocracias inútiles, de consejos de gobernantes inservibles, de guardián de las esencias neocon, de posibilitador del auge fascista, de la negación de la solidaridad más básica hacia el ser humano.
Y la Historia se repite. Miles de refugiados se amontonan en territorio de la Unión Europea. El sueño de prohombres como Robert Schuman o Jean Monnet que pareció culminar con Schengen y la moneda única, pero que no supo o no quiso desarrollar una solidaridad común. Demasiados intereses contrapuestos y demasiado miedo al bárbaros (al extranjero, tomado en el sentido etimológico de la palabra griega) como para dejarlo entrar en el paraíso europeo. Pero no voy a ser demagogo y no voy a echarle las culpas a la Unión Europea, tan solo las que les corresponde como mal gestora de una situación que puede tener otra salida. La culpa tampoco la tienen los refugiados hacinados en Idomeni, ni siquiera las mafias que se enriquecen con el sufrimiento ajeno. El problema está en que la comunidad internacional -como siempre- opta por lo fácil y no cercena como cirujano con mano de hierro (como diría Joaquín Costa), el núcleo del problema. Y ese se halla en el polvorín de Oriente Medio. Siria, con su guerra interminable aceptada por todos como algo que "tenía que ocurrir", con dos bandos irreconciliables apoyados por históricos enemigos que ahora babosean de forma asquerosa con la diplomacia buscando una solución que saben que podría producirse si ellos quisieran...
Pero no quieren. Estados Unidos y Rusia, no quieren. Les da igual que los sirios se masacren, que Bachar Al Asad gasee a su pueblo, que los rebeldes cometan ejecuciones sumarias del enemigo. Les da igual. Lo que no permitirían es que geoestratégicamente, la zona se convirtiera en un asunto irresoluble porque los intereses económicos para rusos y estadounidenses son demasiados. Que se solucione, pero poquito, que lo podamos medio controlar, aunque la sangre corra por las calles de Alepo y miles de personas tengan que huir a buscar otra vida.
Esa vida estaba en Europa, donde hay sitio a pesar de que fascistas y liberales digan que no. Saben que es cierto, pero no les sale de los cojones reconocerlo. Hoy como ayer (vamos, como en 1936, o 1939, o 1942 en el guetto de Varsovia), estamos en las mismas. Ponemos rejas, levantamos muros, realizamos deportaciones porque sabemos que el bárbaros se va a quedar fuera y nosotros podremos seguir durmiendo tranquilos mientras en el telediario de turno, vemos el humo de los bombardeos y el barro en los pies de los refugiados. Esa es nuestra Europa. Triste Europa.
No soy más que un dolor cubierto de piel...
Las uvas de la ira. John Steinbeck.
viernes, 13 de noviembre de 2015
1984=2015
Si George Orwell viviera hoy en día pensaría eso...
"La guerra es la paz. La libertad es la esclavitud. La ignorancia es la fuerza". (1984).
viernes, 6 de febrero de 2015
Pablo, yo soy de la casta
Querido Pablo:
Sirvan las presentes letras para agradecerte todo lo que has hecho por la democracia en este país. Hacía falta aire nuevo, una nueva forma de ver y vivir la democracia desde unas posiciones nada doctrinarias y que diera un sustito a la vieja política que los que solo hemos conocido lo que es vivir en libertad, es la que nos ha acompañado durante todos estos años. Hacía falta un impulso, un cambio de aires, nuevas caras. Renovación en definitiva de los usos y los modos de hacer política. Y llegaste tú con tu ceño fruncido, tu permanente cara de mala leche, tu coleta, tus camisas y esa magia de encantador de serpientes que, con un discurso convencido aunque vacuo de pragmatismo, ha sabido atraer a las masas.
Los de izquierdas, como un servidor, te agradece que hayas espoleado a unos ciudadanos dormidos a pesar de que hayan sido esquilmados y puteados por una crisis que no hemos creado los de abajo. Tus enemigos y los míos son los mismos. Yo los llamo “derecha”, “neoliberales”, “conservadores”; tú los conoces como “los de arriba”.
Me gustan tus pintas y cómo analizas lo que nos ha pasado en estos años. Ahí me encuentras contigo al cien por cien. Pero no te voy a votar porque soy casta, y te lo digo con todo el cariño que te profeso. Soy casta porque siempre he votado a la casta, -o a lo que yo creo que es casta-, aunque casi siempre he ido en el bando de los que casi nunca ganan unas elecciones. Soy la casta que lucha contra el poder establecido, contra los privilegios instaurados casi por decreto, contra las pequeñas (y grandes) corruptelas que suceden cada día en este o aquel partido, contra el enchufismo, contra los voceros resguardados tras una cabecera de periódico pagada con dinero de los políticos (o sea, con nuestro dinero), contra los abusos diarios, contra un sistema electoral que (tú y yo lo sabemos), difícilmente hará que a los minoritarios nos dé el poder suficiente para cambiar las cosas, contra una sociedad a la que veo que la democracia le viene demasiado grande.
Porque Pablo, coincidirás conmigo en que a los españoles no les sienta bien ser demócratas. Y me pongo pedante para contarte que el 1 de octubre de 1975 había en la Plaza de Oriente de Madrid un millón de españolitos enarbolando banderas fachas y lanzando vivas al dictador. Dos meses después, murió el sátrapa y la conciencia democrática se despertó (¡oh, sorpresa!) en muchos de los que vitoreaban al asesino. En poco tiempo, esos mismos iban a votar a un partido de “centro” y en menos que canta un gallo, esos mismos se enfundaron la chaqueta de pana para darle el poder mayoritario al socialismo. En siete años, de la Plaza de Oriente y la "conjura judeo-masónica-bolchevique" al Palace y el “Felipe gobernará”. Entre medias, una Transición apresurada y que cerró en falso muchos debates que hoy se antojan necesarios. Después, muchas elecciones y muchos compatriotas creyendo que la democracia es votar cada cuatro años. Y ya. Que tengo trabajo y dinero en el bolsillo, voto al que lo ha hecho posible. Que no, voto al otro partido mayoritario. Y así en un juego infame, sin importar que más allá de pajarracos y capullos, hay vida inteligente. Los españoles se han acomodado a una democracia ficticia y ahora que las cosas vienen mal dadas y están cabreados con razón, buscan la salvación en tu partido, en Podemos, sin ni siquiera preguntar en qué bases ideológicas os plantáis o qué proponéis para salir de este asqueroso círculo vicioso. Lo sabes, Pablo. Hoy son necesarias las ideologías aunque a ti te dé vergüenza decir que eres de izquierda. A mi no me engañas con ese discurso generalista, porque las generalizaciones son siempre inadecuadas.
Los españoles te votarán en masa y lo vas a aprovechar. Bien que haces y yo me alegraré de ello (por supuesto, antes de que voten a los de siempre), pero eres consciente de que o tocas poder y te sacas de la chistera un buen programa para gobernar o te quedas en una oposición frentista y te comerás los mocos. En cualquier caso, si no eres avispado y no lo haces bien, tendrás solo cuatro años para pervivir. Luego vendrá el ostracismo, el olvido y luchar contra la mayoría.
Pablo, los españoles creen que Podemos eres tú. Que eres omnipresente y omnisciente, pero España es grande y no te presentas en todos lados. En Albacete, Tarragona o Lugo verán a otra persona que no serás tú y no confiarán en ella, así que aprovecha los cuatro años de Podemos, porque después vendrá la nada. Ya sabes, el bipartidismo otra vez, volver al juego de “voto al PP y si lo hace mal, voto al PSOE, y si lo hace mal, voto al PP...”. Ya no serás el Mesías prometido.
Soy de la casta y tú también porque queremos lo mismo. Somos hijos, para mal o para bien, de esta democracia coja, muda y tuerta que nos dieron ya elaborada. Queremos cambiarla y juntos, tú desde Podemos, y yo desde la izquierda real, pondremos nuestro granito de arena para conseguirlo. Y no te enfades por lo que aquí lees. Te aprecio mucho y alabo tu trabajo, siempre seré tu fan, pero no cometas el pecado de la soberbia: ni todo lo que dices está bien, ni tampoco te creas todo lo que dicen de ti. Tú y los tuyos ya os creéis vencedores cuando ni siquiera os habéis presentado. Yo os invito a que habléis con la gente y le digáis qué queréis hacer, más allá de esperar a que el "tic tac" os acerque a la hora de las elecciones.
Lo dicho, me gustan tus hechuras. Pero el problema no eres tú, soy yo. No voy a estar toda la vida peleando contra el bipartidismo, para hacerlo ahora contra el tripartidismo. Así que mucha suerte, yo seguiré trabajando con mis ideas y mis acciones.
Un saludo afectuoso,
Miguel.
miércoles, 13 de abril de 2011
OCHENTA AÑOS

M
e hace gracia, mucha. Aquellos que buscan por todos los medios que parte importante de nuestra historia y nuestra dignidad quede enterrada bajo la pesada losa de la indiferencia y de iniquidad, son también los que están continuamente revisando la historia de un periodo que fue paradigmático en muchos aspectos y que terminó de la peor de las formas posibles: con un enfrentamiento bélico entre compatriotas.
En realidad, no me hace ni chispa de gracia. Cuando veo que en países como Alemania se juzgan a los responsables de la dictadura nazi, se persigue el enaltecimiento de esa ideología, cuando veo que los rusos han ajustado cuentas con los crímenes de Stalin, cuando en Argentina o Chile se buscan a los desaparecidos y a los muertos para ofrecerles dignidad, la esperanza de que haya justicia crece por momentos. Pero la indignación pesa más cuando pensamos en esta España en la que una parte de la clase política, la sociedad y los jueces, imponen un bochornoso silencio y un laissez passer de un asunto que es de vital importancia, como el de ser justos con quienes sufrieron en una época reciente de nuestra historia.
Mucho se ha escrito de la Segunda República, a favor y en contra. También en Alemania o en Italia se ha escrito bastante sobre el nacional-socialismo o sobre los fascio, pero allí impera una corriente historiográfica que no relativiza, que no interpreta, sino que alumbra el camino de la verdad. En España todo lo politizamos en exceso, incluso con los muertos, a los que hemos instrumentalizado en demasía. ¿Por qué en ciertos sectores crea tanta desazón que se busquen a los desaparecidos? ¿Por qué esta nueva persecución contra los que no pensamos de cierta manera?
Se cumplen mañana 80 años de la proclamación de la República, una efeméride que tiene que ser recordada por cuanto de importante tiene en la sociedad actual. Fue la II República el primer momento real de democracia que vivió este país, sumido en un caos y desazón extremos (agotamiento del sistema político larvado por corruptelas, dictaduras “light” patrocinadas por el rey, una sociedad cansada de sus dirigentes, una España sin rumbo), y debemos extraer lo positivo de aquella experiencia para poner en valor lo que la Transición y estos 30 años largos de democracia nos han regalado. ¿O es que estamos tan ciegos como para obviar la realidad?
viernes, 26 de febrero de 2010
SURCANDO OLAS
E
n 1933, Alemania votó libremente por el cambio. El cambio que pretendía instaurar un Adolf Hitler resentido por cómo su país (aunque fuera austriaco), había sido “degradado” tras los Pactos de Versalles que sellaron en falso una paz débil después de la Primera Guerra Mundial. Con cifras de paro desorbitadas y utilizando la arenga y la propaganda, agregando además unas dosis altísimas de miedo hacia lo extraño, lo desconocido, Hitler pasó de canciller elegido de forma democrática a figura autocrática responsable de la mayor catástrofe humanitaria del siglo pasado.
El führer tuvo sus imitadores. La crisis de las democracias liberales occidentales no pudo sostener las acometidas de los fascismos en países como Italia, España, Portugal por no hablar ya del desorbitado militarismo en el que se sumió la Alemania nazi. Todos estos regímenes impusieron la autocracia, el gobierno de uno mismo, donde el poder omnímodo, la propaganda, el apego a los símbolos, el culto a la personalidad y el miedo, fueron la escena común.
En los años 60, Ron Jones, un profesor estadounidense de secundaria propuso a sus alumnos que lo vieran y lo tomaran como una figura a respetar. Les habló de la importancia del respeto a la autoridad y les obligó a tener fe ciega en su discurso.
Posteriormente les inculcó ideas como la importancia de tener un corpus ideológico fuerte y cerrado. Usó los medios disponibles en la época para difundir su mensaje a través de panfletos y del periódico escolar. Las ideas por encima de todo. Impuso un vestuario uniforme para todos los asistentes a su clase. Se realizó un logo y se creó un saludo para los miembros de ese aula. Todo eso en sólo cinco días.
Había nacido La Tercera Ola, un fascismo en miniatura. Un experimento sobre la autocracia y el autoritarismo (que no autoridad, no caigamos en el error), con el que Jones quiso explicar las causas del surgimiento de los fascismos, y en especial del nazismo, de una forma clara y menos aburrida.
El experimento fue un éxito. En menos de una semana, Jones había criado a una treintena de fascistas en potencia, hasta el punto de que estuvo a punto de írsele la cosa de las manos. Una vez más, la facilidad con la que el autoritarismo cala en ciertos sectores de la sociedad, en especial la juventud, había demostrado que hechos como Hitler y su nacional-socialismo podían volver a surgir en cualquier momento.
Hace un par de años, un director alemán (Dennis Gansel), trasladó la historia de Ron Jones a la gran pantalla. La Ola se convirtió en una de las películas más taquilleras en Alemania y puso de nuevo a todos los germanos ante el espejo de su historia. Quizás, algo de eso debemos aprender nosotros. El fantasma sigue ahí, larvado, latente. Pongamos las bases para que no vuelva a despertarse.
n 1933, Alemania votó libremente por el cambio. El cambio que pretendía instaurar un Adolf Hitler resentido por cómo su país (aunque fuera austriaco), había sido “degradado” tras los Pactos de Versalles que sellaron en falso una paz débil después de la Primera Guerra Mundial. Con cifras de paro desorbitadas y utilizando la arenga y la propaganda, agregando además unas dosis altísimas de miedo hacia lo extraño, lo desconocido, Hitler pasó de canciller elegido de forma democrática a figura autocrática responsable de la mayor catástrofe humanitaria del siglo pasado.
El führer tuvo sus imitadores. La crisis de las democracias liberales occidentales no pudo sostener las acometidas de los fascismos en países como Italia, España, Portugal por no hablar ya del desorbitado militarismo en el que se sumió la Alemania nazi. Todos estos regímenes impusieron la autocracia, el gobierno de uno mismo, donde el poder omnímodo, la propaganda, el apego a los símbolos, el culto a la personalidad y el miedo, fueron la escena común.
En los años 60, Ron Jones, un profesor estadounidense de secundaria propuso a sus alumnos que lo vieran y lo tomaran como una figura a respetar. Les habló de la importancia del respeto a la autoridad y les obligó a tener fe ciega en su discurso.
Posteriormente les inculcó ideas como la importancia de tener un corpus ideológico fuerte y cerrado. Usó los medios disponibles en la época para difundir su mensaje a través de panfletos y del periódico escolar. Las ideas por encima de todo. Impuso un vestuario uniforme para todos los asistentes a su clase. Se realizó un logo y se creó un saludo para los miembros de ese aula. Todo eso en sólo cinco días.
Había nacido La Tercera Ola, un fascismo en miniatura. Un experimento sobre la autocracia y el autoritarismo (que no autoridad, no caigamos en el error), con el que Jones quiso explicar las causas del surgimiento de los fascismos, y en especial del nazismo, de una forma clara y menos aburrida.
El experimento fue un éxito. En menos de una semana, Jones había criado a una treintena de fascistas en potencia, hasta el punto de que estuvo a punto de írsele la cosa de las manos. Una vez más, la facilidad con la que el autoritarismo cala en ciertos sectores de la sociedad, en especial la juventud, había demostrado que hechos como Hitler y su nacional-socialismo podían volver a surgir en cualquier momento.
Hace un par de años, un director alemán (Dennis Gansel), trasladó la historia de Ron Jones a la gran pantalla. La Ola se convirtió en una de las películas más taquilleras en Alemania y puso de nuevo a todos los germanos ante el espejo de su historia. Quizás, algo de eso debemos aprender nosotros. El fantasma sigue ahí, larvado, latente. Pongamos las bases para que no vuelva a despertarse.
viernes, 18 de diciembre de 2009
EL INVIERNO QUE PARÓ A HITLER
A
dolf Hitler odiaba el invierno. No le gustaba la nieve. Echaba pestes del frío. Probablemente todo esto no se lo encuentre en un libro de historia, sino que forme parte más de la lógica a la vista de los acontecimientos. La causa la encontramos en los campos de batalla rusos, donde el III Reich empezó a cavar su propia fosa unos años antes de que cayera Berlín.
Todo empezó un 18 de diciembre de 1940. Ese día, un envalentonado Hitler, en plena ola de éxitos militares, con media Europa sojuzgada bajo su manto y con Inglaterra al borde del colapso, tuvo la idea de lanzar su maquinaria militar contra el otro gran enemigo (Estados Unidos, aún no había entrado en guerra): la Unión Soviética esperaba reguardada por el Pacto de No Agresión firmado con los alemanes. A Hitler esa “minucia” no le importó y puso en marcha la Operación Barbarroja.
Este operativo abrió el frente oriental en Europa, convirtiéndose en el teatro de operaciones más grande de la guerra, escenario de las batallas más grandes y brutales del conflicto en suelo europeo. La Operación Barbarroja significó un duro golpe para las desprevenidas fuerzas soviéticas, que sufrieron fuertes bajas y perdieron grandes extensiones de territorio en poco tiempo. No obstante, la llegada del invierno ruso acabó con los planes alemanes de terminar la invasión en 1941. Durante los meses de temperaturas más bajas, el Ejército Rojo contraatacó y anuló las esperanzas de Hitler de ganar la batalla de Moscú.
Antes de estos hechos finales, en el ideario de Hitler estaba la expansión hacia el Este dentro de su política de “espacio vital”, aunque esta era una aspiración alemana previa a la Primera Guerra Mundial. Ya en 1918 en la Paz de Brest-Litovsk, los bolcheviques habían cedido Ucrania, Polonia, Bielorrusia y los países bálticos. Hitler ya lo avanzaba en Mi lucha: “La guerra contra los soviéticos es una cruzada de Europa contra Asia: se trata de enviar al fondo del continente asiático a quienes hacen correr al Nuevo Orden europeo y nacionalsocialista los mismos riesgos que hacían correr los hunos de Atila a la Europa romana”. El territorio conquistado se convertiría en el espacio vital que satisfaría las necesidades de tierra y materias primas para la población alemana durante siglos.
Operación en marcha
En diciembre de 1940, el Führer firma la Directiva nº 21, que contempla la invasión relámpago de la Unión Soviética, que debía ser aniquilada, teóricamente, en una sola campaña de apenas un par de meses. El plan de Hitler es hacer avanzar simultáneamente tres ejércitos, que deben girar a continuación sobre ellos mismos, para cercar a los ejércitos soviéticos en enormes maniobras de tenaza para posteriormente aniquilarlos.
En el momento del ataque estaba en vigor el pacto de no agresión germano-soviético de agosto de 1939, por el que ambas potencias se definían sus esferas de influencia en Europa oriental. El pacto sorprendió al mundo debido a la hostilidad mutua y a las ideologías diametralmente opuestas de los firmantes. Sin embargo, la beligerancia de la Alemania nazi, pudo más.
Al inicio de las hostilidades, la Wehrmacht presume de victorias en todos los frentes. Sin embargo, ya se le plantean al vencedor provisional graves problemas: no se ha sometido a Gran Bretaña. La Operación León Marino (el plan para invadir Gran Bretaña), se pospuso sine die y cuando se puso en marcha, el operativo salda con un fracaso para la Luftwaffe. Además, las operaciones de guerra submarina no doblegaron a los británicos. Por otro lado, los países ocupados empiezan a reaccionar. Se desarrollan movimientos de resistencia apoyados por Gran Bretaña mediante emisiones de propaganda de la BBC.
Por su parte, Estados Unidos ha abandonado su estado de neutralidad por uno de no beligerancia. Tras la caída de Francia, Washington inicia el primer reclutamiento realizado en tiempo de paz de su historia e incrementó considerablemente su presupuesto militar. Era cuestión de tiempo que EEUU se viera arrastrado a la guerra. Hitler era consciente del peligro que acarreaba este nuevo “invitado”.
Por otro lado, antes de tomar la decisión de invadir la Unión Soviética, la posición de Moscú era un interrogante. Además, la URSS tenía pretensiones territoriales que asustaban a Hitler: ya se había anexionado la parte oriental de Polonia, Estonia, Lituania, Letonia, obtuvo concesiones teritoriales de Finlandia como consecuencia de la Guerra de Invierno ruso-finesa de 1939-40 y miraba hacia los Balcanes.
Hitler quería en los campos de la URSS otra campaña relámpago en el verano de 1941 que acabase con el derrumbe del ejército soviético en un par de meses, por lo que las fuerzas armadas alemanas no se equiparon para combatir en invierno. Alemania no estaba preparada para un guerra de larga duración, por lo que se esperaba que una victoria rápida sobre la URSS obligaría a Gran Bretaña a aceptar una paz negociada y con ello el fin de la Segunda Guerra Mundial y la victoria del Reich.
El domingo 22 de junio de 1941, los alemanes pusieron en marcha a más de cuatro millones de hombres: 3,5 millones de alemanes y un millon de aliados aglutinados en 225 divisiones, junto a 4.400 tanques y 4.000 aviones, convirtiendo a Barbarroja en la operación terrestre más grande de la historia. En un principio el ejército soviético se derrumbó. Las fuerzas acorazadas alemanas se movieron rápido aislando y capturando grandes cantidades de soldados enemigos. La Luftwaffe se ocupó de destruir la mayoría de los anticuados aviones de las fuerzas aéreas soviéticas antes de que pudieran despegar del suelo. En un mes, Bielorrusia y el Báltico estaban en manos alemanas aunque en el sur hubo que esperar a agosto para alcanzar el río Dniéper, ordenando Hitler que parte del grupo central de operaciones se dirigiera al sur para cerrar una tenaza en torno a Kiev, lo que provocó la mayor captura de soldados enemigos de la historia (más de 800.000). Sin embargo, esto retrasó el asalto a Moscú. El führer desconocía las imprevistas consecuencias de esta acción.
Rumbo a Moscú
En octubre, los alemanes se dirigieron a Moscú con el invierno en curso. El atraso inicial de la operación (aproximadamente unas cuatro semanas) resultó ser crucial para la paralización del avance. Además, el fango provocado por las primeras lluvias otoñales hicieron que las operaciones casi se paralizasen, aunque los nazis lograron una última victoria en Viazma, comparable a la obtenida antes en Kiev.
Con los soldados alemanes logrando victoria tras victoria, los periódicos germanos aseguraban que era una guerra prácticamente ganada. Las pérdidas rusas habían sido inmensas pero Stalin apeló al patriotismo mediante el recuerdo de la invasión napoleónica y olvidando toda ideología, llamó a su pueblo a la defensa de la patria. El derroche de vidas que prodigaban los rusos causaba asombro a los alemanes. La resistencia soviética sorprendió al mando alemán.
El momento crucial de la operación Barbarroja, sin embargo, fue cuando las tropas alemanas del grupo de ejércitos centro (comandado por Heinz Guderian) avanzó hasta 25 kilómetros de Moscú en diciembre de 1941. Sin embargo, los alemanes empezaron a ver el infierno en el que se estaban metiendo. El intenso frío (-50°C) y la llegada de divisiones soviéticas de Siberia hizo retroceder a los alemanes 200 kilómetros hacia el oeste en la llamada batalla de Moscú. No hubo modo de volver a tomar dichas posiciones. Hitler destituyó a Guderian.
El principio del fin
Este impresionante retroceso de las filas germanas constituyó el fin de la Operación Barbarroja. Las dos plazas que había que tomar antes de otoño, Moscú y Leningrado, fueron imposibles de conquistar. En las nieves soviéticas, se escribieron por el camino épicos episodios bélicos como el sitio de Stalingrado o el propio cerco a la antigua capital de los zares.
Entre las causas del fracaso alemán en la campaña de la Unión Soviética se pueden citar la falta de información fiable del número de divisiones, armamentos y ubicación en el escenario del ejército soviético (una absoluta falta de previsión por parte del alto mando alemán), la falta de abastecimientos al creer Hitler que la campaña iba a convertirse en una nueva blitzkrieg (guerra relámpago), la vastedad del espacio soviético, que imposibilitó al inmenso ejército alemán abarcar todas las posiciones, la subestimación que Hitler hizo sobre la moral combativa y la industria militar soviética (Stalin tiró aquí de épica y de patriotismo para exacerbar a los suyos), la falta de la experiencia en terreno por parte de Hitler, quien tomaba decisiones militares de carácter técnico sin ser oficial profesional, o la destitución de oficiales competentes como von Bock, Guderian y Brauchistch, retirándolos del mando en medio de campañas importantes. Las informaciones del espía comunista alemán Richard Sorge, también fueron fundamentales para poner fin a los planes expansionistas alemanes.
Pero de todas las causas que explican el fracaso de Hitler en el este, el “general invierno” de 1941-1942, fue el gran culpable. A este soldado invisible, que ya tumbó un siglo antes a las huestes napoleónicas, la Historia le debe, con sus temperaturas históricamente extremas que limitaron la capacidad militar y moral del combatiente alemán, el haber parado al “monstruo” nazi.
dolf Hitler odiaba el invierno. No le gustaba la nieve. Echaba pestes del frío. Probablemente todo esto no se lo encuentre en un libro de historia, sino que forme parte más de la lógica a la vista de los acontecimientos. La causa la encontramos en los campos de batalla rusos, donde el III Reich empezó a cavar su propia fosa unos años antes de que cayera Berlín.
Todo empezó un 18 de diciembre de 1940. Ese día, un envalentonado Hitler, en plena ola de éxitos militares, con media Europa sojuzgada bajo su manto y con Inglaterra al borde del colapso, tuvo la idea de lanzar su maquinaria militar contra el otro gran enemigo (Estados Unidos, aún no había entrado en guerra): la Unión Soviética esperaba reguardada por el Pacto de No Agresión firmado con los alemanes. A Hitler esa “minucia” no le importó y puso en marcha la Operación Barbarroja.
Este operativo abrió el frente oriental en Europa, convirtiéndose en el teatro de operaciones más grande de la guerra, escenario de las batallas más grandes y brutales del conflicto en suelo europeo. La Operación Barbarroja significó un duro golpe para las desprevenidas fuerzas soviéticas, que sufrieron fuertes bajas y perdieron grandes extensiones de territorio en poco tiempo. No obstante, la llegada del invierno ruso acabó con los planes alemanes de terminar la invasión en 1941. Durante los meses de temperaturas más bajas, el Ejército Rojo contraatacó y anuló las esperanzas de Hitler de ganar la batalla de Moscú.
Antes de estos hechos finales, en el ideario de Hitler estaba la expansión hacia el Este dentro de su política de “espacio vital”, aunque esta era una aspiración alemana previa a la Primera Guerra Mundial. Ya en 1918 en la Paz de Brest-Litovsk, los bolcheviques habían cedido Ucrania, Polonia, Bielorrusia y los países bálticos. Hitler ya lo avanzaba en Mi lucha: “La guerra contra los soviéticos es una cruzada de Europa contra Asia: se trata de enviar al fondo del continente asiático a quienes hacen correr al Nuevo Orden europeo y nacionalsocialista los mismos riesgos que hacían correr los hunos de Atila a la Europa romana”. El territorio conquistado se convertiría en el espacio vital que satisfaría las necesidades de tierra y materias primas para la población alemana durante siglos.
Operación en marcha
En diciembre de 1940, el Führer firma la Directiva nº 21, que contempla la invasión relámpago de la Unión Soviética, que debía ser aniquilada, teóricamente, en una sola campaña de apenas un par de meses. El plan de Hitler es hacer avanzar simultáneamente tres ejércitos, que deben girar a continuación sobre ellos mismos, para cercar a los ejércitos soviéticos en enormes maniobras de tenaza para posteriormente aniquilarlos.
En el momento del ataque estaba en vigor el pacto de no agresión germano-soviético de agosto de 1939, por el que ambas potencias se definían sus esferas de influencia en Europa oriental. El pacto sorprendió al mundo debido a la hostilidad mutua y a las ideologías diametralmente opuestas de los firmantes. Sin embargo, la beligerancia de la Alemania nazi, pudo más.
Al inicio de las hostilidades, la Wehrmacht presume de victorias en todos los frentes. Sin embargo, ya se le plantean al vencedor provisional graves problemas: no se ha sometido a Gran Bretaña. La Operación León Marino (el plan para invadir Gran Bretaña), se pospuso sine die y cuando se puso en marcha, el operativo salda con un fracaso para la Luftwaffe. Además, las operaciones de guerra submarina no doblegaron a los británicos. Por otro lado, los países ocupados empiezan a reaccionar. Se desarrollan movimientos de resistencia apoyados por Gran Bretaña mediante emisiones de propaganda de la BBC.
Por su parte, Estados Unidos ha abandonado su estado de neutralidad por uno de no beligerancia. Tras la caída de Francia, Washington inicia el primer reclutamiento realizado en tiempo de paz de su historia e incrementó considerablemente su presupuesto militar. Era cuestión de tiempo que EEUU se viera arrastrado a la guerra. Hitler era consciente del peligro que acarreaba este nuevo “invitado”.
Por otro lado, antes de tomar la decisión de invadir la Unión Soviética, la posición de Moscú era un interrogante. Además, la URSS tenía pretensiones territoriales que asustaban a Hitler: ya se había anexionado la parte oriental de Polonia, Estonia, Lituania, Letonia, obtuvo concesiones teritoriales de Finlandia como consecuencia de la Guerra de Invierno ruso-finesa de 1939-40 y miraba hacia los Balcanes.
Hitler quería en los campos de la URSS otra campaña relámpago en el verano de 1941 que acabase con el derrumbe del ejército soviético en un par de meses, por lo que las fuerzas armadas alemanas no se equiparon para combatir en invierno. Alemania no estaba preparada para un guerra de larga duración, por lo que se esperaba que una victoria rápida sobre la URSS obligaría a Gran Bretaña a aceptar una paz negociada y con ello el fin de la Segunda Guerra Mundial y la victoria del Reich.
El domingo 22 de junio de 1941, los alemanes pusieron en marcha a más de cuatro millones de hombres: 3,5 millones de alemanes y un millon de aliados aglutinados en 225 divisiones, junto a 4.400 tanques y 4.000 aviones, convirtiendo a Barbarroja en la operación terrestre más grande de la historia. En un principio el ejército soviético se derrumbó. Las fuerzas acorazadas alemanas se movieron rápido aislando y capturando grandes cantidades de soldados enemigos. La Luftwaffe se ocupó de destruir la mayoría de los anticuados aviones de las fuerzas aéreas soviéticas antes de que pudieran despegar del suelo. En un mes, Bielorrusia y el Báltico estaban en manos alemanas aunque en el sur hubo que esperar a agosto para alcanzar el río Dniéper, ordenando Hitler que parte del grupo central de operaciones se dirigiera al sur para cerrar una tenaza en torno a Kiev, lo que provocó la mayor captura de soldados enemigos de la historia (más de 800.000). Sin embargo, esto retrasó el asalto a Moscú. El führer desconocía las imprevistas consecuencias de esta acción.
Rumbo a Moscú
En octubre, los alemanes se dirigieron a Moscú con el invierno en curso. El atraso inicial de la operación (aproximadamente unas cuatro semanas) resultó ser crucial para la paralización del avance. Además, el fango provocado por las primeras lluvias otoñales hicieron que las operaciones casi se paralizasen, aunque los nazis lograron una última victoria en Viazma, comparable a la obtenida antes en Kiev.
Con los soldados alemanes logrando victoria tras victoria, los periódicos germanos aseguraban que era una guerra prácticamente ganada. Las pérdidas rusas habían sido inmensas pero Stalin apeló al patriotismo mediante el recuerdo de la invasión napoleónica y olvidando toda ideología, llamó a su pueblo a la defensa de la patria. El derroche de vidas que prodigaban los rusos causaba asombro a los alemanes. La resistencia soviética sorprendió al mando alemán.
El momento crucial de la operación Barbarroja, sin embargo, fue cuando las tropas alemanas del grupo de ejércitos centro (comandado por Heinz Guderian) avanzó hasta 25 kilómetros de Moscú en diciembre de 1941. Sin embargo, los alemanes empezaron a ver el infierno en el que se estaban metiendo. El intenso frío (-50°C) y la llegada de divisiones soviéticas de Siberia hizo retroceder a los alemanes 200 kilómetros hacia el oeste en la llamada batalla de Moscú. No hubo modo de volver a tomar dichas posiciones. Hitler destituyó a Guderian.
El principio del fin
Este impresionante retroceso de las filas germanas constituyó el fin de la Operación Barbarroja. Las dos plazas que había que tomar antes de otoño, Moscú y Leningrado, fueron imposibles de conquistar. En las nieves soviéticas, se escribieron por el camino épicos episodios bélicos como el sitio de Stalingrado o el propio cerco a la antigua capital de los zares.
Entre las causas del fracaso alemán en la campaña de la Unión Soviética se pueden citar la falta de información fiable del número de divisiones, armamentos y ubicación en el escenario del ejército soviético (una absoluta falta de previsión por parte del alto mando alemán), la falta de abastecimientos al creer Hitler que la campaña iba a convertirse en una nueva blitzkrieg (guerra relámpago), la vastedad del espacio soviético, que imposibilitó al inmenso ejército alemán abarcar todas las posiciones, la subestimación que Hitler hizo sobre la moral combativa y la industria militar soviética (Stalin tiró aquí de épica y de patriotismo para exacerbar a los suyos), la falta de la experiencia en terreno por parte de Hitler, quien tomaba decisiones militares de carácter técnico sin ser oficial profesional, o la destitución de oficiales competentes como von Bock, Guderian y Brauchistch, retirándolos del mando en medio de campañas importantes. Las informaciones del espía comunista alemán Richard Sorge, también fueron fundamentales para poner fin a los planes expansionistas alemanes.
Pero de todas las causas que explican el fracaso de Hitler en el este, el “general invierno” de 1941-1942, fue el gran culpable. A este soldado invisible, que ya tumbó un siglo antes a las huestes napoleónicas, la Historia le debe, con sus temperaturas históricamente extremas que limitaron la capacidad militar y moral del combatiente alemán, el haber parado al “monstruo” nazi.
viernes, 23 de octubre de 2009
LA CITA DEL DOLOR DE MUELAS Y EL PERTURBADO

E
l Führer lo tenía claro: no bastaba con que España pasara de la “neutralidad” a la “no beligerancia”. Había que convencer a Franco para firmar un protocolo que después sería refrendado junto a Mussolini para atacar conjuntamente a Inglaterra. Es la guerra, y en la guerra “es cosa de hombres”. Por eso había quedar el paso de timorato a valiente.
Para intentar convencer al Caudillo, Adolf Hitler accedió a entrevistarse con él en territorio neutral (más o menos). Hendaya, o mejor dicho, su estación de ferrocarril era el sitio escogido para un fugaz tète a tète en el que se quería atraer a Franco a otra guerra un año después de haber dado carpetazo a la Civil que dejó en ruinas a España. Sin embargo, lo que prometía ser un encuentro histórico que integraría a España en el Eje (junto a Alemania, Italia y Japón) se convirtió en una tensa negociación que separaría definitivamente los caminos de España y Alemania.
Cómo enfadar al Führer
La cita se fijó el 23 de octubre de 1940 (tal día como hoy) en la estación de tren de la localidad fronteriza de Hendaya. Su inicio estaba previsto para las 15.00 horas, pero Franco (para no contradecir la imagen típica y tópica española) llegó con ocho minutos de retraso, lo que irritó sobremanera al líder alemán.
Una vez en Hendaya, Hitler recibió al pie del tren a Franco y pasaron juntos revista a las tropas desplegadas allí. Cuando pasaron al vagón donde iba a celebararse la entrevista, alrededor de la mesa se sentaron, además de Hitler y Franco, los ministros de Asuntos Exteriores de ambos países, Von Ribbentrop y Ramón Serrano Suñer. Junto a ellos, los traductores Gross y el barón De las Torres.
Desde un principio, los alemanes mostraron su interés por sumar al esfuerzo bélico el apoyo español. Tras el verano, en el que consiguieron ocupar Francia (con la connivencia del mariscal Petain), las tropas alemanas se mantuvieron en la frontera pirenaica a la espera de entrar en acción. Hitler esperaba acordar con Franco la conquista de Gibraltar, cerrando así el paso al Mediterráneo a la flota inglesa. Durante el encuentro, el dictador español se mostró constantemente partidario del Eje, agradeciendo el apoyo prestado por Hitler en la Guerra Civil, pero señaló la necesidad de ayudas y compensaciones territoriales dada la crítica situación en que el conflicto interno había dejado a España. En el punto de mira, el dominio sobre el Marruecos francés y Orán, amén de algunas pretensiones sobre el Rosellón francés, región que antaño había pertenecido a España.
Las peticiones de Franco resultaron exageradas, pues Hitler pretendía aglutinar un frente común europeo contra Inglaterra que contase con la colaboración de la Francia de Vichy y los deseos españoles contradecían a los de la parte ocupada del país vecino. El interés de Hitler era el evitar que la población y los territorios africanos apoyaran a la Francia libre del general De Gaulle, refugiado en Londres.
Ante la imposibilidad de llegar a un acuerdo, a las 18.05 horas “de forma airada y de malísimo mal humor”, según Serrano Suñer, Hitler se levantó y dio por terminada la reunión. El Führer le señaló a Von Ribbetrop que “con estos tipos, no hay nada que hacer”. Dicen las crónicas que también señaló que prefería que le sacaran todas las muelas antes de volver a entrevistarse con Franco. Según el comunicado de prensa oficial, la conferencia se celebró “en el ambiente de camaradería y cordialidad existente entre ambas naciones”. Nada más lejos de la realidad.
Acercando posturas
Para intentar acercar posiciones, los ministros de Exteriores de ambos países se mantuvieron reunidos hasta la cena oficial. La solución pasaba por la firma de un protocolo abierto en cuanto a las compensaciones que recibiría España. Tras la cena, se retomaron las conversaciones, pero el acuerdo no prosperó.
A las 00.20 horas, Hitler acompañó a los españoles a su tren. Durante el regreso, el caudillo calificó a los alemanes como “unos perturbados y unos maleducados”. Era la primera y última vez que ambos sátrapas se encontrarían.
Un amor imposible
¿Quiso o no quiso Franco combatir al lado de Hitler? Según el historiador Xavier Moreno Juliá, el freno fue el hecho de que las importaciones, que eran vitales para España, procedieran del Reino Unido. “Si Hitler hubiera accedido a las posesiones francesas del norte de África, Franco hubiera dado el paso”, asegura en su libro Diplomacia en tiempos de guerra (1936-1945). En él, Moreno Juliá ha desarrollado una extensa investigación en la que la parte más clara del encuentro corresponde a la primera reunión, trascrita íntegramente en los Documents on Germain Foreign Policy.
Desde ese momento, el único material que aporta algo de claridad se basa en los diarios, memorias y anotaciones realizados por el Barón de Las Torres y por Paul Schmidt, intérprete de Hitler que entró al vagón después de la primera reunión y que relató el encuentro en el libro Europa entre bastidores. Por su parte, Moreno Juliá asegura que Serrano Suñer se llevó parte de la información sobre el encuentro a su ámbito privado.
En cualquier caso no hubo acuerdo, por lo que España no entró oficialmente en guerra. El movimiento más directo de apoyo al Eje se produjo en junio de 1941, cuando Serrano Suñer, enfrentado a presiones internas de sectores pro nazis, envió a la División Azul, voluntarios españoles en apoyo de Alemania en la invasión de la Unión Soviética. Lo curioso es que la voluntariedad de estos soldados ha sido puesta en duda. Probablemente la mayoría acudieron, inflamados por la ideología franquista y antisoviética, aunque algunos soldados profesionales acudieron con ellos. El armamento y uniformes fueron suministrados en su totalidad por Alemania. La División Azul operó principalmente en el frente central y en el de Leningrado. Asimismo, existió una amplia tolerancia, incluso colaboración, ante la actuación de los agentes del Eje en España.
Los intereses belicistas de Franco se detuvieron ahí. Tenía por delante la dura tarea de intentar levantar a un país derruido. Lo hizo... aplicando mano de hierro.
sábado, 10 de octubre de 2009
LA REVANCHA DEL TIEMPO

S
ucede muy de cuando en cuando que la Historia nos deja ejemplos de la bonhomía del ser humano. Hechos que nos hacen reconciliarnos con nosotros mismos en tanto en cuanto, en demasiadas circunstancias aplicamos ese pensamiento hobbesiano (y tan acertado en ocasiones), del hombre es un lobo para el hombre. El 12 de octubre de 1936 se produjo uno de esos hechos que permite pensar en que el hombre puede pensar en el prójimo que necesita la ayuda de sus semejantes. Ese 12 de octubre, aniversario de llegada a otros mundos, gentes de medio centenar de países empezaron a llegar a la ciudad de Albacete para luchar por unos ideales. Las Brigadas Internacionales, nombre con el que se quedaron para la posteridad, labraron un camino de esperanza que, no obstante, fue menoscabado por la realidad de unos hechos que superaron las expectativas creadas en torno a este cuerpo de voluntarios.
Auxilio a la República
De Moscú a Barcelona pasando por Albacete. La primera noticia de ese experimento llamado Brigadas Internacionales tenemos que buscarlo en la capital entonces soviética en el mes de septiembre de 1936. Las autoridades soviéticas en su voluntad de ayudar a la República tras el golpe de Estado de Francisco Franco, trataban de captar voluntarios de ideología izquierdista (no tenían por que ser exclusivamente comunistas) para participar en apoyo de los republicanos. El Gobierno de la República fue un tanto remiso en su origen a aceptar la propuesta porque no veía claro el papel que jugaría este grupo de combatientes. La opinión cambiaría en octubre de ese mismo año, cuando los primeros combates evidenciaron que la victoria no iba a ser tan fácil de conseguir, puesto que el elemento humano y armamentístico del bando nacional era superior.
Al halo mítico que tuvieron las Brigadas Internacionales ayudó un episodio ocurrido en su génesis y que demuestra ese carácter desprendido del que luchó en sus filas. A los pocos días de la sublevación militar, muchos de los atletas que iban a participar en la Olimpiada Popular organizada en Barcelona por Lluís Companys (presidente de la Generalitat), se unieron en una brigada propia, muriendo en los escarceos con el ejército el atleta austriaco Mechter, al que se le considera el primer brigadista caído en combate.
Decididos desde Moscú y desde la República presidida por Manuel Azaña, la sede internacional de reclutamiento se estableció en París bajo la dirección de los Partidos Comunistas soviético y francés. Desde el Gobierno se tramitaba la documentación necesaria, se hacía llegar a París y desde allí a los voluntarios que, desde toda Europa, llegaban vía ferrocarril a Albacete. El día, el 12 de octubre.
Once días después, Francisco Largo Caballero (jefe del Ejecutivo en ese momento) crea la División Orgánica de Albacete con un comité de organización encargado de asistir a los voluntarios que llegaban del extranjero. Pero quien realmente fue el organizador de esta milicia formada por extranjeros de 53 países fue André Marty, secretario de la Tercera Internacional y hombre, al parecer, de la plena confianza de Stalin. Los que llegaban a Albacete se iban distribuyendo por poblaciones cercanas como La Roda, Tarazona de la Mancha, Villanueva de la Jara y Madrigueras. El cuartel general de las Brigadas se instauró en el aeródromo de Los Llanos, que de inmediato se convirtió en objetivo preferencial de la fuerza aérea que apoyaba a los golpistas.
Movilización general
Las movilizaciones para contribuir a la defensa de la República desde las filas de las Brigadas Internacionales se extendieron por toda Europa, pero en países como Alemania e Italia se identificaron como el primer paso para combatir el fascismo y el nazismo emergente en ambos estados.
Las primeras brigadas formadas (XI, XII y XIII) estaban compuestas de franceses, belgas, italianos y alemanes voluntarios. Dentro de cada brigada se constituyeron batallones, generalmente de miembros de la misma nacionalidad para facilitar las comunicaciones entre los integrantes. Al lado de cada jefe militar había un comisario político, cuyas tareas principales eran de carácter político (mantener la moral, arengar políticamente a las tropas, etcétera). Tras las primeras semanas se conformaron las brigadas XIV, XV, 129 y 150. Cada una de ellas se dividía a su vez en tres batallones (en algunos casos había cuatro) que en un principio rondaban los 650 hombres cada uno. Estos batallones recibían nombres con claro contenido político como Garibaldi o Commune de Paris.
Al ardor en la defensa de la República en los primeros tiempos se pasó a la decepción y la desesperación. La ineficacia en el mando, las disputas ideológicas mientras el enemigo avanzaba a paso rápido y la descoordinación con el Gobierno de la República hizo que la experiencia brigadista se fuera diluyendo tras la novedad inicial. A esto se uniría que Juan Negrín (presidente de la República desde el 17 de mayo del 37), intentó por la vía diplomática parar la guerra, haciéndole ver a la comunidad internacional y a las tropas franquistas que, las fuerzas republicanas iban a replegarse. Ante esta situación, el papel de las Brigadas Internacionales decaía. No eran necesarios. La experiencia republicana iba feneciendo y como último momento de exaltación, se les tributó un gran homenaje popular en Barcelona a los que vinieron a España a luchar contra el fascismo. Caballeros de la libertad del mundo: ¡buen camino!, fue el lema escogido para este acto que tuvo su núcleo central en la capital catalana el 28 de octubre de 1938. Toda la ciudad amaneció con pancartas y carteles alusivos a las Brigadas Internacionales. Ante más de 300.000 personas, los internacionales desfilaron por la avenida 14 de abril (la actual Diagonal), en un ambiente altamente emotivo. Dolores Ibárruri cerró el acto con un emotivo y encendido discurso.
Se cerró así un capítulo de nuestra historia que tuvo su reconocimiento cuando a través de la ley de Memoria Histórica a los brigadistas supervivientes se les concedió una más que merecida nacionalidad española. Al fin consiguieron del tiempo, su particular revancha.
miércoles, 15 de julio de 2009
BAJADA (GUINEANA) DE PANTALONES

E
n algunas ocasiones me he preguntado si es que en el RH africano no hay lugar para la democracia. Desde que gradualmente todos estos países consiguieran su independencia de las distintas potencias coloniales, las experiencias democráticas han sido breves, tempestuosas, inmaduras y claramente deficitarias en el principal componente de este modo de hacer política y de convivencia: libertad. El quid de la cuestión está en la reiteración. Las metrópolis impusieron durante largos años de dominación, un modelo de dependencia basado en la ley del más fuerte, cuando no en la cuestión de superioridad racial. La turbulenta historia africanan en el último siglo y medio vino provocada por la ceguera de los imperialismos que proliferaron en la segunda mitad del siglo XIX. El reparto en plan tarta del continente africano efectuado en 1885 en la Conferencia de Berlín fue el germen del odio tribal y de múltiples problemas y guerras que vinieron a continuación (y en conflictos "mudos" de los que apenas sabemos algunos datos aislados).
Con estos antecedentes, los colonizadores (España entre ellos), dejaron a su suerte a los nacientes países africanos. En algunos, los deseos de libertad, de andar el camino por sendas no turbulentas, caló. Fueron los menos. En otros, a pesar de tímidos intentos, de tentativas obligadas (¿otra vez el matiz imperialista?), por organizaciones internacionales o por las antiguas naciones-madre, de buenos propósitos de las élites locales de introducir la democracia, la experiencia ha resultado fallida. Y decía anteriormente que el problema estaba en la reiteración, porque esas élites locales que son las que se adueñan del país, imitan los comportamientos de los antiguos dominadores.
Algo así ocurre en Guinea Ecuatorial. Después de la feroz dictadura de Macías y un golpe de estado (asonada sobre asonada, ¡qué curioso!), su sobrino Teodoro Obiang lleva treinta años de absolutismo con barniz pseudodemocrático. Lo pudieron comprobar esta semana una comitiva de políticos españoles a cuyo frente se encontraba el ministro de Asuntos Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, acompañado de Manuel Fraga, entre otras personalidades. El objetivo era el de intentar que Obiang siguiera sirviendo a la metrópolis. Ya se sabe: contratos con empresas españolas, ventajas a la hora de obtener recursos naturales ecuatoguineanos y echar un vistazo por la antigua provincia para ver como van las cosas. "Hay signos de apertura y modernización". dijo el ministro sin duda alguna asaeteado por una mosca tse-tse que le hizo pronunciar tamaña soplapollez.
Los españolitos fueron a Guinea Ecuatorial a ver qué había de lo suyo, saludar a Obiang, hacerle una gran reverencia y punto pelota. Probablemente la comisión no se leyó en el avión los informes que tildan a la dictadura de Obiang como una de las ocho peores de todo el orbe. Claro que el sátrapa tiene la sartén por el mango de uno de los países más ricos del continente, aunque la oposición esté atada de pies y manos y el ciudadano de a pie esté en la miseria. Moratinos and company fueron a mercadear, que los derechos humanos (la falta de ellos) ya habrá tiempo de tocarlos. Eso sí, la visita quedó perfectamente adornada con una impresionante bajada de pantalones ante un tirano que le ha ganado la partida a la "madre patria" y ahora se cachondea de ella.
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