
Impregnada de un humor de tinte surrealista, Laínez expone toda su sapiencia al servicio del Arte, tomando como herramienta la vida del inquieto doctor. Ilustración, pintura, diseño gráfico, videocreación, grabado. Todo vale para sumergirnos en un vastísimo universo en el que el surrealismo lo inunda todo. Denota la muestra, el amplio bagaje cultural de un artista que bucea en nuestro subconsciente cultural, que legado por el cine clásico, los tebeos y la mercadotecnia más primitiva, aflora con descacharrantes inventos todos y cada uno de ellos, con una utilidad muy concreta. No, no les voy a contar cuáles son, porque perdería la gracia. Para ello, se van a Jerez y luego me cuentan.
En el fondo, encontramos una disección de cierto tipo de consumismo fácil que hoy nos devora, nos aliena, pero con el que, en definitiva, estamos sumamente a gusto. La vida y milagros del doctor Alejo Sloan se cuenta a través de su trabajo infatigable, apoyado en la maestría con el pincel o la plancha de grabado de Carlos, que no contento con eso, busca en el espectador cierta implicación para interactuar con los propios inventos. Pocas veces encuentra uno que el Arte en sí, esté tan vivo, sea tan dinámico, y que se aleje de los convencionalismos y tipismos tradicionales de una exposición al uso. Carlos C. Laínez lo ha vuelto a conseguir con la inestimable ayuda del buen doctor, que según creo, ha usado uno de sus inventos más recientes para hacer de conejillo de indias a sabiendas de las ignotas consecuencias que puede acarrearle. En cuanto a nosotros, hemos usado la imaginación puesta al servicio del Arte y francamente, salimos con una sonrisa de oreja a oreja... Como si hubiésemos tomado una píldora del doctor Sloan. O mejor.
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