Mostrando entradas con la etiqueta escribir. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta escribir. Mostrar todas las entradas

viernes, 28 de diciembre de 2018

Obsolescencia y exorcismos

“No saber de uno mismo; eso es vivir. Saber mal de uno mismo, eso es pensar.” 
Fernando Pessoa.
El libro del desasosiego.


El titilar de la lámpara no le dejaba escribir.

Fmal se entretenía arrugando el papel que yacía sobre la mesa sintiendo que no era capaz de seguir con el renglón que había iniciado unas líneas más arriba. La soledad le perturbaba pero sabía que era el único camino para llegar a terminar el relato que había iniciado varios días antes pero al que no le veía un final claro. Para ser sinceros, tampoco sabía cómo darle cuerpo y sentido a la narración. Pensó que al menos tenía un buen inicio y se sentía indefenso e temeroso de no cumplir con las expectativas que se había marcado. “Un buen principio puede quedar arrasado por un mediocre final”, se decía para sí mismo ante la perspectiva de fracasar en el intento de ser escritor.

Fmal languidecía sobre la silla, muertos los brazos, dejando caer al suelo el gastado lapicero que usaba para dar vida a su relato. El ruido leve y sordo del madero sobre la losa quebró la quietud de la estancia. Las tripas de la casa regurgitaban y le recordaban…

“¿Qué le recordaban?”...

Félix se detuvo ahí. No pudo continuar la historia de Fmal porque no tenía mimbres. No tenía idea de por dónde proseguir la narración. Quería ser trascendente en su vano intento de ser contador de historias pero era consciente que estaba cayendo en lo inane. Quería contar una historia con fondo, pero solo había puesto una palabra tras otra. Quería darle sentido a una ensoñada carrera como escritor, pero cayó en lo obvio…

“Félix, no vas a ser escritor”.

Y Félix estaba en lo cierto. Su relato sobre ese personaje que había creado hace escasos minutos había nacido fallido. No era ni intento de relato. Fmal quería ser escritor tal y como pretendía el propio Félix para sí mismo. Pero Fmal acababa de morir apenas unos minutos después de haber nacido como personaje y el autor se sentía absolutamente desesperado. Metaliteratura. Metafracaso.

Cabeza gacha, desesperación latente, mirada perdida, sensación de fracaso. Se preparó un café y perdió su mirada a través de los cristales del gran ventanal. Deseó que estuviese lloviendo para hacer más emocional, más romántico, más triste esa epifanía portadora de malas nuevas para el aprendiz de escritor. Más vale que se dedicara a otra cosa. “Mi padre ya me lo decía. Tengo demasiados pajaritos en la cabeza”. El pragmático progenitor quería una carrera de bien para el segundo chico de la familia. La madre le azuzaba con que siguiera sus instintos artísticos. Siempre se le dio bien eso de crear. “Pero crear no te da de comer”, musitó Félix para sí.

Crack.
“¿Qué es ese ruido?”

Félix se alteró por el inesperado crujir de las maderas de la casa. El siempre molesto viento de Levante no ayudaba a decrecer la sensación de peligro que el tétrico ruido le había provocado. Con el corazón palpitando, Félix tomó la decisión de investigar de dónde procedía ese chasquido que le quebraba el alma.

Crack.

La casa siempre había sido silenciosa. Vieja, pero silenciosa. Los cuidados a los que la sometía Félix periódicamente daba como resultado que luciera esplendorosa en todas sus facetas: como casa, como edificio histórico y singular y lo que es más importante, como hogar. Eso al menos, es lo que le gustaba pensar a él. Siempre argumentó de modo presumido que los vecinos se maravillaban al verla. Los veía detenerse delante de la puerta o en su esquina prominente que daba a la calle Larga. Era feliz cuando los observaba tras el cristal cuchicheando sobre la magnificencia de su planta, lo equilibrado de sus formas, la luminosidad de su fachada, lo imperial de sus cierros y rejerías. Era feliz siendo el único habitante de la casa, por más que en los bajos Antonio se ganara la vida con su pequeña ferretería, lugar de peregrinación de los vecinos no siempre en busca de tornillos, clavos o espiches. Antonio era un gran conversador y eso llenaba de alegría los días de Félix. También lo era Vicente Pancita, que con su frutería era otro de los puntos de interés del barrio. Buena verdura y fresca fruta de su propia huerta por la que venían preguntando desde otros puntos del pueblo. Y qué risas se echaba con las señoras el bueno de Vicente.

La casa era vieja, pero cuidada. No le faltaba ni un detalle y siempre intentaba mantenerla limpia. Subía a la azotea para cerciorarse de que los pináculos y jarrones de los pretiles estuvieran en perfecto estado, que los guardapolvos de pizarra no sufrieran los desmanes del tiempo, que la pared siempre luciera blanca de cal, que las cornisas estuvieran libres de malas hierbas y que los cierros, rejas y ventajas cumplieran su función a la perfección. Llegaban incluso desde la capital para admirar la majestuosidad de la gran casa que daba la espalda a la Iglesia Mayor con quien rivalizaba en prestancia ante vecinos y foráneos. Pero a pesar de tan importante adversaria, su casa no tenía rival. Sabía que era la envidia del barrio.

Crack.

Un ruido más, cada vez más fuerte, cada vez más cercano y penetrante. La casa aparecía quejumbrosa ante los ojos de un Félix que acumuló a partes iguales excitación y ansiedad por desvelar el misterio de aquel infernal crujido. Agarró una vieja linterna de latón que guardaba en el escritorio, sede de su fracaso como escritor, y con desvelo de detective buscó presuroso el pasillo para adivinar qué emitía aquel clamor terrorífico.

El pasillo largo que apuñalaba toda la planta del edificio se antojaba demasiado oscuro y lúgubre para un solo hombre. Félix se afanó en el paso y agudizó los sentidos para tratar de averiguar cuál era el foco de su desazón. La linterna apenas emitía un hilo de luz, imperceptible ya a un par de metros en avanzada. La inseguridad crecía en el hombre de la casa, que apenas respiraba por no interferir en la quietud que tanto amaba y que se veía amenazada por el sutil pero luctuoso ruido que empezaba a incomodarle.

Catacrack.

“Suena como a pasos sobre la madera”. El temor aumentaba a cada paso que daba. Aunque concentrado en el problema, trataba de pensar en cosas agradables, en los momentos tan gratos que la casa le había proporcionado en ese autoimpuesto retiro en el que vivía ya desde hace unos años. Sabía que se había ganado fama de huraño eremita, pero siempre tuvo disposición a ayudar a quien llamara a su puerta. Pero se sentía solo, demasiado solo desde hacía demasiado tiempo.

¡Catacrack!

El ruido se volvía cada vez más tangible, más oscuro, más pesado y cavernoso. Una especie de chirrido intermitente que se alternaba con una suerte de pitido corto empezaba a taladrarle los oídos. Él, que tanto amaba la paz de su casa, empezaba a angustiarse por los ruidos que se abalanzaban sobre su hogar.

“Estoy perdiendo la cordura. Seguro que no es nada. Una tabla desenclavada, una losa suelta, una conducción que pierde aire o agua. Sí, seguro que es solo eso”, razonaba Félix que trataba de agarrarse a la realidad que conocía. Buscaba reconocer cada rincón de su casa, cada estancia. “Sí, aquí está el cuarto de invitados. Todo está en orden”, susurraba entre dientes. Otra alcoba, un baño, un trastero hasta llegar a la escalera. Cerró tras de sí la puerta cuando escuchó un cuchicheo lejano. Miró hacia la planta superior para desentrañar el misterio, pero la oscuridad le impidió aclarar su mente. Pensó que serían los vecinos alarmados ante semejante escandalera que decididamente, procedía del exterior.

“Es mi casa. No pueden entrar aquí. Es mi casa. ¿Por qué no han llamado a la puerta como Dios manda?”.

Crack.

Bajando la escalera, el estruendo era mayor si cabe. Directamente proporcional crecía el miedo en el fuero interno de Félix que notaba como le castañeteaban los dientes aunque trató de tranquilizarse a sí mismo pensando que se lo provocaba el fresco que hacía fuera de su estudio. La escalera que le llevaba al mismo Averno desembocaba en un rincón, en un ángulo oscuro, donde no, no se veía ninguna romántica arpa. Félix trató de apuntar con la luz pero apenas disponía de pilas en la linterna. Ante él estaba la disyuntiva de seguir el camino emprendido sin apenas claridad y con la incertidumbre de qué se encontraría unos pasos más adelante o volver en busca de más luz… o de ayuda, pero ¿a quién podría pedírsela? Estaba solo en este mundo. Su soledad era buscada, querida, necesaria.

Un golpe hosco, ensordecedor le hizo caer al suelo. No se esperaba ese tumulto que lo dejó petrificado. Quedó tumbado sobre los últimos peldaños de la escalera, absolutamente desorientado y presa, ahora sí, del temor más inmenso. Ese horror a lo desconocido. Vivía una sensación nueva y creyó que era lo peor que le había pasado en su vida.

Félix solo quería escribir y vivir tranquilo en su casa. Aún recordaba los vasos de fino que se tomaba los domingos en el bar de Ariza, al que los lugareños conocían como Moñiga, porque según dicen, el chicuco tenía vacas en la trastienda. Se agarró fuertemente a esos recuerdos de momentos luminosos y alegres. Allí discutía con su amigo Eugenio, compañero de tantas aventuras en el pasado y que ahora se mostraba como un filósofo de la calle, depositario de la sabiduría de la barra de tabanco, doctorado en momentos cumbre junto a los parroquianos mientras se entonan unas alegrías improvisadas a la hora del vermú. Eugenio estaba en el polo opuesto de los intelectuales petulantes que tanto despreciaba por sentirlos ajenos. “¿Qué se habrán creído esos licenciaos que van mirando por encima del hombro?”, proclamaba con su sempiterna caña de Reguera en la mano. “¡Si no han visto mundo!”. Cuánta razón tenía. El recuerdo de Eugenio en el bar del Moñiga hizo aflorar sentimientos que casi hicieron olvidar el trauma por el que Félix estaba pasando. Momentos que ya se fueron. Ahora los echaba de menos y se arrepentía de no ser fiel al ritual dominical.

La oscuridad pegaba dentelladas y la inoperante luz que manejaba el único habitante de la casa no hacía sino prolongar la agonía. Las estancias de la planta baja de la casa se hallaban cerradas a cal y canto y solo las motas de polvo en suspensión se trasladaban de un sitio a otro al trasluz del foco que portaba Félix. La respiración contenida y las gotas de sudor serpenteando por el rostro. Músculos agarrotados, mirada torva y la premonitoria sensación de la inseguridad más absoluta.

¡Crack!

Otro estruendo, cada vez más insoportable, más enojoso. Mientras buscaba entre la oscuridad las respuestas a las cuestiones que se estaba haciendo desde que escuchó el primer rumor en su estudio, notó cómo un incipiente dolor de cabeza comenzaba a taladrarle. No quiere invitados, no quiere ser molestado. Su casa es su casa. Él es el guarda, él es el único habitante y así tenía que seguir siendo. Porque nunca molestó a sus vecinos, nunca tuvo una mala palabra con nadie. En realidad, cruzó escasas palabras en estos últimos tiempos y ahora lo que más deseaba era tener al lado a una cara familiar.

Los pasos se hacían cada vez más difíciles de dar. De repente, un chirrido infernal comenzó a sonar. Félix se tapó los oídos con sendas manos dejando caer a la losa la linterna que irremediablemente, acabó destrozada. Estaba solo, estaba desnudo y desamparado ante la amenaza exterior. No podía hacer nada. De repente pudo observar ciertas luces intermitentes que se colaban por entre las rendijas de puertas y ventanas. El rumor de voces también se acrecentaba y deseó tener mejor sentido auditivo para aclarar ideas. Los molestos intrusos que él pensaba que querían arrebatarle su hogar cuchicheaban; su conversación era imperceptible y lo que adivinaba a escuchar, apenas tenía sentido para él. Al estar puertas y ventanas sólidamente tapiadas, no podía aventurar quién osaba a perturbar su paz conseguida a lo largo de años y años de mantenerse como el alma de esa casa que ahora querían allanar de forma flagrante.

“No me la robaréis. ¡Es mía, es mía!”. Félix se desgañitaba para defender lo que por justicia era suyo.

El chirrido metálico crecía acompasadamente mientras que el asediado morador de la casa trataba de calmarse para pensar qué hacer. Miró a su alrededor y los destellos lumínicos dejaban observar las humedades de las paredes, las cornisas descompuestas, las losas rotas, los muebles desvencijados, la madera carcomida, los cristales hechos pedazos, los travesaños ajados. No podía dar crédito a lo que veía. ¿Quién había osado entrar en la planta baja a destrozar su casa? Sin encontrar explicación lógica del lamentable estado de la casa en su planta baja, Félix corrió hacia el patio para tratar de buscar algo de luz, pero lamentablemente, la luna nueva era esa noche, más negra que nunca. Félix dio dos pasos hacia atrás y cayó de espaldas. Vio como un montón de piedras se arremolinaban justo en el centro del otrora imperial patio que era el alma de la casa. Era. El pasado se cobra cara a sus víctimas y Félix empezaba a descubrir que su Edén se estaba cayendo a pedazos.

El chirrido metálico cesó. Las voces, no. Durante años, Félix había desarrollado cierta aversión al contacto con sus vecinos. No quería ser malinterpretado. Él disfrutaba de la compañía de sus vecinos, de sus vinos en casa de Ariza, de sus compras ancá Pancita, de sus discusiones con Antonio el de la ferretería, pero sin saber cómo y por qué, paulatinamente se había ido retirando de la cotidianidad y se aisló en sus libros, en sus oraciones, en su ferviente deseo de destacar como escritor en lo que le quedaba de vida. Pero el giro del destino narrativo que Dios le tenía preparado, no lo vio venir. Ese sí que era un magnífico desenlace para su historia.

Se puso en pie. Rápidamente, alcanzó la escalera y en escasas zancadas se encaminó hacia su estudio donde puso mil cerrojos a la puerta. Colocándose detrás del funcional escritorio de caoba, esperaba la llegada del momento final, a la espera de rendir cuentas ante el Altísimo.

A pesar de verse encerrado, intuyó que los allanadores ya estaban dentro de la casa. “Les oigo cuchichear. Hablan con voz queda para que yo no me entere. Están trazando su diabólico plan para hacerme desaparecer y quedarse con esta casa y con lo poco que tengo. Pero, ¿por qué? ¿Por qué a mí?”, se preguntaba angustiado Félix.

La locura transita caminos impensables.

Tumulto en la planta de abajo. Ahora ya se escuchan de forma clara las conversaciones acompañadas de ruidos que él no sabía descifrar.

Vienen a por él.
“Vienen a por mí”.
¡Vienen, ya vienen!

El crujido de la vetusta escalera no hacía presagiar nada bueno. Los que habían entrado por la fuerza en la casa estaban a punto de lanzarse sobre Félix, que ya había perdido todas las fuerzas para defender su morada, para defender su propia vida. Agazapado detrás del escritorio, tomó una vara de avellano que había pertenecido a su abuelo y que su padre, depositario por herencia, la había concedido a su hijo como objeto de alto valor sentimental para la familia. La vara permaneció años en su estudio, inmune al pasar de los días y ahora había llegado el momento en que entraría en acción.

Blandía Félix la vara en el aire de un lado para otro tratando de azuzar a los forasteros que habían penetrado en la casa, aunque aún no estaban dentro del estudio que era el refugio natural del solitario habitante del edificio.

-Esto está hecho un asco.
-Hay que demoler.
-Yo creo que podría reformarse, pero eso sí, poniendo muchos billetes aquí.
-Tenemos orden de tirarla y punto.

¿Tirar qué? ¿La casa? La mueca de incertidumbre se volvió de horror en el rostro, más sudoroso que nunca, de Félix. ¿Quiénes eran esas personas que hablaban de tirar su casa? Y lo que era más incomprensible, ¿cómo la iban a tirar si allí vivía una persona, si allí vivía él? Nadie le había informado de semejante acto de terrorismo hacia la propiedad privada, de este ataque sin igual a los sueños de una persona, de tamaña ofensa al patrimonio cultural de su pueblo. Quiso, en un arrebato de valentía transitoria, salir a hacerles frente, pero le acobardaba la sensación de indefensión y de soledad. Ahora notó que ser el único habitante de su mundo, le pesaba más que nunca. Sintió que había desaprovechado su vida y de repente vinieron recuerdos a su mente como en cascada. A su madre llevándole de la mano a la escuela donde aprendería las primeras letras y las cuatro reglas. El primer amor juvenil (y el único) que nunca fue correspondido y por lo que tomó una decisión que cambiaría su vida completamente. La compañía de Eugenio los domingos en el bar de Ariza, el sabor del fino recorriendo su garganta… Todo su mundo iba a ser destruido.

“¡¡¡Fuera!!!”.

Los empleados de la empresa de derribos no daban crédito. Habían oído un alarido. Los más escépticos no querían dar fe de la evidencia, pero el temor provocado por ese fantasmagórico vozarrón, unida a la negritud de la noche, provocaba no pocos escalofríos entre el personal que venía a derribar la Casa del Obispo.

-Aquí hay alguien-, musitó en voz baja uno de los empleados.
-¡Cómo va a haber aquí alguien! Si ya hace años que los últimos vecinos se fueron. Aquí solo hay mierda y más mierda.
-A ver si vamos a tener que llamar al cura para que haga un exorcismo aquí-, añadió en tono jocoso otro operario.

Ya habían inspeccionado cada planta de la Casa del Obispo. Uno de los trabajadores, el más preocupado por el alarido que había escuchado, posó su vista sobre una puerta inusualmente cerrada en un edificio abandonado desde hace años y que iba a ser demolido en pocos minutos. Tomó el pomo y entró en una estancia que paradójicamente se encontraba aún con el mobiliario en su sitio y bastante más limpia que el resto de las habitaciones. Pensó que se trataría de alguna oficina o estudio de alguien importante. Según le habían contado, allí vivió un obispo que un buen día dimitió y quiso disfrutar de la placidez de su casa. Se adentró y repitió el escalofrío al notar cierto vaho de vitalidad en aquel lugar. Observó que sobre el escritorio yacía una vara de avellano que le agradó, quedándosela para sí. Sin mirar atrás, cerró la habitación y marchó junto a sus compañeros de labor.

-Vámonos de aquí. Este sitio no me da buena espina.- confesó al jefe de la cuadrilla, que dio orden de desalojar el edificio, acordonar la finca e iniciar los trabajos de demolición.

Antes del alba, el edificio sería ruinas. Las máquinas y los camiones debían eliminar todos los escombros y el terreno tenía que quedar alisado para antes de acabar el día. De momento, el lugar que antes ocupaba la casa, sería un aparcamiento. Otros planes de futuro vendrían para el barrio donde ya no existía ni la ferretería de Antonio, ni la frutería de Vicente, ni el bar del Moñiga. Tampoco quedaba ya resto de la Casa del Obispo. Félix pensó en aquel instante que la sociedad ya no necesitaba de los objetos viejos.

-Maldito sea el progreso que acaba con los sueños de la gente-, se dijo para sí quedándose de pie, solo y desprovisto de su vida y de su alma ahora que le habían tirado lo que más quería.

Relato publicado originalmente en el libro Casas inolvidables de Chiclana. AAVV. Editorial Navarro, 2016.



miércoles, 13 de diciembre de 2017

Encontradizos

"Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos".

Cortázar sigue dejándome KO.



sábado, 22 de abril de 2017

El mejor poema del mundo...

... va sobre ciruelas.


ESTO ES SOLO PARA DECIRTE...

Me comí
las ciruelas
que estaban en
en la nevera
y que
probablemente
guardabas
para el desayuno.

Perdóname
estaban deliciosas
tan dulces
y tan frías.

This is just to say (Poemas reunidos, 1934). William Carlos Williams.

Aquí la versión en inglés:

THIS IS JUST TO SAY

I have eaten
the plums
that were in
the icebox

and which
you were probably
saving
for breakfast

forgive me,
they were delicious
so sweet
and so cold.





sábado, 28 de enero de 2017

Tesis

Una vez hice de negro. Escribí algo para otra persona y esa persona me pagaba. El texto en cuestión fue una tesis doctoral por la que la otra persona obtuvo un sobresaliente cum laude por la Universidad de Sevilla. Y soy un gilipollas porque yo no tengo un doctorado, pero bueno...

Aún estoy cobrando ese trabajo. A duras penas... Doblemente gilipollas.

Pero ese trabajo de negro ahondó en mi gusto por artistas como Mark Rothko o Jackson Pollock. Por cierto, que hoy este último cumpliría años...

Pollock en su estudio.




lunes, 12 de diciembre de 2016

Carolina Coronado. Feminismo y Romanticismo

Creo que no voy a decir nada mejor que este texto que hoy ha colgado en su Facebook el Museo Nacional del Prado. Y es que conocí a Carolina Coronado hace un año aproximadamente, investigando sobre mujeres del Romanticismo y desde entonces he incluido poemas suyos en cada CaféRomàntico que ha organizado la asociación cultural Taetro, firme defensora de los valores transmitidos por esta corriente vital y literaria. Pues lo dicho. Carolina Coronado, una mujer progresista, feminista y gran escritora, injustamente olvidada, como tantas otras... Os dejo con el texto del Prado:

Tal día como hoy en 1820 nacía la escritora romántica Carolina Coronado. Educada en una familia de ideología progresista y abanderada de los ideales liberales de la época, instituyó en su casa de Madrid un cenáculo literario y musical al que acudían artistas, intelectuales y políticos. Afectada desde su juventud por una catalepsia crónica que le llevó a “morir en vida” en varias ocasiones, encarna el ideal de artista y escritor del Romanticismo.

(Créditos: Museo Nacional del Prado).

Federico de Madrazo realiza esta obra hacia 1855, uno de los ejemplos más bellos de la retratística del siglo XIX. Madrazo fue capaz de captar psicológicamente a una Carolina Coronado valiente, soñadora y decidida; todo ello con una mezcla entre melancolía, por la reciente muerte de su hijo, y una sonrisa contenida. Cubriendo parcialmente su cabeza con una mantilla negra, la sencillez cromática remite a la tradición barroca española.

Escritora de exquisita sensibilidad y con una gran carga de sensualidad, dedica parte de su obra a reivindicar el papel de las mujeres; así lo hace en el poema Libertad del que recogemos algunos versos:

¡Libertad! ¿qué nos importa?
¿qué ganamos, qué tendremos?
¿un encierro por tribuna
y una aguja por derecho?

¡Libertad! ¿de qué nos vale
si son los tiranos nuestros
no el yugo de los monarcas,
el yugo de nuestro sexo?



lunes, 28 de noviembre de 2016

La obsesión


"Para esto os habéis embarcado, hombres, para perseguir a esta ballena blanca por los dos lados de la costa y por todos los lados de la tierra, hasta que eche un chorro de sangre negra".

Herman Melville. Moby Dick (1851).



sábado, 12 de noviembre de 2016

Cachitos de "periodismo" XXVI

Hoy, nuestro credo periodístico:

"Luego de haber adorado a todo tipo de dioses, la única fe que le quedó fue la fe de erratas".



miércoles, 19 de octubre de 2016

El fin del mundo hizo noche aquí

Hoy se cumplen 51 años de la Riá de Chiclana, el desbordamiento del cauce del río Iro a su paso por el casco urbano que cambió interior y exteriormente al municipio y a sus ciudadanos. Hace un año, la editorial Navarro publicaba Barro y lágrimas, compilación de relatos sobre la efeméride y tuvieron a bien invitarme a incluir un texto de mi autoría. He aquí:

EL FIN DEL MUNDO HIZO NOCHE AQUÍ

Amenaza tormenta…

Es un alivio que tras tantos meses de sequía vaya a llover algo. El campo lo necesita, la gente lo espera, incluso los santos son interpelados en busca del milagro. Sequía pertinaz. Desastre económico. Es curioso como el agua marca nuestras vidas, desde nuestra misma concepción como especie y como seres individuales, hasta el mero discurrir de nuestra vida en comunidad. Si hay poca agua, malo; si hay mucha, peor. No sabemos aplicar la justa medida, quizás porque en este caso, no tenemos poder de decisión.

La tormenta se desata…

Es 27 de noviembre. Estamos a un mes escaso de cerrar 1998 y llueve a mares. Mi padre ha estado ordenando una caja de recuerdos familiares; entre ellos, unas fotos antiguas de cuando la riá de Chiclana. Yo nací precisamente ese año, el año en que el pueblo salió en los papeles. Pero lo hice lejos de aquí, en Sevilla, donde mi madre servía en casa de unos señores. Allí la sorprendí al nacer un mes antes de que saliera de cuentas…

Sábado 9 de octubre de 1965
Querida Ana:
Te escribo la presente para preguntarte cómo estás tú y el niño. Yo estoy bien. Hoy después de amanecer, me he ido a la bodega como cada día para ganarme el jornal. Hemos estado arrumbando botas porque nos han ordenado hacer sitio para un nuevo cachón que viene de Jerez.
Yo estoy bien. Tu madre me trata bien, no me falta de ná, pero se te echa de menos en la casa. A ver si pido unos días de permiso y puedo ir a Sevilla a verte.
Cuéntame al recibo de la presente si todo va bien con el niño.
Muchos besitos,
Ángel.

Martes 19 de octubre de 1965
Querido Ángel:
Vente cuando puedas para Sevilla porque yo creo que este niño se me va a adelantar. Tengo muchas molestias y la señora me ha dicho que descanse, no vaya a ser prematuro. Iré al sanatorio a hacerme pruebas para ver qué me pasa, pero no me siento muy católica.
Espero que todo vaya bien por allí y que mi madre te trate bien. No te aperrees mucho con el trabajo que para el jornal que sacas mejor no complicarse la vida.
Te quiero mucho mi vida.
Siempre tuya,
Ana.

Mis padres se querían con locura. No eran una pareja convencional de la Chiclana de entonces. Tenían sus demostraciones de afecto públicas. Francamente, no parecían de esa época. Mi padre había visto “mundo”, todo el “mundo” que se puede habiendo trabajado para las bodegas jerezanas. Había visitado otras provincias con su jefe, un adelantado a su tiempo que creía en la innovación en el mundo del vino. Gracias a él, Ángel, mi padre, sabía de otros tipos de uva, de otros modos de trabajar. Se convirtió en el chico para todo de su bodega… Pero cambió la dirección y mi padre se fue al paro. No tardó en encontrar acomodo en una bodega de Chiclana gracias a que conocía al capataz. Volver a empezar… y con un chiquillo en puertas.

El día del fin del mundo Ángel tenía la cabeza más puesta en Sevilla que en su faena. Trabajaba por automatismo. Mover botas de una pieza a otra, repellar una pared de la solera que estaba en mal estado, visitar de vez en cuando el embotellado para arrimar el hombro con los compañeros… aunque a él lo que le gustaba era cuidar de su pequeña viña que había comprado con tanto esfuerzo cuando las cosas le iban un poco mejor. Sus mimadas vides a las que dedicaba tanto cariño como a su mujer. Podaba, cuidaba de que no tuvieran el bicho, las acariciaba, hasta les susurraba, dotándolas de una personalidad que él no dudaba que tuvieran… Quería cortar su uva, quería recoger su fruto. Era trabajo de más, pero él le sacaba horas al día para que todo lo importante de su vida fuera atendido como es debido. Ángel se encariñó especialmente de una vid pequeñita, retorcida pero que en su primer año creció con vigor, con unos esplendorosos pámpanos y que a la larga daría un fruto redondo, carnoso, reluciente bajo el sol gaditano. No sabía por qué aquella planta le llamaba tanto la atención. Quizá porque, como si de un niño pequeño se tratase, la había encaminado hasta crecer de forma adecuada, educándola, buscando que en un futuro le diera alegrías. Cuando estaba agobiado por todo, mi padre se asomaba a su pequeña vida en su recoleta viña, su lugar de evasión, el sitio donde entre cigarrito y cigarrito, caminaba pensando en un futuro incierto, pero al que él le ponía siempre una sonrisa… La sonrisa de Ángel. La sonrisa de un soñador.

Sevilla estaba lejos. Ana cerca. A su lado, tratando de apacentar los nervios primerizos de un padre al que todo esto le cogía por sorpresa. No quería perderse el nacimiento de su hijo, pero la necesidad obliga y él está el primero en su puesto de trabajo. Caen gotas sobre una Chiclana de color ceniza y de caras largas presagiando un otoño que se cierne sobre el pueblo. “Estas nubes no barruntan bueno” dicen en la tasca donde los empleados de la bodega ahogan en una caña de fino sus cuitas cotidianas.

Toca volver a la faena con el recuerdo en la cabeza del niño que viene. El trabajo se acumula pero él sigue siendo un automatismo viviente. Recibe órdenes y las ejecuta, no por nada es el trabajador más reconocido por los jefes.

-Este año la solera se está portando -, presume Manolo, el capataz con más de veinte años de carta de servicios para la bodega.
-La vendimia ha sido buena y tras los trasiegos, vamos a tener un fino buenecito –apunta un Ángel, alimentando las esperanzas de su compañero. –Menos mal que este tiempo no lo tuvimos en junio ni antes del corte de la uva, que si no… - musita ante la incipiente lluvia que asoma por las alturas.

El cielo se encierra en sí mismo, casi engulle las nubes escupiendo agua a niveles moderados. “Dicen que en Medina está cayendo tela de agua”, claman por el patio de la bodega centenaria. La gente empieza a preocuparse porque hoy la faena la corta el agua. De eso están seguros. El problema vendrá mañana cuando los jefes ordenen que lo de hoy se junte con lo de mañana. Esa preocupación no le hace torcer el gesto a un Ángel que vive por y para su mujer y su niño.

-Verás cuando lo tengamos, chiquillo –le decía Ana la última vez que se vieron. –Al niño lo mandaremos a estudiar fuera, va a ser el primero que estudie en esta familia. Las cosas están cambiando Angelín-… Ana, toda una luz de optimismo.
-Ya nos preocuparemos de eso cuando crezca, mujer. Primero te tienes que cuidar, tenerlo sano y ya Dios nos ayudará a criarlo. Trabajo no me va a faltar.

Ángel tiene que dejar la faena. Sale fuera y observa con recelo la calle, inclinada en pocos grados pero lo suficiente para ver cómo empieza a formarse un torrente que va a desaguar en la parte baja del pueblo. Los compañeros están pidiendo permiso para irse con sus familias. Ángel no. Él se queda a ultimar con Manolo y los pocos que ya quedan allí, la defensa contra el agua. “Que no entre en la solera, por lo que más queráis” se grita bajo la reparia desnuda de la entrada. Ángel se pone manos a la obra y encajona en la puerta una tabla lo suficientemente alta como para impedir el paso furioso del agua, que alcanza ya niveles increíbles.

-¡Mecagüentó! Si tampoco está lloviendo tanto-, maldice Manolo poniendo los brazos en jarra y sin creerse del todo lo que se les viene encima.
-Toda el agua está cayendo en Medina. Dicen que el río va llenito. Esto no va a traer bueno, compañero-, sentencia un Ángel que pierde su mirada en el cauce sigiloso pero amenazante que se forma delante de él.

Ana empieza a tener dolores. Está en el sanatorio. También está preocupada: por ella, por su niño y por un Ángel del que hace días que no sabe nada. Empieza a tener contracciones cada vez más seguidas y la matrona decide intervenir… Ya está más cerca. Ella lo siente. Ella lo quiere tener ya entre sus brazos. Por la ventana, mira hacia un horizonte ciego pensando en su Angelín, creyendo que ya estará en casa de su madre almorzando. Ya pronto estaremos juntos los tres…

Chiclana se desborda. Las aguas bajan revueltas, el río no puede más, las calles acogen el torrente malhumorado, los rápidos que se forman en cada esquina, los torbellinos llenos de sedimento y de maleza que vienen desde más arriba. La población comienza a sentir el pánico mientras que el suministro eléctrico falla clamorosamente en todo el pueblo. La ayuda tarda en llegar, las carreteras tampoco están en el mejor estado, aunque la alerta ya se ha dado a nivel provincial. Chiclana sufre bajo un manto líquido inesperado mientras que los vecinos tratan de achicar el agua de sus casas con los escasos medios de los que disponen. En escasos minutos todo se va a ir por un gran sumidero: las esperanzas, las pocas alegrías, los pequeños negocios, las ansias de mejorar. Los chiclaneros ven anegado su presente. No hay futuro posible. Todo se nubla.

Las calles del centro son un lago de reciente formación. Todo lo que podría salir mal, ha salido. Los servicios de emergencia llegan primero en rústicas barcas, mientras la Cruz Roja intenta socorrer a los damnificados. Afortunadamente, no hay heridos ni muertos. La gente se santigua en busca del milagro. “Dios nos ha abandonado… ¿Dónde estará mi hijo?”. Una señora que cuenta ya los escasos años que le quedan de vida, resiste heroica el temporal y echa una mano en lo que puede. Saca mantas, las sube hacia el techo de la vivienda que habita junto a tres familias más, en busca del alivio de los dolientes. Un rayo de luz en medio de muchas preguntas sin respuestas.

Ángel no da abasto. Trata de salvar la situación en la solera. La bodega ya da por perdida la tonelería. Diego, el maestro en dar forma a las botas, llora por tanto trabajo que se lo ha llevado por delante el agua. Maldice la mala suerte que ha corrido su taller ante ese cielo que empieza a abrirse buscando el azul perdido durante horas. Ángel aún tiene tiempo de consolarle y de pedirle sus manos encallecidas para ir moviendo unas botas que estaban preparadas para ir a las criaderas. Las traslada rápido, casi por intuición, pero no impide que finalmente la fuerza del torrente entre sin llamar a la parte más sagrada por todos en aquel edificio.

-¡Que se pierde la solera! -, aúllan con dolor. Ángel ya no sabe qué hacer. Se mesa los cabellos, no quiere creer lo que está viendo. Piensa en su viña, en su vid pequeñita, en lo que sufre rodeada de tanto charco…
“Ana… Supongo que estará bien allí en la casa de los señores”. Ajeno a todo, Ángel zozobra con la bodega. Mi padre ha hecho todo lo que ha podido y aunque no la tenga al lado, busca la aprobación implícita de mi madre…
“Ángel tiene que estar deseandito de verme con el niño”. Los dolores atenazan cada vez más a una parturienta que no ve el final del día. La señora ya se ha ido a su casa. Ana se queda a solas con sus dolores.

Una media bota sale por la puerta. Lenta, pausada, navegando sobre metro y medio de agua. Abandona la bodega en dirección hacia la zona baja del pueblo donde la agonía campa a sus anchas. Ya no llueve pero los rostros de muchos chiclaneros se ven humedecidos por las lágrimas a las que no pueden poner fin. La media bota de buen roble americano surca por las calles cercanas sorteando toda clase de objetos que la riada ha ido acumulando con el paso de los minutos. Una media bota vacía que Ángel tendría que haber trasladado para ponerla a buen recaudo, pero que sin embargo, se ha escapado para vivir otras vidas toda vez que ya no servirá para su función. Nadie repara en ella a excepción de un niño de unos 12 años, rubio y de ojos azules que llora porque no entiende qué ha pasado. No quita la vista de la media bota añeja, que iba a vivir una segunda, tercera o cuarta vida en un cachón que Ángel tenía intención de preparar en los próximos días. Pero ya no habrá futuro para esa vieja media bota de roble americano que danza entre las aguas, chocando contra ramas, muebles viejos e ilusiones rotas.

Mi padre, junto con cuatro o cinco compañeros, está en la azotea de la oficina de la bodega. La mirada perdida, los ojos vacíos, solo surcados por lágrimas. Se preguntan el por qué sin esperar respuesta a cambio. Por primera vez en mucho tiempo, mi padre no sabe cómo actuar. Su mecánica mente no es capaz de asumir lo que en poco tiempo ha sucedido en su pueblo. Solo tiene tiempo para pensar en que puede que no quede futuro.

“Y, ¿cómo estará mi Anita? Lo poco que le queda ya para parir. Las ganas que tengo que acunar a mi niño en los brazos”…

Ana sigue soportando lo indecible. Las fuerzas se las da Ángel a unos cuantos kilómetros. Quiere ver su cara surcada de arrugas prematuras, demasiadas para lo joven que es aún su marido. Quiere recorrer el moreno de su piel labrado por las horas y horas de trabajo bajo el sol, las manos pobladas de callos por el trato con la vieja y sabia madera y las tijeras de podar. Anhela poder besarle cuando él llegue todos los días después de la faena. Desea más que todas las cosas del mundo, prepararle el potaje de tagarninas que a él tanto le gusta, porque es en esos pequeños detalles donde Ana, mi madre, la que manda en esa casa, empieza a sentirse libre, mandando sobre sí misma sin ser tutelada por una señora a la que le importa muy poco su vida.

Pero Ana sigue luchando. Las contracciones ya son prácticamente consecutivas. La matrona decide comenzar…

El ejército, los bomberos de las zonas colindantes y los voluntarios de Cruz Roja arriman el hombro. Los chiclaneros empujan con toda su solidaridad. La noticia ya ha llegado, gracias a los teletipos, a todos los rincones del país. Ahora tocan las horas de penumbra, porque la noche se acerca y todo se vuelve negro.

Esperar…

Ángel no abandona la bodega. Será el último en hacerlo. Sus compañeros tampoco. Han decidido no salir y comprobar el estado de las instalaciones una vez las aguas decrezcan. Les va a costar recuperar el ritmo de trabajo habitual. Pero mi padre no es de los que flaquean. Hoy todo lo ha visto perdido, pero siempre tiene la visión de que las cosas pueden ir a mejor… después de haber saboreado la amargura de la tragedia. Tocará echar horas para restablecer el orden. Mi padre odia no tener el control. Mi padre desearía estar a unos cuantos kilómetros de allí.

El alarido se escuchó en todo el ala del sanatorio. La matrona trata de calmar a la futura madre, que suda por los cuatro costados. No aguanta ya. Quiere ver a su primogénito. Busca su primer aliento, sus primeros latidos, desea tocar su prematura piel de recién nacido. Ansía tener a su lado a su marido.

-¡Empuja cuando yo te diga, Ana!... ¡¡Yaaaa!!

A punto de desfallecer, mi madre reúne fuerzas de donde no las hay para tratar de darme un nacimiento como es debido. Me hago de rogar… Complicaciones. El cordón umbilical se me ha enredado en el cuello. La matrona recula y busca soluciones. Viene otra partera y un ginecólogo. La situación se agrava. Se preparan equipos médicos como una modesta incubadora y una botella de oxígeno, por si las cosas siguen yendo por mal camino.

-¡Empuja de nuevo!

No puede más. La valiente madre sufre por su hijo. Sufre por mi. No sabe a dónde agarrarse con tal de tener los arrestos suficientes para alumbrar al tesoro que va a iluminar su casa. “Angelín, te necesito más que nunca… ¿Dónde estás, chiquillo?”. Ana está cansada, no puede más. Oye que el niño viene con problemas. Está asustada y no quiere ni mirar. La matrona trata de calmarla pero ella llora, desfallece, pierde las fuerzas y casi el alma en un último grito de dolor que rompe el quirófano en dos. Sale el niño. Busco respirar para llenar mis pulmones, pero el aire no me alcanza a la vida. El médico actúa con presteza y trata de cortar el cordón que me ahoga. Me liberan de mi prisión, pero no respondo. Estoy lívido. Hay líquido amniótico por todas partes. Mi madre está encharcada en sudor y lágrimas. No quiere ver. No quiere comprender.

Hora de la muerte: 20.41 del 19 de octubre de 1965.

Ana cogió a su pequeño en brazos. Notó a pesar de la frialdad, que tenía rasgos de mi padre. Hasta una pequeña marca de nacimiento blanquecina en el cuello en forma de media luna… Mi padre no llegó a conocerme. Se encerró en si mismo, en una cárcel de la que tardaría mucho en salir. Se culpaba de lo sucedido por no estar a la vera de Ana. Aquel día de catástrofe comunitaria para el pueblo de Chiclana, fue un día de tragedia personal para la familia. Volvieron a intentar tener otro hijo y lo consiguieron un par de años después… Pero aunque Ángel quería cerrar la puerta a ese pasado, Ana seguía insistiendo en mantener vivo mi recuerdo.

Hoy, tres años después, Ángel visita su viña. Con mucho esfuerzo consiguió recomponer lo que la riada del 65 se llevó. Ahora toca reemprender la marcha junto a Ana y el pequeño Julián, mi hermano al que no pude conocer porque apenas comencé a vivir cuando ya empecé a decir adiós.

Hoy Ángel se ha dado cuenta que la viña a la que tanto cariño le ha cogido tiene en la cepa una extraña marca blanca en forma de media luna. Y sin saber por qué, eso le hace sentirse mejor.


Junio 2015





martes, 20 de septiembre de 2016

Versos para todos

Tu destino está en los demás
tu futuro es tu propia vida
tu dignidad es la de todos...

Palabras para Julia
José Agustín Goytisolo (1928-1999).

En la voz de Paco Ibañez...



miércoles, 7 de septiembre de 2016

Los paseos de Quiñones

Todo me falla, hasta la muerte

Al-Mutasim, rey andalusí de la taifa de Almería (1037-1091)
Palabras dichas cuando en su propia alcoba reñían quienes lo destronaban.


Era yo un pipiolo en la Universidad. No recuerdo si aún estaba en mi primer año en la carrera de Historia o en el segundo. Qué más da...

Por aquellos días era yo propenso a faltar a clases (por aburridas y poco interesantes) y a pasear por las calles de Cádiz, parándome en rincones y en tascas, a veces incluso acompañado de libros que sacaba de la biblioteca del centro. Libros que casi nunca eran de la temática que estudiaba y sí de conocidos como Shakespeare, Nicolás Guillén, Kavafis, Vázquez Montalbán... y Fernando Quiñones.

Era yo un pipiolo universitario que una tarde fresca de otoño cruzaba la plaza del Mentidero en dirección a la Facultad cuando me cruzo con Quiñones, el padre de Cantueso y de la Legionaria, el viajero y narrador de crónicas, el amante del cine y el flamenco acompañado con unos vasos de fino, el desaliñado muñidor de géneros, el escritor...

-Buenas tardes, don Fernando...
-Muy buenas, muchacho.

Ese fue el día en que conocí a Fernando Quiñones. Y me bastó con eso. Desde entonces, ardo en sus palabras.





lunes, 5 de septiembre de 2016

Antipoéticos

DECLARACIÓN DE PRINCIPIOS

Me declaro católico ferviente
no comulgo con ruedas de carreta

me declaro discípulo de Marx
eso sí que me niego a arrodillarme

capitalista soy de nacimiento
loco por las perdices escabechadas

me declaro discípulo de Hitler
eso sí que rechazo las imitaciones

soy un agente clandestino soviético
no me confundan eso nó con el Kremlin

en resumidas cuentas
                               me declaro fanático total
eso sí que no me identifico con nada

la palabra Dios es una interjección
da lo mismo que exista o que no exista.



Nicanor Parra. Hojas de parra (Ganímedes, 1985).






viernes, 5 de agosto de 2016

Cachitos de "periodismo" XXI

Sí. Ya tenía ganas. Lo reconozco. Y aunque tenía varias notas del Gabinete de Prensa del Excelentísimo Ayuntamiento de Chiclana de la Frontera pilladas para comentarlas, esta sí que no tiene desperdicio.

De entrada, un profesional de la comunicación debe aconsejar al político de turno que entrar en el "y tú más", no sirve para nada. En este caso, para dar difusión a la labor de un equipo de Gobierno lo que se tiene que hacer es redactar una nota bien explicada, con aclaración de términos y apoyándose siempre en contenidos constructivos. Aquí ya vamos mal. En segundo lugar, usar palabras gruesas para ir contra el enemigo, también es cosa mala. Y para colmo, si no usas unas puñeteras comillas para entresacar lo que es pura expresión del político de turno de la mera información que redacta ese profesional de la comunicación, ya es que hemos perdido las cabras.

Analicemos:

TITULAR:
La delegada de Urbanismo lamenta la irresponsable actitud del PP con la Ronda Oeste (el uso de comillas está indicado para ilustrar las palabras de la concejala, aunque sea su partido quien te pague el sueldo).

SUBTÍTULO:
Ana González rechaza de plano las majaderías de Andrés Núñez e insiste en que única y exclusivamente se suspenderán los ámbitos en los que la infraestructura toca el dominio público marítimoterrestre. (¿Majaderías? ¿En serio, Gabinete de Prensa del Ayuntamiento de Chiclana? ¿En serio? ¿Dónde quedó el código deontológico? ¿Dónde quedó el saber titular y subtitular? ¿Dónde está aquí la Asociación de la Prensa de Cádiz para criticar este mal uso del periodismo? Por cierto, es marítimo-terrestre).

En el cuerpo de texto hay perlas gloriosas. Por favor, si hay en la sala algún traductor de idiomas extraños, que se persone por calle Constitución número 1. Razón: oficina de Prensa.

“Que el Sr. Núñez explique cómo es posible esta situación, en lugar de desviar el tiro con que el Gobierno municipal no quiere la Ronda, ha exigido la delegada de Urbanismo, ¿quién no quiere la Ronda Oeste?, se ha preguntado. El Sr. Núñez puede explicar en Madrid que la Ronda Oeste, para que sea una ronda metropolitana como se recoge en el POT Bahía de Cádiz, no puede tener otro trazado. El PP de Chiclana puede explicar en Madrid que no cabe otro recorrido si se quiere que sea una ronda que envuelva a la ciudad por el Oeste.

A ver. Se comienza abriendo comillas y no sabemos dónde acaban. Lo de la abreviatura de Señor, ya lo dejamos por imposible. Tampoco entendemos cuáles son declaraciones expresas de la concejala y qué es lo que redacta de su propia mano el o la profesional de la comunicación. La coordinación de la frase (larguísima por otro lado), su incoherencia y su falta de concordancia es para darle palos en el lomo a quien lo haya escrito, además de suspenderle las asignaturas que en su día aprobara en la carrera para que le dieran el título de profesional de la comunicación. También se hace necesaria una explicación de qué es el POT para el populacho. Y por último, algo que ya ha sido denunciado en repetidas ocasiones: el infantilismo con que se redactan estas notas de prensa. Pero no nos pongamos destructores, que hay más.

El Gobierno municipal quiere la Ronda Oeste y va a pelear por que sea una realidad. No obstante, su inclusión en el documento del Plan (¿Qué plan: el de Ordenación Urbana, el POT?) no puede condicionar la aprobación definitiva de éste, por lo que se ha considerado que la posición más favorable para los intereses de la ciudad es que se apruebe el Plan (reiteración de plan. Sugerimos su cambio por sinónimos como documento, planeamiento, planteamiento...Existe un libro tocho llamado Diccionario de la RAE donde hay muchas palabras para escoger) dejando en suspenso los ámbitos afectados por el dominio público. (Incoherencia absoluta. Da la impresión que es un texto copiado tal cual, o bien de un texto previo pasado por la delegada o de una transcripción de una grabación de la propia concejala, sin haberlo entendido el redactor cuando su misión primordial es la de difundir el mensaje haciéndolo claro y comprensible para el común de los mortales).

De lo que sí  nos hemos enterado es que el Ayuntamiento tiene un Plan. No sabemos cuál, pero lo tiene. Otro día, más y mejor.



lunes, 11 de julio de 2016

Otros lugares... otras visiones VI: Escrituras amateurs

Este es el blog de Josema:

http://escriturasamateurs.blogspot.com.es/

¿Por qué es buena idea leer su blog?

1. Porque es necesario.
2.Porque el tipo es un magnífico poeta en ciernes.
3. Porque su poesía es calmada, precisa, directa, dialogante, necesaria y plena de mensaje.
4. Porque aúna ética con estética.
5. Porque cultiva también la prosa y ahí demuestra que una idea se puede desarrollar en pocos párrafos.
6. Porque la creatividad luce por todos sus poros.
7. Porque es insobornable e inconformista en sus escritos, lo que determina que también puede serlo en su vida personal.
8. Porque siempre es buena noticia que un chico de formación académica científico-técnica, pasee con tanto esmero y dedicación por el camino de las artes.
9. Porque pasaréis un buen rato.
10. Porque le he visto crecer como escritor.

¿Os parecen pocas razones?



domingo, 10 de julio de 2016

El negro Guillén

NO SÉ POR QUÉ PIENSAS TÚ

No sé por qué piensas tú,
soldado, que te odio yo,
si somos la misma cosa
yo,
tú.

Tú eres pobre, lo soy yo;
soy de abajo, lo eres tú;
¿de dónde has sacado tú,
soldado, que te odio yo?

Me duele que a veces tú
te olvides de quién soy yo;
caramba, si yo soy tú,
lo mismo que tú eres yo.

Pero no por eso yo
he de malquererte, tú;
si somos la misma cosa,
yo,
tú,
no sé por qué piensas tú,
soldado, que te odio yo.

Ya nos veremos yo y tú,
juntos en la misma calle,
hombro con hombro, tú y yo,
sin odios ni yo ni tú,
pero sabiendo tú y yo,
a dónde vamos yo y tú Y
¡ no sé por qué piensas tú,
soldado, que te odio yo!

Nicolás Guillén.

Y de regalo, más poemas de Guillén versionados por Pablo Milanés. De cubano a cubano.







viernes, 1 de julio de 2016

1000

Hoy, 1 de julio de 2016, siete años y pico después de su puesta en marcha, este blog, Reino de Taifa, llega a las mil entradas publicadas. Algunas con más aceptación, otras con menos (incluso alguna, con un solo pinchazo). Y se ha hablado de todo: deportes, toros, economía, educación, música, cine, fotografía, cocina... incluso de mi que es algo que me encanta.

Albacete y Chiclana. Las dos ciudades protagonistas, desde donde se ha escrito sobre lo que me ha apetecido. Porque lo que más me gusta es ponerme delante de un teclado y escribir esas cosas vagas que a veces importan.

Por muchas entradas más. Salud.



lunes, 30 de mayo de 2016

El fado de Pessoa

Bien para comenzar una nueva semana...


Leva-as o vento
Meras palavras
Guarda no peito
A ingenuidade...

Fado de Pessoa. Ana Moura.



jueves, 19 de mayo de 2016

This is not the end of the story

A M le encargaron escribir un relato.

El relato trataba sobre un edificio.

Ese edificio no existía.

M no tenía ni puta idea de por dónde empezar el relato.

Nunca debería empezar un relato por un adverbio. Nunca.

Comenzó a escribir cosas sin sentido. Incoherencias.

Principio. Nudo. Desenlace. La propia vida en palabras sin relación.

No estaba satisfecho con lo que había escrito.

M se sentía infeliz y creía haber engañado a quien le confió el relato.

Su texto terminaba con un punto y final.

Pero ese no era el final de la historia.

A continuación tomó un revólver y se voló la tapa de los sesos.

Pensó que eso sí que era poner un magnífico colofón a su historia.



sábado, 23 de abril de 2016

Cervantes

¿Qué cojones quieres? ¿Qué te cuente quién era Cervantes y cómo escribía?..

Abre uno de sus libros y ya está...

Aquí tienes uno para empezar...




miércoles, 24 de febrero de 2016

Venganza terrible

Esta será mi venganza:
Que un día llegue a tus manos el libro de un poeta
famoso
y leas estas líneas que el autor escribió para ti
y tú no lo sepas.

Esta será mi venganza. Ernesto Cardenal (1925-2016).



jueves, 3 de diciembre de 2015

Cosas que cuentan cosas




“Estoy seguro de que vive usted rodeada de cosas maravillosas, así que lance una reposada mirada circular y descubra los secretos de esas cosas. No importa que las tenga muy vistas. Si esta tarde las abarca con una nueva mirada, ellas le contarán historias inéditas”.

El cazador de leones (1987). Javier Tomeo.