Feliz Día Mundial de esa cosa maravillosa llamada teatro...
"La primera figura que se ofreció a los ojos de don Quijote fue la de la misma Muerte, con rostro humano; junto a ella venía un ángel con unas grandes y pintadas alas; al un lado estaba un emperador con una corona, al parecer de oro, en la cabeza; a los pies de la Muerte estaba el dios que llaman Cupido, sin venda en los ojos, pero con su arco, carcaj y saetas. Venía también un caballero armado de punta en blanco, excepto que no traía morrión ni celada, sino un sombrero lleno de plumas de diversos colores. Con estas venían otras personas de diferentes trajes y rostros. Todo lo cual visto de improviso, en alguna manera alborotó a don Quijote y puso miedo en el corazón de Sancho; mas luego se alegró don Quijote, creyendo que se le ofrecía alguna nueva y peligrosa aventura, y con este pensamiento, y con ánimo dispuesto de acometer cualquier peligro, se puso delante de la carreta y con voz alta y amenazadora dijo:
—Carretero, cochero o diablo, o lo que eres, no tardes en decirme quién eres, a dóo vas y quién es la gente que llevas en tu carricoche, que más parece la barca de Carón que carreta de las que se usan.
A lo cual, mansamente, deteniendo el Diablo la carreta, respondió:
—Señor, nosotros somos recitantes de la compañía de Angulo el Malo. Hemos hecho en un lugar que está detrás de aquella loma, esta mañana, que es la octava del Corpus, el auto de Las Cortes de la Muerte, y hémosle de hacer esta tarde en aquel lugar que desde aquí se parece; y por estar tan cerca y excusar el trabajo de desnudarnos y volvernos a vestir, nos vamos vestidos con los mismos vestidos que representamos. Aquel mancebo va de Muerte; el otro, de Ángel; aquella mujer, que es la del autor, va de Reina; el otro, de Soldado; aquel, de Emperador, y yo, de Demonio, y soy una de las principales figuras del auto, porque hago en esta compañía los primeros papeles. Si otra cosa vuestra merced desea saber de nosotros, pregúntemelo, que yo le sabré responder con toda puntualidad, que, como soy demonio, todo se me alcanza.
—Por la fe de caballero andante —respondió don Quijote— que así como vi este carro imaginé que alguna grande aventura se me ofrecía, y ahora digo que es menester tocar las apariencias con la mano para dar lugar al desengaño. Andad con Dios, buena gente, y haced vuestra fiesta, y mirad si mandáis algo en que pueda seros de provecho, que lo haré con buen ánimo y buen talante, porque desde muchacho fui aficionado a la carátula, y en mi mocedad se me iban los ojos tras la farándula".
De la extraña aventura que le sucedió al valeroso don Quijote con el carro o carreta de «Las Cortes de la Muerte» (II, capítulo 11 de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha).
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miércoles, 27 de marzo de 2019
miércoles, 2 de enero de 2019
Un trabajo de hambre
"El teatro no es la diversión, ni la vanidad. El teatro es trabajo duro y sacrificio, es ponerse el traje usado que otro dejó, es trabajar a veces y a veces no. Es un trabajo de hambre".
La Xirgú.
La Xirgú.
miércoles, 12 de diciembre de 2018
El largo camino del mínimo
Todo empieza por un folio en blanco y una idea cazada al vuelo. Tras darle muchas vueltas, la idea se convierte en personajes, acciones, escenarios, principios, nudos y desenlaces. Un correo electrónico con la esperanza de que esas líneas sean tenidas en cuenta por tres personas alejadas por cientos o miles de kilómetros... y llega la decisión. Esa idea que impregnó el folio en blanco llega a las manos de otras personas que se juntan una tarde para leerla. A algunos les llega a la patata y creen que sería posible hacer algo sobre un escenario. Más vueltas a la idea, buscar a las personas adecuadas para darle vida sobre unas tablas y, horas de ensayo después, llega el día en que el público recibe el resultado de ese esfuerzo conjunto. Puede que tenga algo que ver o no. Pero lo que la audiencia termina aplaudiendo al final de la función es la conjunción de los talentos de muchas personas involucradas en torno a una obra de apenas diez o quince minutos que en Taetro han llamado mínimo. Curioso que algo con ese nombre involucre un esfuerzo colectivo de tal magnitud. Quizás aún no sabemos recompensar todo ese trabajo como es debido.
El caso es que Taetro lleva 20 años levantando el edificio del Certamen de Teatro Mínimo Rafael Guerrero con pequeñas piezas de autores, directores, actores... y ese edificio se sostiene con solidez y dedicación. Hace unos días pudimos comprobar la buena salud de la propuesta de la asociación chiclanera con tres nuevas piezas venidas de Galicia, Madrid y Aragón. Tres obras muy distintas en lo conceptual y en la aproximación efectuada por los miembros de Taetro. Tres mínimos que engrandecen la labor de este certamen pionero en la escena nacional.
La velada comenzó narrando la génesis de una escena mítica del cine. Aquella en la que se rebanaba un ojo con una cuchilla preñada de surrealismo. Y ciertamente, Buñuelos, la obra de Carlos González Meixide, que narra en tono jocoso ese episodio de Un perro andaluz, rebosa surrealismo y una magnífica descripción de personajes. Bajo la dirección de Antonio Castaño, la obra se trastocó en un vodevil optimista y desbordante de absurdo, con toques cómicos acertadamente repartidos durante todo el montaje y con la suma de un Dalí, bien atemperado por un Juan de Lorenzo que se come el escenario en el poco tiempo que está sobre el escenario. Teresa Yribarren, Laura Tapia y Johnny pusieron su buen hacer al servicio de la función. Una fantástica apertura, una maravillosa locura que acabó con más dosis de absurdo, cosa que los señores Buñuel y Dalí hubiesen aprobado de buena gana. ¡Epatante!
El teatro social siempre ha tenido hueco en las sesiones de mínimos de Taetro. Y con 23, de Santy Portela se coló en forma de puñetazos literales y figurados. Texto durísimo, intenso y con dos personajes al borde del paroxismo. La gran cualidad de esta obra dirigida por Rafa García e interpretada por él mismo y por Eva Herrero es la de contener la tensión subyacente con un dominio de la templanza singular. Al final, brota todo, explota el terror y la catarsis se hace necesaria. Un ejercicio de moderación único con un texto difícil de montar y un excelso trabajo de gestualidad y de dominio de los cuerpos de los intérpretes. Una de las sensaciones de la noche.
La comedia sirvió como curación de malos pensamientos y con el mínimo de Pedro Alejandro Filgueira pudimos cerrar la función con una sonrisa. Instrucciones para el suicidio ahonda también en el absurdo para pulsar los temores de la sociedad en torno a la muerte y a la libertad de decisión. Pepe Raya, creciendo día a día como director de escena, reunió a tres actores en estado de gracia (Almudena Ruiz, Antonio Meléndez y Juan Carlos Morales) para ofrecernos una función simpática, llena de humor, guasa y cinismo y bien resuelta con sencillez (aunque no es fácil de hacerlo. A ello ayudó la desenvoltura que los actores pusieron sobre el escenario). Una alegría porque tenemos actores de futuro y un gran director detrás.
Un largo camino que no acaba aquí para tres textos que se trastocaron en otros "hijos" de esa idea huérfana que empezó con un folio en blanco. Larga vida a los mínimos.
Foto: @zuhmalheur
Artículo originalmente publicado en Berenjena Company.
martes, 2 de octubre de 2018
Vida de un viajante
Lo han vuelto a hacer. Sin perder ápice de sus señas de identidad (el absurdo, el humor, los personajes muy marcados y perfectamente desarrollados a lo largo de la trama), la Compañía Furtiva de Teatro ha sido capaz de no caer en la reiteración y aún así ser reconocibles dentro de la genialidad. Con Cruce de caminos, su tercer montaje en tres años, Carlos C. Laínez y Mili Lora han buscado nuevas fórmulas dramatúrgicas que calen en el espectador sin que por ello, se desestimen propuestas que gustaron en sus dos anteriores obras. Y lo han logrado con ciertas similitudes con uno de los grandes clásicos del teatro norteamericano, Muerte de un viajante. Es curioso cómo se parecen dos obras tan distantes. Ya, ya sé que me van a decir que me paso tres pueblos a la hora de comparar un Pulitzer con la obra de una compañía pequeña de aficionados al teatro, pero es que ahí reside la grandeza de La Furtiva; son así: descarados, impetuosos, insaciables en su búsqueda perpetua de la felicidad (teatral).
Déjenme que enumere dos o tres aspectos que me parecen coincidentes entre Cruce de caminos y Muerte de un viajante: por supuesto, comenzamos conociendo a un personaje, un viajante, un chamarilero, un vendedor que vaga por esos caminos polvorientos. Eso es lo más visible, pero es que en ambos textos encuentras claves como la distorsión del núcleo familiar (disfuncionales, malavenidas), la crítica a la sociedad de consumo, la insignificancia de ciertas virtudes o comportamientos morales y algunos más que no voy a mencionar por no pecar de pedante, que tampoco viene al caso.
Porque lo esencial es que La Furtiva vuelve a entregar una obra fresca, dinámica, con su mesurada dosis de humor absurdo, con sus acercamientos a lugares tan queridos por la pareja Laínez/Lora como el sarcasmo e ironía de los Monty Python, el mimo, el cine mudo, el musical y la sorpresa final, bien tamizada a lo largo de un texto bien compuesto y que es gloria para unos personajes que van y vienen en unos cambios de escena trabajados, que se transfiguran por momentos en otros caracteres y que ganan con el paso de los minutos de función. El regusto que queda tras haber presenciado este nuevo trabajo de La Furtiva es que necesitamos un segundo visionado de la obra, cosa fácil de hacer con esta compañía porque tienen la obstinada manía de actuar cada fin de semana en su teatro de La Bodega de Artistas (calle La Vid, 14; Chiclana de la Frontera).
Aún están a tiempo de acercarse a ese polvoriento cruce de caminos y mientras esperan un bus hacia cualquier lugar, buscar la luz que arroja una charla cualquiera. Puede que incluso hagan algún negocio que les reporte beneficios suculentos. Palabra de crítico.
Fotos: @zuhmalheur
Galería de Flickr
Artículo publicado originalmente en Berenjena Company.
sábado, 18 de agosto de 2018
La barraca de Federico
"El teatro es una escuela de llanto y de risa y una tribuna libre donde los hombres pueden poner en evidencia morales viejas o equívocas y explicar con ejemplos vivos normas eternas del corazón y del sentimiento del hombre".
Federico García Lorca.
Federico García Lorca.
jueves, 24 de mayo de 2018
Palabra de Dios
-Te adoramos señor... Te adoramos por contarnos la Verdad, así con mayúscula grandota. La Verdad de tu obra, que no es sino la más perfecta de las creaciones. Una y trina.... Trinaranjus... Espera, espera, que me he liado. Es que a ver, esto de la religión como que lógica no tiene mucha, ¿no?
-No, pero como es la Palabra de Dios, hay que creerla.
-¿Por qué?
-Porque sí. Lo dice Dios y Dios es Dios.
-Ah... No lo entiendo.
-Tú haz como que crees y ya.
El ser humano es algo maravilloso. Es capaz de inventarse un ente para dar una explicación poco convicente de por qué -a su vez- ha sido creado por ese mismo ente. No me digan que no es algo divino. Lo es y punto. Dogma de fe. Créanselo. No hay más...
Pero es lógico que ustedes tengan ciertas reservas, algunas preguntas, someras dudas que plantear cuando se trata de analizar fríamente, al espejo de los datos objetivos, todo el asunto (trivial) de la Creación y de todo lo que la religión trae tras de sí. Quizás si nos ponemos estupendos y trascendentes, acabemos montando una guerra santa, pero si lo tomamos con humor, puede ser mucho más fácil. Eso es lo que pensó David Jaberbaum al escribir Obra de Dios, un montaje exitoso en Broadway que ha traspasado fronteras y que en España lleva dos años de gira gracias a una fantástica adaptación de Tamzin Towsend, Chema Rodríguez-Calderón y Mariano Peña. Precisamente, los dos últimos junto con Bernabé Fernández forman parte del trío de actores que lleva el peso de la función, aunque para hablar de pesos pesados nos tenemos que referir al intérprete que hace las veces de Dios. Mariano Peña es el encargado de conducir con soltura un papel que le viene como anillo al dedo. Dotado de gracia infinita, de sobriedad interpretativa (un personaje que puede darse fácilmente al histrionismo, está muy bien atemperado) y le secundan con eficacia, presteza y salero divino, Rodríguez-Calderón y Fernández, ambos arcángeles; uno muy fiel y el otro, un tanto díscolo y preguntón.
El cuasi monólogo de Peña avanza por desmontar tópicos con humor y claridad de ideas. No se equivoquen. No es una comedia desmadrada. Es un texto con amplias cargas de profundidad, con mucho donde rascar porque aunque el cariz de comedia que pasea por toda la obra haga de este espectáculo algo muy agradecido de ver, sales con la sensación de que te han cogido por las solapas y te han dado un baño de realidad. ¿Es que el ser humano es estúpido? ¿Es que se ha creído su propia creación? ¿Hemos inventado un ser para que se haga cargo de nuestras culpas como hijoputas que somos? Obra de Dios es un renovado catecismo de moral y de comportamiento humanista. No busca sentar cátedra, no quiere imponer dogmas. Persigue la liberación mental, el huir de presidios mentales. Pelea para que por encima de todo, la palabra que tenga más fuerza sea la nuestra, la del esfuerzo personal. Y con eso, poca broma, que estamos hablando de algo muy serio.
Fuente: www.berenjenacompany.blogspot.com
miércoles, 14 de febrero de 2018
Los años de latón
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| Foto: @zuhmalheur |
En la España del siglo XXI (y no en la del siglo XVII) reside la picaresca. La especulación, el robo calculado y retransmitido en directo, la absolución del culpable, la aceptación popular, la claudicación ciudadana. La Historia sigue siendo la misma. Tenemos un rey que no gobierna pero que se entromete, unos validos poco válidos, una burocracia insalubre, unos voceros perniciosos y una ciudadanía a la que quieren adormecer pero que a veces levanta su voz ante la injusticia y la mentira. El Siglo de Oro, nuestra época de esplendor en la cultura, coincidió con una sociedad de tahúres, pícaros y engañifas. Ante esas luces, vivimos en los años de latón, donde el valor del mérito personal es menos que cero. No es que la Historia se repita, es que es aún más cruel con el estado llano.
Para eso y para muchas cosas más acudieron los chicos de El Dislate Teatro al sevillano TNT-Centro Atalaya (qué suerte tenemos de tener un espacio como este, referente de las artes escénicas a nivel nacional) junto con su último montaje. No son molinos, original de Daniel Reyes y Diego Jimeno es un puente entre dos mundos distantes en lo temporal y cercanos en lo emocional. Un texto que usa clásicos como El alcalde de Zalamea, Fuenteovejuna o La vida es sueño para alcanzar a comprender que vivimos en un mundo no tan distinto a la de la España del siglo XVII. Bueno, quizás más despiadado, más amoral, más indigno. La traslación de un personaje de esa España imperial a un entorno hostil como es nuestro hoy, desnuda las miserias de un país, de un todo. La picaresca es nuestro modo de vida, no lo podemos remediar.
Pero es de agradecer personajes como los de Alfonso Quijo o Sánchez. Amables, sensatos, quizás algo ingenuos, pero bendita ingenuidad cuando hay zarpazos ahí fuera por sobrevivir. Tiran de ingenio para continuar in hac lachrimarum valle. Y a pesar de todo, subsiste el humor. Alabado sea. Porque uno de los valores de los españoles es saber tomarse las desgracias de forma que podamos darle la vuelta. Y ahí el humor funciona como catarsis colectiva.
No son molinos es una obra fascinante, pedagógica, dinámica, acreedora de todo lo bueno que tiene la escena española. Usa la música diegética para hacer calar mejor el mensaje, el plantel actoral busca en los recovecos de sus personajes la forma de reflejarnos en esos arquetipos (el ciudadano medio, la burocracia inane, las fuerzas de seguridad que aseguran poco, el Estado del ¿Bienestar?). Y por encima de todo, el tema universal: el amor. ¿Nos salva el amor de ser cómo somos? Para Alfonso Quijo es así. Y es que No son molinos es un juego de espejos donde podemos ver el lado menos luminoso de todos nosotros como sociedad. Es una llamada de alerta. No es que cualquier tiempo pasado fuera mejor, es que lo peor aún está por llegar. Y ahí, el montaje de El Dislate Teatro es certero en su aproximación al texto original. Gozamos con una obra que debe girar por toda España, por centros educativos, por centros sociales, por teatros pequeños y grandes, porque este teatro es necesario, es urgente, es vital. Lo es si no queremos ser aprisionados por más años de latón.
miércoles, 3 de enero de 2018
Un trabajo de hambre
"El teatro no es la diversión, ni la vanidad. El teatro es trabajo duro y sacrificio, es ponerse el traje usado que otro dejó, es trabajar a veces y a veces no. Es un trabajo de hambre".
La Xirgú.
La Xirgú.
jueves, 21 de diciembre de 2017
¡A la mierda los actores!
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| Foto: @zuhmalheur |
La ocasión la pitan calva. Un actor investido del personaje de un actor en un monólogo nacido de la pluma de un actor (bueno, director que alguna que otra vez se metió a actor... ¡qué se le pasaría por la cabeza!). El caso es que Morraya Teatro traía a escena su tercer montaje, tras la buena acogida que tuvieron los dos anteriores. Con la autoría de Javier García Teba, muñidor del género de teatro mínimo, Paco López -alma mater de la compañía chiclanera-, se subió a las tablas para hablarnos de esas Memorias de un actor en paro, obra que dirigió para la ocasión el propio autor y que nos habla de las miserias terrenales y morales que conlleva ser actor en un mundo donde no se valora tal esfuerzo. Pero hubo un esfuerzo; máximo, titánico, para ofrecernos un montaje ligero, dinámico, lleno de recovecos ideológicos sobre la profesión de payaso, de caricato, de intérprete.
Un texto corto expandido conceptualmente a una diatriba en favor de la conquista de los sueños personales y en contra de las cortapisas sociales. El actor es actor desde que nace. Puede haber formación, puede haber experimentación, pero el espíritu está ahí desde los inicios. Y para ello, López sacó adelante un personaje complicado (¿qué personaje no lo es?) sacándolo de su zona de confort y haciendo un esfuerzo para darle matices cómicos y de paso, ofrecernos una muestra de lenguaje corporal que era digno de agradecer. Para Paco López lo fácil hubiese sido dejarse llevar por el gran material de partida (¿qué obra de Teba no lo es?) y pecar de acomodaticio, pero supo insuflarle bríos a un personaje que jugó a ser físico, esquivo, rocoso en algunos momentos y sentimental en otros. Apoyado en una escenografía sobria y en una iluminación que acompañó la narración con delicadeza y muchos matices, supo sacar algo del calor de un personaje que muestra la frialdad de un mundo que es capaz de detestarle y de paso, enviar ese calor al valiente público que se acercó a las instalaciones del Moderno en una desapacible noche.
Morraya Teatro sigue en su línea de hablarnos del lado de los desfavorecidos, de aquellos que no son agraciados con el mundo que les ha tocado vivir. Lo hicieron en su anterior montaje y amplifican el mensaje en esta obra de Javier García Teba que nos lleva a pensar de forma concienzuda si en vez de enviar a la mierda a los actores, habría que hacerlo con otros que se lo merecen mucho más. No en vano, un actor solo está aquí para hacernos la vida un poquito más alegre. Que no es moco de pavo, oiga.
miércoles, 13 de diciembre de 2017
Palabras que saben a Gloria
Muerte es que no nos miren los que amamos,
muerte es quedarse solo, mudo y quieto
y no poder gritar que sigues vivo.
La alegría vence a la muerte. Gloria se nos fue un día lanzando versos y regando de sonrisas nuestras vidas. Malditos aquellos que creen que no era buena poeta. Lo es tanto en cuanto, nos hacía felices. La poesía, el arte, la música, la risa... Hermanos de corazón y de razón. Aunque a veces la sinrazón sea buena compañera de viaje.
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| Foto: @zuhmalheur |
Es larga la trayectoria de Teatro de Malta en producciones pensadas ex profeso para los niños... pero que pueden ser igualmente disfrutables por los mayores. La vigorosa dramaturgia y dirección de Marta Torres, una mise-en-scène potente, música evocadora, más incluso cuando los personajes la producían y dos actuaciones de altura, las de Margarita Blurk y Delfín Caset, perfectos payasos (qué maravillosa profesión esa) con demostrado amor por el trabajo y que intercalando versos, personajes, historias de Gloria Fuertes en la dinámica del texto, supieron dar el justo homenaje a la poeta madrileña... y por ende, a todos nosotros que la queremos, la veneramos y la echamos cada día de menos.
Alegría es un montaje para ser disfrutado. Magnífica idea de partida, gran preparación escénica (preciosos tanto el vestuario como la iluminación). Está hecho para ser vivido. Está pensado para hacernos reflexionar sobre la valía de una vida vacía -la que nos quieren vender-, y la que realmente merece la pena -aquella que podemos construir con nuestros pensamientos y con unas cuantas palabras-. Fuertes lo sabía y por eso se empeñó en que nos enteráramos lanzando poemas a los cuatro vientos. Y Teatro de Malta es depositario del bien más preciado que ella supo dar al mundo: su voz y su palabra. No queda otra cosa que proclamar nuestra alegría por esas palabras que nos saben tanto a Gloria.
martes, 31 de octubre de 2017
Mujeres de palabras tomar
Me hubiese encantado tomarme una cerveza con Aristófanes o una retsina o un hidromiel o lo que sea que bebieran en la Grecia de hace unos 25 siglos. Tomarme un algo con el gran comediógrafo porque aparte de ser un cachondo, seguro que tendría mucho que compartir sobre filosofía, política, el estado de la vida en general y el teatro. Y esas son cosas de las que me gusta debatir. Pero como por desgracia no tengo una máquina del tiempo a mano para poderme ir a conocerlo, al menos me conformo con ver sus obras sobre el escenario. Y ya si es un montaje del Taller de Teatro Grecolatino de Taetro, el aliciente es aún mayor.
No voy a descubrir aquí las bondades que emanan de este taller formado por chavales de instituto que se involucran al máximo en levantar un texto que en principio, les es ajeno por completo. No es su lenguaje, no es su léxico, es totalmente lejano temporalmente hablando, pero la moral que en esos añejos escritos está presente es de andar por casa. Por eso los clásicos aún funcionan y por eso, siguen estando totalmente vigentes, mal que les pese a algunos.
Los integrantes del Taller de Teatro Grecolatino dejaron atrás las locas comedias plautinas de anteriores años para meterse en las honduras a las que Aristófanes somete a la dramaturgia. Comedia pura. Sofisticada a ratos, dicharachera en otros, siempre punzante. Con Las Tesmoforias (su estreno de este 2017), los chicos del taller además se apuntaron a hablar de igualdad de género, del papel de la mujer en la sociedad, de travestismo y transexualidad, del poder de la literatura para cambiar el mundo y de muchas más cosas con el marchamo humorístico del comediógrafo ateniense. Aristófanes usa este texto para desmontar y atacar a su más acérrimo rival, el poeta trágico Eurípides, que siempre caracterizaba a las mujeres en sus obras de locas, histéricas y origen de todos los males de la sociedad del momento. La comedia arroja luz sobre el decisivo papel femenino en la Grecia clásica y lo hace mediante la sonora crítica de la obra de Eurípides, el ataque más despiadado y mordaz a sus textos y poniendo en marcha la maquinaria cómica propia del opus de Aristófanes.
Sobre el escenario, el montaje de los chicos del Taller de Teatro Grecolatino hizo honores al texto de partida. Una adaptación del original portentosa que solventó los problemas de entendimiento que pudieran surgir entre el personal asistente al Teatro Moderno de Chiclana y que ayudó a una puesta en escena dinámica, sorprendente por briosa y que supo intercalar los momentos más cómicos con los que exigían una pausa para dejar en el aire el mensaje de fondo de Las Tesmoforias, esa asamblea de mujeres en la que se juzga el papel de Eurípides como "enemigo" del papel de la mujer en la sociedad. Los integrantes del Taller de Teatro Grecolatino (todos los años va cambiando el plantel en mayor o menor medida), trabajaron desde el texto hasta el vestuario, pasando por la escenografía y las partes musicales, que también las hubo. Los coordinadores son meros conductores, nunca protagonistas, a diferencia de otras propuestas que pretenden ser similares.
Las caras de satisfacción al terminar la función demuestran que Aristófanes venció. Que la comedia gana, que el teatro triunfa, que este taller de chavales es un puro tesoro y que el púlpito de oradores, coto vedado a los hombres, pertenece a esas mujeres de palabras tomar que poblaron el glorioso montaje de Las Tesmoforias trabajado por ese Taller de Teatro Grecolatino que no podemos perder.
Foto: @zuhmalheur
No voy a descubrir aquí las bondades que emanan de este taller formado por chavales de instituto que se involucran al máximo en levantar un texto que en principio, les es ajeno por completo. No es su lenguaje, no es su léxico, es totalmente lejano temporalmente hablando, pero la moral que en esos añejos escritos está presente es de andar por casa. Por eso los clásicos aún funcionan y por eso, siguen estando totalmente vigentes, mal que les pese a algunos.
Los integrantes del Taller de Teatro Grecolatino dejaron atrás las locas comedias plautinas de anteriores años para meterse en las honduras a las que Aristófanes somete a la dramaturgia. Comedia pura. Sofisticada a ratos, dicharachera en otros, siempre punzante. Con Las Tesmoforias (su estreno de este 2017), los chicos del taller además se apuntaron a hablar de igualdad de género, del papel de la mujer en la sociedad, de travestismo y transexualidad, del poder de la literatura para cambiar el mundo y de muchas más cosas con el marchamo humorístico del comediógrafo ateniense. Aristófanes usa este texto para desmontar y atacar a su más acérrimo rival, el poeta trágico Eurípides, que siempre caracterizaba a las mujeres en sus obras de locas, histéricas y origen de todos los males de la sociedad del momento. La comedia arroja luz sobre el decisivo papel femenino en la Grecia clásica y lo hace mediante la sonora crítica de la obra de Eurípides, el ataque más despiadado y mordaz a sus textos y poniendo en marcha la maquinaria cómica propia del opus de Aristófanes.
Sobre el escenario, el montaje de los chicos del Taller de Teatro Grecolatino hizo honores al texto de partida. Una adaptación del original portentosa que solventó los problemas de entendimiento que pudieran surgir entre el personal asistente al Teatro Moderno de Chiclana y que ayudó a una puesta en escena dinámica, sorprendente por briosa y que supo intercalar los momentos más cómicos con los que exigían una pausa para dejar en el aire el mensaje de fondo de Las Tesmoforias, esa asamblea de mujeres en la que se juzga el papel de Eurípides como "enemigo" del papel de la mujer en la sociedad. Los integrantes del Taller de Teatro Grecolatino (todos los años va cambiando el plantel en mayor o menor medida), trabajaron desde el texto hasta el vestuario, pasando por la escenografía y las partes musicales, que también las hubo. Los coordinadores son meros conductores, nunca protagonistas, a diferencia de otras propuestas que pretenden ser similares.
Las caras de satisfacción al terminar la función demuestran que Aristófanes venció. Que la comedia gana, que el teatro triunfa, que este taller de chavales es un puro tesoro y que el púlpito de oradores, coto vedado a los hombres, pertenece a esas mujeres de palabras tomar que poblaron el glorioso montaje de Las Tesmoforias trabajado por ese Taller de Teatro Grecolatino que no podemos perder.
Foto: @zuhmalheur
lunes, 30 de octubre de 2017
Oro, incienso y Scalextric
Llegó el rey Melchor a depositar a los pies del pesebre oro, regalo propio de la realeza con el que se honra a quien soñará algún día con poseer la grandeza del poderoso...
Oro puro en forma de humor. ¿Qué más quieren ustedes? En tiempos de zozobra, tiempos tenebrosos en los que vivimos, refugiémonos en dos cosas fundamentales: el pecado (capital, venial o lo que ustedes quieran) y la risa, antídoto felicísimo para la idiocia que hoy campa a sus anchas por este mundo que Dios padre ha dejado como un secarral. Oro puro lo que nos regaló Manu Sánchez con El último santo, la transfiguración del cuerpo del hombre en actor, en dominador de la escena y de los tempos narrativos. El que obró el milagro de convertir un monólogo en una inteligente sátira de la religión, de la fe ciega y de todo lo malo (es que tenemos mucho, oiga) que tiene el ser humano en su discurrir por este planeta. Oro puro el de un humorista, un payaso que desde el minuto uno sabe cómo meterse al respetable en el bolsillo a base de carisma a raudales, interacción y empatía. Manu sabe qué es lo que le gusta al público y lo da en cantidades industriales. ¡Que no se cansa el tío! ¡Dos horas y cuarto encima del escenario! Y ni un gallo le salió al malaje. Qué asco, qué envidia (sana) le tengo. Ora pro nobis.
En esas estábamos cuando vimos aparecer al segundo de los magos procedente de Oriente. La barba roja y rala nos hizo adivinar que se trataba del bueno de Gaspar, que vino a ofrecer al niño una cantidad interesante de incienso, esencia que denota majestuosidad...
Grande y majestuoso en todos los sentidos fue el espectáculo que nos mostró Manu Sánchez en el Teatro Moderno de Chiclana. Su sentido del espectáculo denota un conocimiento especial de lo que un montaje de estas características tiene que mostrar. Su presencia única en escena hace que la música, la iluminación, la ambientación, tengan que arropar al artista. Pero háganme caso, Sánchez ha demostrado en sobradas ocasiones que a pelo es un comunicador bestial, un tipo que tira por atajos para conseguir su objetivo: la risa. Y lo consigue con un humor fácil -que no facilón-, subyugante porque todos caemos en la cuenta que la diatriba de Manu es conocida pero nos encanta vernos reflejados en esos espejos deformados que el artista sevillano nos pone delante nuestra. Y dentro de ese humor, se va destilando la crítica, atemperada y de bajo nivel en algunos momentos, provocativa en otros, siempre necesaria. En el ambiente huele a esencias, huele a incienso, como en una mañana fresquita de Domingo de Ramos, pero sin capillitas por la calle que a veces son mu pesaos. El señor es mi pastor, nada me falta.
Se nos estaba haciendo ya tarde (y estábamos sin comer ni ná), cuando se nos presentó ante nosotros el magnánimo Baltasar, venido de lejanas tierras africanas... aunque el pobre dio un rodeito bueno. Se postró ante la criatura y dejó colocado a sus pies... mirra no, ¡un Scalextric! Como bien diría la madre de Brian (en La vida de Brian, claro): ¿Eso de la mirra qué es?...
Aún no sabemos qué es la mirra pero sí qué es un Scalextric. Y ciertamente, para la diversión de chicos y grandes, jugar con un circuito de carreras es mejor. Por un circuito sinuoso, furibundo, con más ritmo que el Sarandonga de Lolita nos llevó Manu Sánchez en El último santo. Una obra impecable desde el punto de vista narrativo aunque hay que decir una verdad sagrada: Manu lo tiene fácil. Las religiones, en especial el cristianismo, ya te da los guiones escritos y luego el humorista puede escoger donde quiera para poder hacer el humor y a través de él, provocar la risa en el público. En este montaje, los tópicos no suenan rancios, porque al costumbrismo, Manu Sánchez sabe sumar un magnifico conocimiento del material de partida. Creo sinceramente que nadie puede sentirse ofendido (hablo de los creyentes) con una obra así, pero ¿no es el humor una obra divina? ¿No está hecho el humor para poder subvertir el orden imperante y criticarlo? No reirse es pecado, pero de los malos. Pero aún vendrá algún demonio que quiera buscarle tres pies al gato y criticar a El último santo como una obra ofensiva. Pobres diablos. ¡Ay Manu! ¿Por qué nos has abandonado?
Oro, incienso y un Scalextric se llevó el niño, que más contento que unas pascuas, nunca supo lo que el ser humano (el verdadero demonio de este mundo) le tenía reservado. Cruel destino, pero ante ello y antes de que llegue el tan anhelado Apocalipsis, riámonos joé, que de momento es gratis. ¡Qué barbaridad chiquillo!
Foto: @zuhmalheur
Oro puro en forma de humor. ¿Qué más quieren ustedes? En tiempos de zozobra, tiempos tenebrosos en los que vivimos, refugiémonos en dos cosas fundamentales: el pecado (capital, venial o lo que ustedes quieran) y la risa, antídoto felicísimo para la idiocia que hoy campa a sus anchas por este mundo que Dios padre ha dejado como un secarral. Oro puro lo que nos regaló Manu Sánchez con El último santo, la transfiguración del cuerpo del hombre en actor, en dominador de la escena y de los tempos narrativos. El que obró el milagro de convertir un monólogo en una inteligente sátira de la religión, de la fe ciega y de todo lo malo (es que tenemos mucho, oiga) que tiene el ser humano en su discurrir por este planeta. Oro puro el de un humorista, un payaso que desde el minuto uno sabe cómo meterse al respetable en el bolsillo a base de carisma a raudales, interacción y empatía. Manu sabe qué es lo que le gusta al público y lo da en cantidades industriales. ¡Que no se cansa el tío! ¡Dos horas y cuarto encima del escenario! Y ni un gallo le salió al malaje. Qué asco, qué envidia (sana) le tengo. Ora pro nobis.
En esas estábamos cuando vimos aparecer al segundo de los magos procedente de Oriente. La barba roja y rala nos hizo adivinar que se trataba del bueno de Gaspar, que vino a ofrecer al niño una cantidad interesante de incienso, esencia que denota majestuosidad...
Grande y majestuoso en todos los sentidos fue el espectáculo que nos mostró Manu Sánchez en el Teatro Moderno de Chiclana. Su sentido del espectáculo denota un conocimiento especial de lo que un montaje de estas características tiene que mostrar. Su presencia única en escena hace que la música, la iluminación, la ambientación, tengan que arropar al artista. Pero háganme caso, Sánchez ha demostrado en sobradas ocasiones que a pelo es un comunicador bestial, un tipo que tira por atajos para conseguir su objetivo: la risa. Y lo consigue con un humor fácil -que no facilón-, subyugante porque todos caemos en la cuenta que la diatriba de Manu es conocida pero nos encanta vernos reflejados en esos espejos deformados que el artista sevillano nos pone delante nuestra. Y dentro de ese humor, se va destilando la crítica, atemperada y de bajo nivel en algunos momentos, provocativa en otros, siempre necesaria. En el ambiente huele a esencias, huele a incienso, como en una mañana fresquita de Domingo de Ramos, pero sin capillitas por la calle que a veces son mu pesaos. El señor es mi pastor, nada me falta.
Se nos estaba haciendo ya tarde (y estábamos sin comer ni ná), cuando se nos presentó ante nosotros el magnánimo Baltasar, venido de lejanas tierras africanas... aunque el pobre dio un rodeito bueno. Se postró ante la criatura y dejó colocado a sus pies... mirra no, ¡un Scalextric! Como bien diría la madre de Brian (en La vida de Brian, claro): ¿Eso de la mirra qué es?...
Aún no sabemos qué es la mirra pero sí qué es un Scalextric. Y ciertamente, para la diversión de chicos y grandes, jugar con un circuito de carreras es mejor. Por un circuito sinuoso, furibundo, con más ritmo que el Sarandonga de Lolita nos llevó Manu Sánchez en El último santo. Una obra impecable desde el punto de vista narrativo aunque hay que decir una verdad sagrada: Manu lo tiene fácil. Las religiones, en especial el cristianismo, ya te da los guiones escritos y luego el humorista puede escoger donde quiera para poder hacer el humor y a través de él, provocar la risa en el público. En este montaje, los tópicos no suenan rancios, porque al costumbrismo, Manu Sánchez sabe sumar un magnifico conocimiento del material de partida. Creo sinceramente que nadie puede sentirse ofendido (hablo de los creyentes) con una obra así, pero ¿no es el humor una obra divina? ¿No está hecho el humor para poder subvertir el orden imperante y criticarlo? No reirse es pecado, pero de los malos. Pero aún vendrá algún demonio que quiera buscarle tres pies al gato y criticar a El último santo como una obra ofensiva. Pobres diablos. ¡Ay Manu! ¿Por qué nos has abandonado?
Oro, incienso y un Scalextric se llevó el niño, que más contento que unas pascuas, nunca supo lo que el ser humano (el verdadero demonio de este mundo) le tenía reservado. Cruel destino, pero ante ello y antes de que llegue el tan anhelado Apocalipsis, riámonos joé, que de momento es gratis. ¡Qué barbaridad chiquillo!
Foto: @zuhmalheur
martes, 26 de septiembre de 2017
Los rincones de Fernando
Fernando nunca fue chiclanero. Quiñones no era de aquí. Él amaba Cádiz...
Fernando Quiñones nació en Chiclana, cosa puntual y anecdótica. Circunstancia puramente casual como lo es el nacimiento de todos ustedes. Nos dicen que debemos participar de cierto sentimiento de pertenencia. Ser de tal o cual sitio. Luego aparecen fronteras, límites, himnos, banderas y las ínfulas patrióticas. Pero como dice el refrán, uno no es de donde nace, sino de donde pace. Y Fernando pacía en muchos sitios porque se dio cuenta que el ser gaditano, el ser chiclanero podía disfrutarse mucho más estando en la otra punta del mundo.
Afortunadamente hoy debe quedar pocos irreductibles que creen que Fernando Quiñones no pertenece a Chiclana. Es un lujo poder decir que uno proviene del mismo sitio que el escritor que más y mejor pregonó las bondades de ser de aquí, que dedicó un soneto intenso y sobrehumano a su lugar de origen, que predicó con maestría el buen nombre del cante jondo, que cantó las alabanzas de bodegas y caldos de la zona, que dio voz a los que habitualmente no la tienen.
Fernando es Chiclana y Cádiz, es Hortensia Romero, Conchi Galán y el Cantueso. Canta y bebe como Miguel Pantalón y busca a Glori como lo hace la Nardi. Se inclina ante la poesía de Ibn Jaqan mientras celebra el arte de un torero en una tarde de faena en la plaza de El Puerto. Quiñones es único y es de todos.
Con esa premisa salieron a la calle las bravas gentes de la asociación cultural Taetro, entidad con casi 30 años de existencia dedicada a la promoción de las artes escénicas en la provincia de Cádiz. Ellos nunca tienen un no por respuesta y al requerimiento de la Fundación que lleva el nombre del literato chiclanero, respondieron con grandes dosis de ganas, desparpajo y conocimiento de la vida y la obra quiñonesca.
Precisamente, con ese adjetivo nombraron a la ruta que prepararon hace unos días y cuyo objetivo no era otro que el de acercar los aconteceres vitales de Fernando. Unos personajes escogidos, impregnados de pura esencia callejera fueron los protagonistas de la I Ruta Quiñonesca, que fue preparada e interpretada por los integrantes de Taetro, dejando un buen sabor de boca entre el numeroso público presente.
Un trasunto de Fernando Quiñones convertido en periodista investigador de la propia labor del escritor, dos (una no, dos) Hortensia Romero -una mayor, otra más joven, en un juego que dio mucho que hablar-, Miguel Pantalón (protagonista de El testigo), la Nardi (otro personaje francamente quiñonesco), Ibn Jaqan y Juan Cantueso, protagonista de La canción del pirata, fueron los guías de tan histórica ruta por las calles del casco histórico de Chiclana hasta desembocar en el Museo Taurino Paquiro, lugar de excepción que acogió el baile de una puella gaditana, aquella que tanto celebrara Fernando como primeras exaltadoras del arte gaditano.
Una ruta bien trenzada y elaborada, preñada de humor, de personajes de gracia quiñonesca, malhablados en ciertos momentos, emotivos en otros, orgullosos de pertenecer al imaginario de una literatura, la de Fernando, que está ahí para ser degustada. Porque esta ruta ha tenido a bien conseguir algo: poner la primera piedra de un edificio mayor, que no es otro que el de descubrir para la mayoría la voz de un narrador, un contador de historias, un poeta nacido por y para el pueblo, sea este el que sea.
Foto: @zuhmalheur
domingo, 24 de septiembre de 2017
¡Doce puntos para ellas!
Solo nos votaba Portugal. Solo Portugal nos daba los doce puntos anhelados, los deseados, los que celebrábamos con furibunda pasión. Luego nosotros le devolvíamos el regalo como la buena acción del vecino que se siente correspondido. Doce puntos eran lo más. Representaban el éxito, aunque luego nos quedáramos de los últimos de Eurovisión. Así hemos sido siempre porque nos conformamos con poco.
Los doce puntos de los Miércoles de Teatro se los doy al Grupo de Teatro Ilusión. Un grupo de chiclaneras (bueno, algún chiclanero también ayuda) que cerró con brillo la trigésima edición de este encuentro veraniego de las artes escénicas. Por segunda vez consecutiva tienen el honor de cerrar el ciclo y han repetido éxito. En esta ocasión, el grupo liderado por Pepa de España se presentaba ante el respetable con la obra Y que le guste a mi madre, original de la propia Pepa. Una obra marcada por las coordenadas ya tradicionales en esta compañía que ha dado nuevos bríos a la escena chiclanera: humor de corte costumbrista, situaciones delirantes, personajes muy bien caracterizados, golpes de efecto en la narración y un buen ritmo a la hora de desarrollar los acontecimientos.
Y que le guste a mi madre es una nueva muestra de cuánto bueno nos ha traído el Grupo de Teatro Ilusión. Al público y a las propias integrantes de la compañía. Creo que no podremos agradecer lo suficiente a Pepa de España su empeño en sacar adelante a este grupo bien avenido y mejor trabajado. Se nota el tesón, la perseverancia, el máximo respeto por el texto de cada montaje. Y se nota donde es más importante: sobre el escenario. Ese trabajo afanoso se traduce en una puesta de escena eficaz, en un espectáculo que da sus frutos porque funciona con la precisión de un reloj suizo. Y si algo falla, no pasa nada, porque las actrices de esta compañía tienen los arrestos suficientes como para poder salir de una situación comprometida. Ahí está la frescura de su propuesta.
No les voy a contar de qué va Y que le guste a mi madre porque seguro que tendrán oportunidad en un futuro cercano de ver este montaje. Este o cualquier otro (en octubre representan en el Teatro Moderno de Chiclana La reliquia, obra de la que ya le hablamos aquí), porque da igual con qué concurran las chicas de Ilusión. El resultado será igual de beneficioso para nuestra salud: risas, bienestar, buen rollo. Solo quiero imitar un poco a doña Suplicio, alma mater de esta obra y otorgar puntos: doce, como la máxima distinción en Eurovisión. Doce puntacos porque el esmero y el trabajo del Grupo de Teatro Ilusión lo merecen. Esta vez no hace falta que Portugal les vote. El público, en cada montaje, les da esos doce puntos y todos los que ellas merezcan.
Solo nos queda decir ¡viva el teatro, viva el Grupo de Teatro Ilusión!
Foto: @zuhmalheur
Los doce puntos de los Miércoles de Teatro se los doy al Grupo de Teatro Ilusión. Un grupo de chiclaneras (bueno, algún chiclanero también ayuda) que cerró con brillo la trigésima edición de este encuentro veraniego de las artes escénicas. Por segunda vez consecutiva tienen el honor de cerrar el ciclo y han repetido éxito. En esta ocasión, el grupo liderado por Pepa de España se presentaba ante el respetable con la obra Y que le guste a mi madre, original de la propia Pepa. Una obra marcada por las coordenadas ya tradicionales en esta compañía que ha dado nuevos bríos a la escena chiclanera: humor de corte costumbrista, situaciones delirantes, personajes muy bien caracterizados, golpes de efecto en la narración y un buen ritmo a la hora de desarrollar los acontecimientos.
Y que le guste a mi madre es una nueva muestra de cuánto bueno nos ha traído el Grupo de Teatro Ilusión. Al público y a las propias integrantes de la compañía. Creo que no podremos agradecer lo suficiente a Pepa de España su empeño en sacar adelante a este grupo bien avenido y mejor trabajado. Se nota el tesón, la perseverancia, el máximo respeto por el texto de cada montaje. Y se nota donde es más importante: sobre el escenario. Ese trabajo afanoso se traduce en una puesta de escena eficaz, en un espectáculo que da sus frutos porque funciona con la precisión de un reloj suizo. Y si algo falla, no pasa nada, porque las actrices de esta compañía tienen los arrestos suficientes como para poder salir de una situación comprometida. Ahí está la frescura de su propuesta.
No les voy a contar de qué va Y que le guste a mi madre porque seguro que tendrán oportunidad en un futuro cercano de ver este montaje. Este o cualquier otro (en octubre representan en el Teatro Moderno de Chiclana La reliquia, obra de la que ya le hablamos aquí), porque da igual con qué concurran las chicas de Ilusión. El resultado será igual de beneficioso para nuestra salud: risas, bienestar, buen rollo. Solo quiero imitar un poco a doña Suplicio, alma mater de esta obra y otorgar puntos: doce, como la máxima distinción en Eurovisión. Doce puntacos porque el esmero y el trabajo del Grupo de Teatro Ilusión lo merecen. Esta vez no hace falta que Portugal les vote. El público, en cada montaje, les da esos doce puntos y todos los que ellas merezcan.
Solo nos queda decir ¡viva el teatro, viva el Grupo de Teatro Ilusión!
Foto: @zuhmalheur
sábado, 23 de septiembre de 2017
El xenomorfo humano
Las relaciones humanas son complicadas. Las hacemos complicadas. No sabemos dejarnos llevar, le ponemos pega a todo y nos encaminamos sin remisión a la búsqueda de los problemas cuando en ocasiones, lo mejor es transitar por un vía zen con el denominador común de que te de igual todo lo que pase a tu alrededor. Nos evitaríamos males mayores en nuestra interacción social con nuestros semejantes... O simplemente, podemos decir que el ser humano es un tocapelotas de cuidado.
Hoy se ha instalado en nuestra jerga diaria un término que ha ganado fortuna: gente tóxica. Supongo que esa descripción se la inventó un autor de libros de autoayuda (ya saben, ese género "literario" en el que el único que queda "ayudado" es el propio autor por los pingües beneficios obtenidos de la venta de su libro), un día en el que su vecino le calentó la mollera más de lo aconsejado. Y a raíz de ese hecho originario, triunfó la teoría de que existen personas tóxicas a nuestro alrededor, cuando quizás podríamos hablar mejor de comportamientos inapropiados. Afortunadamente no estamos en una película de Tarantino, donde uno podría ajustar cuentas con este tipo de personal con una buena balacera contra el que nos molesta más de lo normal. Pero no estamos en una sala de cine, sino en el teatro. Y sobre las tablas también vemos las razones de ciertos comportamientos humanos. Es decir, el teatro es el comportamiento humano en sí, sublimado unas veces, exagerado otras, pero siempre certero. De eso nos habla Alberto de Casso en El ciclista utópico, penúltima obra que nos llega a los Miércoles de Teatro de Chiclana con la dirección y puesta en escena de Yayo Cáceres y las interpretaciones de Fernando Soto y Fran Perea. Un simple hecho, nada luctuoso, nada dramático pero que desencadena una serie de eventos concatenados en el que uno de los protagonistas se convierte en indeseado parásito y el otro en inopinado huésped.
Una relación tóxica. Como si estuviésemos en una película de Michael Haneke, la puesta en escena de Yayo Cáceres es simple y práctica, mediatizada por una lámina transparente que trata de separar ambas vidas, a pesar que el parásito urde estratagemas para sortearla. Esa pantalla transparente, constantemente violada y traspasada por el personaje interpretado por Fernando Soto, ayuda a que el espectador se sumerja en una acción que se va haciendo cada vez más insalubre, más insoportable, fatalmente violenta. Las interpretaciones juegan a favor de esta mise-en-scène con dos actores exacerbados por los caracteres de sus personajes. Perea como sufrido huésped se revela como un volcán a punto de erupción pero que solo deja salir inofensivas fumarolas ante la insistencia de su contraparte, mientras que Soto se transmuta en encantador de serpientes, ladino y sibilino para llegar a ser ese parásito del que no podemos desembarazarnos. El elemento tóxico de nuestras vidas, el xenomorfo humano que se adhiere con sus tentáculos a nuestro rostro, a nuestra existencia para llegar a destruirnos como ese alien de la película homónima de Ridley Scott.
Al final solo queda destrucción. Desgraciadamente, en nuestras vidas no llegamos a contar con la ayuda de una Ripley que acabe con nuestros monstruos cercanos. Lo tóxico abunda. La utopía, también.
Foto: @zuhmalheur
Hoy se ha instalado en nuestra jerga diaria un término que ha ganado fortuna: gente tóxica. Supongo que esa descripción se la inventó un autor de libros de autoayuda (ya saben, ese género "literario" en el que el único que queda "ayudado" es el propio autor por los pingües beneficios obtenidos de la venta de su libro), un día en el que su vecino le calentó la mollera más de lo aconsejado. Y a raíz de ese hecho originario, triunfó la teoría de que existen personas tóxicas a nuestro alrededor, cuando quizás podríamos hablar mejor de comportamientos inapropiados. Afortunadamente no estamos en una película de Tarantino, donde uno podría ajustar cuentas con este tipo de personal con una buena balacera contra el que nos molesta más de lo normal. Pero no estamos en una sala de cine, sino en el teatro. Y sobre las tablas también vemos las razones de ciertos comportamientos humanos. Es decir, el teatro es el comportamiento humano en sí, sublimado unas veces, exagerado otras, pero siempre certero. De eso nos habla Alberto de Casso en El ciclista utópico, penúltima obra que nos llega a los Miércoles de Teatro de Chiclana con la dirección y puesta en escena de Yayo Cáceres y las interpretaciones de Fernando Soto y Fran Perea. Un simple hecho, nada luctuoso, nada dramático pero que desencadena una serie de eventos concatenados en el que uno de los protagonistas se convierte en indeseado parásito y el otro en inopinado huésped.
Una relación tóxica. Como si estuviésemos en una película de Michael Haneke, la puesta en escena de Yayo Cáceres es simple y práctica, mediatizada por una lámina transparente que trata de separar ambas vidas, a pesar que el parásito urde estratagemas para sortearla. Esa pantalla transparente, constantemente violada y traspasada por el personaje interpretado por Fernando Soto, ayuda a que el espectador se sumerja en una acción que se va haciendo cada vez más insalubre, más insoportable, fatalmente violenta. Las interpretaciones juegan a favor de esta mise-en-scène con dos actores exacerbados por los caracteres de sus personajes. Perea como sufrido huésped se revela como un volcán a punto de erupción pero que solo deja salir inofensivas fumarolas ante la insistencia de su contraparte, mientras que Soto se transmuta en encantador de serpientes, ladino y sibilino para llegar a ser ese parásito del que no podemos desembarazarnos. El elemento tóxico de nuestras vidas, el xenomorfo humano que se adhiere con sus tentáculos a nuestro rostro, a nuestra existencia para llegar a destruirnos como ese alien de la película homónima de Ridley Scott.
Al final solo queda destrucción. Desgraciadamente, en nuestras vidas no llegamos a contar con la ayuda de una Ripley que acabe con nuestros monstruos cercanos. Lo tóxico abunda. La utopía, también.
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viernes, 22 de septiembre de 2017
El payaso plano
El payaso blanco, el augusto, el contraugusto, el tony... Muchos estilos pero el que nunca puede aparecer actuando ante el público es el payaso plano. Esta regla de oro es también aplicable a todo incauto que decida alguna vez subirse a un escenario para cualquier tipo de actividad artística. Verbigracia, Pablo Alborán.
El payaso plano peca de monotonía (también de atonía), de no ofrecer al público un espectáculo digno de un payaso, que si ustedes aún no han caído en la cuenta, busca divertir. El payaso plano hace que el público termine por aburrirse y no recuerde al cabo del tiempo nada del espectáculo que han protagonizado. El payaso plano es lo peor que le puede ocurrir a la honorable y seria profesión de los payasos.
Dos payasos de relumbrón estuvieron hace unos días en los Miércoles de Teatro de Chiclana. Este ciclo que llega a los treinta años de vida lleva una carrera paralela a la historia de Los Ulen, casa de esos payasos (Pepe Quero y Paco Tous), que siempre son queridos y bien recibidos por el público chiclanero. En esta ocasión, los payasos de Los Ulen vinieron con el espectáculo Dos idiotas, que en un principio quería ser un homenaje a la esencia de ser clown, como espejo de los desarraigados de la sociedad. Dos parados, un tanto idiotas, que buscan llenar su vida con distintos empleos pero que terminan provocando la sonrisa del espectador. Bueno, se intentó. Porque a pesar del magnífico bagaje de Los Ulen (de ellos hemos disfrutado montajes esplendorosos en otras visitas a la ciudad), Dos idiotas apenas aportó nada a la larga y exitosa carrera de la compañía sevillana. Un montaje un tanto deslavazado que dejó ciertamente frío al espectador que notaba como si una barrera le separara de los actores, que llegaban más al corazón de la gente conforme tiraron de recursos cómicos más trillados (aunque provocan la risa segura). Fueron un par de momentos donde sentimos que la obra tiraba hacia arriba aunque la frialdad recorrió toda la obra. Entraba ahí en acción la figura del payaso plano. Dos personajes que en escasas ocasiones lograron revertir la situación para ganarse el favor del espectador. Dos personajes que quedaron anclados en un círculo vicioso con el que no consiguieron levantar las alabanzas de otras veces, quizás porque el espectáculo no era tan osado, tan radical como han sido otras propuestas de Los Ulen. Echamos de menos a ese payaso.
Aunque todo lo que les hemos contado quizá fuera un truco más de un payaso listo, que quiso hacernos creer que lo que habíamos visto era un simple juego. Quizás ahí estuvo la gracia del asunto. Porque tampoco queremos creer que el recibir el anunciado homenaje por parte de la Delegación de Cultura antes de actuar (eso rompe los esquemas de un actor a punto de salir al escenario, hombre), pusiera nerviosos a tan excelsos payasos. A mi me tocaría un poco los cataplines, pero yo solo soy un simple idiota.
Foto: @zuhmalheur
El payaso plano peca de monotonía (también de atonía), de no ofrecer al público un espectáculo digno de un payaso, que si ustedes aún no han caído en la cuenta, busca divertir. El payaso plano hace que el público termine por aburrirse y no recuerde al cabo del tiempo nada del espectáculo que han protagonizado. El payaso plano es lo peor que le puede ocurrir a la honorable y seria profesión de los payasos.
Dos payasos de relumbrón estuvieron hace unos días en los Miércoles de Teatro de Chiclana. Este ciclo que llega a los treinta años de vida lleva una carrera paralela a la historia de Los Ulen, casa de esos payasos (Pepe Quero y Paco Tous), que siempre son queridos y bien recibidos por el público chiclanero. En esta ocasión, los payasos de Los Ulen vinieron con el espectáculo Dos idiotas, que en un principio quería ser un homenaje a la esencia de ser clown, como espejo de los desarraigados de la sociedad. Dos parados, un tanto idiotas, que buscan llenar su vida con distintos empleos pero que terminan provocando la sonrisa del espectador. Bueno, se intentó. Porque a pesar del magnífico bagaje de Los Ulen (de ellos hemos disfrutado montajes esplendorosos en otras visitas a la ciudad), Dos idiotas apenas aportó nada a la larga y exitosa carrera de la compañía sevillana. Un montaje un tanto deslavazado que dejó ciertamente frío al espectador que notaba como si una barrera le separara de los actores, que llegaban más al corazón de la gente conforme tiraron de recursos cómicos más trillados (aunque provocan la risa segura). Fueron un par de momentos donde sentimos que la obra tiraba hacia arriba aunque la frialdad recorrió toda la obra. Entraba ahí en acción la figura del payaso plano. Dos personajes que en escasas ocasiones lograron revertir la situación para ganarse el favor del espectador. Dos personajes que quedaron anclados en un círculo vicioso con el que no consiguieron levantar las alabanzas de otras veces, quizás porque el espectáculo no era tan osado, tan radical como han sido otras propuestas de Los Ulen. Echamos de menos a ese payaso.
Aunque todo lo que les hemos contado quizá fuera un truco más de un payaso listo, que quiso hacernos creer que lo que habíamos visto era un simple juego. Quizás ahí estuvo la gracia del asunto. Porque tampoco queremos creer que el recibir el anunciado homenaje por parte de la Delegación de Cultura antes de actuar (eso rompe los esquemas de un actor a punto de salir al escenario, hombre), pusiera nerviosos a tan excelsos payasos. A mi me tocaría un poco los cataplines, pero yo solo soy un simple idiota.
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jueves, 21 de septiembre de 2017
Hoy nominamos a...
A los creadores de la telebasura. Bueno, en realidad ellos no tienen la culpa de ofrecer mierda enlatada en los 16:9 que tienen nuestros novísimos televisores Full HD. Ellos solo acatan órdenes del público que es el que decide qué quiere ver (aunque son ciertamente sibilinos a la hora de inocularnos el virus previamente). Y lo que quieren ver es la miseria humana hecha telerrealidad.
El ser humano es especial. Le gusta el morbo. Ambiciona ver en pantalla los éxitos pero sobre todo, los fracasos del prójimo y si todo se acompaña de alharacas, ruido mediático, discusiones sin sentido y gritos, muchos gritos, mejor. That's entertainment!, que decían los yankees. Y así estamos, en un país donde el bochorno ajeno es vendido como producto de uso masivo para varios millones de españoles que quedan anestesiados gracias a la labor de la caja tonta. Siempre nos quedarán otros canales para aprender, para asombrarnos con la realidad que nos rodea, pero a esas horas estamos echando la siesta.
Da para mucho todo este mundillo de la telebasura y la telerrealidad. Tanto como para que el teatro se luzca sacando los higadillos de este sistema que nos corrompe como seres pensantes. La farsa, la comedia y la astracanada son armas efectivas para mofarse de estas pequeñas miserias humanas donde se despedazan las vidas de unos cuantos a cambio de un buen porcentaje de cuota de pantalla y de unos escasos miles de euros para el afectado. Grandes Hermanos, Supervivientes (con lujos ostensibles), Granjeros que buscan esposa o Príncipes para ciertas chicas que no saben que el cuento de hadas es eso, cuento y que no hay príncipe azul ni de otro color.
La Cía. Milagros nos trajo hace unos días a las tablas del Teatro Moderno una radiografía apasionada y cómica de todo este inframundo. Un príncipe para Leonor, escarnio de este tipo de reality shows a ritmo de comedia loca y desenfrenada, sirvió de catalizador a una noche en la que brillaron de forma absoluta los personajes. Bien caracterizados, perfectamente ensamblados en la historia y con una buena sincronización en escena, los personajes de esa presentadora con pocas luces pero mucha mala baba y esa pánfila candidata a casadera que al final demuestra más luces que cualquiera, son los verdaderos pilares sobre los que se asienta una historia sencilla que cumple perfectamente con su función: farsa, denuncia y divertimento. Sonia Astacio y Carolina Montoya se meten en la piel de unos personajes que tiran de la comedia del absurdo y se muestran desaforados, extremos y exagerados hasta el punto que son espejos donde mirarnos y descubrir todo lo malo que ofrecemos como especie.
El humor es la clave. El humor es la chispa con lo que todo empieza a funcionar en este último montaje de la compañía sevillana que da en la diana con un definición exacta de lo que es la sociedad española en su conjunto: una sociedad a la que le gusta explotar a cierta caterva de personajes para puro gozo del resto. Esto lo hacían los romanos hace dos mil años con leones en el Circo Máximo. Hoy, solo es necesario encender la tele. Afortunadamente, aún nos queda el teatro para reflejar nuestras miserias.
Foto: @zuhmalheur
El ser humano es especial. Le gusta el morbo. Ambiciona ver en pantalla los éxitos pero sobre todo, los fracasos del prójimo y si todo se acompaña de alharacas, ruido mediático, discusiones sin sentido y gritos, muchos gritos, mejor. That's entertainment!, que decían los yankees. Y así estamos, en un país donde el bochorno ajeno es vendido como producto de uso masivo para varios millones de españoles que quedan anestesiados gracias a la labor de la caja tonta. Siempre nos quedarán otros canales para aprender, para asombrarnos con la realidad que nos rodea, pero a esas horas estamos echando la siesta.
Da para mucho todo este mundillo de la telebasura y la telerrealidad. Tanto como para que el teatro se luzca sacando los higadillos de este sistema que nos corrompe como seres pensantes. La farsa, la comedia y la astracanada son armas efectivas para mofarse de estas pequeñas miserias humanas donde se despedazan las vidas de unos cuantos a cambio de un buen porcentaje de cuota de pantalla y de unos escasos miles de euros para el afectado. Grandes Hermanos, Supervivientes (con lujos ostensibles), Granjeros que buscan esposa o Príncipes para ciertas chicas que no saben que el cuento de hadas es eso, cuento y que no hay príncipe azul ni de otro color.
La Cía. Milagros nos trajo hace unos días a las tablas del Teatro Moderno una radiografía apasionada y cómica de todo este inframundo. Un príncipe para Leonor, escarnio de este tipo de reality shows a ritmo de comedia loca y desenfrenada, sirvió de catalizador a una noche en la que brillaron de forma absoluta los personajes. Bien caracterizados, perfectamente ensamblados en la historia y con una buena sincronización en escena, los personajes de esa presentadora con pocas luces pero mucha mala baba y esa pánfila candidata a casadera que al final demuestra más luces que cualquiera, son los verdaderos pilares sobre los que se asienta una historia sencilla que cumple perfectamente con su función: farsa, denuncia y divertimento. Sonia Astacio y Carolina Montoya se meten en la piel de unos personajes que tiran de la comedia del absurdo y se muestran desaforados, extremos y exagerados hasta el punto que son espejos donde mirarnos y descubrir todo lo malo que ofrecemos como especie.
El humor es la clave. El humor es la chispa con lo que todo empieza a funcionar en este último montaje de la compañía sevillana que da en la diana con un definición exacta de lo que es la sociedad española en su conjunto: una sociedad a la que le gusta explotar a cierta caterva de personajes para puro gozo del resto. Esto lo hacían los romanos hace dos mil años con leones en el Circo Máximo. Hoy, solo es necesario encender la tele. Afortunadamente, aún nos queda el teatro para reflejar nuestras miserias.
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miércoles, 23 de agosto de 2017
Guananá temé (al servicio de Primital Bros.)
De igual forma que el poderoso Zod hacía con sus súbditos terráqueos una vez sojuzgado el hijo de Jor-El, los habitantes del planeta Chiclana se reunieron atemorizados en el Teatro Moderno para lanzarle besitos al anillo de poder que portaba el gran jefe de The Primitals. Loado sea Él, el todopoderoso que con una simple muestra de su mano, todos caíamos rendidos a su magnificencia.¡Guananá temé! (que traducido resulta algo así como, "lo que usted diga, jefe").
Magnificencia y poder. Entre estos dos conceptos bascula The Primitals, montaje co producido entre Yllana y The Primital Bros. que cautivó a su paso por Chiclana en sus Miércoles de Teatro. Una propuesta única, sencilla como propuesta (comedia musical a capella) y que no engaña al espectador. Es justamente lo que se le ofreció... aunque el espectáculo fue digno de dioses (kryptonianos).
Magnificencia y poder porque se buceaba en la insondable idea del poder humano. ¿Qué ocurre cuando ansiamos querer más, ser más,... ser más que otros? Dos de estos aborígenes con portentosas facultades para el canto sufrieron en sus carnes la erótica del poder. Deseo, ira, venganza, castigo, rendición y vuelta a la realidad. Todo ese camino fue recorrido de la mano de un ramillete de temas (canciones populares, éxitos del pop y el rock, grandes bandas sonoras y excepcionales arias de ópera), en una hora y media de impresión bajo la fantástica doble dirección de The Primital Bros.: Santi Ibarretxe en la parte musical y Joe O'Curneen en la producción y dirección escénica.
Magnificencia y poder porque el público chiclanero asistió a una puesta en escena sobria pero que fue envuelta en ropajes de lujo con las voces de los actores. Intérpretes que sorprendieron por una infatigable entrega y por una esplendorosa propuesta surgida de sus prodigiosas gargantas. Es fabuloso comprobar cómo ciertas canciones o algunas arias apuntalan el discurso de la dramaturgia. Es fastuoso oír las voces de Íñigo García, Pedro Herrero, Manu Pilas y Adrián García. Versátiles, ágiles, potentes, plenas de sentido y embriagadoras, tanto como si se entona la inquietante Sweet dreams de Eurythmics, la épica Bohemian Raphsody de Queen o la perturbadora Nessum Dorma de Turandot. Momentos de emoción, de ebullición sentimental que sirvieron de temple a una puesta en escena cómica, dinámica y con muchísima personalidad. Un tenor agudo, un bajo barítono... Una locura y una envidia de voces. Un regalo para el público asistente que aplaudió con emoción los momentos más líricos de la representación.
El que esto suscribe no conocía de antemano el trabajo de The Primital Bros. Me fustigo por ello como el gran jefe hacía con su esclavo o como el imperturbable Zod hacia con los humanos inferiores. Pero no me extraña que Yllana haya tenido el buen ojo de acompañarlos en esta aventura magnífica... Y poderosa.
Magnificencia y poder. Entre estos dos conceptos bascula The Primitals, montaje co producido entre Yllana y The Primital Bros. que cautivó a su paso por Chiclana en sus Miércoles de Teatro. Una propuesta única, sencilla como propuesta (comedia musical a capella) y que no engaña al espectador. Es justamente lo que se le ofreció... aunque el espectáculo fue digno de dioses (kryptonianos).
| Foto: @zuhmalheur |
Magnificencia y poder porque se buceaba en la insondable idea del poder humano. ¿Qué ocurre cuando ansiamos querer más, ser más,... ser más que otros? Dos de estos aborígenes con portentosas facultades para el canto sufrieron en sus carnes la erótica del poder. Deseo, ira, venganza, castigo, rendición y vuelta a la realidad. Todo ese camino fue recorrido de la mano de un ramillete de temas (canciones populares, éxitos del pop y el rock, grandes bandas sonoras y excepcionales arias de ópera), en una hora y media de impresión bajo la fantástica doble dirección de The Primital Bros.: Santi Ibarretxe en la parte musical y Joe O'Curneen en la producción y dirección escénica.
Magnificencia y poder porque el público chiclanero asistió a una puesta en escena sobria pero que fue envuelta en ropajes de lujo con las voces de los actores. Intérpretes que sorprendieron por una infatigable entrega y por una esplendorosa propuesta surgida de sus prodigiosas gargantas. Es fabuloso comprobar cómo ciertas canciones o algunas arias apuntalan el discurso de la dramaturgia. Es fastuoso oír las voces de Íñigo García, Pedro Herrero, Manu Pilas y Adrián García. Versátiles, ágiles, potentes, plenas de sentido y embriagadoras, tanto como si se entona la inquietante Sweet dreams de Eurythmics, la épica Bohemian Raphsody de Queen o la perturbadora Nessum Dorma de Turandot. Momentos de emoción, de ebullición sentimental que sirvieron de temple a una puesta en escena cómica, dinámica y con muchísima personalidad. Un tenor agudo, un bajo barítono... Una locura y una envidia de voces. Un regalo para el público asistente que aplaudió con emoción los momentos más líricos de la representación.
El que esto suscribe no conocía de antemano el trabajo de The Primital Bros. Me fustigo por ello como el gran jefe hacía con su esclavo o como el imperturbable Zod hacia con los humanos inferiores. Pero no me extraña que Yllana haya tenido el buen ojo de acompañarlos en esta aventura magnífica... Y poderosa.
lunes, 31 de julio de 2017
El milagro de la bilocación
Bilocarse:
De bi- y el lat. locāre 'colocar', der. de locus 'lugar'.
1. prnl. Dicho de una persona: Hallarse en dos lugares distintos a la vez.
La Iglesia Católica, institución muy ducha en darnos lecciones absolutas de moral en nuestra vida cotidiana, confirma la existencia del milagro de la bilocación, sobre todo en algunos de sus santos más queridos como San Martín de Porres. Lo malo es que luego llegaba Santo Tomás de Aquino, o sea, uno de los suyos, afortunadamente un tipo con una mente más preclara, y negaba tal prodigio de la naturaleza o de la santidad, vaya usted a saber. El caso es que el truquito de magia de la bilocación sigue dando juego a lo largo de los siglos y si no que se lo digan a Íker Jiménez.
El pasado miércoles asistimos en el Teatro Moderno a otro ejercicio de bilocación. O se intentó. La compañía Qué Jarte, nueva por estos lares, aterrizaba en Chiclana de la mano de Pepa Rus en la dirección con un texto de Bernardo Rivera, a la sazón, actor único en este espectáculo. El curso de tu vida trata de desmontar en tono de comedia, ciertos nuevos usos que los ciudadanos (tontos) de este lugar llamado planeta Tierra, nos empeñamos en acometer. En este caso, el hacernos crudiveganos, que ya por el nombre tiene que ser una cosa horrorosa.
El curso de tu vida trata de desmontar todo eso. Trata. No lo consigue. Porque lo que pudiera ser un buen punto de partida para destrozar de forma inmisericorde la mojigatería que el ser humano está demostrando a pasos agigantados, se convierte en un quiero y no puedo, en un montaje plano donde la comedia se ausenta desde el primer momento, a no ser que por comedia se entienda tirar de tópicos y de chascarrillos localistas (el sevillano pijito, el tipo de Cuenca con pocas luces).
Lamentamos esta oportunidad desaprovechada porque Rivera yerra en varias cosas. En primer lugar, en un texto que no sabe hacia dónde ir. Tras más de una hora, el público no sabía qué se le estaba contando y se llega a un final atropellado, mal hilvanado y que apunta a una razón familiar escondida para explicar la actuación de cada uno de los personajes. En segundo lugar, los personajes. Solo hay un actor para cuatro o cinco caracterizaciones. El peligro de querer bilocarse cuando uno no puede hacer milagros. El problema viene cuando cada uno de ellos tiene que entrar y salir de escena como alma que lleva el diablo. Los huecos se tienen que rellenar y si no hay otro actor, se abusa de voces en off y de vídeos, que se hicieron pesados e innecesarios para la narración. En tercer lugar, la ausencia de comedia. Esa prisa a la hora de montar escena tras escena hizo perder fuelle a toda la obra, aunque dudamos que en el texto original existiera una huella más persistente de tan difícil género.
Y terminamos con el ritmo. A los 10 minutos de su inicio, pensamos que la representación se nos iba a hacer muy larga. En efecto. No veíamos dinamismo, no veíamos chispa. No ayudaba en nada a tanto cambio de personaje invadidos por la peligrosa sensación de que se nos estaba vendiendo como comedia un sucedáneo. El curso de tu vida fue la insípida quinoa cuando lo que queríamos todos era zamparnos un buen arroz caldoso que nos dejara tiritando... Al menos tiritando sí que salimos con el aire acondicionado. Lo de reirnos, ya lo dejamos para la próxima semana.
Foto: @zuhmalheur
De bi- y el lat. locāre 'colocar', der. de locus 'lugar'.
1. prnl. Dicho de una persona: Hallarse en dos lugares distintos a la vez.
La Iglesia Católica, institución muy ducha en darnos lecciones absolutas de moral en nuestra vida cotidiana, confirma la existencia del milagro de la bilocación, sobre todo en algunos de sus santos más queridos como San Martín de Porres. Lo malo es que luego llegaba Santo Tomás de Aquino, o sea, uno de los suyos, afortunadamente un tipo con una mente más preclara, y negaba tal prodigio de la naturaleza o de la santidad, vaya usted a saber. El caso es que el truquito de magia de la bilocación sigue dando juego a lo largo de los siglos y si no que se lo digan a Íker Jiménez.
El pasado miércoles asistimos en el Teatro Moderno a otro ejercicio de bilocación. O se intentó. La compañía Qué Jarte, nueva por estos lares, aterrizaba en Chiclana de la mano de Pepa Rus en la dirección con un texto de Bernardo Rivera, a la sazón, actor único en este espectáculo. El curso de tu vida trata de desmontar en tono de comedia, ciertos nuevos usos que los ciudadanos (tontos) de este lugar llamado planeta Tierra, nos empeñamos en acometer. En este caso, el hacernos crudiveganos, que ya por el nombre tiene que ser una cosa horrorosa.
El curso de tu vida trata de desmontar todo eso. Trata. No lo consigue. Porque lo que pudiera ser un buen punto de partida para destrozar de forma inmisericorde la mojigatería que el ser humano está demostrando a pasos agigantados, se convierte en un quiero y no puedo, en un montaje plano donde la comedia se ausenta desde el primer momento, a no ser que por comedia se entienda tirar de tópicos y de chascarrillos localistas (el sevillano pijito, el tipo de Cuenca con pocas luces).
Lamentamos esta oportunidad desaprovechada porque Rivera yerra en varias cosas. En primer lugar, en un texto que no sabe hacia dónde ir. Tras más de una hora, el público no sabía qué se le estaba contando y se llega a un final atropellado, mal hilvanado y que apunta a una razón familiar escondida para explicar la actuación de cada uno de los personajes. En segundo lugar, los personajes. Solo hay un actor para cuatro o cinco caracterizaciones. El peligro de querer bilocarse cuando uno no puede hacer milagros. El problema viene cuando cada uno de ellos tiene que entrar y salir de escena como alma que lleva el diablo. Los huecos se tienen que rellenar y si no hay otro actor, se abusa de voces en off y de vídeos, que se hicieron pesados e innecesarios para la narración. En tercer lugar, la ausencia de comedia. Esa prisa a la hora de montar escena tras escena hizo perder fuelle a toda la obra, aunque dudamos que en el texto original existiera una huella más persistente de tan difícil género.
Y terminamos con el ritmo. A los 10 minutos de su inicio, pensamos que la representación se nos iba a hacer muy larga. En efecto. No veíamos dinamismo, no veíamos chispa. No ayudaba en nada a tanto cambio de personaje invadidos por la peligrosa sensación de que se nos estaba vendiendo como comedia un sucedáneo. El curso de tu vida fue la insípida quinoa cuando lo que queríamos todos era zamparnos un buen arroz caldoso que nos dejara tiritando... Al menos tiritando sí que salimos con el aire acondicionado. Lo de reirnos, ya lo dejamos para la próxima semana.
Foto: @zuhmalheur
jueves, 27 de julio de 2017
Triple salto mortal
"¡Señoras y señores! ¡Sean bienvenidos al Gran Circo de Purito Beeeeeeníteeeeeez!
(Redoble de tambor y chasqueo de platillos).
En la función de hoy les ofreceremos lo mejor de lo mejor, el gran espectáculo del circo en vivo y en directo. Sin trampa ni cartón. Vivirán sensaciones alucinantes, sentirán de cerca el furor de mil fieras carnívoras, conocerán a nuestros afamados artistas, pasearán por el alambre de las emociones fuertes y reirán... Reirán como nunca han reído.
En primer lugar, amado público, desearía presentarles a la gran estrella de la función. Un hombre que con su fuerza extrema es capaz de... Un segundo... Querido público, mantengan la calma y ocupen sus localidades. Estamos experimentando pequeños problemas con la sujección de la carpa a consecuencia del aire que se está levantando. ¡Oh, cielos! La escasa brisa se ha convertido en gran tornado y ha despedido a aquella señora del pelo azul de su asiento. ¡Pero no se vaya, señora! ¡Señora!".
El año del gran tornado. Fue hace muchos años y aparte de despeinarnos el flequillo provocó una multitud de acontecimientos que se cuentan de forma detallada en la nueva obra que ha estrenado la insigne Compañía Furtiva de Teatro en su teatro intermitente de La Bodega de Artistas. La obra se llama así: El año del gran tornado.
Todo comienza con vientos aunque nunca llegan las tempestades porque supieron ser domadas por la voluntad y el buen hacer de la compañía, encarnada en los intérpretes sin obviar el maravilloso trabajo de Jimi Cobeña a los mandos técnicos. Carlos C. Laínez (autor del libreto) y Mili Lora no confirman las expectativas de Carta de mamá, su primer trabajo; las superan. Y lo hacen con un texto mucho más madurado y repensado, un planteamiento mucho más lírico y cercano a la temática circense tan del gusto de Laínez. Un punto de partida que se acompasa a las mil maravillas con un tour de force interpretativo que necesita de un absoluto control de la escena en cuanto a marcas, uso de la escenografía, atrezo, iluminación y música y que forja su éxito en un fantástico conocimiento de los personajes por parte de los actores. Y todo eso, lo tiene este nuevo montaje al que asistimos hace unos días.
¡Ah, los actores! Esa casta de la farándula tan preñada de divismos y que solo quieren aplausos. Pero los chicos de La Furtiva los merecen porque en lugar de intentar repetir éxito con una clonación de lo que hicieron hace un año, se aventuran a meter la cabeza en las fauces de la fiera y salen vivitos y coleando. Más personajes para Carlos y Mili, con atinados gestos y actitudes que hacen diferenciar con claridad cada una de las máscaras, a pesar del furibundo ritmo imprimido a la obra desde el minuto uno (cambios de vestuario incluidos). Se nota ahí la mano maestra de Mili Lora que con su primera caracterización marca la senda. Y es que el ritmo, cosa fundamental para todo aquel que se dedique al teatro, es uno de los logros de esta función superlativa con la que se supera esa Carta de mamá de la que fuimos destinatarios hace unos meses apenas. El año del gran tornado da más: en creación literaria y dramatúrgica, en puesta en escena, en pasión por los personajes, en la inclusión de herramientas para hacer más rica la función (ese número musical tan divertido como bello a cargo de Laínez justo a mitad de obra) y en duración, aunque apenas se nota pues el rato es gozoso y evidencia lo que ya barruntamos hace un tiempo, que la Compañía Furtiva de Teatro es una esplendorosa realidad en el mundillo teatral de Cádiz y prueba de ello es que se los están rifando en municipios vecinos para verlos en acción.
Naturalmente, la obra ganará en precisión y en riqueza en la caracterización de los personajes (aunque en este caso, el trabajo está más que pulido), así que les animamos a que los vean una vez... o dos... o tres, porque algo tiene de adictivo La Furtiva. Quien prueba repite, más de una vez y eso evidencia el amor y el mimo con el que Mili Lora y Carlos C. Laínez han preparado desde hace meses este nuevo proyecto teatral que desde ya es la sensación del verano chiclanero. Por eso no pueden ustedes perdérselo. ¿Cómo pueden adquirir sus boletos para asistir a la función del Gran Circo Purito Benitez, protagonista de El año del gran tornado? Fácil: llamen al 605583332 o al 615100691 y ahí les informarán de fechas, horarios y disponibilidad. Recuerden que el espacio es pequeño pero acogedor y se encuentra situado en La Bodega de Artistas (calle La Vid, 14). Cuando estén tomando la cerveza fresquita post obra, podrán ustedes debatir con los artistas, que para entonces habrán salido vivos del triple salto mortal con el que han mantenido el corazón en un puño de los asistentes durante una hora y pico.
Si es que por algo lo llaman el mayor espectáculo del mundo, oiga.
Fotos: @zuhmalheur
(Redoble de tambor y chasqueo de platillos).
En la función de hoy les ofreceremos lo mejor de lo mejor, el gran espectáculo del circo en vivo y en directo. Sin trampa ni cartón. Vivirán sensaciones alucinantes, sentirán de cerca el furor de mil fieras carnívoras, conocerán a nuestros afamados artistas, pasearán por el alambre de las emociones fuertes y reirán... Reirán como nunca han reído.
En primer lugar, amado público, desearía presentarles a la gran estrella de la función. Un hombre que con su fuerza extrema es capaz de... Un segundo... Querido público, mantengan la calma y ocupen sus localidades. Estamos experimentando pequeños problemas con la sujección de la carpa a consecuencia del aire que se está levantando. ¡Oh, cielos! La escasa brisa se ha convertido en gran tornado y ha despedido a aquella señora del pelo azul de su asiento. ¡Pero no se vaya, señora! ¡Señora!".El año del gran tornado. Fue hace muchos años y aparte de despeinarnos el flequillo provocó una multitud de acontecimientos que se cuentan de forma detallada en la nueva obra que ha estrenado la insigne Compañía Furtiva de Teatro en su teatro intermitente de La Bodega de Artistas. La obra se llama así: El año del gran tornado.
Todo comienza con vientos aunque nunca llegan las tempestades porque supieron ser domadas por la voluntad y el buen hacer de la compañía, encarnada en los intérpretes sin obviar el maravilloso trabajo de Jimi Cobeña a los mandos técnicos. Carlos C. Laínez (autor del libreto) y Mili Lora no confirman las expectativas de Carta de mamá, su primer trabajo; las superan. Y lo hacen con un texto mucho más madurado y repensado, un planteamiento mucho más lírico y cercano a la temática circense tan del gusto de Laínez. Un punto de partida que se acompasa a las mil maravillas con un tour de force interpretativo que necesita de un absoluto control de la escena en cuanto a marcas, uso de la escenografía, atrezo, iluminación y música y que forja su éxito en un fantástico conocimiento de los personajes por parte de los actores. Y todo eso, lo tiene este nuevo montaje al que asistimos hace unos días.
¡Ah, los actores! Esa casta de la farándula tan preñada de divismos y que solo quieren aplausos. Pero los chicos de La Furtiva los merecen porque en lugar de intentar repetir éxito con una clonación de lo que hicieron hace un año, se aventuran a meter la cabeza en las fauces de la fiera y salen vivitos y coleando. Más personajes para Carlos y Mili, con atinados gestos y actitudes que hacen diferenciar con claridad cada una de las máscaras, a pesar del furibundo ritmo imprimido a la obra desde el minuto uno (cambios de vestuario incluidos). Se nota ahí la mano maestra de Mili Lora que con su primera caracterización marca la senda. Y es que el ritmo, cosa fundamental para todo aquel que se dedique al teatro, es uno de los logros de esta función superlativa con la que se supera esa Carta de mamá de la que fuimos destinatarios hace unos meses apenas. El año del gran tornado da más: en creación literaria y dramatúrgica, en puesta en escena, en pasión por los personajes, en la inclusión de herramientas para hacer más rica la función (ese número musical tan divertido como bello a cargo de Laínez justo a mitad de obra) y en duración, aunque apenas se nota pues el rato es gozoso y evidencia lo que ya barruntamos hace un tiempo, que la Compañía Furtiva de Teatro es una esplendorosa realidad en el mundillo teatral de Cádiz y prueba de ello es que se los están rifando en municipios vecinos para verlos en acción.
Naturalmente, la obra ganará en precisión y en riqueza en la caracterización de los personajes (aunque en este caso, el trabajo está más que pulido), así que les animamos a que los vean una vez... o dos... o tres, porque algo tiene de adictivo La Furtiva. Quien prueba repite, más de una vez y eso evidencia el amor y el mimo con el que Mili Lora y Carlos C. Laínez han preparado desde hace meses este nuevo proyecto teatral que desde ya es la sensación del verano chiclanero. Por eso no pueden ustedes perdérselo. ¿Cómo pueden adquirir sus boletos para asistir a la función del Gran Circo Purito Benitez, protagonista de El año del gran tornado? Fácil: llamen al 605583332 o al 615100691 y ahí les informarán de fechas, horarios y disponibilidad. Recuerden que el espacio es pequeño pero acogedor y se encuentra situado en La Bodega de Artistas (calle La Vid, 14). Cuando estén tomando la cerveza fresquita post obra, podrán ustedes debatir con los artistas, que para entonces habrán salido vivos del triple salto mortal con el que han mantenido el corazón en un puño de los asistentes durante una hora y pico.
Si es que por algo lo llaman el mayor espectáculo del mundo, oiga.
Fotos: @zuhmalheur
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