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miércoles, 26 de diciembre de 2018

Mitos (V)

Poesía y flamenco unidos por dos seres muy queridos por mi: Fernando Quiñones y Paco de Lucía. Ambos hablando de Zyryab, el Pájaro Negro, un humanista cuando aún no se hablaba de humanismo. Zyryab es el apodo que recibió el músico bagdadí (luego residente en Corduba) Abu Al-Hasan Ali ibn Nafi que vivió entre el año 789 y el 857, y que influyó decisivamente en el desarrollo de la tradición musical árabe en la Península Ibérica. Se le atribuye el invento del plectro (púa) utilizando la pluma delantera del águila, también añadió la quinta cuerda al laúd y creó un escuela musical sin precedentes. La tradición lo ha considerado como el padre de la música de Al Andalus, un músico que aglutinó la sabiduría de aquel magnífico crisol cultural. Pero por si esto fuera poco, fue además un pionero de las buenas formas en la mesa y de cómo adecentarse. Lo dicho, un humanista cinco siglos antes de que en Italia surgiera esa corriente.

Fernando y Paco le rindieron pleitesía al Pájaro Negro:

MUERTE DE ZYRYAB

Ahora blanqueará este Pájaro Negro que os trajo
la nueva vieja música, las artes
de la ropa, la mesa, amables pautas
en la insensible lepra de los días.

Adiós. Nadie ha de lamentarlo:
dos mil años, no ya sesenta y ocho,
también me hubieran sido breves entre vosotros
y me voy sin llegar a medir ni agradecer
cuanto aquí se me depara, el exaltado o apacible
rielar de horas más vivas que el turquí junto al blanco
del pichón o que el ciego, vedado beso
que enajena y consume la piel donde se ahínca.

Hay algo, sin embargo que, sobre la justicia
de que no llegue a ver el día de mañana,
grita, se desespera y pugna
por borraros y por borrar cuanto me disteis y os dí,
y mirarme otra vez huyendo de Bagdad sin saber para dónde,
o incluso antes, en la hambrienta
niñez y las arenas gastadas de mi pueblo.

Tal, el desatinado, el descortés,
risible anhelo de seguir
que me posee. Perdón
en fin por tan llorosa, más bien tosca
despedida del elegante
cantor que sólo aquí pudo ser él
y ser vosotros para siempre.

Fernando Quiñones. Ben Jaqan (1973).





miércoles, 5 de diciembre de 2018

Apropiación cultural, ¿no?

No he escuchado en profundidad a Rosalía, pero me parece una gilipollez la que se está formando en este país a cuenta de su música. En fin, vamos a por más apropiaciones culturales (o no). Smash con Lole y Manuel.





miércoles, 19 de septiembre de 2018

La otra galaxia de Camarón

El potro cabalga salvaje por la marisma. Tiene ganas de vivir, de sentirse libre, de buscar el horizonte sin detenerse por nada. El potro está pleno de fuerzas, derrochando ánimo, tesón y afán de supervivencia. El potro lo da todo, pero la vida no lo trata como es debido...


¿Qué podemos decir de Camarón? Leyenda, genio, icono, revolucionario... cantaor. De los cantes de Juana, su madre, bebió todo lo que tenía que saber. De las estrecheces de la vida, le vino la inspiración y las ganas de salir por patas hacia el éxito. Cuando lo obtuvo, empezó a escapársele de entre los dedos. Y le llegó la hora de irse, tan joven, con tanto aún por dar y cantar. Entre medias, la noche en que dejó con la boca abierta a Caracol en la Venta de Vargas, su marcha a Madrid, su encuentro providencial con Antonio Sánchez y su hijo Paco, su cambio de rumbo discográfico, Ricardo Pachón, La Leyenda del Tiempo, el triunfo, el mito y la muerte. Una vida digna de ser contada y conocida por todos.

Netflix nos ha dado la oportunidad de saber un poco más del genio de San Fernando por partida doble y en formato documental: una serie de seis capítulos (Camarón, de La Isla al mito) y una película (Camarón, flamenco y revolución). Un díptico imprescindible y estupendo para acercarnos a una figura capital de la música, apto tanto para profanos como para aficionados. En ambos casos, la figura del hombre no subyace sobre la del artista; son capas superpuestas ya que no se entiende la una sin la otra. Así era José.

Ambas aproximaciones diseccionan la figura de Camarón tomando como base fundamental la faceta de José Monge Cruz como hombre, en ocasiones superado por la inmensidad de Camarón. Se ven las fragilidades de una persona que anhelaba convertirse en lo que fue, pero que no comprendía por qué su arte trascendía más allá de los límites de lo comprensible. Su influencia se notará en décadas venideras y las razones son expuestas con sentido del ritmo, veracidad y profusión de datos y de comentarios de quienes estuvieron a su lado en todo momento. Abordar de seguidos tanto la serie de José Escudier como el largo de Alexis Morante permite descubrir no solo la leyenda que galopa sobre el tiempo sino también al hombre que solo quería cantar. Ambos son recorridos minuciosos y completistas si bien la película se acerca también a las sombras del cantaor sin que por ello, desmerezca la grandeza de una carrera musical que se antoja demasiado corta al verse truncada por la prematura muerte de Camarón.

Dos hitos que enmarcan la vida y la carrera de un artista único, alguien de otra galaxia que vino para iluminarnos aunque fuera con la simple luz de un cigarro con la que no perdamos su camino. En la serie, detallista y preñada de recuerdos y de vivencias, son sus amigos, sus familiares (emocionante La Chispa con sus hijos) o su biógrafo, quienes pintan el retrato de José. En la película de Morante es un gigantesco Juan Diego el que narra sin tapujos y con mucho duende, las etapas vitales y artísticas de un Camarón al que sentimos más cercano que nunca. Dos hitos, como decimos, imperdibles para todo aquel que quiera sentir un mínimo de emoción. Garantizamos el vellito de punta con serie y película.

Y el potro de rabia y miel busca el sol en el horizonte. Ya se siente libre. Nadie puede alcanzarle.

Artículo originalmente publicado en Berenjena Company.



martes, 12 de diciembre de 2017

Apuesta a ganador

Foto: @zuhmalheur
Jugar solo es muy triste. No hay interacción, no buscas las miradas de los amigos, no encuentras la sorpresa en cada momento, sabes que siempre saldrás ganador del envite. Lo dicho, es triste. Por eso, hay que encontrar la complicidad en el otro, el entendimiento, el saber que hay un enfrentamiento cordial en el que dos, tres o más partes se lo apuestan todo para salir vencedores. Y Juan Carlos Avecilla es uno de estos locos osados.

Lo es porque sabe exponerse. En el mundo del arte es necesario ser un valiente, querer mostrarse aunque sea para equivocarse. No fue así en esta ocasión. Con Tic Tac Toe, el bailaor chiclanero trajo a las tablas del Teatro Moderno (después de presentarse el año pasado con Melómano) una idea para arraigarla en baile, en cante y toque esenciales, de amplio registro, de gran hondura y calado. Y lo hizo con la ayuda en la parte musical de Daniel Yagüe (guitarrista de raigambre, de toque atávico, que se hace notar sin casi percibirse su maestría) y con las voces serenas y sencillas de Desirée Paredes y Pablo Oliva: ella, sentimental y muy vivaz; él, grave y depositario de los cantes con más solera. Con este acompañamiento se construyó la historia de Tic Tac Toe, una coreografía barroca, conceptual, intensa y preciosista, que gusta de recrearse en detalles, en escorzos, un auténtico ejercicio de interpretacion y de caracterización del personaje del que Avecilla supo sacar todo el jugo.

Poseedor del toque magistral que muy pocos bailaores pueden demostrar ante el público, Juan Carlos quiso jugar con el respetable y con sus compañeros de escena. Sus gestos contaban una historia de felicidad, de ingenuidad, de sonrisa perpetua anclándose a los cantes y bailes más genuinos. Una auténtica clase para profanos en la materia ya que se recorrieron palos de muy diversa condición, pero también un divertimento de altura para aquellos entendidos en la materia. Del polvo que levantaban los pies de Juan Carlos del escenario surgían los ecos añejos de la soleá, la caña, el fandango, las alegrías y los tangos (cantes gaditanos que no pueden faltar y que levantaron al público en perfecta comunión con los artistas).

Jugamos a lo sencillo. Cuando éramos niños preferíamos la caja a lo que esta contenía. Cogíamos una tiza y trazábamos mundos imaginarios en el suelo. Con un amigo jugábamos al tres en raya y siempre queríamos ganar. Pero si no, no ocurría nada. Siempre había otra oportunidad, otro juego. Juan Carlos Avecilla nos invita a jugar, a ensoñar, a participar en un momento de felicidad a base del flamenco del que muchos hemos bebido. En este caso, Tic Tac Toe es saber que se apuesta siempre a ganador.



domingo, 2 de julio de 2017

Camarón vive

Veinticinco años sin el mito. Camarón vive más allá de todo.

Y a mi José me gusta cuando canta -sobre todo- por bulerías. Aquí le acompaña Tomatito, pero no puedo dejar de escuchar esa media docena mal contada de discos que grabó con Paco de Lucía que ya son historia de nuestra música.







martes, 15 de noviembre de 2016

Antonio Reyes, el empirismo del cante

(Foto: Paco López).

Puede y debe dar más. Y lo hará. Pero de momento se abona a cultivar con esmero cada paso que da en el difícil mundo del flamenco. Antonio Reyes no se corresponde con la imagen típica de cantaor. No busca el destello fulminante, sino ir quemando fases poco a poco, encendiéndose paulatinamente para terminar iluminando la senda del cante jondo dentro de unos años. Alguien me dijo que Reyes no es el mejor cantaor del momento, pero porque él mismo no quiere serlo aún. Su carrera, meditada y pausada, busca dominar los secretos del cante en unos años, cuando llegue la madurez y las canas tiñan su pelo aún negro zaíno. Donde no estuve de acuerdo con mi compañero de tertulia fue en que él veía su cante racional y yo lo veo totalmente empírico...

Nos tiene mal acostumbrado el mundo del flamenco al descubrir permanentemente al nuevo Camarón o al renacido Caracol en figuras que centellean alegremente a las primeras de cambio y luego languidecen en una carrera de medianías. No es de ese palo Antonio Reyes, que construye con calma su propia carrera aunque algunos discutan que eso pueda llevarle al estancamiento o al conformismo. No lo creo. Reyes es un empirista de manual, alguien que busca el conocimiento a través de la exhaustiva experiencia en su trabajo desde la vía interna de la reflexión y de la externa de la sensación. Ambas variables del cante las maneja Reyes con mano firme para desentrañar las claves de su arte. Repito: no es estancamiento, es experimentación.

Ese empirismo, ese gusto por probar y demostrar, por buscar el ensayo y el error con su garganta, con los recovecos de cada palo que toca para luego descubrir la verdad, lo vivimos hace unos días en un Teatro Moderno de Chiclana a reventar de público. Reyes se hizo acompañar por un grupo compenetrado y solícito comandado por un Diego del Morao descomunal al toque. Es desde ya el jerezano no una promesa, sino una absoluta realidad de la guitarra, recolector de las esencias puras mezcladas con los tintes de la renovación. Justo lo que le conviene a la voz limpia, clara y modulada de Antonio Reyes, cantaor que se sale de la norma del camino fácil del flamenco. Es ahí donde reverbera como uno de los artistas a tener más en cuenta dentro del panorama de este género tan dado a destruir mitos a las primeras de cambio.

Pero no se puede derrumbar lo que Antonio Reyes está construyendo con mano presta. Para negar a los fundamentalistas, ahí se encuentra esa apertura del recital con un sobrecogedor martinete, seguida de una estupenda soleá que certifica lo esencial, lo atávico del cante del chiclanero. La pureza impregnada de innovación, con la justa improvisación y con la riqueza de matices en otros palos donde hasta coqueteó con el rock andaluz (esos guiños a Triana), mientras de las cuerdas del Morao salían sones que nos remitían levemente a blues y funky. Se divertían los maestros en el escenario mientras esperábamos a ver cómo Antonio acometía la bulería, cante complicado, engañoso, despiadado para el cantaor que no sepa cogerlo por derecho, pero agradecido si se sabe capear con soltura. Y es ahí donde Reyes puede revolucionar el mundo del cante si sigue controlando los tempos de esa bulería que sonó arrebatadora y enigmática en el Moderno. Por su parte, las alegrías y el tango fluyeron bellos, felices y acompasados en voz y guitarra, cosa que divirtió al respetable como debe ser.

(Foto: Paco López).

Hubo también tiempo para el lucimiento del grupo de acompañamiento. El guitarrista chiclanero Juan José Alba tomó el relevo de Diego y el cantaor jerezano Manuel de la Nina el de Antonio, que junto a los palmeros Diego Montoya, Tate Núñez y Manuel Vinaza, así como Edu Gómez en el cajón, buscaron conectar con el respetable con unos cantes acompañados al baile por la gran Patricia Valdés, llamas pasionales en las alas de la música. Con Reyes de nuevo sobre el escenario, la zamba Niña de fuego de Caracol, embrujó a Chiclana y erizó el vello de muchos de los presentes por tan magna muestra de pasión puesta en el experimento preparado por el cantaor local. El empirismo surgido del racionalismo, de una idea que se mostró como adecuada: el cante como solución, no como problema. Antonio Reyes es el empirismo hecho cante.



domingo, 18 de septiembre de 2016

Rocío Jurado

Y sobran las palabras. Que cante ella...





miércoles, 7 de septiembre de 2016

Los paseos de Quiñones

Todo me falla, hasta la muerte

Al-Mutasim, rey andalusí de la taifa de Almería (1037-1091)
Palabras dichas cuando en su propia alcoba reñían quienes lo destronaban.


Era yo un pipiolo en la Universidad. No recuerdo si aún estaba en mi primer año en la carrera de Historia o en el segundo. Qué más da...

Por aquellos días era yo propenso a faltar a clases (por aburridas y poco interesantes) y a pasear por las calles de Cádiz, parándome en rincones y en tascas, a veces incluso acompañado de libros que sacaba de la biblioteca del centro. Libros que casi nunca eran de la temática que estudiaba y sí de conocidos como Shakespeare, Nicolás Guillén, Kavafis, Vázquez Montalbán... y Fernando Quiñones.

Era yo un pipiolo universitario que una tarde fresca de otoño cruzaba la plaza del Mentidero en dirección a la Facultad cuando me cruzo con Quiñones, el padre de Cantueso y de la Legionaria, el viajero y narrador de crónicas, el amante del cine y el flamenco acompañado con unos vasos de fino, el desaliñado muñidor de géneros, el escritor...

-Buenas tardes, don Fernando...
-Muy buenas, muchacho.

Ese fue el día en que conocí a Fernando Quiñones. Y me bastó con eso. Desde entonces, ardo en sus palabras.





miércoles, 13 de julio de 2016

Dame la libertad

Yo no le temo a la muerte
Porque morir es natural
Le temo más a la vida
Que no sé dónde me va a llevar
Con esta cabecita mía.

Fandango.

No son buenos tiempos para el cante flamenco, que en los últimos años ha visto cómo se han ido genios como El Torta o don Juan Peña El Lebrijano que ha fallecido hace escasas horas. Mitos que no temían a la muerte porque eran sabedores que en vida lo dieron todo por lo que más querían...

Que la tierra te sea leve, maestro.




sábado, 2 de julio de 2016

El día que el Camarón se fue

Veinticuatro años sin José...


José y Paco con unas bulerías impresionantes.



domingo, 19 de junio de 2016

En la Isla yo nací, me crié al pie de una fragua...

El Turronero, Paco de Lucía, Cepero y José... Cuatro monstruos.

Aquí, el Camarón por fandangos.





jueves, 17 de marzo de 2016

Baile jondo


El éxito es para quien se arriesga...

Miradas y pasiones. Pasos bien trenzados y dados con firmeza. Pulsiones y genio. Reivindicaciones en la historia de las mujeres, que es la nuestra, la de todos pero aún sin contar. Por eso, toda ayuda es poca para volvernos a recordar la importancia capital de la mujer en la evolución de nuestra renqueante Historia: desde aquellas pioneras que levantaron la voz, hasta las que hoy apuntalan las oportunidades de igualdad pasando por las que las que sufrieron el olvido, el desamparo y la violencia. Y el arte vuelve a ponerse al servicio de este empeño enfundando en el traje del flamenco, del baile, del cante y del toque, en un espectáculo creado con mimo por Manuel Ramírez, bailaor chiclanero, jovencísimo él, pero graduado con honores tras haber contemplado su trabajo en Miradas. Flamenco por la igualdad, el espectáculo con el que volvió a pisar las tablas de su Teatro Moderno.

Lucía Manuel en los carteles, pero el espectáculo es por ellas y de ellas. Excelente cuerpo de baile el suyo, protagonista por encima del cabeza de cartel. Manuel fue el contrapunto necesario de cuatro bailaoras que dejaron momentos para la emoción con cotas de lirismo frío por la dureza de su representación (movimientos cortantes, rápidos, gestualidad minimalista acompasada por cantes ejemplares y serios) pero de una plasticidad exultante, muy en la línea del Bosque Ardora que presentó recientemente Rocío Molina en el Festival de Jerez, donde fue una de las grandes triunfadoras. El baile flamenco alcanza jondura, se eleva por encima de meras presunciones de tradición en el espectáculo ideado por Manuel Ramírez que entiende las posibilidades conceptuales del arte como nadie. Un concepto al servicio de una idea: la igualdad.

Un espectáculo, que todo hay que decirlo, supo encajar a la perfección los perfiles de los cantes (felicitaciones a la dirección musical de Juan José Alba) con las representaciones de las etapas históricas en el devenir de la mujer por nuestro (pasado) siglo. Nunca las alegrías sonaron más gozosas cuando la mujer se rebela contra imposiciones y toma conciencia. El flamenco se hace grande, el baile más jondo aún y mientras el público aplaude el baile libre, despojado de corsés de Manuel Ramírez, caemos en la cuenta de que el objetivo está conseguido.

El éxito es para quien se arriesga. Manuel Ramírez lo ha hecho y puede sentirse orgulloso de ello.





domingo, 25 de octubre de 2015

El cante por fatigas de Rancapino

Mi cante es un cante por fatigas...
Rancapino

Los pies descalzos y los catarros constantes. El soniquete reverberaba en la garganta de Alonsito que ya empezaba a darse cuenta a temprana edad, cuál sería su sustento. A los siete años, Alonsito, Alonso Núñez Rancapino dejó el colegio y se echó a la calle a cantar. Había que comer en esa España en blanco y negro y si uno tenía algo con lo que valerse, había que explotarlo. Rancapino y su familia comieron de la voz rota del cante flamenco. Desde que era chiquitito. Qué buena escuela del flamenco esa. Las puñalás de la vida y la necesidad fueron sus maestras y el fino oído del chiclanero culminó su formación como cantaor escuchando a los más grandes: Aurelio Sellés, Chano Lobato, Caracol... Estuvo con los más grandes y recuerda con especial cariño a Fernanda y Bernarda de Utrera, dos gigantes del cante jondo.


Alonso ya no canta mucho. Su hijo recoge el testigo separándose del estilo paterno para crear el suyo propio, personal e intransferible. Pero a Rancapino padre le hacen los ojos chiribitas cuando habla de aquellos años de gloria junto a Camarón, de tablao en tablao, de ciudad en ciudad, de avión en avión, llevando por esos mundos de Dios, los caminos del cante más puro ese, que unos pies descalzos y el hambre, le hicieron descubrir cuando era niño.

Hoy Alonso canta para los amigos. Unas alegrías, una soleá inacabada o una bulería requebrada en su voz arenosa y sabes que ante ti está un genio del flamenco.



viernes, 31 de octubre de 2014

Genio

Paco decía que a él todo lo que le había sucedido, fue por azar. Que nunca planificó nada. Quizá el azar fue el que hizo que un día, Paco cogiera la guitarra que su hermano no sabía tocar y sacara unos acordes mágicos que asustaron a su padre. Quizás el azar alumbre genios. Y Paco, aunque no crea en la genialidad, ha dado sobradas muestras de que lo ha sido. Perdón, de serlo, porque pervive.

Durante hora y media, Paco se asoma a nuestras vidas y nos habla con un calor cercano y amable. Con la templanza, la humildad y la timidez que le son características. Curro Sánchez, su hijo, ha sabido impregnar todo el metraje de La búsqueda, de la humanidad de un genio. Porque todos sabemos que en el olimpo de los guitarristas, Paco de Lucía, el niño de la Portuguesa, tiene un sitio de privilegio reservado. Y no solo hablo de guitarristas flamencos. En ese escalafón, es el número uno (y que me perdone Sabicas, del que un servidor también es fiel seguidor).




Un genio humano que nos abre en canal su vida para ofrecernos retazos de cómo surgió el genio, el maestro. Desde aquellos atardeceres limpios y quejosos de Algeciras hasta sus últimos días, pasando por el descubrimiento de su ser como músico, La búsqueda es, un proceso íntimo de indagación en una figura monumental, un film que no deja cabos sueltos, que está contada con innegable pulso y con un conocimiento indudable de la personalidad de Paco. Sin caer en el halago fácil, en la hagiografía, esta película muestra a un artista sereno, en su madurez, aunque no voy a decir en su cumbre, puesto que como el propio Paco comenta "no quiero saber que estoy en la cumbre, porque si luego hago algo mal, me van a criticar". Una búsqueda constante de la perfección. Esa fue la obsesión del maestro y ese fue nuestro regalo, el presente que nos ha hecho durante 40 años, otorgándonos el privilegio de una música que ha evolucionado, que ha agigantado el flamenco, que ha simpatizado con otros modismos musicales y que ha universalizado un género satanizado en cierto momento de nuestra Historia: "el flamenco es el lumpen de Andalucía. Y Andalucía es el lumpen de España", decía el maestro. Innegable es que Paco de Lucía sacó del barro al flamenco y lo enalteció a los altares. Un altar en el que siempre vamos a tener a un músico excepcional, a una persona genial.



jueves, 30 de octubre de 2014

Los vericuetos del arte



Un momento. Un solo instante que vale por mil. Un gesto, una forma de expresar, una palabra, un sonido... A veces basta con eso para dar por amortizada una entrada. Un bailaor con un cenital por mera compañía. El dominio del cuerpo, los gestos marcados, las sombras que recorren todos los centímetros de la piel. Y sin la compañía de la guitarra, del cajón... solo, armado con poderosas razones amigas de la armonía, de la belleza, el bailaor siembra de paz el escenario con el zapateao, con sus palillos, con ritmo electrizante a veces, manso otras. La tensión se muestra, se palpa, se transmite. El pellizco se consigue y el espectador, como fue mi caso, fue testigo de lo sublime, de los vericuetos del arte. Boca abierta, pasmo general y aplausos merecidos...

Ese fue uno de los grandes momentos que nos deparó Adalí, el espectáculo que la Compañía de Aida Gómez nos trajo hace unos días al Moderno. Un festín para los sentidos, un alarde de proporción y armonía (en el sentido neoplatónico o tomista de la palabra). Porque del ideal de armonía y de mesura, de la proporción, emana la belleza de la perfección. Y eso es lo que pudimos contemplar en un espectáculo que se nos hizo corto, cortísimo. Relamiéndonos que estábamos con la danza, cuando las luces se encendieron. Buen presagio ese. Cuando una actuación se te hace corta, es que lo que te han servido te ha dejado con grandes sensaciones. Eduardo Guerrero (qué escándalo de bailaor), Christian Lozano (templado y vistoso) y Aída Gómez fueron punzantes estiletes que inocularon estética a punta pala.

A Aída Gómez no la vamos a descubrir. Su brutal presencia escénica, su control del cuerpo, su innovación constante en un género que ha recorrido el filo del estancamiento, son sus señas de identidad. Gómez es la prueba fehaciente del ir más allá en el mundo de la danza española, del sincretismo, de la simbiosis. Y a fe mía que lo hace posible contemplando esa mezcla sabrosa de flamenco con tango y danza clásica. La coalición de las artes, la unión de la belleza. Y digo artes y digo bien, porque la música estuvo a la altura de la danza y el cante fue un aderezo esencial. Un esfuerzo titánico, heróico, que en tiempos de zozobra, haya mentes que gesten espectáculos tan embriagadores.

Gracias. Mil gracias.





lunes, 18 de agosto de 2014

Pequeño vals vienés


En Viena hay diez muchachas, 
un hombro donde solloza la muerte 
y un bosque de palomas disecadas. 
Hay un fragmento de la mañana 
en el museo de la escarcha. 
Hay un salón con mil ventanas. 
¡Ay, ay, ay, ay! 
Toma este vals con la boca cerrada. 

Este vals, este vals, este vals, 
de sí, de muerte y de coñac 
que moja su cola en el mar. 

Te quiero, te quiero, te quiero, 
con la butaca y el libro muerto, 
por el melancólico pasillo, 
en el oscuro desván del lirio, 
en nuestra cama de la luna 
y en la danza que sueña la tortuga. 
¡Ay, ay, ay, ay! 
Toma este vals de quebrada cintura. 

En Viena hay cuatro espejos 
donde juegan tu boca y los ecos. 
Hay una muerte para piano 
que pinta de azul a los muchachos. 
Hay mendigos por los tejados. 
Hay frescas guirnaldas de llanto. 
¡Ay, ay, ay, ay! 
Toma este vals que se muere en mis brazos. 

Porque te quiero, te quiero, amor mío, 
en el desván donde juegan los niños, 
soñando viejas luces de Hungría 
por los rumores de la tarde tibia, 
viendo ovejas y lirios de nieve 
por el silencio oscuro de tu frente. 
¡Ay, ay, ay, ay! 
Toma este vals del "Te quiero siempre". 

En Viena bailaré contigo 
con un disfraz que tenga 
cabeza de río. 
¡Mira qué orilla tengo de jacintos! 
Dejaré mi boca entre tus piernas, 
mi alma en fotografías y azucenas, 
y en las ondas oscuras de tu andar 
quiero, amor mío, amor mío, dejar, 
violín y sepulcro, las cintas del vals.

Federico...