Y aquí, la canción completa...
Mostrando entradas con la etiqueta cine. Mostrar todas las entradas
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miércoles, 20 de marzo de 2019
Érase una vez... Tarantino
Puto Tarantino. Saca su primer trailer de Once upon a time in... Hollywood y mete a Los Bravos de fondo. Temazo por cierto.
Y aquí, la canción completa...
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viernes, 1 de febrero de 2019
John Ford que estás con nosotros
En plena Caza de Brujas, Cecil B. DeMille reunió a grandes directores de cine para pedirles su apoyo para denunciar a Joseph Leo Mankiewicz pos sus ideas "comunistas" (en realidad, Mankiewicz simpatizaba con el Partido Republicano pero no era un sectario). Cuando a Ford le tocó hablar se presentó: “Mi nombre es John Ford, hago películas del oeste” para añadir después: “No me gustas, Cecil, y no me gusta lo que has estado diciendo hoy aquí. Propongo que le demos un voto de confianza a Joe y luego nos vayamos a casa a dormir un rato”.
Hoy John Ford cumple 125 años.

Centauros del desierto (1956). Dirigida por John Ford. Interpratada por John Wayne.
Hoy John Ford cumple 125 años.

Centauros del desierto (1956). Dirigida por John Ford. Interpratada por John Wayne.
lunes, 18 de junio de 2018
Que llueva, que llueva
Grandes los Beta Band. Los descubrí en Alta fidelidad, peli que todo amante de la música (y las listas) debe ver obligadamente. Y de paso, os leéis el libro de Nick Hornby en el que se basa. Igualmente apasionante.
miércoles, 23 de mayo de 2018
Un día de furia... española
Michael Douglas salía de su mierda de coche en mitad de un atasco en una infernal autopista californiana cargado de una bolsa y encaraba su destino. Un destino que le llevaría a enfrentarse con la parte molesta de la sociedad (bueno, con la sociedad en sí, que ya de por sí es bastante molesta). Así comenzaba Un día de furia, película de Joel Schumacher que algunos tildaron de fascista pero que es un guilty pleasure muy disfrutable.
En ese filme la furia se desataba contra algunas personas que terminaban cayendo mal porque rápidamente (y no sabemos por qué) empatizábamos con ese trabajador del Departamento de Defensa en paro al que encarnaba Douglas. Algo hay de eso en Sin rodeos, el nuevo trabajo de Santiago Segura -primero tras el universo Torrente-, ya que salvando las distancias, (casi) todos los personajes de esta comedia nos caen bastante mal e incluso alguno raya en el odio extremo (ese pintor y su hijo). Todos, salvo la protagonista, una eficaz Maribel Verdú que sobrelleva como puede su vida de sufridora compulsiva en un mundo que no está hecha para ella.
El planteamiento de la cinta no es original tanto en cuanto es un remake de la película chilena Sin filtro, un auténtico fenómeno en su país que ahora nos llega tamizado por Segura en una producción que mezcla partes de sainete, costumbrismo y comedia urbana, aunque echamos en falta una mayor dosis de mala baba que es lo que habría convertido en Sin rodeos en un producto mucho más redondo. Solo en momentos puntuales (la aparición de Candela Peña o ciertos arranques de ira de Verdú) elevan el listón en este sentido. A pesar de esa escasa pulsión en los personajes, sí que vemos algunos retazos muy bien dibujados en algunos seres que pululan por la película, que hace que su visionado sea disfrutable como comedia ligera.
Lo más destacado del conjunto es que la historia no conceda nada al sentimentalismo como puro reflejo de lo puta que es la vida. No hay nada peor para narrar una historia que dejarse llevar por la sensiblería barata. Segura (al que agradecemos que explore otros territorios más allá del torrentiano) apuesta aquí por arriesgar cortando por lo sano, haciendo que el personaje de Maribel Verdú vuele libre y se crea la protagonista de este día de furia española. Sale ganando ella. Salimos ganando todos.
Fuente: www.berenjenacompany.blogspot.com
martes, 22 de mayo de 2018
miércoles, 28 de febrero de 2018
De dioses y monstruos
Esta película, tesoro del cine de Guillermo del Toro, está hecho de pequeños grandes momentos. Perlas visuales, escenas donde la fotografía toma el protagonismo de la narración, donde la música (maravillosa una vez más) de Alexandre Desplat evoca otra época y otros sentimientos, sueños en blanco y negro que en otras manos parecerían risibles y aquí son toda una declaración de intenciones. Y todo ello... con un monstruo acuático por medio. Solo Guillermo del Toro podría lograrlo. Ya lo hizo con El laberinto del fauno y repite jugada con La forma del agua, una fábula más actual de lo que parece a simple vista.
Los miedos más desconocidos, el temor a lo que viene de fuera, el odio al diferente... Son temáticas muy del gusto del director mexicano, que ahonda con esta cinta en su estudio sobre ese otro lado de la realidad que apenas percibimos. La forma del agua es un cuento en el que el terror lo provoca paradójicamente, la parte más realista de la historia. Ambientada en una época de miedos irracionales (plena Guerra Fría), con un diseño de producción detallado y muy fiel (laboratorios secretos, científicos que traman a espaldas del mundo), el filme nos presenta la historia de Eliza, una joven muda sin más vida que la que comparte con dos amigos (estupendos y naturales Richard Jenkins y Octavia Spencer). La llegada de un ser antropomorfo anfibio desata la historia, una historia que posiblemente sea la parte en la que más flaquea la película. Pero tranquilos, que no se desate la furia. Es algo que ya nos han contado, que ya hemos visto, pero con monstruo. Hay amistad, hay ternura, hay amor, hay peligro, hay acción, hay malos y buenos. La historia de nuestras vidas contada por el cine, simple y llanamente, en tantas y tantas películas. Es un tema universal. Pero lo importante de La forma del agua no es la historia sino cómo esta contada. De forma pausada, gradual, incrementando la tensión de forma exponencial, haciendo que nuestras simpatías y nuestros odios por los buenos y los malos crezcan al unísono. Y todo ello envuelto en una atmósfera fría y acogedora al mismo tiempo (notamos la humedad presente en todo el metraje, pero aún así, la sonrisa de Sally Hawkins -enorme como Eliza- y la humanidad del monstruo -Doug Jones en su salsa-, hacen que nos sintamos protegidos).
La forma del agua es una película maravillosa por todo lo que la rodea, por la humanidad presa de esos personajes perfectamente dibujados en el guión, que por una vez se ocupa más en desarrollar el alma de cada uno de ellos en lugar de centrarse en hacer más enrevesada la historia de fondo. Y luego está el toque del director. Del Toro sabe como enamorar al público. Lo sabe incluso dando asco o miedo (Michael Shannon en su papel de villano es perfecto en ese cometido). Lo sabe otorgando el papel de dios redentor a un monstruo. Quizás es que en ese dios haya más humanidad que en todos nosotros.
Los miedos más desconocidos, el temor a lo que viene de fuera, el odio al diferente... Son temáticas muy del gusto del director mexicano, que ahonda con esta cinta en su estudio sobre ese otro lado de la realidad que apenas percibimos. La forma del agua es un cuento en el que el terror lo provoca paradójicamente, la parte más realista de la historia. Ambientada en una época de miedos irracionales (plena Guerra Fría), con un diseño de producción detallado y muy fiel (laboratorios secretos, científicos que traman a espaldas del mundo), el filme nos presenta la historia de Eliza, una joven muda sin más vida que la que comparte con dos amigos (estupendos y naturales Richard Jenkins y Octavia Spencer). La llegada de un ser antropomorfo anfibio desata la historia, una historia que posiblemente sea la parte en la que más flaquea la película. Pero tranquilos, que no se desate la furia. Es algo que ya nos han contado, que ya hemos visto, pero con monstruo. Hay amistad, hay ternura, hay amor, hay peligro, hay acción, hay malos y buenos. La historia de nuestras vidas contada por el cine, simple y llanamente, en tantas y tantas películas. Es un tema universal. Pero lo importante de La forma del agua no es la historia sino cómo esta contada. De forma pausada, gradual, incrementando la tensión de forma exponencial, haciendo que nuestras simpatías y nuestros odios por los buenos y los malos crezcan al unísono. Y todo ello envuelto en una atmósfera fría y acogedora al mismo tiempo (notamos la humedad presente en todo el metraje, pero aún así, la sonrisa de Sally Hawkins -enorme como Eliza- y la humanidad del monstruo -Doug Jones en su salsa-, hacen que nos sintamos protegidos).
La forma del agua es una película maravillosa por todo lo que la rodea, por la humanidad presa de esos personajes perfectamente dibujados en el guión, que por una vez se ocupa más en desarrollar el alma de cada uno de ellos en lugar de centrarse en hacer más enrevesada la historia de fondo. Y luego está el toque del director. Del Toro sabe como enamorar al público. Lo sabe incluso dando asco o miedo (Michael Shannon en su papel de villano es perfecto en ese cometido). Lo sabe otorgando el papel de dios redentor a un monstruo. Quizás es que en ese dios haya más humanidad que en todos nosotros.
martes, 27 de febrero de 2018
Convicción
Frances McDormand está estupenda en Tres anuncios en las afueras. Siempre lo está. Actriz solvente, quizá de no muchos registros, pero que sabe imponer cierto poderío sobre los demás cuando está actuando. Eso la hace casi única en su especie. Es esa mirada, ese caminar, esa forma de escupir las líneas de guión. Ya solo por ella, la última película de Martin McDonagh merece la pena.
Pero Tres anuncios en las afueras tiene más alicientes. Para continuar con la parte actoral, a la McDormand la secundan Woody Harrelson, Peter Dinklage y especialmente un Sam Rockwell capaz de hacer con su personaje un acto de prestidigitación. Hacer que cambie de registro de una escena a otra, pero que resulte absolutamente natural. Asco y pena, indignación y compasión. Todo en pocos minutos. Un personaje de muchas facetas que ha sido uno de los grandes aciertos de esta cinta.
Tres anuncios en las afueras es una película sencilla, con un inicio de historia amarga. Por el camino, se nos van intercalando perlas de humor seco, directo mientras que la mano del director y el pulso de los actores no deje que cale en el espectador la bonhomía de unos personajes a los que el destino tiene reservadas varias sorpresas. No es complaciente esta película con un espectador conformista. Cuando nos acostumbramos a un planteamiento, de buenas a primeras, se nos cambia el punto de vista y tenemos que resetear toda la información para que podamos poner en orden nuestros pensamientos. La película juega así con el espectador hasta su escena final que bien pensado, es la menos esperada pero también la más realista.
Y mientras tanto, como la vida misma, tenemos el drama de una madre, de una familia desestructurada por la tragedia (ese padre interpretado por John Hawkes es posiblemente el personaje más desaprovechado de la función) que mediante una simple acción prende la mecha de la incomodidad en una pequeña comunidad. Es un mero pretexto para que analicemos el carácter humano. ¿Para qué sirve la compasión? Probablemente, nos sea más útil la convicción de llevar a cabo nuestros actos hasta el final sin pensar en las consecuencias.
Pero Tres anuncios en las afueras tiene más alicientes. Para continuar con la parte actoral, a la McDormand la secundan Woody Harrelson, Peter Dinklage y especialmente un Sam Rockwell capaz de hacer con su personaje un acto de prestidigitación. Hacer que cambie de registro de una escena a otra, pero que resulte absolutamente natural. Asco y pena, indignación y compasión. Todo en pocos minutos. Un personaje de muchas facetas que ha sido uno de los grandes aciertos de esta cinta.
Tres anuncios en las afueras es una película sencilla, con un inicio de historia amarga. Por el camino, se nos van intercalando perlas de humor seco, directo mientras que la mano del director y el pulso de los actores no deje que cale en el espectador la bonhomía de unos personajes a los que el destino tiene reservadas varias sorpresas. No es complaciente esta película con un espectador conformista. Cuando nos acostumbramos a un planteamiento, de buenas a primeras, se nos cambia el punto de vista y tenemos que resetear toda la información para que podamos poner en orden nuestros pensamientos. La película juega así con el espectador hasta su escena final que bien pensado, es la menos esperada pero también la más realista.
Y mientras tanto, como la vida misma, tenemos el drama de una madre, de una familia desestructurada por la tragedia (ese padre interpretado por John Hawkes es posiblemente el personaje más desaprovechado de la función) que mediante una simple acción prende la mecha de la incomodidad en una pequeña comunidad. Es un mero pretexto para que analicemos el carácter humano. ¿Para qué sirve la compasión? Probablemente, nos sea más útil la convicción de llevar a cabo nuestros actos hasta el final sin pensar en las consecuencias.
domingo, 21 de enero de 2018
Luna de sangre
La luna pervierte sentidos y sentimientos. Su luz reflejada nos alumbra en tiempos de zozobra y su misterio forma parte de la misma esencia del ser humano. Nos apasiona, nos seduce, nos condiciona. Seguimos sus evoluciones, nos chiflan sus eclipses y sus fenómenos extraños como cuando se convierte en esa luna de sangre que los habitantes de antaño creían presagio de desgracias. Pero hoy nos hemos vuelto un tanto deshumanizados y las desgracias vienen (a veces) de la mano de esos inventos infernales que todos usamos a diario: redes sociales, aplicaciones móviles, chats... El homo sapiens reducido a su mínima expresión: el homo movilis.
Unos amigos quedan para cenar y para hacer más atractiva la velada deciden leer todo lo que pase por sus móviles esa noche. Y claro, comienzan a ponerse en evidencia uno tras otros. Las vergüenzas quedan expuestas, los engaños fluyen, la mentira campa a sus anchas. El amor se queda en resquemor. Todo se rompe. Esa es la última propuesta de Álex de la Iglesia como director. Partiendo de la base de la película italiana Perfetti sconosciuti, de la que esta es remake, el director vasco apoyado en un vibrante guión escrito a medias con Jorge Gerricaechevarría, orquesta una función nada estomagante, alejada de excesos y muy centrada en diseccionar el comportamiento humano, ese modo de actuar que hace que un simple desencadene una concatenación de acontecimientos que no estaban previstos. La película se sustenta sobre sus siete intérpretes principales -menudo ramillete en torno a este proyecto-, que descargan toda su visceralidad con una facilidad pasmosa. Eso sí, el guión otorga el perfecto equilibrio a las actuaciones, por cuanto los lleva por un sendero bien calculado y que no invita a las prisas a la hora de resolver el conflicto. Eso es lo que más valoramos de una propuesta, la segunda de Álex de la Iglesia en 2017 tras El bar, que no es nada complaciente con el público puesto que lo somete a un juego de espejos en el que prácticamente todos salimos perdiendo.
El clima que se respira en la acción se va volviendo cada vez más enrarecido, las situaciones se van tensando, las caras van cambiando, los personajes nos van cayendo cada vez peor (aunque desde el principio ninguno es para amarlo) y la mala baba y la bilis van drenando hasta llegar a un clímax en el que la luna roja avizora cual deus ex machina los devaneos de unos personajes que llegan al límite. Es ahí donde el guión y la dirección nos dejan en un cliffhanger ante el que se abren varias alternativas. Álex de la Iglesia lo resuelve explorando una vía en la que los personajes quedan expuestos a sus miedos, en la que tienen que tomar decisiones como por ejemplo la de saber si quieren quedar como amigos o como los perfectos desconocidos puede llegar a ofrecernos este mundo tan excesivamente tecnificado. Pero tenemos algo por lo que alegrarnos. Esta película ha hecho que muchos se reconcilien con un Álex de la Iglesia que se aleja de propuestas más barrocas para convertirse en uno de los mejores directores de actores del cine español (algo que ya sabíamos pero que aquí afianzamos). Y ahí, la luna de sangre no tiene nada que ver.
Este artículo fue publicado primero en Berenjena Company.
Unos amigos quedan para cenar y para hacer más atractiva la velada deciden leer todo lo que pase por sus móviles esa noche. Y claro, comienzan a ponerse en evidencia uno tras otros. Las vergüenzas quedan expuestas, los engaños fluyen, la mentira campa a sus anchas. El amor se queda en resquemor. Todo se rompe. Esa es la última propuesta de Álex de la Iglesia como director. Partiendo de la base de la película italiana Perfetti sconosciuti, de la que esta es remake, el director vasco apoyado en un vibrante guión escrito a medias con Jorge Gerricaechevarría, orquesta una función nada estomagante, alejada de excesos y muy centrada en diseccionar el comportamiento humano, ese modo de actuar que hace que un simple desencadene una concatenación de acontecimientos que no estaban previstos. La película se sustenta sobre sus siete intérpretes principales -menudo ramillete en torno a este proyecto-, que descargan toda su visceralidad con una facilidad pasmosa. Eso sí, el guión otorga el perfecto equilibrio a las actuaciones, por cuanto los lleva por un sendero bien calculado y que no invita a las prisas a la hora de resolver el conflicto. Eso es lo que más valoramos de una propuesta, la segunda de Álex de la Iglesia en 2017 tras El bar, que no es nada complaciente con el público puesto que lo somete a un juego de espejos en el que prácticamente todos salimos perdiendo.
El clima que se respira en la acción se va volviendo cada vez más enrarecido, las situaciones se van tensando, las caras van cambiando, los personajes nos van cayendo cada vez peor (aunque desde el principio ninguno es para amarlo) y la mala baba y la bilis van drenando hasta llegar a un clímax en el que la luna roja avizora cual deus ex machina los devaneos de unos personajes que llegan al límite. Es ahí donde el guión y la dirección nos dejan en un cliffhanger ante el que se abren varias alternativas. Álex de la Iglesia lo resuelve explorando una vía en la que los personajes quedan expuestos a sus miedos, en la que tienen que tomar decisiones como por ejemplo la de saber si quieren quedar como amigos o como los perfectos desconocidos puede llegar a ofrecernos este mundo tan excesivamente tecnificado. Pero tenemos algo por lo que alegrarnos. Esta película ha hecho que muchos se reconcilien con un Álex de la Iglesia que se aleja de propuestas más barrocas para convertirse en uno de los mejores directores de actores del cine español (algo que ya sabíamos pero que aquí afianzamos). Y ahí, la luna de sangre no tiene nada que ver.
Este artículo fue publicado primero en Berenjena Company.
sábado, 13 de enero de 2018
La película que no deseabas ver
La Fuerza es intensa en todos, hermanos. Cada mes de diciembre nos encaminamos hacia ese templo sagrado llamado cine para depositar nuestros créditos galácticos en manos de unos taquilleros que nos otorgan el pase hacia una nave que nos llevará a galaxias lejanas en tiempos pasados. Un universo donde el mal se yergue, nos persigue, nos ataca y ante el que tenemos que hincar la rodilla por mucho que usemos la hipervelocidad para tratar de escapar. Es la Fuerza quien nos obliga cada año a repetir el mismo ritual. Lo hemos hecho este año y lo seguiremos haciendo en lo sucesivo. Así es la brutal maquinaria dictatorial... y lo aceptamos porque es el imperativo de la Fuerza.
Este año, esa energía que lo rodea todo, que nos crea y nos une, nos llevó a ver la octava entrega de la saga creada hace cuarenta años por George Lucas. La continuación de El despertar de la Fuerza, una película que se quedó a medias, aunque funcionaba a la perfección como enganche para nuevas generaciones de fanáticos a Star Wars y como buen entretenimiento. Bajo los mandos de Rian Johnson, Los últimos jedi debía ser el episodio que aposentara los fundamentos ideológicos de esta nueva trilogía (apenas esbozados en la entrega de J.J. Abrams) y ha llegado más allá de lo que se podía sospechar en un primer momento.
Star Wars Episodio VIII: Los últimos jedi funciona como película a varios niveles. Como mera película de acción-espectáculo, es un vehículo eficaz. Escenas perfectamente sincronizadas y con un ritmo que sin ser endiablado, marca un nuevo presente en cómo afrontarlas (más allá del academicismo de Lucas o del frenesí de Abrams se acerca más a la magnificencia de Kershner en el Episodio V). Son momentos de acción absoluta pero que dejan hueco a un desarrollo narrativo que obviando algunas lagunas (algo se tiene que escapar en esta galaxia tan vasta en personajes e historias), es la perfecta conexión entre el inicio de un conflicto y su presumible resolución final en el Episodio IX que esperamos ya para 2019. Funciona también como alimentador de la mítica y la mística de la saga, puesto que sin ser para nada originales en temas a tratar, sí que sabe desenvolverse como producto autónomo frente a las "maquinaciones" de Disney y los juegos infantiles de Lucas en la anterior trilogía. Sabe ser equidistante de ambos puntos y Johnson deja su seña de identidad en lo rodado. Conjuga de buena manera grandes planos con fotografía limpia, bella, simbólica (referentes a la primera terna de filmes), con imágenes más sucias, encuadres más barrocos y un dominio visual que echábamos de menos desde los tiempos de El Imperio contraataca.
Por otra parte, Los últimos jedi es un ejemplo idóneo de desarrollo de personajes, simbolizado perfectamente en cómo está trazado el personaje de Kylo Ren. Adam Driver sabe sacudirse las críticas (totalmente justificadas) que acarreó su presentación en El despertar de la Fuerza para asumir un papel de matices mucho más elaborados, con más enjundia y escarbando en la dualidad de un personaje en constante conflicto. Oscar Isaac ha podido también dar mayor hondura a su Poe Dameron. Sabemos que tenemos ahí a un héroe, aunque también tenga momentos de duda. El resto de la plana mayor de protagonistas sabe sacar partido a sus papeles y prepararlos para el episodio final.
La duda... Los últimos jedi es la película que no deseaban ver los más fanáticos de Star Wars porque les plantea dudas. Quizás es que aquellos acérrimos seguidores querían algo más masticado, algo más lineal, pero Rian Johnson ha querido arriesgar y probablemente algunos no se lo perdonen. Nosotros se lo aplaudimos porque con los mismos mimbres, ha sabido contar la misma historia de forma distinta usando todos los recursos a su alcance. Y nos ha tenido en vilo durante toda la narración sin saber salir de la duda. ¿Dónde está el límite de la maldad? ¿Por dónde transitan los personajes? ¿Lado Luminoso de la Fuerza o el Reverso Tenebroso? El miedo atenaza las decisiones, los errores se cometen uno tras otro y llegamos al final casi por puro milagro habiendo presenciado la historia de una derrota, porque eso es lo que nos lega esta película: la escoria rebelde ha sido diezmada, casi aniquilada, prácticamente derrotada. La película de Johnson tampoco escatima esfuerzos en hablarnos de la Fuerza tal y como se presentaba en las películas originales. Pura filosofía, pura idea. Nada de experimentos irrisorios a cuenta de midiclorianos. Eso hace que nos alejemos de lo risible y confiemos en la mitología original: monjes-guerreros, mística, lucha del bien contra el mal, sufrimiento... Todo lo que Yoda nos enseñó. Pero no podemos olvidar que en Los últimos jedi hay tragedia, hay drama, aunque esta saga sabe también intercalar esto con sus pizcas de humor que son siempre de agradecer. Encontramos indicios de grandes hallazgos en esta entrega, como el personaje de Benicio del Toro, y otros elementos que quedan ensombrecidos o gafados (un pasaje central en un casino que apenas tiene sentido, sino como mero espectáculo de una escena que se podría haber reducido) o algún personaje que queda desdibujado aunque en el Episodio VII insinuara algo más. Sin embargo nos queda la sensación de buena película, buen espectáculo y fantástica continuadora de la trilogía original (con referencias constantes).
Nos hemos acercado de forma desapasionada a la nueva entrega de Star Wars. Suponemos que es lo mismo que ha querido Rian Johnson a la hora de filmarla. De haberlo hecho de otra forma (como seguidor o como mero servidor de los intereses de Disney), hubiera claudicado. Pero en cambio, ha reformulado una saga que corría el riesgo de convertirse en un juguete sin sentido y sin interés y a cambio nos ha hecho reafirmarnos en nuestra fe.
Al fin y al cabo, ha nacido una nueva esperanza.
Este artículo apareció originalmente en Berenjena Company.
Este año, esa energía que lo rodea todo, que nos crea y nos une, nos llevó a ver la octava entrega de la saga creada hace cuarenta años por George Lucas. La continuación de El despertar de la Fuerza, una película que se quedó a medias, aunque funcionaba a la perfección como enganche para nuevas generaciones de fanáticos a Star Wars y como buen entretenimiento. Bajo los mandos de Rian Johnson, Los últimos jedi debía ser el episodio que aposentara los fundamentos ideológicos de esta nueva trilogía (apenas esbozados en la entrega de J.J. Abrams) y ha llegado más allá de lo que se podía sospechar en un primer momento.
Star Wars Episodio VIII: Los últimos jedi funciona como película a varios niveles. Como mera película de acción-espectáculo, es un vehículo eficaz. Escenas perfectamente sincronizadas y con un ritmo que sin ser endiablado, marca un nuevo presente en cómo afrontarlas (más allá del academicismo de Lucas o del frenesí de Abrams se acerca más a la magnificencia de Kershner en el Episodio V). Son momentos de acción absoluta pero que dejan hueco a un desarrollo narrativo que obviando algunas lagunas (algo se tiene que escapar en esta galaxia tan vasta en personajes e historias), es la perfecta conexión entre el inicio de un conflicto y su presumible resolución final en el Episodio IX que esperamos ya para 2019. Funciona también como alimentador de la mítica y la mística de la saga, puesto que sin ser para nada originales en temas a tratar, sí que sabe desenvolverse como producto autónomo frente a las "maquinaciones" de Disney y los juegos infantiles de Lucas en la anterior trilogía. Sabe ser equidistante de ambos puntos y Johnson deja su seña de identidad en lo rodado. Conjuga de buena manera grandes planos con fotografía limpia, bella, simbólica (referentes a la primera terna de filmes), con imágenes más sucias, encuadres más barrocos y un dominio visual que echábamos de menos desde los tiempos de El Imperio contraataca.
Por otra parte, Los últimos jedi es un ejemplo idóneo de desarrollo de personajes, simbolizado perfectamente en cómo está trazado el personaje de Kylo Ren. Adam Driver sabe sacudirse las críticas (totalmente justificadas) que acarreó su presentación en El despertar de la Fuerza para asumir un papel de matices mucho más elaborados, con más enjundia y escarbando en la dualidad de un personaje en constante conflicto. Oscar Isaac ha podido también dar mayor hondura a su Poe Dameron. Sabemos que tenemos ahí a un héroe, aunque también tenga momentos de duda. El resto de la plana mayor de protagonistas sabe sacar partido a sus papeles y prepararlos para el episodio final.
La duda... Los últimos jedi es la película que no deseaban ver los más fanáticos de Star Wars porque les plantea dudas. Quizás es que aquellos acérrimos seguidores querían algo más masticado, algo más lineal, pero Rian Johnson ha querido arriesgar y probablemente algunos no se lo perdonen. Nosotros se lo aplaudimos porque con los mismos mimbres, ha sabido contar la misma historia de forma distinta usando todos los recursos a su alcance. Y nos ha tenido en vilo durante toda la narración sin saber salir de la duda. ¿Dónde está el límite de la maldad? ¿Por dónde transitan los personajes? ¿Lado Luminoso de la Fuerza o el Reverso Tenebroso? El miedo atenaza las decisiones, los errores se cometen uno tras otro y llegamos al final casi por puro milagro habiendo presenciado la historia de una derrota, porque eso es lo que nos lega esta película: la escoria rebelde ha sido diezmada, casi aniquilada, prácticamente derrotada. La película de Johnson tampoco escatima esfuerzos en hablarnos de la Fuerza tal y como se presentaba en las películas originales. Pura filosofía, pura idea. Nada de experimentos irrisorios a cuenta de midiclorianos. Eso hace que nos alejemos de lo risible y confiemos en la mitología original: monjes-guerreros, mística, lucha del bien contra el mal, sufrimiento... Todo lo que Yoda nos enseñó. Pero no podemos olvidar que en Los últimos jedi hay tragedia, hay drama, aunque esta saga sabe también intercalar esto con sus pizcas de humor que son siempre de agradecer. Encontramos indicios de grandes hallazgos en esta entrega, como el personaje de Benicio del Toro, y otros elementos que quedan ensombrecidos o gafados (un pasaje central en un casino que apenas tiene sentido, sino como mero espectáculo de una escena que se podría haber reducido) o algún personaje que queda desdibujado aunque en el Episodio VII insinuara algo más. Sin embargo nos queda la sensación de buena película, buen espectáculo y fantástica continuadora de la trilogía original (con referencias constantes).
Nos hemos acercado de forma desapasionada a la nueva entrega de Star Wars. Suponemos que es lo mismo que ha querido Rian Johnson a la hora de filmarla. De haberlo hecho de otra forma (como seguidor o como mero servidor de los intereses de Disney), hubiera claudicado. Pero en cambio, ha reformulado una saga que corría el riesgo de convertirse en un juguete sin sentido y sin interés y a cambio nos ha hecho reafirmarnos en nuestra fe.
Al fin y al cabo, ha nacido una nueva esperanza.
Este artículo apareció originalmente en Berenjena Company.
sábado, 30 de diciembre de 2017
lunes, 9 de octubre de 2017
Momentacos VII
-¿Y de dónde coño eres, recluta?
-Señor, de Texas, señor.
-¡No me jodas! En Texas solo hay vacas y maricones, recluta Cowboy, y tú no te pareces mucho a una vaca, así que ya sabemos lo que eres. ¿Te gusta mamar pollas?
-¡Señor, no, señor!
-¿No te tragas los rabos?
-¡Señor, no, señor!
-Tú debes de ser de esos tipos desagradecidos, que cuando están dando por el culo no tienen ni el detalle de hacerle una paja al otro. ¡No te perderé de vista!
El sargento de artillería Hartman es un hombre recto. Y quiere que sus chicos no se salgan del camino del bien.
La chaqueta metálica (Full metal jacket, 1987). Director: Stanley Kubrick. Interpretada entre por Matthew Modine, Vincent D'Onofrio y R. Lee Ermey, entre otros.
-Señor, de Texas, señor.
-¡No me jodas! En Texas solo hay vacas y maricones, recluta Cowboy, y tú no te pareces mucho a una vaca, así que ya sabemos lo que eres. ¿Te gusta mamar pollas?
-¡Señor, no, señor!
-¿No te tragas los rabos?
-¡Señor, no, señor!
-Tú debes de ser de esos tipos desagradecidos, que cuando están dando por el culo no tienen ni el detalle de hacerle una paja al otro. ¡No te perderé de vista!
El sargento de artillería Hartman es un hombre recto. Y quiere que sus chicos no se salgan del camino del bien.
La chaqueta metálica (Full metal jacket, 1987). Director: Stanley Kubrick. Interpretada entre por Matthew Modine, Vincent D'Onofrio y R. Lee Ermey, entre otros.
viernes, 30 de junio de 2017
Silvio
Escucho en Radio 3 que Alberto García Alix enredó al gran Silvio, el mejor rockero de este puto país cuando no estaba borracho, en un corto allá por el 84. No es Dreyer ni Coppola ni aún menos el George Lucas de American Graffiti pero... sale Silvio haciendo de Johnny Kidd. ¿Qué más queréis?
lunes, 12 de junio de 2017
jueves, 25 de mayo de 2017
Cuarenta años con la Fuerza
Día mítico. Tal día como hoy comenzaba la leyenda (y también el negocio).
Podría poner vídeos, fotos, memorabilia, recuerdos, escribir qué representa para mi la saga o hablar de su Lado Oscuro, pero no. Me basta con el cartel original. Ale, a verse la saga otra vez.
Podría poner vídeos, fotos, memorabilia, recuerdos, escribir qué representa para mi la saga o hablar de su Lado Oscuro, pero no. Me basta con el cartel original. Ale, a verse la saga otra vez.
domingo, 30 de abril de 2017
El imperio de la luz
Hay luces que nunca se apagarán, como aquella a la que dedicaron un temazo The Smiths. Luces que abocan a acabar con las sombras, con las pesadumbres, con la tristeza. El imperio de la luz debe alzarse para acabar con la desgana y el descrédito del ser humano. Y no hay mejor forma para instaurar el reinado de la luz que el arte y la cultura. Es lo más barato... y lo más efectivo. Las ganas de pasarlo bien, de divertirse y de evadirse de problemas corren por cuenta de la gente. La dinámica
es precisa, sencilla y fácil de ejecutar.
Que tinguem sort cantaba Lluis Llach. Y tuvimos la suerte en Berenjena Company de encontrarnos por vez primera con el Trebufestival que este año rendía sentido homenaje a las tres décadas que se cumplían del rodaje de El imperio del sol, película que Steven Spielberg rodó en Trebujena hace 30 años. La excusa era perfecta para edificar un evento en que la música, el teatro, la artesanía, el recuerdo, la gastronomía, el baile, los títeres... confluían a la perfección para lograr la victoria del imperio de la luz.
Arrinconadas las sombras más allá de los límites de Trebujena, el público asistente a las tres intensas jornadas del festival tuvieron la suerte de asistir a un acto de pura felicidad en el que el único requisito consistía en querer y saber divertirse. Sin reglas (solo el respeto entre comunes), sin planificaciones (uno era libre de elegir qué quería ver en cada momento), sin límites a la hora de pasarlo bien. Al Trebufestival va uno con la mente abierta dispuesto a escuchar un ratito de flamenco para luego pasar a disfrutar como un niño de un espectáculo de malabares y humor o de títeres. Cabe tanto el rock y el ska como el hillbilly y el swing, porque aquí todos comparten la misma pasión: la búsqueda de la felicidad a través del arte. Y esa felicidad la hallamos en el Trebufestival asistiendo a cada una de las actividades, de las actuaciones, de los conciertos programados por la organización. No podemos destacar a todos, porque todos (los que alcanzamos a ver, eso sí), estuvieron espectaculares. Lo dieron todo como si les fuera la vida en ello actuando ante 30 o 100 personas. Ellos se dejan la piel como si en lugar de estar en una calle estrecha estuvieran en un gran estadio. Los artistas están hechos de otra pasta. Algunos no saben la suerte que tenemos de que el ser humano sea capaz de lograr esa comunión entre iguales.
Y dejamos Trebujena bajo el sol abrasador, morenitos y contentos de habernos encontrado por primera vez. Sabemos que no será la última. Tenemos 365 días por delante para desear que las buenas gentes del pueblo trabajen con tranquilidad, con alegría y con luz para vencer a las sombras dentro de un año. Así sea.
Fotos: @zuhmalheur.
es precisa, sencilla y fácil de ejecutar.
Que tinguem sort cantaba Lluis Llach. Y tuvimos la suerte en Berenjena Company de encontrarnos por vez primera con el Trebufestival que este año rendía sentido homenaje a las tres décadas que se cumplían del rodaje de El imperio del sol, película que Steven Spielberg rodó en Trebujena hace 30 años. La excusa era perfecta para edificar un evento en que la música, el teatro, la artesanía, el recuerdo, la gastronomía, el baile, los títeres... confluían a la perfección para lograr la victoria del imperio de la luz.
Arrinconadas las sombras más allá de los límites de Trebujena, el público asistente a las tres intensas jornadas del festival tuvieron la suerte de asistir a un acto de pura felicidad en el que el único requisito consistía en querer y saber divertirse. Sin reglas (solo el respeto entre comunes), sin planificaciones (uno era libre de elegir qué quería ver en cada momento), sin límites a la hora de pasarlo bien. Al Trebufestival va uno con la mente abierta dispuesto a escuchar un ratito de flamenco para luego pasar a disfrutar como un niño de un espectáculo de malabares y humor o de títeres. Cabe tanto el rock y el ska como el hillbilly y el swing, porque aquí todos comparten la misma pasión: la búsqueda de la felicidad a través del arte. Y esa felicidad la hallamos en el Trebufestival asistiendo a cada una de las actividades, de las actuaciones, de los conciertos programados por la organización. No podemos destacar a todos, porque todos (los que alcanzamos a ver, eso sí), estuvieron espectaculares. Lo dieron todo como si les fuera la vida en ello actuando ante 30 o 100 personas. Ellos se dejan la piel como si en lugar de estar en una calle estrecha estuvieran en un gran estadio. Los artistas están hechos de otra pasta. Algunos no saben la suerte que tenemos de que el ser humano sea capaz de lograr esa comunión entre iguales.
Y dejamos Trebujena bajo el sol abrasador, morenitos y contentos de habernos encontrado por primera vez. Sabemos que no será la última. Tenemos 365 días por delante para desear que las buenas gentes del pueblo trabajen con tranquilidad, con alegría y con luz para vencer a las sombras dentro de un año. Así sea.
Fotos: @zuhmalheur.
miércoles, 26 de abril de 2017
Los psicópatas según Jonathan Demme
Hannibal Lecter pasó a la Historia gracias al buen hacer de Jonathan Demme, fallecido hoy a los 73 años. Un puñado de buenas películas dejó el cineasta pero hoy me viene a la mente ese otro psicópata... El de los Talking Heads en Stop making sense. PsychoKiller.
jueves, 20 de abril de 2017
Cuatro décadas con Annie Hall
"Recordé aquel viejo chiste, aquel del tipo que va al psiquiatra y le dice: 'Doctor, mi hermano está loco, cree que es una gallina'. Y el doctor responde: '¿Pues por qué no lo mete en un manicomio?' Y el tipo le dice: 'Lo haría, pero necesito los huevos'. Pues, eso más o menos es lo que pienso sobre las relaciones humanas, saben, son totalmente irracionales y locas y absurdas, pero supongo que continuamos manteniéndolas porque la mayoría necesitamos los huevos."
viernes, 10 de marzo de 2017
Ahora sí, Logan
Por fin una buena película sobre Lobezno. Por fin, el animal ha salido a relucir. Un animal con emoción, con agallas, con garras sangrantes, sin frases lapidarias pero con dolor. Mucho dolor. Logan es la película que le hacía falta a este personaje. Gracias Hugh.
Si no habéis ido al cine a verla, no sé qué coño esperáis.
domingo, 26 de febrero de 2017
Cosas por las que merece la pena vivir XII
José Luis López Vázquez. Porque sí. Porque nunca se llevó un Oscar (ni falta que le hacía) y es historia del cine.
Un admirador, un amigo, un esclavo, un siervo.... Así se siente uno ante él.
Un admirador, un amigo, un esclavo, un siervo.... Así se siente uno ante él.
domingo, 5 de febrero de 2017
Super Bowl!
No me gusta el fútbol americano y etimológicamente no debería llamarse fútbol cuando apenas se usan los pies. Pero cuando Al Pacino se pone con este discurso, estoy por aplaudir hasta a Lady Gaga que creo que canta hoy en la final de la Super Bowl...
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