Los españoles de bien, al parecer todos los que votan al PP y por correspondencia a los puros de corazón de Ciudadanos, debe parecerles bien que el Gobierno de Rajoy siga sin pedir perdón en nombre del Ejecutivo a las víctimas del Yak-42. Bravo, eso sí, por la decisión de María Dolores de Cospedal, ministra de Defensa, de reunirse con ellos y presentarles excusas en nombre del... Estado.
Pero sin ánimo de parecer frío e inhumano (que debo serlo a los ojos de los españoles de bien), pues no voto a Rajoy ni a Rivera, sobre la ignominia del Yakolev subyace un vergonzoso recorte de recursos económicos para trasladar a los militares asesinados por el Gobierno de Aznar ese día. Sí, asesinados. Los familiares me darán la razón. Los españoles de bien, aquellos que son patriotas extrapatriotas (remedando al bueno de Luis Bárcenas, otro gran español), no.
Españoles de bien.
Se escamoteó dinero y recursos para trasladar a esos militares a sabiendas de que se les metía en un cascajo y pasó lo que era inevitable. Más de 60 cadáveres. Lo de la pseudo investigación posterior fue criminal. Todos lo saben, menos los españoles de bien que siguen votando al PP (incluidos muchos militares que siguen depositando su confianza en un Gobierno que les despojó de sus compañeros).
Y salvando las distancias y a riesgo de seguir pecando de frialdad de corazón, otro tipo de atrocidad gubernamental. Una clase de terrorismo de Estado que tiene que ver con el recorte de fondos en Defensa para ciertas cosas (importantes). Porque sepan ustedes que en plena crisis el único ministerio que seguía aumentando su cuota en los Presupuestos Generales del Estado era el de Defensa. Lo que ocurre es que no se escatimaba en ciertos aspectos (compra de material bélico por ejemplo a democracias como Venezuela, Israel o Arabia Saudí) y sí que se hacía en cosas que no importan a los españoles de bien como es este caso. Pinchen aquí y se enterarán del lamentable estado en que se encuentran los Archivos Históricos de la Armada, una auténtica mina para los investigadores de nuestra Historia, esa que gusta tanto a los españoles de bien. Esos tan patriotas.
Z apatero apareció por el Congreso para rendir cuentas sobre la presencia militar española en la misión de paz (curiosa nomenclatura para una encerrona bélica como la que se está produciendo) de Afganistán. La palabrería política, en ocasiones tan vana e innecesaria, acudió a lugares comunes para definir la presencia de militares y guardia civiles españoles en tierras asiáticas. Las explicaciones a medio camino de la mesura y el desconcierto del presidente y los asertos de la oposición (cada partido con su juego) capitulizaron una parte del debate parlamentario, pero más que certezas absolutas o soluciones a medio-largo plazo, los políticos volvieron a evidenciar una sensible falta de conexión con la ciudadanía.
Y es que el pueblo no ve con buenos ojos que sus militares o sus agentes estén a miles de kilómetros enfrascados en un conflicto, que más allá de la mera anécdota semántica, provoca un drama continuado por la acción de grupos terroristas radicales.
Afganistán está en guerra. Es un hecho contrastado por más que a Zapatero este término le resulte tan esquivo como lo fue el de la crisis hace dos años. Sin embargo, es una presencia legitimada por las resoluciones de la ONU. Ojalá no tuviéramos que estar allí. Ojalá Afganistán viviera en la normalidad democrática. Ojalá los talibanes no tuvieran la ascendencia sobre la población que aún mantiene. Pero hay que estar allí debido a los compromisos contraídos como miembros de organizaciones como Naciones Unidas o la OTAN. Es la misma guerra que devasta Irak, pero en la patria de Sadam, el patético trio de las Azores buscó mentiras para montarse juegos de guerra. La legitimidad aún tiene chance en la democracia, así que respetemos y ayudemos a nuestras tropas que trabajan por el bienestar de un pueblo lejano.
A dolf Hitler odiaba el invierno. No le gustaba la nieve. Echaba pestes del frío. Probablemente todo esto no se lo encuentre en un libro de historia, sino que forme parte más de la lógica a la vista de los acontecimientos. La causa la encontramos en los campos de batalla rusos, donde el III Reich empezó a cavar su propia fosa unos años antes de que cayera Berlín.
Todo empezó un 18 de diciembre de 1940. Ese día, un envalentonado Hitler, en plena ola de éxitos militares, con media Europa sojuzgada bajo su manto y con Inglaterra al borde del colapso, tuvo la idea de lanzar su maquinaria militar contra el otro gran enemigo (Estados Unidos, aún no había entrado en guerra): la Unión Soviética esperaba reguardada por el Pacto de No Agresión firmado con los alemanes. A Hitler esa “minucia” no le importó y puso en marcha la Operación Barbarroja.
Este operativo abrió el frente oriental en Europa, convirtiéndose en el teatro de operaciones más grande de la guerra, escenario de las batallas más grandes y brutales del conflicto en suelo europeo. La Operación Barbarroja significó un duro golpe para las desprevenidas fuerzas soviéticas, que sufrieron fuertes bajas y perdieron grandes extensiones de territorio en poco tiempo. No obstante, la llegada del invierno ruso acabó con los planes alemanes de terminar la invasión en 1941. Durante los meses de temperaturas más bajas, el Ejército Rojo contraatacó y anuló las esperanzas de Hitler de ganar la batalla de Moscú.
Antes de estos hechos finales, en el ideario de Hitler estaba la expansión hacia el Este dentro de su política de “espacio vital”, aunque esta era una aspiración alemana previa a la Primera Guerra Mundial. Ya en 1918 en la Paz de Brest-Litovsk, los bolcheviques habían cedido Ucrania, Polonia, Bielorrusia y los países bálticos. Hitler ya lo avanzaba en Mi lucha: “La guerra contra los soviéticos es una cruzada de Europa contra Asia: se trata de enviar al fondo del continente asiático a quienes hacen correr al Nuevo Orden europeo y nacionalsocialista los mismos riesgos que hacían correr los hunos de Atila a la Europa romana”. El territorio conquistado se convertiría en el espacio vital que satisfaría las necesidades de tierra y materias primas para la población alemana durante siglos.
Operación en marcha En diciembre de 1940, el Führer firma la Directiva nº 21, que contempla la invasión relámpago de la Unión Soviética, que debía ser aniquilada, teóricamente, en una sola campaña de apenas un par de meses. El plan de Hitler es hacer avanzar simultáneamente tres ejércitos, que deben girar a continuación sobre ellos mismos, para cercar a los ejércitos soviéticos en enormes maniobras de tenaza para posteriormente aniquilarlos.
En el momento del ataque estaba en vigor el pacto de no agresión germano-soviético de agosto de 1939, por el que ambas potencias se definían sus esferas de influencia en Europa oriental. El pacto sorprendió al mundo debido a la hostilidad mutua y a las ideologías diametralmente opuestas de los firmantes. Sin embargo, la beligerancia de la Alemania nazi, pudo más.
Al inicio de las hostilidades, la Wehrmacht presume de victorias en todos los frentes. Sin embargo, ya se le plantean al vencedor provisional graves problemas: no se ha sometido a Gran Bretaña. La Operación León Marino (el plan para invadir Gran Bretaña), se pospuso sine die y cuando se puso en marcha, el operativo salda con un fracaso para la Luftwaffe. Además, las operaciones de guerra submarina no doblegaron a los británicos. Por otro lado, los países ocupados empiezan a reaccionar. Se desarrollan movimientos de resistencia apoyados por Gran Bretaña mediante emisiones de propaganda de la BBC.
Por su parte, Estados Unidos ha abandonado su estado de neutralidad por uno de no beligerancia. Tras la caída de Francia, Washington inicia el primer reclutamiento realizado en tiempo de paz de su historia e incrementó considerablemente su presupuesto militar. Era cuestión de tiempo que EEUU se viera arrastrado a la guerra. Hitler era consciente del peligro que acarreaba este nuevo “invitado”.
Por otro lado, antes de tomar la decisión de invadir la Unión Soviética, la posición de Moscú era un interrogante. Además, la URSS tenía pretensiones territoriales que asustaban a Hitler: ya se había anexionado la parte oriental de Polonia, Estonia, Lituania, Letonia, obtuvo concesiones teritoriales de Finlandia como consecuencia de la Guerra de Invierno ruso-finesa de 1939-40 y miraba hacia los Balcanes.
Hitler quería en los campos de la URSS otra campaña relámpago en el verano de 1941 que acabase con el derrumbe del ejército soviético en un par de meses, por lo que las fuerzas armadas alemanas no se equiparon para combatir en invierno. Alemania no estaba preparada para un guerra de larga duración, por lo que se esperaba que una victoria rápida sobre la URSS obligaría a Gran Bretaña a aceptar una paz negociada y con ello el fin de la Segunda Guerra Mundial y la victoria del Reich.
El domingo 22 de junio de 1941, los alemanes pusieron en marcha a más de cuatro millones de hombres: 3,5 millones de alemanes y un millon de aliados aglutinados en 225 divisiones, junto a 4.400 tanques y 4.000 aviones, convirtiendo a Barbarroja en la operación terrestre más grande de la historia. En un principio el ejército soviético se derrumbó. Las fuerzas acorazadas alemanas se movieron rápido aislando y capturando grandes cantidades de soldados enemigos. La Luftwaffe se ocupó de destruir la mayoría de los anticuados aviones de las fuerzas aéreas soviéticas antes de que pudieran despegar del suelo. En un mes, Bielorrusia y el Báltico estaban en manos alemanas aunque en el sur hubo que esperar a agosto para alcanzar el río Dniéper, ordenando Hitler que parte del grupo central de operaciones se dirigiera al sur para cerrar una tenaza en torno a Kiev, lo que provocó la mayor captura de soldados enemigos de la historia (más de 800.000). Sin embargo, esto retrasó el asalto a Moscú. El führer desconocía las imprevistas consecuencias de esta acción.
Rumbo a Moscú En octubre, los alemanes se dirigieron a Moscú con el invierno en curso. El atraso inicial de la operación (aproximadamente unas cuatro semanas) resultó ser crucial para la paralización del avance. Además, el fango provocado por las primeras lluvias otoñales hicieron que las operaciones casi se paralizasen, aunque los nazis lograron una última victoria en Viazma, comparable a la obtenida antes en Kiev.
Con los soldados alemanes logrando victoria tras victoria, los periódicos germanos aseguraban que era una guerra prácticamente ganada. Las pérdidas rusas habían sido inmensas pero Stalin apeló al patriotismo mediante el recuerdo de la invasión napoleónica y olvidando toda ideología, llamó a su pueblo a la defensa de la patria. El derroche de vidas que prodigaban los rusos causaba asombro a los alemanes. La resistencia soviética sorprendió al mando alemán.
El momento crucial de la operación Barbarroja, sin embargo, fue cuando las tropas alemanas del grupo de ejércitos centro (comandado por Heinz Guderian) avanzó hasta 25 kilómetros de Moscú en diciembre de 1941. Sin embargo, los alemanes empezaron a ver el infierno en el que se estaban metiendo. El intenso frío (-50°C) y la llegada de divisiones soviéticas de Siberia hizo retroceder a los alemanes 200 kilómetros hacia el oeste en la llamada batalla de Moscú. No hubo modo de volver a tomar dichas posiciones. Hitler destituyó a Guderian.
El principio del fin Este impresionante retroceso de las filas germanas constituyó el fin de la Operación Barbarroja. Las dos plazas que había que tomar antes de otoño, Moscú y Leningrado, fueron imposibles de conquistar. En las nieves soviéticas, se escribieron por el camino épicos episodios bélicos como el sitio de Stalingrado o el propio cerco a la antigua capital de los zares.
Entre las causas del fracaso alemán en la campaña de la Unión Soviética se pueden citar la falta de información fiable del número de divisiones, armamentos y ubicación en el escenario del ejército soviético (una absoluta falta de previsión por parte del alto mando alemán), la falta de abastecimientos al creer Hitler que la campaña iba a convertirse en una nueva blitzkrieg (guerra relámpago), la vastedad del espacio soviético, que imposibilitó al inmenso ejército alemán abarcar todas las posiciones, la subestimación que Hitler hizo sobre la moral combativa y la industria militar soviética (Stalin tiró aquí de épica y de patriotismo para exacerbar a los suyos), la falta de la experiencia en terreno por parte de Hitler, quien tomaba decisiones militares de carácter técnico sin ser oficial profesional, o la destitución de oficiales competentes como von Bock, Guderian y Brauchistch, retirándolos del mando en medio de campañas importantes. Las informaciones del espía comunista alemán Richard Sorge, también fueron fundamentales para poner fin a los planes expansionistas alemanes.
Pero de todas las causas que explican el fracaso de Hitler en el este, el “general invierno” de 1941-1942, fue el gran culpable. A este soldado invisible, que ya tumbó un siglo antes a las huestes napoleónicas, la Historia le debe, con sus temperaturas históricamente extremas que limitaron la capacidad militar y moral del combatiente alemán, el haber parado al “monstruo” nazi.
S e han cumplido recientemente veinte años. La historia sucedió el 11 de noviembre de 1979. Un Super Caravelle de la compañía TAE procedente de Salzburgo con destino Tenerife, despegó del aeropuerto de Son Sant Joan de Palma de Mallorca. El avión llevaba a bordo 109 pasajeros, que en su mayor parte procedían de Austria y Alemania. Al frente del aparato, el comandante Javier Lerdo de Tejada, con más de 8.000 horas de vuelo y 14 años de experiencia. Alrededor de las 23.00 horas, el comandante Lerdo de Tejada detectó una extraña señal en el canal de emergencia de la radio de a bordo. Cuestionado sobre la misma, desde el control aéreo de Barcelona les dijeron que esa señal parecía proceder de algún lugar próximo en la ruta de vuelo que el aparato llevaba, por lo que para poder visualizar mejor el cielo apagaron las luces de la cabina. De pronto, el mecánico de vuelo, Francisco Javier Rodríguez, observó dos extrañas luces de color rojo al lado izquierdo de la aeronave.
De súbito, las misteriosas luces se aproximaron velozmente hacia el avión, por lo que el comandante dio cuenta a la torre de control del aeropuerto de El Prat, en Barcelona, de lo que estaba sucediendo, pero desde allí se les informó de que no se apreciaba ningún objeto semejante en la pantalla del radar. El comandante Lerdo de Tejada y toda la tripulación no daban crédito a esas palabras, ya que ellos seguían viendo con toda claridad esas luces en lo que en la jerga de navegación se calificaba como “a las 10 de su posición”, y lo más inquietante, cada vez se acercaban más. La transcripción de la conversación entre El Prat y el TAE no deja lugar a dudas: TAE (vuelo Salzburgo-Tenerife): ¿Me confirma que tenemos algún tráfico próximo a nosotros a nuestra izquierda aproximadamente a unas 4 o 5 millas? ACC (Torre de control de El Prat): 297, negativo no hay tráfico notificado.
TAE: Tenemos dos señales, luces rojas como de aquí a unas tres millas a las 10 de nuestra posición... Aproximadamente a nuestra altura.
ACC: 297, no tenemos información de ningun tráfico procediendo de esa ruta, es usted el único que procede de Ibiza-Alicante.
TAE: Muchas gracias... No es posible ese tráfico.
(...)
ACC: ¿Me confirma si va en su misma dirección? TAE: Afirmativo. Lo tenemos cada vez más cerca. Barcelona, sólo puedo ver dos luces rojas.
ACC: TAE 297, no tenemos ningún tráfico notificado en los alrededores, también hemos llamado a Palma para ver si fuera a nivel 240 e inferior y nos han dicho que no tenían ningún tráfico notificado.
TAE: He incrementado la raíz del ascenso a ver si a través de 280, y el tráfico éste sube mucho más rápido que nosotros y se acerca cada vez más. Pongo rumbo Valencia.
Esta conversación prueba el desconcierto tanto de la torre de control de Barcelona como de los tripulantes del TAE. Conforme pasaban los minutos el objeto se aproximaba más y más al Super Caravelle, por lo que ante tal situación Lerdo de Tejada tomó la decisión de incrementar su velocidad de vuelo, en un intento de despegarse del molesto y desconocido objeto volador. Tras esta maniobra evasiva lograron dejar atrás las luces, pero un instante después volvían a tener el objeto pegado a la cola del avión.
Según las descripciones de los tripulantes el objeto parecía tener unos 200 metros de envergadura y por su comportamiento era evidente que estaba siendo pilotado o dirigido por una inteligencia experta en vuelo. Su velocidad era mucho mayor que la máxima que podía alcanzar el Super Caravelle y su comportamiento, impredecible y sorprendente, ya que “daba aceleraciones impresionantes en décimas de segundo y se detenía bruscamente en seco”, en una especie de juego del ratón y el gato con el avión.
Rumbo a Valencia Lerdo de Tejada temía que ese juego que el objeto estaba realizando presentaba un serio e inminente riesgo de colisión con su avión pues se cruzaba delante del mismo y seguía su rumbo, así que el comandante, en un gesto de responsabilidad, tomó la decisión de dirigirse al aeropuerto más próximo para tomar tierra. El de Manises en Valencia, era el destino elegido.
Desde Barcelona se comunicaron con el Centro de Operaciones de Sector, para que el radar Pegaso (centro neurálgico de la defensa nacional), situado en Torrejón de Ardoz, rastreara la presencia de un objeto no identificado. El operador de la pantalla del radar no captaba señal ninguna del misterioso objeto que estaba persiguiendo al avión de Lerdo de Tejada.
Por otra parte se estaba produciendo un fenómeno contradictorio y desconcertante en el Escuadrón de Vigilancia Aérea de Benidorm, conocido como EVA 5, donde se recibían los ecos de hasta cinco objetos entre los 9.000 y los 11.000 metros en la trayectoria del vuelo del TAE. Al parecer el avión estaba siendo perseguido por varios objetos. Desde tierra más de 40 personas afirmaron haber visto las luces, entre ellos el director accidental del aeropuerto de Manises. Poco después de que Lerdo de Tejada aterrizara en Valencia, tres luces que no habían sido detectadas por el radar se aproximaron al aeropuerto. Los ingenieros de pista pusieron en marcha el encendido de las luces de pista ya que la intensidad de las luces era tan fuerte que las confundieron con luces anticolisión de aviones.
El Ejército del Aire decidió entonces entrar en acción. El capitán Fernando Cámara despegó de la albaceteña base aérea de los Llanos a bordo de un caza Mirage F-1 antes de las dos de la mañana, y en pocos minutos, localizó sobre la vertical de Valencia una luz extraña a la que no se pudo acercar, a pesar de acelerar su caza hasta velocidad de 1.000 kilómetros por hora. La luz del objeto cambiaba de color. Al llegar a Valencia, Cámara solicitó incrementar su velocidad a 1.4 Mach, es decir, por encima de la barrera del sonido. Gracias a este incremento consiguió aproximarse algo más a las extrañas luces pudiendo entonces distinguir una forma troncocónica de la que manaba luz. El capitán comenzó a percibir unas extrañas interferencias muy parecidas a la que días antes había detectado al sobrevolar los buques de la Sexta Flota norteamericana en unas maniobras en el Mediterráneo. “Aquel objeto -según reconoció más tarde-, no daba señal de infrarrojos, es decir, no emitía ninguna fuente de calor. Debía de propulsarse por alguna energía desconocida”.
El capitán Cámara vivió momentos de tensión entre las interferencias y las señales de emergencia de los dispositivos del avión que avisaban que el caza estaba a tiro de un posible enemigo por la derecha y la parte delantera del avión. El objeto, en pocos segundos, aceleró y se distanció. El caza del capitán Cámara varió su rumbo y se dirigió de nuevo hacia el Mediterráneo. Allí detectó un segundo objeto que emitía destellos rojos y verdes de forma alternada, encontrándose estático frente al mar. Cuando el caza se aproximó, el misterioso objeto aceleró bruscamente en dirección a las Baleares. Tras una inútil persecución y ante el riesgo de quedarse sin combustible, Cámara regresó a Albacete.
Hipótesis En 1998, el investigador valenciano Juan Antonio Fernández Perís, hizo públicos los resultados de un minucioso estudio sobre el denominado “caso Manises”, el cual concluía que “los pilotos del TAE pudieron confundir las luces de la refinería de Escombreras situada al borde del Mediterráneo en Cartagena, con las luces rojas que motivaron la alarma”. Fernández Peris llegó a esta conclusión tras estudiar la trayectoria del avión, dirección, altura y del análisis de fotografías aéreas de la propia refinería que muestran las dos torres de combustión que pudieron confundir los pilotos”. Para el investigador, cada capítulo del suceso no tiene relación con el anterior. Esta forma de abordar la investigación coincide con la que llevó a cabo el juez informador del Ejército.
Toda la confusión pudo originarse, según deduce el investigador, como consecuencia de las excepcionales condiciones de visibilidad de aquella noche, “las mejores de todo el siglo” que facilitaban la observación de puntos de luz muy lejanos. Cálculos matemáticos desde la posición del avión y el ángulo de visión de la permiten deducir que la separación angular de las chimeneas, el tamaño de las llamaradas y el diámetro angular coincide con las declaraciones de los testigos.
¿Qué perseguía? Sin embargo algo quedaba por explicar, ¿qué era lo que persiguió el caza de Los Llanos? Para Fernández Perís, tras estudiar la conversación que figura en el informe del Ejército del Aire, el capitán Cámara pudo haber estado persiguiendo cuerpos del firmamento tales como Júpiter y también las chimeneas de Arczew en Argelia. En cuanto a las extrañas interferencias que Cámara detectó en los sistemas electrónicos del avión pudieron ser, según Fernández Perís, consecuencia de acciones de guerra electrónica, debidas a las contramedidas electrónicas procedentes del buque estadounidense LHP2 Iwo Jima. Pero precisamente, un informe de la Sexta Flota indica que ninguno de sus sistemas pudo influir en la navegación aérea de esa noche. Entonces, ¿qué ocurrió? Dos décadas después, el misterio de Manises sigue abierto.
S
ucede muy de cuando en cuando que la Historia nos deja ejemplos de la bonhomía del ser humano. Hechos que nos hacen reconciliarnos con nosotros mismos en tanto en cuanto, en demasiadas circunstancias aplicamos ese pensamiento hobbesiano (y tan acertado en ocasiones), del hombre es un lobo para el hombre. El 12 de octubre de 1936 se produjo uno de esos hechos que permite pensar en que el hombre puede pensar en el prójimo que necesita la ayuda de sus semejantes. Ese 12 de octubre, aniversario de llegada a otros mundos, gentes de medio centenar de países empezaron a llegar a la ciudad de Albacete para luchar por unos ideales. Las Brigadas Internacionales, nombre con el que se quedaron para la posteridad, labraron un camino de esperanza que, no obstante, fue menoscabado por la realidad de unos hechos que superaron las expectativas creadas en torno a este cuerpo de voluntarios.
Auxilio a la República
De Moscú a Barcelona pasando por Albacete. La primera noticia de ese experimento llamado Brigadas Internacionales tenemos que buscarlo en la capital entonces soviética en el mes de septiembre de 1936. Las autoridades soviéticas en su voluntad de ayudar a la República tras el golpe de Estado de Francisco Franco, trataban de captar voluntarios de ideología izquierdista (no tenían por que ser exclusivamente comunistas) para participar en apoyo de los republicanos. El Gobierno de la República fue un tanto remiso en su origen a aceptar la propuesta porque no veía claro el papel que jugaría este grupo de combatientes. La opinión cambiaría en octubre de ese mismo año, cuando los primeros combates evidenciaron que la victoria no iba a ser tan fácil de conseguir, puesto que el elemento humano y armamentístico del bando nacional era superior.
Al halo mítico que tuvieron las Brigadas Internacionales ayudó un episodio ocurrido en su génesis y que demuestra ese carácter desprendido del que luchó en sus filas. A los pocos días de la sublevación militar, muchos de los atletas que iban a participar en la Olimpiada Popular organizada en Barcelona por Lluís Companys (presidente de la Generalitat), se unieron en una brigada propia, muriendo en los escarceos con el ejército el atleta austriaco Mechter, al que se le considera el primer brigadista caído en combate.
Decididos desde Moscú y desde la República presidida por Manuel Azaña, la sede internacional de reclutamiento se estableció en París bajo la dirección de los Partidos Comunistas soviético y francés. Desde el Gobierno se tramitaba la documentación necesaria, se hacía llegar a París y desde allí a los voluntarios que, desde toda Europa, llegaban vía ferrocarril a Albacete. El día, el 12 de octubre.
Once días después, Francisco Largo Caballero (jefe del Ejecutivo en ese momento) crea la División Orgánica de Albacete con un comité de organización encargado de asistir a los voluntarios que llegaban del extranjero. Pero quien realmente fue el organizador de esta milicia formada por extranjeros de 53 países fue André Marty, secretario de la Tercera Internacional y hombre, al parecer, de la plena confianza de Stalin. Los que llegaban a Albacete se iban distribuyendo por poblaciones cercanas como La Roda, Tarazona de la Mancha, Villanueva de la Jara y Madrigueras. El cuartel general de las Brigadas se instauró en el aeródromo de Los Llanos, que de inmediato se convirtió en objetivo preferencial de la fuerza aérea que apoyaba a los golpistas.
Movilización general
Las movilizaciones para contribuir a la defensa de la República desde las filas de las Brigadas Internacionales se extendieron por toda Europa, pero en países como Alemania e Italia se identificaron como el primer paso para combatir el fascismo y el nazismo emergente en ambos estados.
Las primeras brigadas formadas (XI, XII y XIII) estaban compuestas de franceses, belgas, italianos y alemanes voluntarios. Dentro de cada brigada se constituyeron batallones, generalmente de miembros de la misma nacionalidad para facilitar las comunicaciones entre los integrantes. Al lado de cada jefe militar había un comisario político, cuyas tareas principales eran de carácter político (mantener la moral, arengar políticamente a las tropas, etcétera). Tras las primeras semanas se conformaron las brigadas XIV, XV, 129 y 150. Cada una de ellas se dividía a su vez en tres batallones (en algunos casos había cuatro) que en un principio rondaban los 650 hombres cada uno. Estos batallones recibían nombres con claro contenido político como Garibaldi o Commune de Paris.
Al ardor en la defensa de la República en los primeros tiempos se pasó a la decepción y la desesperación. La ineficacia en el mando, las disputas ideológicas mientras el enemigo avanzaba a paso rápido y la descoordinación con el Gobierno de la República hizo que la experiencia brigadista se fuera diluyendo tras la novedad inicial. A esto se uniría que Juan Negrín (presidente de la República desde el 17 de mayo del 37), intentó por la vía diplomática parar la guerra, haciéndole ver a la comunidad internacional y a las tropas franquistas que, las fuerzas republicanas iban a replegarse. Ante esta situación, el papel de las Brigadas Internacionales decaía. No eran necesarios. La experiencia republicana iba feneciendo y como último momento de exaltación, se les tributó un gran homenaje popular en Barcelona a los que vinieron a España a luchar contra el fascismo. Caballeros de la libertad del mundo: ¡buen camino!, fue el lema escogido para este acto que tuvo su núcleo central en la capital catalana el 28 de octubre de 1938. Toda la ciudad amaneció con pancartas y carteles alusivos a las Brigadas Internacionales. Ante más de 300.000 personas, los internacionales desfilaron por la avenida 14 de abril (la actual Diagonal), en un ambiente altamente emotivo. Dolores Ibárruri cerró el acto con un emotivo y encendido discurso.
Se cerró así un capítulo de nuestra historia que tuvo su reconocimiento cuando a través de la ley de Memoria Histórica a los brigadistas supervivientes se les concedió una más que merecida nacionalidad española. Al fin consiguieron del tiempo, su particular revancha.
A lbacete es desde ayer, la cuarta ciudad europea que acoge el Programa de Liderazgo Táctico (TLP en sus siglas en inglés), de la OTAN, tras las ciudades alemanas de Fürstenfelbruk y Jever y la belga de Florennes. Se imprime así un nuevo capítulo de la longeva relación que la capital mantiene con las actividades militares aéreas, circunstancia que la ha llevado a ser considerada como uno de los puntos fundamentales del país en este ala del ejército español. Algo habrá tenido que ver en ello, la decisión de la Alianza Atlántica de trasladar su base de entrenamiento táctico para pilotos a la Base de Los Llanos (no nos acostumbramos a que esta denominación pase a mejor vida).
Aunque bien es cierto que la gran mayoría de albaceteños aún desconoce qué significan las siglas TLP, los mandos al frente de este programa han lanzado ya una premisa sobre la que quieren trabajar: la de mantener un estrecho vínculo con la vida de la ciudad, al igual que desde hace años hacen Maestranza y la propia base aérea.
Por otro lado, Albacete ha sido escogida por la OTAN para ser sede de un programa que busca la excelencia en el funcionamiento de las fuerzas aéreas aliadas, mediante el desarrollo de la capacidad de liderazgo, del entrenamiento táctico de vuelo y el emplazamiento de misiones. Para ello, en su primer año de estancia en la ciudad, el Programa de Liderazgo Táctico desarrollará cinco cursos de entrenamiento para pilotos de la Alianza Atlántica.
Como aviso para tranquilizar a los críticos, los responsables militares del TLP ya han dicho que intentarán no interferir en la tranquilidad de la ciudad. En la parte de las ventajas, este programa ha servido (antes de que las actividades estén aún por desarrollar), para adecuar mediante una importante inversión, las instalaciones de la base aérea. La incesante llegada de pilotos y otro personal militar será un acicate más para la economía de una ciudad que da la bienvenida a esta instalación.
H ay momentos de la Historia que merecen ser recordados y loados a pesar del baño de sangre que representaron. En aras de la libertad, en contra del fascismo, un 6 de junio de 1944, las tropas aliadas desembarcaron en Normandía. Pocos días después, París fue liberada. Tras la capital francesa, llegó Berlín y con ello, el fin del III Reich. Pero esta acción no se circunscribe tan sólo a ese día. Hubo muchos preparativos, por lo que la historia comienza antes.
En 1942, en pleno desarrollo de la Segunda Guerra Mundial, los aliados preparaban una enorme embestida militar, que echara por tierra los sueños imperialistas de la Alemania nazi. Gran Bretaña era el escenario donde se preparaba la Operación Overlord, que tenía como fin erradicar a los nazis del territorio francés y avanzar sobre Alemania, encontrándose con las tropas rusas, que avanzaban desde el flanco este, tras vencer a las tropas de Hitler en Stalingrado. Para ello, se unieron los ejércitos estadounidense, inglés y canadiense, a los que se agregaron fuerzas de los demás países aliados, reuniendo cinco divisiones, que partiendo de Inglaterra cruzaron el Canal de la Mancha y desembarcaron en el norte de Francia la madrugada del 6 de junio de 1944. Era el Día D. A esas cinco divisiones se les unirían con posterioridad otras seis, una vez que las primeras pudieron asegurar lugares para el desembarco.Para distraer al enemigo los aliados bombardearon la ciudad de Calais, situada también al norte de Francia, con el objetivo de hacerlos creer que ese era el objetivo. Pero en realidad, lo que se pretendía era instalar cabezas de puente, para facilitar el desembarco y la consecuente invasión. En el engaño de Calais, jugó un papel fundamental un español. Juan Pujol, doble agente, engañó a Hitler, haciéndole creer que la ofensiva aliada se centraría sobre Calais.
El peligro Las fuerzas aliadas temían a la Luftwaffe, la fuerza aérea germana. Por ello se procuró destruirla o dispersarla. Esto último se logró bombardeando ciudades alemanas, hacia las cuales se dirigieron sus aviones, debilitando la protección de Normandía, donde quedaron sólo trescientas aeronaves. Además tuvo particular importancia en el éxito de la campaña la acción de la resistencia francesa, que se mantuvo operativa luego de la invasión nazi, proporcionando información sobre las fortalezas alemanas, y colaborando en operativos de sabotaje.
Por otra parte, los aliados fabricaron dos puertos artificiales que facilitaron el desembarco, contando además con cañones autopropulsados y multi-cohetes. El petróleo fue primero trasladado por tuberías y luego se construyó un imponente oleoducto submarino que se estableció como puente de abastecimiento entre Inglaterra y Francia.
El plan de ataque fue diseñado por el comandante Dwight Eisenhower (que años más tarde alcanzaría la presidencia de Estados Unidos), colocando al frente de las tropas a Bernard Montgomery. Los alemanes habían minado la costa francesa, construyendo la llamada Muralla del Atlántico, y además contaban con poderosas ametralladoras, las Maschinengewehr 42, o MG42, ubicadas en los acantilados, que causó muchas pérdidas entre los aliados. Su efecto es recogido de forma espléndida por Steven Spielberg en la película Salvar al soldado Ryan, uno de los mejores acercamientos cinematográficos a esos últimos estertores de la Segunda Guerra Mundial.
Al frente del ejército nazi mandaban tres jefes suicidas: el mariscal Edwin Rommel, cuya astucia le valió el seudónimo de “zorro del desierto” y que optó por suicidarse al ser acusado de participar en la frustrada conjura de asesinato de Hitler. El general Günther von Kluge, a cargo del mando del frente occidental, desde julio de 1944, que se envenenó, al ser destituido, acusado de conspiración. En su reemplazo fue designado el general Walter Model, quien perdió su cargo por discrepancias tácticas con Hitler, ya que sostenía la conveniencia de dirigir las fuerzas rumbo al Rhin. Su suicidio se debió a la derrota nazi, y la responsabilidad que le cabría por sus crímenes de guerra.
El desembarco Los estadounidenses habían arribado a Pointe du Hoc, con el segundo batallón Ranger, el 5 de junio por la noche, al que se sumaron los refuerzos de la playa de Omaha, que fue la más difícil de tomar, distante a cinco kilómetros, contando con cinco cañones de artillería. El objetivo era tomar las playas de Utah (aislada de las demás por el río Douve) y Omaha, por parte de los norteamericanos, las de Sword y Gold, por los británicos y Juno por los canadienses. Así se constituirían las bases para el desembarco del resto de las fuerzas en días posteriores. Los puentes entre el Sena y el Loira, fueron destruidos por los aliados, al igual que carreteras y líneas ferroviarias, lo que impidió a los alemanes recibir ayuda de otros puntos. La estrategia estaba funcionando a la perfección.
En el desembarco, fue el Quinto Cuerpo de marines el que debió soportar el hundimiento de casi todos sus tanques, lo que provocó la desmoralización de las tropas, que tardaron en recobrarse. Sin embargo, el ánimo subió cuando los alemanes que ejercían la defensa de Cherburgo, quedaron aislados cuando los aliados tomaron la península de Cotentin. El 7 de julio los alemanes perdieron Caen, tras fuertes bombardeos, de fuerzas británicas y canadienses al mando de Montgomery. La ciudad quedó destruida.
El 18 de julio, el mando británico impulsó la Operación Goodwood, a cargo del teniente general Dempsey, donde fuertes bombardeos desde 1.900 aviones, trataron de abrir un camino para el paso de las tropas, destruyendo la fuerza defensiva nazi, pero esto no ocurrió, ya que la defensa de los antitanques, resistieron el ataque. Sin embargo, el 25 de julio, los invasores restablecieron posiciones al tomar Coutances en la parte occidental de Saint Lo, ciudad a las que se sumó Cherburgo, conquistada por los estadounidenses. Arranches fue tomada, cuando Hitler ordenó un contraataque en sus proximidades, pero fueron derrotados el 7 de agosto por las fuerzas aliadas, que actuaron en forma combinada. Los alemanes siguieron realizando contraataques poco exitosos, que fueron neutralizados por los cazabombarderos.
Por su parte, el ejército de EEUU, cercó el 15 de agosto a los alemanes replegados en el oeste, por el sur, aún con la oposición de Churchill, mientras los canadienses hacían lo propio por el norte.
La batalla de Falise significó un gran triunfo aliado, donde George Patton, al mando del III Ejército de EEUU, abrió un amplio frente para los aliados. Dos meses y medio después del Día D, el 25 de agosto, los vencedores tras atravesar el Sena, liberaron París.
En tiempos como éstos, en los que como ya hemos comentado en este mismo espacio, el ejército español se ha desprendido (por fortuna) de su barniz fascistoide, los cambios regeneran las instituciones, siempre y cuando las felicitaciones para los antiguos responsables de las mismas sean adecuadamente justas.
Es lo que sucede con el ya ex coronel de la albaceteña Base Aérea de Los Llanos. Orlando Fernández deja el cargo para “enrolarse” en la OTAN en un puesto de responsabilidad con la que ha sido agraciado por su atinada labor al frente de Los Llanos en los últimos años, una instalación puntera, modélica y que ha mantenido una estrecha relación con la ciudad que la ha acogido. Los Llanos es historia de Albacete y desde los tiempos de la República hasta ahora, siempre ha jugado un papel fundamental en relación a la ciudad.
Fernández se va con el orgullo del deber cumplido y con el agradecimiento a todos los que le han apoyado en esta andadura. Su sustituto, Francisco Javier López, intentará igualar los hitos obtenidos por Fernández, que a fin de cuentas, pueden resumirse, principalmente, en el concepto de modernización y puesta al día de las instalaciones, no en vano, hace poco era impensable que en un recinto militarizado existiera un centro de atención infantil en el que se cuidan de los hijos de los trabajadores de la Base. Pero no quedan ahí las sorpresas. A pesar de las consabidas críticas que siempre sufre el estamento militar, éste se ha puesto también al día en cuestiones medioambientales. El ahorro de agua es una de las premisas fundamentales de la Base y durante el mandato de Orlando Fernández, la mejora en este aspecto ha sido sustancial.
No sólo aviones y armas. Los Llanos renueva su cúpula de mando, pero el compromiso de servicio con la sociedad, especialmente la local, se mantiene incólume. La llegada de la Escuela de Pilotos de la OTAN marcará un nuevo episodio en esta historia.
D esprovistos ya del barniz fascistoide del régimen franquista, el Ejército español se ha convertido en avanzadilla de lo que debe ser un cuerpo militarizado de élite y que está a la última. Las campañas que actualmente podemos ver en televisión, alabando las virtudes de un estamento que no se dedica a guerrear y sí a pacificar, que no cuenta con avezados aprendices de sátrapas y sí con voluntades de hierro puestas a disposición de hacer el bien, que casi rechaza su papel militarista por prestarse a una labor humanitaria, son idóneas para identificar al actual Ejército de España.
Buena parte de estos éxitos habrá que debérselos a Narcis Serra, ministro de la cosa militar en tiempos de Felipe González y que supo democratizar un cuerpo acostumbrado a golpes de Estado y asonadas para subvertir el orden establecido. Casi treinta años después de esa proeza, el Ejército español mira al futuro con intereses renovados, después de labrarse justificada fama en campos de batalla ajenos donde cosecha, no victorias militares, pero sí morales. Ahí están las intervenciones españolas en los Balcanes, en Guatemala, en Oriente Próximo, en Afganistán, etcétera. El único pero que está en el haber de este estamento fue Irak. Punto negro no por deseo de los militares, sino por capricho de un señor seguidista de las políticas del ya ex inquilino de la Casa Blanca.
Solventado ese error, los militares son hoy día considerados como una de las instituciones más respetadas del país. Su papel humanitario en confines lejanos ha hecho mucho por esa imagen ganada a pulso. La integración de la población inmigrante es otro punto a favor de la actual consideración del Ejército. Falta por mejorar un tanto las condiciones económicas de la escala militar para poder decir que contamos con un cuerpo adaptado a los tiempos. Lástima que estos avances ya no puedan ser disfrutados por los tres pilotos fallecidos en Albacete hace unos días. Los éxitos futuros también serán suyos.