lunes, 17 de diciembre de 2018
Mitos (I)
Los hemos visto millones de veces, pero nunca serán suficientes... El mítico mini concierto de los Beatles en la azotea de Abbey Road.
domingo, 16 de diciembre de 2018
So long, Leonard...
Cada vez que Leonard Cohen susurra en algunas de sus canciones, los vellitos se erizan inmediatamente. Le seguimos echando de menos...
sábado, 15 de diciembre de 2018
¡Viva el reggaeton!
Tus muertos...
Escucha a los Storm. Sevillanos ellos (y siguen dando caña por ahí).
Escucha a los Storm. Sevillanos ellos (y siguen dando caña por ahí).
miércoles, 12 de diciembre de 2018
El largo camino del mínimo
Todo empieza por un folio en blanco y una idea cazada al vuelo. Tras darle muchas vueltas, la idea se convierte en personajes, acciones, escenarios, principios, nudos y desenlaces. Un correo electrónico con la esperanza de que esas líneas sean tenidas en cuenta por tres personas alejadas por cientos o miles de kilómetros... y llega la decisión. Esa idea que impregnó el folio en blanco llega a las manos de otras personas que se juntan una tarde para leerla. A algunos les llega a la patata y creen que sería posible hacer algo sobre un escenario. Más vueltas a la idea, buscar a las personas adecuadas para darle vida sobre unas tablas y, horas de ensayo después, llega el día en que el público recibe el resultado de ese esfuerzo conjunto. Puede que tenga algo que ver o no. Pero lo que la audiencia termina aplaudiendo al final de la función es la conjunción de los talentos de muchas personas involucradas en torno a una obra de apenas diez o quince minutos que en Taetro han llamado mínimo. Curioso que algo con ese nombre involucre un esfuerzo colectivo de tal magnitud. Quizás aún no sabemos recompensar todo ese trabajo como es debido.
El caso es que Taetro lleva 20 años levantando el edificio del Certamen de Teatro Mínimo Rafael Guerrero con pequeñas piezas de autores, directores, actores... y ese edificio se sostiene con solidez y dedicación. Hace unos días pudimos comprobar la buena salud de la propuesta de la asociación chiclanera con tres nuevas piezas venidas de Galicia, Madrid y Aragón. Tres obras muy distintas en lo conceptual y en la aproximación efectuada por los miembros de Taetro. Tres mínimos que engrandecen la labor de este certamen pionero en la escena nacional.
La velada comenzó narrando la génesis de una escena mítica del cine. Aquella en la que se rebanaba un ojo con una cuchilla preñada de surrealismo. Y ciertamente, Buñuelos, la obra de Carlos González Meixide, que narra en tono jocoso ese episodio de Un perro andaluz, rebosa surrealismo y una magnífica descripción de personajes. Bajo la dirección de Antonio Castaño, la obra se trastocó en un vodevil optimista y desbordante de absurdo, con toques cómicos acertadamente repartidos durante todo el montaje y con la suma de un Dalí, bien atemperado por un Juan de Lorenzo que se come el escenario en el poco tiempo que está sobre el escenario. Teresa Yribarren, Laura Tapia y Johnny pusieron su buen hacer al servicio de la función. Una fantástica apertura, una maravillosa locura que acabó con más dosis de absurdo, cosa que los señores Buñuel y Dalí hubiesen aprobado de buena gana. ¡Epatante!
El teatro social siempre ha tenido hueco en las sesiones de mínimos de Taetro. Y con 23, de Santy Portela se coló en forma de puñetazos literales y figurados. Texto durísimo, intenso y con dos personajes al borde del paroxismo. La gran cualidad de esta obra dirigida por Rafa García e interpretada por él mismo y por Eva Herrero es la de contener la tensión subyacente con un dominio de la templanza singular. Al final, brota todo, explota el terror y la catarsis se hace necesaria. Un ejercicio de moderación único con un texto difícil de montar y un excelso trabajo de gestualidad y de dominio de los cuerpos de los intérpretes. Una de las sensaciones de la noche.
La comedia sirvió como curación de malos pensamientos y con el mínimo de Pedro Alejandro Filgueira pudimos cerrar la función con una sonrisa. Instrucciones para el suicidio ahonda también en el absurdo para pulsar los temores de la sociedad en torno a la muerte y a la libertad de decisión. Pepe Raya, creciendo día a día como director de escena, reunió a tres actores en estado de gracia (Almudena Ruiz, Antonio Meléndez y Juan Carlos Morales) para ofrecernos una función simpática, llena de humor, guasa y cinismo y bien resuelta con sencillez (aunque no es fácil de hacerlo. A ello ayudó la desenvoltura que los actores pusieron sobre el escenario). Una alegría porque tenemos actores de futuro y un gran director detrás.
Un largo camino que no acaba aquí para tres textos que se trastocaron en otros "hijos" de esa idea huérfana que empezó con un folio en blanco. Larga vida a los mínimos.
Foto: @zuhmalheur
Artículo originalmente publicado en Berenjena Company.
jueves, 6 de diciembre de 2018
Esa pequeña casa en Zaandam
La noche cae sobre Amsterdam y es hora de sumergirse en la cultura de bar de la ciudad. Los habitantes de este lugar tienen un sentido único para departir y compartir momentos alrededor de una buena ginebra vieja (oude jenever) o de una cerveza con cuerpo. Aquí no son excluyentes. Cualquier cosa vale con tal de cobrarse una buena conversación. Y tenemos variedad en ambientes: desde aquel que se desvive por la cultura clubbera (Amsterdam es una de las mecas de este movimiento), hasta rockeros (nuestros preferidos) pasando por establecimientos añejos que ha visto pasar la Historia tanto en sus buenos como en sus malos momentos como por ejemplo Hoppe (Spui, 18-20). La mañana sin resaca nos despierta para invitarnos a ir a una isla cuasi desierta en mitad de la urbe. Un lugar de mítica tranquilidad donde se disfruta del silencio y se respira bienestar. Es el Begijnhof, una comunidad de mujeres devotas o beguinaje propia de los Países Bajos que surgió a finales de la Edad Media y que sorprende por lo aislado que parece estar del mundanal ruido. Visita obligada para templar ánimos antes de emprender camino.
Y ese camino nos llevó por primera vez fuera de Amsterdam. Seguimos con la improvisación. Nos hablaron de Zaandam, de Zaansche Schaans, de su historia, de sus molinos, de sus paisajes. Llegamos a la Estación Central para de repente, entrarnos ganas de quedarnos a vivir para siempre en Zaandam. Pueblo bello, tranquilo pero animoso. Calles luminosas y transitadas, cafés que desprenden buenos aromas y conversaciones pausadas. Y seguimos unas huellas marcadas en el camino hasta descubrir, en un recoveco, una casa. Una casa especial. No quisimos entrar en un primer momento por no parecer curiosos… pero la curiosidad nos mató y traspasamos el umbral de un sitio peculiar.
Habíamos llegado a la Casa del Zar Pedro I El Grande de Rusia (Czar PeterHuisje), el hogar que fue expresamente construido para tan alta personalidad cuando visitó esta ciudad en 1697 mientras aprendía de las artes de la construcción naval. Sus planes: replicar esas técnicas en Rusia para construir la flota militar más grande jamás conocida. Allí estuvo el Zar un tiempo, viviendo en esa casa. Fue tal la impronta que dejó en Zaandam que la casa se mantuvo a lo largo de los años y los siglos. Ilustres visitantes (Napoleón o Isabel II de España, por poner solo dos ejemplos) franquearon la entrada de esta pequeña cabaña, de pareceres humildes pero donde se siente en sus estancias aún el calor humano. Hoy es el centro de información de un episodio histórico que parece anecdótico pero que es fundamental para conocer una parte importante de la Historia del Imperio Ruso en sus relaciones internacionales (entonces escasas con el resto del continente). Y para atender a los visitantes, allí está Farida Guseynova, que te explica con sumo gusto y detalle (por si aún te has quedado con ganas de saber más) todos los procesos históricos que confluyeron en la construcción de esa pequeña casa en Zaandam. Una sorpresa luminosa, una estancia de sobresaliente. No se lo pierdan mientras van de paso a los campos de Zaanse Schaans.
El viento te da de cara mientras contemplas la maravillosa comunión entre el agua y la tierra. Los molinos mueven sus aspas acompasadamente te das cuenta de lo bien aprovechada que ha estado la semana mientras piensas en la fatalidad de volver a la rutina y dejar atrás un país maravilloso, una gente cálida y amable, un mundo por contemplar...
Foto: @zuhmalheur
Artículo originalmente publicado en Berenjena Company.
miércoles, 5 de diciembre de 2018
Apropiación cultural, ¿no?
No he escuchado en profundidad a Rosalía, pero me parece una gilipollez la que se está formando en este país a cuenta de su música. En fin, vamos a por más apropiaciones culturales (o no). Smash con Lole y Manuel.
martes, 4 de diciembre de 2018
¿Asaltar los cielos?
Poco podré decir sobre los resultados de las andaluzas que no hayan dicho ya mentes más privilegiadas que la mía, pero como me duele especialmente la izquierda y sobre todo Izquierda Unida, debo dejar mi postura en este Reino de Taifa al que acudo muy de vez en cuando.
El descalabro de la izquierda es un hecho consumado. Y no hablo del PSOE al que sus políticas en cuarenta años y sus bandazos ideológicos lo han condenado a ser pasto de la desilusión. Hablo de la alianza de Podemos e Izquierda Unida que ha demostrado que ciertas sumas restan. Se demostró en las generales de 2016 y en estas andaluzas. A pesar de la brillantez de sus candidatos, algo no funciona y ante esto, no se puede mirar a otro lado. Hay que cortar por lo sano.
Tras probar la alianza y ver que no se consigue aunar un apoyo mayoritario, opto por la separación de Podemos, recuperar el espacio de IU por exiguo que este sea y seguir dando caña, desde una posición realista de la izquierda. Basta ya de asaltar cielos inasaltables o de caminar por la utopía en plan godotiano. Necesitamos reacción ya. Y si eso pasa porque la actual dirección de IU de un paso atrás, que se haga. Hay que asumir responsabilidades y dejar de buscar culpables en otros lugares. Necesitamos la maravillosa minoría de una IU independiente como el comer.
viernes, 30 de noviembre de 2018
El santuario de Elefantes
Hay un lugar, en alguna parte, donde reside la música sencilla, aquella que con las palabras atinadas, los versos bien engarzados, la rima concreta y las melodías pegadizas te hace recordar la importancia de una canción bien hecha. En ocasiones, ese lugar apartado no es reconocido por la mayoría como el lugar donde todos debemos acudir en busca del poder sanador de la música. Buscamos la perfección como si fuera la panacea pero obviamos que en las pequeñas cosas puede estar la salvación. Ese lugar es el destino, el hogar deseado.
Ese lugar es en el que se instala la música de Elefantes. La banda de Barcelona acudió a la llamada del Festival de Música Española de Cádiz para defender el elogio de lo sencillo y, a través de algo que en apariencia es simple, agrandar su leyenda. Shuarma y compañía tienden a hacerlo siempre. Con modestia se presentan con un puñado de canciones que hablan de amor de manera explícita, sin alharacas lingüísticas, con un mensaje certero sobre los sentimientos de la gente donde usted y yo nos podemos sentir reconocidos.
Pero Elefantes sabe sacar partido de su maestría a la hora de hablar del más universal de los temas. Versátiles, animados, apasionados… El concierto que ofrecieron en el Teatro de la Tía Norica fue una exaltación continua de sentimientos que fueron del intimismo de temas como Me gustaría poder hacerte feliz (perfecto broche a una veintena de temas que sonaron a gloria) al desgarro de Duele, pasando por momentos de sana diversión y de vitalidad contagiosa como el vivido en Que todo el mundo sepa que te quiero. La banda sabe elegir el repertorio de sus actuaciones y se ve la maestría en la combinación entre temas de su último álbum (un fantástico La primera luz del día, obra de madurez absoluta de su sonido) y clásicos imperecederos como Azul o Que yo no lo sabía, ambos pertenecientes a la primera etapa de la formación. Una maestría que llevó al público asistente a una montaña rusa emocional que terminó con éxtasis colectivo en al menos tres momentos del concierto.
Jordi, Julio y Hugo conforman una banda perfectamente engrasada que materializó momentos de gran furia sonora. A eso sumamos un frontman espectacular (qué magnífica empatía la de Shuarma con su público) y un cancionero que rinde tributo a la música de todos, a la música popular (fuera matices peyorativos). Ahí están esos homenajes a José Luis Perales y a Los Bravos, incluyendo estupendas versiones de Te quiero y Black is black, respectivamente, canciones que fueron cantadas y jaleadas por el público gaditano con ánimo y excitación.
Y es que algo (bueno) quedó tras el paso de Elefantes por Cádiz. Quedó la sensación de gran banda que ofreció un show cuasi perfecto. Quedó la certeza de que habíamos buceado en un manojo de canciones sencillas pero con enormes cargas de profundidad. Quedó la alegría en rostros y cuerpos de una audiencia entregada a la banda. Quedaron momentos de pop y rock en perfecto equilibrio. Quedaron melodías resguardadas en ese lugar donde reside la música: el santuario de Elefantes donde todos queremos ir a vivir.
Fotos: @zuhmalheur
Artículo originalmente publicado en Berenjena Company.
jueves, 29 de noviembre de 2018
Nosce te ipsum
Entre museo y museo, entre tienda y tienda, después de pasear tranquilamente por calles y canales, toca hacer un alto en el camino para tomarse algo y reposar. Holanda es un lugar especial para compartir un rato de charla en un café o bar. Y si el país es maravilloso para esta actividad, Amsterdam es el paraíso. Una propuesta barata y de calidad para dejarse llevar durante un buen rato: junto a Centraal Station se encuentra Pipper’s (Home of the mini sandwich) que transporta a Holanda nuestra noción de montadito. Pequeños pero sabrosos bocados en magníficos panes que se paladean frente a unas vistas impresionantes de la ciudad. En Pipper’s (Harry Banninkstraat, 1; muy cerca de Centraal Station) no hay bullicio, están prohibidas las prisas. Comer es un arte y beber se debe hacer con moderación y con gusto por lo que se toma. Servir el café es una pasión en este establecimiento y no quedarás decepcionado al pedir cualquier especialidad de la casa. Tom, Simone y su equipo se afanan en conjugar productos holandeses, españoles, franceses, asiáticos con cierto punto de refinamiento pero con alegre desenfado. Ponen pasión en lo que hacen y eso es un acierto. No duden en pasarse. No se arrepentirán de lo maravilloso que puede llegar a ser una parada en Pipper’s.
Hablando de maravillas… El ser humano también es capaz de logros formidables que animan al progreso de la civilización. Parte de ese conocimiento lo tenemos en Nemo, el lugar donde podemos conocernos a nosotros mismos a través de esos descubrimientos científicos que contados de otra forma, son accesibles para todos… ¡e incluso divertidos!
Nemo es fascinante. Desde su ubicación (Oosterdok, 2; junto al Ij, frente a la ciudad), pasando por el propio edificio y su propia configuración interna (cada planta es un área temática). Es un regalo para todos los sentidos y es que hay que interactuar con todo lo que Nemo te propone. No se trata de ser mero observador sino que es obligado tocar, escuchar, hablar, sentir, experimentar, reir, gozar. No hay tiempo para el descanso en Nemo. Aprendes por la experiencia. Es maravilloso cómo han podido incardinar el conocimiento científico, que a veces puede ser difícil de hacer llegar al común de los mortales, con un mensaje sencillo de entender. Y es que si lo vives en primera persona, es natural que lo asimiles con cierta facilidad.
Nemo es lugar donde la fantasía y la magia se transforman en realidad. Donde el juego se da la mano con el progreso humano. El sitio donde te sientes orgulloso de pertenecer a la raza humana. El espacio donde te sientes muy pequeñito al darte cuenta de todo lo que aún te queda por aprender. Nemo es visita ineludible cuando estás en Amsterdam, incluso si no te van los números, la ciencia o la técnica. Nemo es puro humanismo, pero ¿saben lo mejor de todo? ¡No quieres irte de allí!
Foto: @zuhmalheur
Artículo originalmente publicado en Berenjena Company.
jueves, 22 de noviembre de 2018
Los 'escarabejos' (Álbum blanco)
Disco mítico, problemático, difícil de parir, motivos de disputa e inicio del fin para los Fab Four. Hoy se cumplen cincuenta años de la publicación del disco The Beatles (más conocido como White Album). A disfrutar.
jueves, 15 de noviembre de 2018
La galería de los milagros
¿Nunca se han parado a pensar en las maravillas de las que es capaz el ser humano? Sí, el mismo que provoca guerras, muertes, dolor, es el que es capaz de crear Arte. Somos caprichosos por naturaleza. Por suerte, tenemos espacios vivos y dinámicos que nos cuentan historias sobre esos seres atrevidos y soñadores que cierto día se pusieron a crear. Y narraron historias de señores y de reyes, retrataron a los poderosos y a los temerosos de Dios. Esbozaron escenas de la vida cotidiana de unos campesinos o buscaron el reflejo de la luz en un bodegón. Cumplieron con celoso detalle los presupuestos de la realidad al querer trasladar a un lienzo todos los pliegues de un vestido o las arrugas de una cara vetusta. Nos hicieron llegar ecos de batallas navales lejanas en el tiempo o esculpieron sobre diversos materiales escenas sagradas o la concupiscencia de un cuerpo desnudo. El arte es sublime, es voluble, es mágico. Y esa magia se encierra por doquier en un lugar como el renovado Rijksmuseum de Amsterdam, un equipamiento cultural de primer orden, un espacio ordenado, cómodo para el visitante, apetitoso para deleitar los sentidos. Como se precia en todo gran museo, aquí todo es a lo grande: desde las dimensiones del histórico edificio a la gran cantidad de obras expuestas pasando por la ingente cantidad de visitantes que pasean por sus pasillos y salas a diario. Sin embargo, algo de calidez transmite el Rijskmuseum. Una calidez que te anima a deambular buscando la viva luz de los maestros flamencos, la maravillosa armonía de tallas medievales, las raíces de la Historia de Holanda labrada a golpe de esforzado trabajo de comerciantes o de batallas sufridas en la mar.
No es posible hacerse una idea de la magnificencia del Rijksmuseum en una sola jornada. Este lugar está hecho para visitas cortas, de un par de horas, para dejarte con ganas de saborear más y volver otro días. Paladear a Vermeer con su Lechera o vislumbrar entre sombras a Rembrandt. Bienaventurados los habitantes de Amsterdam que lo tienen a mano. Afortunados los que lo conocemos y queríamos volver en cuanto pusimos un pie fuera. Salimos de la galería de los milagros, allí donde el ser humano muestra su mejor cara, la que hace que perdure en el tiempo. Gracias Rijksmuseum por existir.
Foto: @zuhmalheur
Artículo originalmente publicado en Berenjena Company.
viernes, 2 de noviembre de 2018
Todas las vidas de Vincent
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| 'Los comedores de patatas' de Vincent van Gogh (1885). Van Gogh Museum, Amsterdam (Vincent van Gogh Foundation). |
El museo dedicado al genio holandés lo tiene todo para ser una celebración del Arte. La vida del pintor es contada a través de su obra en un recorrido didáctico, ameno y que no agobia por exceso. Tiene este museo el don de saber elegir las obras para cada etapa artística de Vincent; desde sus inicios en el que hallamos rasgos de un realismo social muy marcado (esos estudios sobre los campesinos o paisanos) pasando por obras de mayor hondura dramática (Los comedores de patatas) hasta su descubrimiento de nuevos usos del color y del trazo del pincel. Posiblemente no fuera consciente de que esa evolución en su técnica fuera a inscribirse en un movimiento de vanguardia, pero sí era consciente de hacer algo distinto. Su mundo no estaba preparado para este otro Vincent.
Color, composición, ángulos, perspectivas o ausencia de ellas, trazos, brochazos… La pintura de Van Gogh apasiona porque remueve los sentidos, ya sea en un retrato o en un paisaje (siempre pensaré que Vincent es uno de los grandes paisajistas de nuestra época, solo hay que contemplar el evocador Campo de trigo con cuervos para comprobarlo), ya fuera en un simple par de botas o en su encendido acercamiento a la cultura nipona. Van Gogh escribía su propia autobiografía, no solo en cartas remitidas a su hermano o amigos, sino también a cada pincelada que imprimía para ilustrar una noche junto a un solitario café o mostrándonos su humilde habitación. Todas las vidas de Van Gogh en un museo único en el que se afanan por mostrarnos a un ser humano que un día decidió coger un pincel y contar historias.
Nada más. Nada menos.
Artículo originalmente publicado en Berenjena Company.
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